Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Entrevista

Juan Carlos Volnovich
  Por Emilia Cueto
   
 
Emilia Cueto: ¿De qué manera iniciaste tu recorrido en el psicoanálisis?
Juan Carlos Volnovich: En el psicoanálisis me inicié muy joven y de manera azarosa. Todo lo mío fue muy rápido: entré a la Facultad de Medicina a los 15 años.

–E.C.: ¿Cómo sucedió eso?
–J.C.V.: Cuando yo era chico, –vivíamos en el campo, en La Pampa–, tuve parálisis infantil. Me contagié en la epidemia del 43 cuando tenía 18 meses y quedé casi cuadriplégico. Mi madre me crió con la idea de que “este tipo con el cuerpo nunca va a poder defenderse en la vida así es que más vale que haga algo con la cabeza...” Pensaba, no sin razón, que iba a ser un discapacitado lo cual, como vos ves, no pasó. Pero estimuló en mí todo lo que tenía que ver con la inteligencia. Di varios grados libres en la escuela primaria y a los 15 años, entré a la Facultad de Medicina. Hice la carrera muy bien y cuando estaba en cuarto o quinto año descubrí el artículo 17 del estatuto de la Universidad de Buenos Aires. Decía que si uno tenía más del 50% de materias aprobadas en una carrera podía hacer materias de otra carrera de la misma universidad sin hacer el curso de ingreso y sin seguir el orden curricular. Como en Medicina había muy pocas mujeres, y se había corrido la noticia de que psicología estaba lleno de “minas”, empecé a cursar materias de psicología. Enseguida nomás conseguí novia, claro. Mi novia había estado en Cuba apenas triunfó la Revolución, y me llenó la cabeza con las maravillas de Cuba. Así es como se inició el proyecto “pa Cuba nos vamos”.
Hablé con Bleger (de quién era alumno) y le dije que me quería ir a Cuba.
Sabio, Bleger me aconsejó: “recibite primero. Así no servís para nada. En cambio, si terminás la carrera, por lo menos a Cuba le llega un médico”.
Le hice caso. En aquella época la Facultad de Psicología estaba dividida en dos bandos tipo Boca y River. Uno era el de la Clínica Bulnes donde estaban Itzighson, Caparrós, Gervasio Paz (que veneraban a Thénon). Eran los reflexólogos del Partido Comunista, absolutamente enfrentados a los psicoanalistas. Porque en esa época si uno se dedicaba al psicoanálisis no podía ser comunista, y si uno era comunista, no podía dedicarse al psicoanálisis. Por el otro lado, estaban Bleger (que sufrió mucho esa contradicción) y Ulloa que encarnaban el psicoanálisis.
A mí me interesó el psicoanálisis. También a quienes en esa época eran mis amigos. Obviamente, la única institución para obtener una formación psicoanalítica rigurosa era la Asociación Psicoanalítica Argentina. Sólo que, para entrar, primero había que ser médico y, segundo, había que analizarse con un analista didáctico. En esos años eran muy pocos los didactas. Nadie conseguía hora con un analista didáctico. Se esperaban seis, ocho años para poder conseguir una hora.

–E.C.: ¿Tanto tiempo?
–J.C.V.: La gente lo pedía con anticipación. Empezaban un análisis terapéutico y pedían hora para el análisis didáctico, para cuando llegara el momento. Como yo me iba a ir a Cuba, no pedí hora a ningún analista didáctico, y seguí con mi análisis terapéutico. Me gradué de médico y dije “bueno, ahora ya estoy listo para ir a Cuba”. Sólo que en ese momento me llegó de Cuba la mala noticia de que se habían suprimido los contratos para técnicos extranjeros. Cuando triunfó la Revolución casi todos los médicos se fueron y hubo una necesidad muy grande de médicos. Pero en el ’64, ya empezaban a aparecer las primeras generaciones de médicos cubanos formados en el período de la Revolución (que triunfó a principios del ’59) y se suprimieron los contratos para médicos extranjeros. Así es que yo estaba recién recibido de médico, no tenía hora para análisis didáctico y no tenía futuro en Cuba. Estaba en el aire pero tuve mucha suerte. Willy y Madelaine Baranger, dos didactas de mucho prestigio de la A.P.A., que habían sido enviados en la década del ’50 al Uruguay para formar la Asociación Psicoanalítica de Uruguay, estaban de regreso. Eso significaba que había dos miembros didactas con todas las horas libres para tomar pacientes en análisis didáctico. Debido a la escasez, recibieron una tremenda demanda. Prácticamente una avalancha de aspirantes se les fue encima. Fue allí que surgió la idea de un concurso. Un concurso para tomar pacientes en análisis didáctico. El concurso era con un Rorschach, con entrevistas y con una autobiografía; muy complejo.
Pero yo no me había presentado, porque eso fue en el ’63 y todavía yo me iba a Cuba. Al año siguiente, cuando se cerró esa puerta, pensé: “me quiero analizar, quiero hacer la carrera analítica”. Entonces, toqué el timbre de todos los analistas didactas y todos me dijeron que no. El único que me dio alguna esperanza fue Jorge Mom; me dijo que si lo esperaba ocho años, podía analizarme con él.

