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   Lectura

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Los tres pilares de la primera página (Novena Entrega)
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
De cómo Freud debió asesinar para que lo lean

En “¿Qué es hacer hablar a un autor?”, una jugosa intervención acerca del estatuto del autor en Michel Foucault, Pierre Bourdieu señala que: “Foucault habría dicho gustosamente ‘yo no soy foucaultiano’. Sin duda, lo ha dicho (lo que no quiere decir que no deseara que hubiera foucaultianos). Ha hecho cosas que muestran que quería que hubiera foucaultianos.”1 Tratándose del gran animador de los estudios sobre la circulación del capital simbólico, uno se queda esperando que Bourdieu enumere, con el detalle que nos convendría, esas cosas que Foucault hacía para conquistar lectores y audiencias, pero no lo hace. Todo esfuerzo de abstracción se realiza al costo de olvidar ciertas preguntas; el precio pagado por “¿Qué es hacer hablar a un autor?” fue el de aplazar la pregunta acerca de qué hace un autor, desde sus textos, para que se hable de él con consideración. Cuando se opta por la perspectiva de la recepción (la del panorama del qué hacen los lectores con un autor), los dilemas de producción (v.gr. el de cómo construye un autor, en un texto, el principio de su autoridad) quedan fuera de programa.

Con más afición por el rincón de la producción, en la última entrega se vio cómo los epígrafes suelen oficiar de “novela familiar”, ligando al autor a una saga de autores destacados o, al menos, de lectores avisados. Es el primer paso acostumbrado para generar la impresión de que uno es idóneo para exponer el tema. Desde luego, hacer relucir un epígrafe es como mostrar una joya de la familia: sorprende, pero no alcanza. Faltan más certificados para probar que no se es un arribista. Por lo general, exhibir predilección por un autor respetado o un párrafo selecto, alcanza como contraseña para que el lector nos admita entre sus iguales, no todavía para que nos incluya entre aquellos a quienes elige prestar atención. Es insuficiente para ganarnos el sí de su dilema preliminar: el tema me interesa, pero ¿quién es este tipo para que me tome el trabajo de leerlo? La primera página debe sumar, entonces, otros indicios prometedores de que merecemos lectura. Es el momento de máxima agitación narcisista del texto, es una caminata sobre un borde flanqueado por los abismos del ridículo y la pedantería. El que escribe queda instalado en la soledad del ejercicio del poder.

Al respecto, los pasos iniciales de Freud son aleccionadores. El destino del psicoanálisis vivió tiempos difíciles debido a que La interpretación de los sueños comenzaba marchando muy inclinada al costado de la pedantería; si bien luego se enderezaba, es imposible dar una segunda primera impresión. Freud necesitó del fracaso para recapacitar que había algo desorientado en ciertas soluciones alentadas por Fliess, y para sospechar que debía hacer otras cosas si pretendía ver freudianos. Lamentablemente, estas peripecias del escritorio de Freud han entusiasmado poco a biógrafos y comentaristas. Es un tópico escurridizo y resistente. Por ejemplo, la caracterización de la escritura de Freud que hizo Michel Foucault en su conferencia “¿Qué es un autor?” –de la cual la mencionada “¿Qué es hacer hablar a un autor?” es una alusión ostensible– muestra el mismo tipo de descuido que Bourdieu comete al ocuparse de la escritura de Foucault. Concretamente, según Foucault: “se puede ser autor de algo más que de un libro”, puesto que a través de un libro uno puede llegar a ser, simultáneamente, el fundador “de una teoría, de una tradición, de una disciplina en cuyo interior otros libros y otros autores a su vez van a ubicarse” y, en ese sentido: “Freud no es simplemente el autor de la Interpretación de los sueños o de El Chiste; Marx no es simplemente el autor de El Manifiesto o de El Capital: ellos establecieron una posibilidad indefinida de discursos”.2 Se trata de un retrato muy atendible del gesto freudiano, pero con las señas de debilidad de ocuparse exclusivamente de la recepción. Al poner el acento en lo que Freud escribió para que otros libros y otros autores puedan ubicarse en un nuevo espacio discursivo llamado psicoanálisis, debió descartar su revés, que se ocupa de lo otro, de lo que Freud escribió para que otros libros y otros autores le abriesen un lugar entre ellos. No es una distinción gratuita. De hecho, antes de que Freud se convirtiese en fundador de una discursividad, y sus párrafos en presa de buscadores de epígrafes, él debió hacer ciertas otras cosas para llegar a ser leído. Aunque ruptura y seducción pueden manifestarse en un solo golpe, en su caso fueron dos victorias disociadas: La interpretación de los sueños fue el texto fundador de Freud, pero no el que lo ascendió a la condición de autor leído por sus contemporáneos.

