Dejamos la entrega pasada en el punto en que Peirce planteaba su concepto de abducción y señalaba su incumbencia, incluso para el acto perceptivo. En efecto, su posición al respecto es que los procesos por medio de los cuales obtenemos nuestras suposiciones acerca de las cosas del mundo dependen de juicios perceptivos que contienen elementos generales que permiten que de ellos se deduzcan proposiciones universales. Estos juicios perceptivos son «el resultado de un proceso, aunque de un proceso no suficientemente conciente para ser controlado…». Los diferentes elementos de una hipótesis están en nuestra mente antes de que seamos concientes de ello, «pero es la idea de relacionar lo que nunca habíamos soñado relacionar lo que ilumina de repente la nueva sugerencia ante nuestra contemplación». Esta sugerencia abductiva viene a nosotros como un destello, siendo descrita por Peirce como un acto de insight. En este punto, la distinción entre inferencia abductiva y juicio perceptivo es mínima, y consiste en que el juicio perceptivo, a diferencia de la inferencia abductiva, no está sujeto a análisis lógico ni crítica conciente, en la medida en que estamos habituados a poner en palabras todo lo que percibimos, sin cuestionarnos sobre ello cada vez...
De esta manera, la abducción para Peirce se constituye en el primer paso del razonamiento científico y el único tipo de argumento que da lugar a una idea nueva. Ahora bien, no por ello deben desmerecerse los otros tipos de inferencia. La abducción nos permite construir una hipótesis explicativa, pero no tenemos forma de comprobar su veracidad, a menos que la articulemos con la deducción, que nos permitirá inferir una proposición particular factible de ser sometida a comprobación; y la inducción, mediante la cual sometemos a prueba el caso deducido a fin de verificar si se cumple o no lo predicho. Puede ser clarificador en este punto advertir cómo diferencia abducción de inducción: «La abducción busca una teoría. La inducción busca hechos. En la abducción, la consideración de los hechos sugiere la hipótesis. En la inducción, el estudio de la hipótesis sugiere los experimentos que sacan a la luz los hechos auténticos a que ha apuntado la hipótesis».
Es a partir de estos desarrollos1 que —volviendo nuestra mirada a la escena psicoanalítica— podemos decir que la abducción es la operación lógica que da cuenta del pasaje, el salto, la transcripción de un hecho singular —el síntoma o, en términos peirceanos, el resultado— a la formalización de un caso. O, en su nivel más arriesgado y creativo, la captación de lo real en las redes de lo simbólico, en donde de lo que se trata es de poner en palabras, en signos, lo que de otro modo se presenta en la muda y descarnada crudeza de lo traumático, de lo que insiste en reclamar alguna inscripción. Efectivamente, llegados a este punto, la interpretación o las construcciones del analista no pueden ser explicadas como simples deducciones que se desprenden de un saber general, ya sabido; ni como una inducción, a partir de la coincidencia de resultados con otros casos, ya que de lo que se trata es de abordar un emergente singular del sujeto y, cuando es posible, formular una hipótesis acerca de la lógica singular de lo que allí está en juego; o, en otros términos, lograr abducir una regla, una legalidad, que valdrá únicamente para tal sujeto en tales circunstancias2.
Llegados aquí, es posible apreciar, tal como señalábamos en el inicio de esta serie de notas, que estamos apuntando con la introducción de estos temas al corazón de un problema de crucial interés para los psicoanalistas, tal como lo testimonian los últimos años de la enseñanza de Lacan: cómo concebir una transmisión de la experiencia analítica en los límites del lenguaje, de tal modo que lo real de esa experiencia no quede excluido de esa transmisión: ¿Cómo es posible transmitir una experiencia singular —lo sucedido en cada sesión— a otros analistas? ¿Cómo es posible mantener «viva» la subjetividad en juego en una cura psicoanalítica al ser transcripta como caso, por ejemplo en una supervisión, o en la escritura de una viñeta clínica? Si continuamos en la indagación del pensamiento peirceano, a poco nos topamos con otro desarrollo que puede ayudar a abordar la problemática desde otra perspectiva; es la aportada por su estudio y clasificación de las diferentes clases de signos, de las cuales la más conocida es la que los divide en Índices, Íconos y Símbolos. Nos centraremos en esta ocasión en el segundo de estos tres vehículos de la representación semiótica. Tal como afirma Jaako Hintikka3, uno de los rasgos más característicos del pensamiento de Peirce acerca del lenguaje y la lógica es la valoración del papel que juega la iconicidad: «Un icono, dice Peirce, representa todo aquello que representa mediante una semejanza con ello. Además, esta semejanza no necesita tener el significado de un parecido en el sentido común de la expresión. La similitud es ante todo una similitud estructural. Las partes o elementos de un ícono se relacionan entre sí de un modo análogo al modo en que se relacionan entre sí los elementos correspondientes de aquello que se representa»4.
Pero esto inevitablemente nos evoca —por su gran semejanza— la tesis sobre la figurabilidad lógica de las proposiciones, propuesta por Wittgenstein. En efecto, el punto de partida del Tractatus es la pregunta sobre qué relación puede establecerse entre los hechos, el pensamiento y el lenguaje. Es sobre ello que retomaremos nuestro recorrido en la próxima entrega.
Oscar P. Zelis (oscarzelis@speedy.com.ar)
Gabriel Pulice (nbpulice@intramed.net.ar)
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1. Un estudio más pormenorizado sobre la abducción puede hallarse en el capítulo II de nuestro libro Investigación Psicoanálisis: De Sherlock Holmes, Peirce y Dupin a la experiencia freudiana; Buenos Aires, Letra Viva; 2000.
2. Ver para una mayor ampliación del tema Pulice, G.; Manson, F.; Zelis, O.; Investigar la subjetividad; Buenos Aires, Letra Viva; 2007, capítulos 4 y 6.
3. Hintikka, J.: El viaje filosófico más largo; Barcelona, Gedisa; 1998.
4. Hintikka; Ob. Cit. |