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   Adolescencia y alcoholismo

La máscara etílica
  Por Daniel Paola
   
 
Escribir sobre adolescencia y psicoanálisis o simplemente escribir, implica una declaración o una alusión o una serie de citas de referencia que oficien de guía al lector supuesto. No creo que se pueda escribir sin pensar que el texto va a ser leído. Pero sí pienso que existe la lectura inocente: la de aquel o aquella que no tienen más herramienta que seguir preguntando una vez agotada la escritura. Así es que escribo para un supuesto lector que podría preguntar: ¿qué hay detrás de la última palabra?

Si hay algo detrás, eso está simbolizado por la máscara. Esa del baile o del teatro primitivo o la que muestra el lazo social, de los políticos, de los jugadores de fútbol, de las vedettes o de los adolescentes. ¿Para hablar de máscara, habría entonces que considerar el lazo social? Creo que sí, pero agregando que cada máscara induce a preguntar por el detrás del lazo social donde se expresa.
Tanto del griego como del latín, la huella de la máscara evoca la persona. La persona que yace detrás de la máscara, presenta un enigma real. Cuando alguien mira una máscara, no sabe quién se encuentra detrás. De esta forma, la persona es el vacío de su apariencia. La persona se desvanece.1 El lazo social, entonces, si la persona se desvanece detrás de la máscara, se tiene que generar en otra cosa. Si para el psicoanálisis hay síntoma inconsciente, esto quiere decir que algo cierra para establecer una consistencia. Algo tiene que presentarse cerrado y por lo tanto la pertenencia en el lazo se juega si se descubren cuáles son las claves que lejos del padecimiento, en verdad liberan del síntoma. Sólo se pertenece si se sabe cómo desvanecer también el síntoma que agrupa, aunque se siga sosteniendo la dimensión que ha hecho posible el lazo social.

Para Lacan, S. Freud comenzó de esta manera a trabajar con el síntoma histérico. Partiendo de una apariencia cerrada y suponiendo que algo había detrás, Freud según Lacan, descubrió que la máscara de aquello otro que es el síntoma, es conductiva atemporalmente hacia el “deseo”. Sin que Freud hubiera utilizado la palabra deseo, Lacan se la tiende a atribuir. Una lectura de la clase fechada el 16/4/58 del Seminario “Las Formaciones del Inconsciente”, podría brindar esa atribución, aunque la introducción del término “deseo” en el psicoanálisis fuera suya. Lacan mismo se desvanece muchas veces cuando se encuentra en posición de transmisor.
La máscara es por lo tanto, una ligazón al deseo que el síntoma inconsciente encierra. Pero hace, sin embargo, a esa posición deseante, diferente a la que en realidad sería si se abre el inconsciente y el sujeto se desvanece allí, y no en el costado de apariencia que la máscara determina.

Si esto fuera así, es necesario que todo ser analizante, pase por esa posición de máscara, como objeto privilegiado, sin la cual no se puede entrar al baile, para en un tiempo a posteriori y a través de su negación, se desvanezca como sujeto del inconsciente y no como persona en referencia a una máscara.
Ese necesario privilegiado de la máscara por donde el analizante debe pasar en un análisis, o por donde el ser hablante se constituye en su camino hacia el síntoma, se refiere al falo. La máscara es la intermediación de un significante que cierra el síntoma. Se supone que con el psicoanálisis podríamos abrir ese síntoma en una pulsación que tiene su paradoja finita e infinita.2
En este punto se podría incluso afirmar que el falo, como significante, es causa y máscara al mismo tiempo, de cierta conductividad que se cree deseo pero que en realidad lo descubre cuando lo niega. Vale decir, el deseo es otra cosa distinta que aquello que aparenta la máscara a través del síntoma, y sólo negando esta posibilidad se puede arribar a su verdadera dimensión.3

Los adolescentes podrían enlazarse en el alcohol, como una constancia perdurable de la etapa fálica. Perdurable en tanto es inevitable su desvanecimiento, porque siempre es necesario quitársela para dar la cara en persona sobre los actos desinhibitorios que genera. La máscara es etílica en el lazo social de los adolescentes, que expresándose de máxima en la llamada “previa”, adelanta la pereza del síntoma como angustia, para expresarse en toda su dimensión, aunque ya se manifieste en tanto rechazo de la inhibición primordial constituyente, punto de partida para todo ser hablante en algún área de la vida.
Sin alcohol pareciera que el fuego de la adolescencia no se enciende. Se hace necesario parecer ardiente, tener la apariencia del infierno, como un verdadero tigre al acecho, como jauría de perros que se echan, como gatos asociales moviéndose en manada. Tal es la máscara que el alcohol permite aparentar: cada cual en la suya, mostrando el máximo efecto de seducción. Aunque después detrás del fuego haya frío, nadie se caliente, y los dramas aparezcan al día siguiente en la intimidad de la pregunta que cada uno se formule: él diciendo que no cogió muy bien porque la tumescencia y el alcohol son incompatibles, y ella preguntándose si él llamará por teléfono para aclararle que aunque aparente, ella no es un gato.