La tímida primera edición de 600 ejemplares del libro de los sueños demoró ocho años en agotarse. En las primeras seis semanas del lanzamiento, se vendieron apenas 123; al segundo año, el número subió a 228; al sexto, a 351. Menos tiempo le llevó a Freud admitir que eso no respondía únicamente al horror provocado por la novedad volcánica, sino también a que el libro no sabía hacerse tomar en serio. El era un autor que no acertaba a construir el verosímil de su autoridad. Luego de un turbulento año y medio de emociones encontradas y ensayos de cambios de escritura, las cosas se encaminarían a la solución con un largo artículo partido en dos entregas por la revista Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie de Ziehen y Wernicke; es la Psicopatología de la vida cotidiana y corre julio-agosto de 1901. Tres años después, se reedita en formato de libro con notables consecuencias. En 1910, cuando ya andaba por la tercera edición ampliada, Freud le confiesa a Jones que: “había encontrado al camarero de su cabina [del barco a Nueva York] leyendo la Psicopatología de la vida cotidiana, cosa ésta que por primera vez le dio la idea de que podía ser famoso”.3

El análisis textual la descubre como una obra de características singulares, por las que se acomoda algo forzada entre el gran libro de los sueños y el del chiste; Foucault, quizás sabiendo perfectamente lo que hacía, esquivó nombrarla en “¿Qué es un autor?”, porque era una de las cosas que Freud hizo para ser admitido, antes que para ser imitado. Como lo adelanta Strachey en la introducción, el desarrollo de la Psicopatología es derivante y entrecortado: “el lector no puede dejar de pensar a veces que la abundancia de ejemplos interrumpe el hilo central de la argumentación, y aún genera confusión”. Asimismo, nos atrevernos a tildarla de mojigata; Freud lo admite en la última página: “[En cuanto al] origen que tendrían los pensamientos y mociones que se expresan en las operaciones fallidas, [...] las diversas corrientes sexuales no desempeñan un papel desdeñable. Se debe a lo fortuito del material que justamente en mis ejemplos aparezcan tan rara vez”.4 Ahora bien, la Psicopatología sostiene algo atrevidamente: desconfiar de todo lo fortuito. Leída en su propia ley, lo indicado sería buscar su triunfo en esas sobras y escaseces que la caracterizan. Y, en efecto, la atenuación de las pretensiones y del tono parece haber sido lo que permitió, a muchos lectores más, advertir el observador incansable y apasionado que había en Freud. No es que la colección de observaciones faltara en La interpretación de los sueños; sin embargo, ella se veía corrida por los enunciados del crítico implacable y del teórico acelerado; dos personajes dominantes que imponían una máscara de autor demasiado severa y extranjera como para despertar adhesión confiada en las intenciones de su poder.

La primera página de la Psicopatología muestra un hábil golpe de timón. No comienza con un capítulo bibliográfico de superficie obediente (el autor ha hecho los deberes en la biblioteca), pero de tono ególatra (el autor concluye que no tiene antecesores dignos). Esta vez, Freud fundamenta su seriedad citando, a modo de garante, un trabajo suyo acerca del mismo tema que, tres años antes, había aceptado y publicado la misma revista científica en que la Psicopatología aparece: “En el volumen de Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie de 1898 he publicado con el título de ‘Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria’, un breve ensayo cuyo contenido he de recapitular aquí, tomándolo como punto de partida”. Mostrada esa credencial, el texto entra directamente a interpretar un fallido paradigmático, el del olvido del nombre propio “Signorelli”. El giro es completo. En la séptima entrega nos detuvimos en que Freud describía acertadamente el comienzo del libro de los sueños como un “matorral de espinas” que hay que atravesar antes de encontrar a “la Bella Durmiente” del sueño de la inyección a Irma, prisionera en segundo capítulo. También subrayamos cómo Freud entreveía con preocupación, y ahora agrego que también con orgullo, que: “la mayoría de los lectores no podrá pasar” semejante primer obstáculo. Ese orgullo, demasiado seguro de la propia genialidad, le hizo creer que tenía derecho a hacerse desear.

