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   Problemas y controversias

El tiempo y la causa (cuarta parte)
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Podemos pensar las cosas desde un ángulo diverso pero convergente; me refiero al punto de vista de la repetición. Kierkegaard ha destacado que la repetición no consiste en la reiteración1. La reiteración remite a la linealidad cronológica; “el hecho ocurrido el jueves, se reitera el sábado”, pongo por caso. La repetición está ligada fatalmente al “salto”; la vez posterior está separada por un abismo de la anterior hasta el punto que el régimen anterior del tiempo y el posterior no se incluyen (no se encastran, no se integran) en un mismo paradigma. En la historia francesa y en definitiva europea, el año de la Revolución Francesa hace saltar el continuo témporo-cronológico; y más aún el abismo se marca desde el momento en que el rey es guillotinado: empieza otro tiempo, discontinuo en el nivel político aunque en otros planos –económico, administrativo, en sectores más viscerales de la organización familiar, etc.–, persista una cierta continuidad, sin embargo profundamente afectada por el trastorno político.

Desde ya, hay eclipses, cuestiones vueltas una y otra vez a retomar, pero en ningún caso lo que suele suponer un cierto historicismo: una acumulación progresiva de fuerzas.
¡Todo lo contrario! Como lo ha mostrado inapelablemente Bataille, la dilapidación de fuerzas es la norma del proceso histórico: el tiempo es el tiempo del salto pero asimismo el tiempo de la ruina.
Ahora bien, no hay ruina sin suposición de un estado primigenio de perfecta conservación, ni discontinuidad sin una suposición de continuidad, aunque sea la mera y aparentemente humilde (¡pero no lo es!) suposición de invariabilidad, esta continuidad y aquella perfección que se atribuyen en principio al Paraíso o a la Edad de Oro o a su retorno inminente; o a alguna de las ingenuas (ingenuas y connmovedoras) representaciones populares (campesinas) de Jauja, un lugar donde no es preciso buscar la comida porque está a disposición de todos libre y continuamente.

Y sin embargo estas instancias son tan vacías, tan insistentes, tan patéticas, tan necesarias, tan necesariamente imposibles, como la sempiterna eternidad.
Así, con Kierkegaard y contra él, podemos decir que el cruce del instante con la eternidad es sistemáticamente un cruce vacío, porque cruza lo condicionado con lo incondicionado, pero de este último no se retiene ningún contenido, ninguna memoria, sólo el pasaje por un fulgor que remite a posteriori a la nada del contenido, a la nada de la memoria: lo incondicionado, apelado, declina como condición sin remedio, tal y como lo expresa un aforismo de Novalis: “Buscamos siempre lo incondicionado, pero sólo encontramos, por todas partes, cosas, condicionadas”. El autor juega con la contraposición entre incondicionado (Un-bedingt) y cosa (Ding), porque una cosa incondicionada, unbedingtes Ding, es una verdadera contradicción en los términos2.

En Kierkegaard hay un juego extremadamente refinado que vale la pena explorar entre términos temporales que encuentran un rápido y fructífero eco en el psicoanálisis, a condición de que sepamos escuchar3 lo que allí se trama.
Existe un tiempo inmediato, estético (y para él, en esto, claramente discípulo de Hegel) en el que la sensibilidad, primera, se pierde. ¿Cómo recuperarla?4 No hay recuperación, dice Kierkegaard, sino salvación: salvar la sensibilidad, salvar los fenómenos, agrego introduciendo otro matiz. Pero hay que pasar para ello por un estado superior, que supone a la ironía –entendida como división en acto del sujeto, entre el querer y el desear, entre lo buscado y lo hallado, entre la obra realizada y la obra por realizar–, y asimismo a la melancolía, tomada esta última en una acepción más básica y general, que es el enfrentamiento del sujeto con el dolor de existir, que no es otra cosa –no es menos, pudiéramos agregar–, que el llamado goce (no gozo) de la vida: el hecho de estar en el mundo como objeto entre los objetos, sometido a la acción de ellos, a la promiscuidad del entorno que no es discernible del ruido de los órganos cuando enferman.
¿Hay acceso a una inmediatez segunda?

Si la inmediatez primera es un flujo sin corte, la segunda es un corte en el flujo que implica, es preciso decirlo, lo que Freud denominaba una ganancia de placer (Lustgewinnen), un más allá del placer que opera como excedente y que es el correlato de una invención que establece una profunda e inconmensurable distancia entre el antes y el después, un intervalo que es lo que llamamos en otro registro “acontecimiento”.
Vemos que hay series temporales que empiezan con un flujo que es pura pérdida, una división que es simultáneamente traumática, segunda instancia de una temporalidad del “choque”, del golpe, de la violencia de lo inesperado, y culminan provisoriamente en la historia que ya no es continua porque entre el antes y el después se introdujo ese particular y azaroso instante que llamamos acontecimiento.
La interpretación analítica es un ejemplo acabado de esto último, al igual que la obra que culmina, aunque sea bajo forma fragmentaria.

Pero importa señalar, para evitar tendencias que podemos llamar “puritanas”, que si la intemporalidad que se cruza con el tiempo es una clase nula, es asimismo una clase que se inscribe en modos no nulos, algo así como arabescos, siluetas o vislumbres del absoluto absolutamente inconcebible, cuya inconcebibilidad, experimentada en la carne y no mera y abstractamente pensada, causa concepción, es decir causa un excedente. Dicho de otra manera: la nulidad sólo se aprecia a posteriori, del mismo modo en que sólo porque hay una huella de satisfacción podemos declarar que la vivencia de satisfacción es un lugar vacío de representación.
Es preciso que desde el tiempo experimentemos el vértigo de lo intemporal, la irrupción de un hallazgo en esa tensión extrema, para luego ser sacudidos por el hueco de lo intemporal.
Mas de ese vértigo no podemos prescindir, aunque lo entendamos de un modo bien diverso de los cánones de la tradición religiosa.

__________________
1. Kierkegaard, S., In vino veritas/ La repetición, Guadarrama, Madrid, 1976; Colette, Jacques, Kierkegaard et la no-philosophie,Gallimard, Paris, 1994, cap. VI. “Temps et discontinuité”.
2. He tomado la cita de la entrada “Friedich Schlegel” de la Stanford Encyclopedia of Philosophy, que en inglés reza así: “Everywhere we seek the unconditioned < das Unbedingte>, but find only things <Dinge>”. Las ediciones que tengo a mano de este aforismo que pertenece a “Granos de Polen”, no contienen el fragmento, aunque son poco fiables. Sí la he hallado en una versión al portugués publicado por el Folhetim de la Folha de S. Paulo, en su edición del 27 de marzo de 1988.
3. Las críticas insistentes, a veces irónicas, otras frontales, al “oírse hablar” que suele desplegar Derrida están fuera de lugar, entre otras y decisivas cosas porque no existe alguien (¡salvo Dios!) que se oiga: siempre me oigo dividido y cuando escucho a Otro no oigo meramente el rumor de mi propia palabra sino que escucho la desposesión y extranjería que es propia de lo que considero propio: mi propia palabra, impropia.
4. Colette. Ob. cit. pp149/150.
 
 
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