Hay aquí un oxímoron que la máscara etílica proporciona: detrás del fuego hay frío. Detrás del fuego, hay un cero absoluto, porque lo que importa es el desvanecimiento del sujeto para dar lugar al deseo que está inhibido o causa angustia o está ordenado para no caer en él.4 Todos seguimos ligados al falo y por lo tanto a la máscara devenida “semblante” en el discurso. Pero no por eso hay que desconocer que el significante y su función tienen en la adolescencia un lugar distinto. Transcurrida la adolescencia como un tiempo de paso de sentido, el sujeto desarrolla una existencia que pasa a estar comandada por el après-coup.
Ese sujeto que pasa la adolescencia, podrá o no pasar por la experiencia analítica, pero seguro estará cerrado por la consistencia de un síntoma. La máscara adquiere un lugar princeps en la adolescencia y se manifiesta como aquello que va en contra de la función misma del inconsciente. Ese tiempo de la máscara privilegiada implica que la angustia aún no ha hecho su fusión con el fantasma.

El alcohol es una máscara de la adolescencia que determina un lazo social. No es un síntoma en sí mismo o en su defecto la adicción que lo reemplaza. La máscara es una declamación para que nadie espíe y el sujeto pueda ocultarse lo suficiente, porque puede ser que los ojos más bellos escondan garras poderosas. La máscara es la naturaleza misma de la enemistad de los otros que se puede ocultar en la cara. La máscara es el insulto que aleje, dotado de poderes ancestrales para que el sujeto pueda parecer temible. La máscara tiende a confundir, a los que aman clavar su desgracia en el otro. La máscara oculta las lágrimas y advierte a los otros sobre los ojos secos de sus propios duelos traicionados. La máscara denuncia la mentira del ocultamiento de lo que se ha perdido detrás de la burla de los que padecen de falta de palabra.

De hecho entonces, la máscara etílica, o cualquier otra, tiende a mostrar los lugares del otro deficientes por dónde el síntoma inconsciente va a producir un sujeto, y las máscaras de los otros a su vez muestran dónde el sujeto cree estar seguro de su fuego, cuando en realidad ese fuego esconde lo absoluto de un cero, propicio para un significante que será sin duda nuevo y aliviante.
Pero voy a dejar mejor que Dylan Thomas con su poesía les demuestre cómo, siempre la máscara invoca otra más poderosa, para proteger el brillo que cada ser hablante imagina que porta. Se trata del poeta inglés, fallecido en 1953, productor de una ruptura en la poesía anglosajona, donde el éxtasis y el horror de la vida aparecen como paradoja en cada uno de sus términos. Con influencias que fueron desde Marx a Freud, cada uno de los poemas de Dylan Thomas volvía al simbolismo perdido del individuo. He aquí, fragmentos de su poema “Oh, hazme una máscara”5, en el que se puede leer esa necesidad protectora que brinda el falo, de alguna manera siempre insuficiente:

“Oh hazme una máscara y un muro que me oculte de tus espías
de esos ojos agudos esmaltados y de las garras ostentosas…”
“... hazme una lengua de bayoneta en esta oración indefensa,
vuelve mi boca flagrante y que sea una trompeta de mentiras soplada dulcemente,
dame las facciones de un tonto moldeado en vieja armadura y roble
para escudar el cerebro brillante…”
“… y hacer que adviertan los ojos secos
que otros traicionan las quejumbrosas mentiras de sus pérdidas
con los pliegues de la boca desnuda y la risa solapada.”

La poesía y la máscara podrían ser para el psicoanalista, un punto de partida. Sólo después de atravesado este problema comienza la variable discursiva del semblante. Pero como no hay una última palabra siempre se vuelve a la máscara.
_________________
1. Seminario “La Transferencia”, J. Lacan. Clase del 5/4/61
2. Seminario “Las Formaciones del Inconsciente”. J. Lacan. Clase del 16/4/58.
3. Seminario “Los Nombres del Padre”. J. Lacan. Clase del 12/2/74
4. Seminario “El Sinthome”. J. Lacan. Clase del 16/3/76.
5. Poemas completos. Dylan Thomas. “Oh hazme una máscara”.Traducción E. Azcona Cranwell. Ediciones corregidor. Bilbao. España
 
 
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