Pero si el error de Freud era comprensible (cuando se puso a escribir el primer capítulo, venía de acabar triunfalmente los demás), no lo era, en cambio, el error de su corresponsal, que no hacía más que alentarle esa posición enunciativa. La apología al “espléndido aislamiento” (algo así como un anillo áureo de soledad que separaría al autor refulgente del resto de los mortales) es letra original de Fliess, no de Freud. Al respecto, la impopularidad de los libros de Fliess (el sueño “El ataque de Goethe al Señor M.” está asociado a una de las veces que Freud salió a defender a su amigo de reseñas adversas), no obedecía exclusivamente a lo bizarro de las hipótesis —para su momento mucho menos desopilantes que hoy—, sino a la certeza altanera de su expresión. Siete años más tarde, la cima megalómana de Fliess caería como un alud de querellas sobre el propio Freud. En la conferencia “El descubrimiento de la doble sexuación permanente, una presentación histórica” y en el panfleto “Por mi propia causa: contra O. Weiniger y H. Swoboda” que acompañaron, en 1906, la salida de su libro mayor, El ciclo de la vida: fundación de la biología exacta, Freud queda impiadosamente retratado como autor envidioso y cómplice necesario del delito de plagio de las ideas de Fliess.5

De allí que Fliess no fue ni podía ser, para Freud, lo que Pound fue para Eliot o Rosenblum para Woody Allen. Es cierto que lo liberó del freno de Breuer, y ya celebramos de qué manera lo previno contra errores elementales; pero sus condiciones de asesor de textos eran casi enteramente espectros de la transferencia. En el futuro, Freud ejerció ese asesoramiento sobre Jung, Ferenczi y otros, enviando correcciones muy precisas de estilo y doctrina; pero nunca más lo aceptará para sí. La experiencia había quedado demasiado sexualizada. El intento de Ferenczi de arrimarse al escritorio de la redacción del caso Schreber, será fulminan-temente rechazado y, a los pocos días, concluido con la siguiente disculpa: “Esa necesidad, en cuya superación acaba de verme, se extinguió en mí desde el caso Fliess. Una porción de investidura homosexual se me ha retirado y es utilizada para la expansión de mi Yo. Triunfé donde el paranoico fracasa.”6
Cómo y cuándo ocurrió la desautorización y el desinvestimiento de Fliess es motivo de controversias. Para Peter Swales, que se autodefine como “el historiador punk del psicoanálisis” y dio pruebas de ser el mejor sabueso del joven Freud, eso ocurrió violentamente a fines de julio o principios de agosto de 1900, en lo alto de los Alpes tiroleses, a espaldas del lago de Achensee y debido a impulsos fratricidas de Freud; él toma por cierta la versión que registró entre los sobrevivientes de la familia Fliess y su entorno, según la cual Freud quiso arrojar al lago a su amigo, que no sabía nadar, en un intento homicida encendido quizá por el consumo de cocaína. Para Schur, en cambio, la cuestión se remontaría a la cizaña que metía la esposa de Fliess debido a que los Breuer formaban parte de su parentela; para Kris, es efecto del dispositivo autoanalítico; para Jones, lo es de diferencias epistémicas; para Porge, de que Fliess era paranoico. A esas y otras varias conjeturas, sumaré la mía. A mi entender, los móviles mencionados son altamente probables pero, a la vez, muy difusos; resultan débiles para justificar las fechas en que se desencadenó la crisis y se concretó la separación definitiva. La sismografía de las circunstancias del escritorio de Freud, en cambio, escolta puntualmente el encendido de la chispa como las sacudidas del timing de la ruptura. Esa amistad, que llevaba más de trece años y quinientas cartas en su haber, se resquebrajó al compás de las evidencias de que La interpretación de los sueños no había alcanzado, ni remotamente, la repercusión de gloria o escándalo que Freud esperaba y Fliess había ayudado a pergeñar; y se derrumbó, en la segunda mitad de 1901, con la aparición de la Psicopatología y el nombramiento universitario de Freud. Es recién en 1902, sin Fliess, que aparecen los primeros freudianos.

