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   Problemas y controversias en el psicoanálisis

El perdón imperdonable
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En un reciente film inglés hecho, casi con seguridad, para la televisión, film que muestra las habituales virtudes del cine insular –guión inteligente, actuación y fotografía impecables–, y los no menos habituales defectos –una excesiva dependencia de la literatura y del teatro tradicional– y que fuera titulado Longford, reaparece el espinoso problema del perdón.
El protagonista, un personaje que, nos dicen los créditos finales, ha muerto hace poco, el así llamado Lord Longford, ha dedicado su vida a visitar las prisiones para ejercer su caridad cristiana en beneficio de los condenados, tratando de aliviar sus condiciones de vida y de acortar las penas de reclusión.

Fascinado por una asesina tan inteligente como perversa, descubre, cuando alborozado le comunica que podría conseguirle la libertad bajo palabra, que ella ha cometido en un páramo dos crímenes más, crueles hasta el espanto, confesados a la fuerza ante la denuncia vengativa de su cómplice, que la ama pero no tolerará que la liberen mientras él permanece en prisión.
Frank Longford, a quien hace poco y en la cárcel el cómplice de Mary, venenoso, agresivo, siniestro, le ha dicho que no finja más, que no es por caridad cristiana que se interesa en ella, que Mary es una (son palabras textuales) “histérica” que siempre dice al otro lo que él quiere oír, siente de golpe que se derrumban su mundo y su prestigio.

Diez años más tarde y en el patio de la prisión, Mary, que sufre un enfisema fatal, le pide perdón a un Frank agobiado, viejo y envejecido, quien le contesta que la ha perdonado, que luchó siempre tanto por condenar el delito como por salvar al delincuente; que ése es el ideal cristiano y que para nada se arrepiente de lo que ha vivido; llega, incluso, hasta a darle las gracias.
¿Se puede perdonar todo? ¿Es perdonable quien ha ejercido su crueldad de un modo “espiritual”1 y sin vacilación contra el prójimo?

Pero, antes que nada, ¿cuál es la semántica de la palabra “perdón”? Los diccionarios nos hablan de condonación de las faltas, de remisión de los pecados, de indulgencia; sin embargo, se advierte de inmediato, el término tiene un sentido claro cuando refiere al derecho, porque el derecho se ubica en el plano de la conducta y sabemos perfectamente lo que significa un indulto; mas, en el plano subjetivo, en el plano del que perdona y en el del perdonado, todo es tan oscuro, tan oscuro como lo es el amor cristiano.
Uno de los textos favoritos de los teólogos, el que es empleado por Santo Tomás en su Suma contra los gentiles2, proviene del bíblico libro de los Proverbios. En la Vulgata, allí donde figuran las sentencias de Salomón, se dice: Et universa delicta operit charitas
(Proverbia, 10,12)3, es decir, “La caridad cubre ‘absuelve’ todos los delitos”. O bien, según la versión de la Biblia de Jerusalén4, “El amor cubre todas las faltas”. Repárese en el cuantificador: universa, todos. La caridad absuelve todo, sin excepción5.

¿Qué es la caridad, es decir, el amor?
Lacan, inspirándose de cerca en las descripciones de Sartre, pero trasponiendo su sintaxis a otro nivel, rompió la simetría entre el amante y el amado. El amante padece una falta intensa, incomprensible, torturante, que le hace vislumbrar que el amante podría colmarla con su presencia; el amado, frente a esa demanda, oscila entre la conducta de Dafne que huye del abrazo asfixiante de Apolo y el cambio de posición, por el cual ahora muta en amante; pero, lo sabemos por lo menos desde Hegel, ¿cómo podrían amante y amante encontrarse y satisfacerse como quien dice mutuamente?

De esta disparidad nacen infinidad de artificios, algunos de los cuales son tan conmovedores como perversos. Y antes que nada el amor cristiano, al que dio forma definitiva San Pablo. “La caridad es paciente, es servicial... Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo soporta [...] Ahora vemos en un espejo, confusamente. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido”. (1, Corintios, XIII, 4/12)
El amor, como suprema ley sin ley, es ilimitado. Y si es ilimitado (¡qué terrible homologar lo ilimitado con lo perfecto!) queda entregado a la maldición del espejo paulino, ése que convoca con su más allá y con la suposición de que podríamos ver tal y como somos vistos6, lo que es tan inconcebible como monstruoso: por algo Lacan ubica en la inhibición el deseo de no ver.

En esta economía libidinal paroxística, infatigablemente no diré equívoca, porque cualquier acto psíquico lo es, sino persecutoria, el perdón universal e irrestricto ocupa un lugar de privilegio: si la paciencia se impacienta; si la excusa se torna inexcusable, la pendiente de la traición es el reverso de la fe y el pedido de perdón y su otorgamiento tiene que intervenir de continuo para restablecer los lazos cada vez más pantanosos.
Ahora bien, pedir perdón es someterse incondicionalmente a la gracia de otro que por un momento se creerá Otro: es la embriaguez del verdugo de quien depende por un hilo la vida de su víctima. A su vez y complementariamente, si perdonar es sorberle el alma al perdonado, como el demonio medieval que esperaba el último aliento expirado por su víctima para aspirarlo por la boca, hay correlativamente en ésta una voluptuosidad sacrificial que la llevará a alternar entre el odio y el sometimiento perverso.

Si el arrepentimiento es valioso porque revela la culpa, la sanción del perdón ciega la raíz de la culpa y se vuelve ejercicio superyoico. Sólo podemos buscar legítimamente un arrepentimiento sin perdón del Otro; un arrepentimiento que muestre las complicidades eróticas en las que se enlazan nuestras buenas intenciones y que pueda resonar en el silencio sin estruendos, ajeno al teatro cristiano del perdón.
Desde luego, no hablo sino de una de las figuras del amor cristiano, la que no agota las vicisitudes del amor. Es más, bien pudiéramos decir que las distintas formas del amor se defienden de este amor letal (“océanico”, me dijo una colega y con razón), justamente porque es, indudablemente, el fantasma con el que todo amor se enfrenta.
En este punto tiene razón Lacan cuando sostiene que el mandato de amar al prójimo es rechazado por el sujeto para evitar la pérdida de los límites. 

1. Mary dice que la destrucción del prójimo también es una experiencia “espiritual”.
2. Tomás de Aquino, Suma contra gentiles , Porrúa, México, 1985, capítulo CLVI, p.528.
3. Biblia vulgata, B.A.C., Madrid, 1951, p.785.
4. Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Barcelona, 1971, p. 820.
5. Es cierto que el texto citado pertenece al Antiguo Testamento; pero hasta donde yo lo sé, en el pensamiento judío hay otra concepción del perdón; no sólo porque hay el límite de lo imperdonable, sino también y decisivamente, porque las únicas que pueden perdonar son las víctimas. ¿A quién pide perdón la Iglesia cuando tardíamente denuncia los crímenes de la Inquisición? No necesitamos demasiada lucidez para darnos cuentas de que en éste como en tantos casos, la búsqueda del perdón es ajena a la estructura del perdón teológico, del cual me ocupo aquí. Quiero decir: es el perdón de la vida cotidiana, perdón cómico, destinado exclusivamente a desconocer lo que está en juego en lo que se denuncia. Como si uno dijera: “Basta, te perdono, está bien...dejemos las cosas aquí antes de que se compliquen”.
6. Si veo tal y como soy visto, supongámoslo en el límite, desaparezco en la visión.
Esta imagen sin imagen, este imaginario blanco, lejos de alejar al sujeto de su narcisismo lo sumerge implacablemente en él.
 
 
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