Las cartas dibujan el ascenso del máximo acercamiento, la meseta y la brusca caída de la pérdida de confianza mutua como resultado inminente. 1899 es el año de las correcciones de La interpretación de los sueños y el del mayor intercambio postal (cada uno envía 43 cartas). A medida que el libro progresa, Freud se envalentona; en mayo, coquetea con mudarse a un sello distinto al de La afasia y los Estudios sobre la histeria (“lo intentaré quizá si noto que Deuticke no quiere pagar mucho por ello o no se ilusiona mucho.”); en septiembre, alardea con el vaticinio de que será un genio incomprendido (“¡Y lo que tendré que oír! Cuando la tormenta se desenlace sobre mí, me refugio en tu cuarto de huéspedes”). Pero sucede que la publicación no trae ni el dinero ni el escarnio, sino la indiferencia de las pocas ventas y las pocas reseñas significativas. El libro comenzaba con la siguiente advertencia: “En mi presente ensayo de exponer la interpretación de los sueños no creo haber rebasado el círculo de intereses de la neuroanatomía”; pero las revistas científicas no le creen. En febrero de 1900, Freud acepta la pesada invitación del neurólogo Löwenfeld de armar un extracto, Sobre el sueño, con tal de aparecer en Grenzfragen des Nerve und Seelenlebens. En marzo, mira el espejo y se descubre súbitamente envejecido; también comienza a admitir la derrota. Ahora que lo sufre, no lo embelesa el lugar del excéntrico (“Me explico diciendo que me he adelantado en 15-20 años. Es claro que después me entra el remordimiento. [...] En lo interior estoy profundamente empobrecido, tuve que demoler todos mis castillos en el aire”). Fliess es incapaz de acompañarlo, tampoco de leer entrelíneas lo que las nuevas cartas cargan de reproche; a contrapelo, le contesta con alabanzas a la splendid isolation. Freud escucha otra cosa: “voces interiores, a las que me estoy acostumbrando a prestar oídos, me aconsejan una apreciación mucho más modesta de mi trabajo de la que para él proclamas.” Y, el 1 de julio, le explica y se explica con alarmante lucidez que ellos no son uno, que algo los desune en el momento de validar la autoridad frente a la crítica: “Quizás a los dos nos importa igualmente poco la aprobación de los P.T. [los burócratas universitarios] contemporáneos, pero tú eres independiente de ellos porque además extraes dientes, recortas narices y haces otras cosas que ellos honran sin entrar en conflicto contigo. En cambio yo debo vivir justamente del juicio de la misma gente cuyo juicio desprecio. Es probable que fuera igualmente despreocupado si tuviera pareja independencia.” Precisamente aquí la correspondencia se interrumpe. No es insólito que, treinta días más tarde, cuando los dos hombres se encuentren en Achensee, a Freud se le vuelva patente que el otro no es más su otro de calidad y replique con impaciencia los intentos de Fliess de aleccionarlo. Hasta es concebible que Swales tenga alguna razón, en cuanto al grado de violencia desatada. Pero si hubo ataque, no fue por envidia, como Fliess lo denunciaría en privado y en público. Si lo empujó, fue para despegarse intelectual y sexualmente, no para vengarse. Es de destacar que, de la crisis de Achensee, la correspondencia testimonia solamente dos cosas. Una, que Fliess habría defendido ardorosamente el principio de que los síntomas aparecen y desaparecen según estrictas leyes de la biología, y que cualquier interpretación analítica es una mera proyección del analista: “Me dices algo que desvaloriza todos mis empeños: El lector del pensamiento no hace sino leer en los otros sus propios pensamientos. Si soy un tal, entonces no tienes más que arrojar mi Vida cotidiana al cesto de papeles sin leerla.” La otra es que, como secuela de la discusión, Freud pierde irreparablemente la confianza de escritor en su amigo: “Me apenó perder al único público. ¿Para quién seguiría escribiendo yo?”

El número de cartas de 1900 baja a 26; las de 1901, a 16. Alcanzan, sin embargo, para anoticiarnos de que la redacción de La psicopatología avanza sin pedido de consejos y que Freud aplaza la entrega del caso Dora, escrita en enero de 1901 (lo guardará por cuatro años, a la espera de una época de mayor consolidación pública). Lo contrario hubiese sido una vuelta a escribir bajo el signo de Fliess. Las grandes decisiones las ha tomado en Roma, ciudad en la que Freud consigue entrar para quitarse la férula de Fliess. Con seis meses de retraso, lo cuenta en la carta crucial del 11 de marzo de 1902: “Cuando [en septiembre] regresé de Roma, el gusto en vivir y en producir había aumentado algo en mí, se había reducido el gusto por el martirio. [...] Retiré de la imprenta mi última publicación [el caso Dora] porque poco antes había perdido mi último público. Pude imaginarme que la espera de reconocimiento demandaría una parte considerable de mi tiempo de vida y que entretanto ningún prójimo haría caso de mí.” Antes de partir de viaje, y no sin titubeos, había entregado el caso Dora a Ziehen y Wernicke, de regreso sólo autoriza la aparición de La psicopatología.7 Además, hace otra cosa para que haya freudianos (“yo quería volver a Roma, cuidar de mis enfermos y criar a mis hijos con buen talante. Entonces resolví romper con la severa virtud y dar pasos acordes, como los dan otros hijos del hombre”): mueve contactos políticos para zanjar la inercia burocrática que obstruía su nombramiento de profesor universitario. Al fin y al cabo, con el ministro Von Hartel el antisemitismo no era tan poderoso como Fliess aseguraba (recuérdese que lo había persuadido a no publicar un importante sueño que abogaba por la tolerancia étnica): “Si hubiera emprendido esas diligencias tres años antes, habría sido nombrado tres años antes y me habría ahorrado muchas cosas”. Por último, Freud hace un nuevo intento de convencer a Fliess de que la autoridad que eleva a un autor no proviene de una condición inmanente, sino de un saber hacer con la lengua del mundo: “Es evidente que [con el nombramiento] he vuelto a ser honorable, los admiradores más tímidos me saludan en la calle a la distancia. [...] He aprendido que este viejo mundo se rige por la autoridad, como el nuevo se rige por el dólar.” Luego de esta larga carta, sólo resta la cortesía mecánica y recriminatoria de las próximas nueve de los siguientes dos años. Freud había entendido que lo que separaba a Fliess de los lectores no era su vertiginosa estatura intelectual, sino la soledad del pedestal paranoico: “[eres] alguien que anda por sendas oscuras y trata con muy pocas personas, todas las cuales le rinden un culto incondicional y acrítico”. Fliess ni lo aceptará ni lo perdonará; a su entender, la autoridad no era algo que un escrito debe construir, sino algo que el nombre propio merece de antemano.

Próxima entrega: Imago-Agenda n°49 (mayo de 2001)

(*) banos@inea.com.ar
1. Bourdieu, Pierre [1996], “’¿Qué es hacer hablar a un autor?’ A propósito de Michel Foucault”, incluido en Intelectuales, política y poder, Eudeba, Buenos Aires, 1999, pp. 197-98.
2. Foucault, Michel[1969], op. cit., p. 99.
3. Jones, Ernest, Vida y obra de Sigmund Freud, 3 vol. , Paidós, Buenos Aires, 1976, v.II, p.67.
4. Freud, Sigmund [1901], Psicopatología de la vida cotidiana, en Obras Completas, t.vi, Amorrortu, Buenos Aires, 1980, pp. 267-68.
5. Los textos completos se ofrecen en: Porge, Erik [1994], ¿Robo de ideas?, Kliné, Buenos Aires, 1998, pp. 105-09 y pp. 241-83. Lo fundamental aparece en las notas de Kris de 1952 a la carta a Fliess del 10 de julio de 1900.
6. Freud, Sigmund and Ferenczi, Sándor, The Correspondence of Sigmund Freud and Sándor Ferenczi, Harvard Univ. Press, Cambridge, Massachusetts, 1994/1996, p. 221; ver también p. 214 n.1.
7. Haciendo una interpretación antojadiza de la carta n°35 de Freud a Ferenczi, Jones construyó una versión contraria a la de Freud (Jones, E., op. cit., II, pp. 273-74). Strachey[1953] la adoptará acríticamente y Mahony[1996] la multiplicará.
 
 
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