–E.C.: ¿Los otros directamente no?
–J.C.V.: No, los otros me decían “mire no, porque…” Salvo Gilou García Reinoso, que era una didacta “joven”. Como todos los demás me dijo: “yo no puedo, ni le doy hora, ni me espere, pero le voy a dar un dato. Mi marido es el Director del Instituto de Psicoanálisis (paso previo a presidente de la Asociación) y tiene una hora. También tiene, claro está, una larga lista de espera pero, influido por lo que hicieron Made y Willy Baranger el año pasado, me parece que va a dar esa hora al Instituto, para que el Instituto decida. Preséntese al concurso, no para ganarlo pero si para saber. Si sale en los primeros puestos del ranking siga bregando por una hora para análisis didáctico, si sale en los últimos, comience un nuevo análisis con algún miembro adherente.”

–E.C.: ¡Había que tener mucho deseo de ser analista!
–J.C.V.: Pero era una época donde el entusiasmo desbordaba. Entonces, me presenté al concurso. Aparte de la autobiografía, el Rorschach y toda esa historia, había un jurado y a mi me tocó Marie Langer, Arnaldo Rascovsky y José Bleger. Pero como a esa altura de los acontecimientos yo era amigo de Bleger, –a pesar de la diferencia de edad–, recibí una conmovedora carta del Instituto diciendo que como él era mi amigo no podía ser jurado. Fue así que lo reemplazaron por Noun Racker, la que después fue la mujer de Rodrigué. Entonces, ellos fueron mi jurado.
Aspiramos para una hora ciento cincuenta y siete colegas, y lo gané yo. Eso significó que no esperé nada para entrar a la Asociación Psicoanalítica: me recibí, me presenté al concurso, lo gané y de ahí que hasta ese momento fui el candidato más joven de la A.P.A. No se si después habrá entrado alguien a los 22 años.

–E.C.: ¿Quiénes fueron tus maestros?
–J.C.V.: Mis maestros eran Bleger y Ulloa en la Facultad de Psicología. Y en la APA empecé a hacer los seminarios con Willy Baranger, Betty Garma, Arminda Aberastury, Guliana Smolensky, Jorge Mom, Arnaldo Rascovsky, Fidias Cesio (que era muy particular porque en una época muy kleiniana de la asociación, el era freudiano y no se movía de Freud), y todos fueron muy importantes para mí.

–E.C ¿Freud y Ana Freud?
–J.C.V.: No, Ana Freud estaba absolutamente prohibida. Arminda Aberastury leía a Ana Freud y la criticaba. A nosotros nos mostraba las críticas.
Yo hice una revisión de la Revista de Psicoanálisis. En los trabajos publicados allí, desde el 43 hasta el 85, hay solamente dos trabajos de Ana Freud.
No obstante, de entrada me interesó mucho el psicoanálisis de niños. Además de los profesores, había que tener dos controles oficiales.

–E.C.: Supervisiones.
–J.C.V.: Supervisiones oficiales. Me acuerdo que era una época muy loca, porque los didactas eran muy pocos, no se promovían más didactas y estaban totalmente bloqueados. Entonces, un día saliendo de un seminario y descendiendo por la escalera de A.P.A. en Rodríguez Peña, veo que viene bajando Marie Langer. Me paré en la escalera, esas escaleras caracol de madera, y me puse a gritar como un loco –eso era absolutamente impertinente en la Asociación, donde éramos todos muy almidonados–: “¡¿Qué tiene que hacer un candidato para conseguir alguna vez una hora de supervisión con Marie Langer?!”, sabiendo que ella estaba atrás.
Entonces Mimi baja –me había conocido en las entrevistas del concurso– y me dice: “¿vos querés supervisar conmigo?”. No se si le respondí o si me quedé mudo pero ella siguió: “vení a verme el miércoles a las cinco de la tarde”. Y ahí empecé a supervisar con ella para siempre, hasta que se murió. También nos hicimos muy amigos.

–E.C.: ¿Después te analizaste con ella?
–J.C.V.: No. Mi analista fue Diego García Reinoso. Gané el concurso con Diego. Eso fue absolutamente desopilante. Me analicé ocho años, cuatro veces por semana con Diego y supervisaba con Marie Langer y con Leonardo Wender. Además le pedí supervisión a casi todos los psicoanalistas de niños porque, como me interesaban los chicos, quería apropiarme de las claves que tenían los de la primer generación, Betty Garma, Arminda Aberastury, Susana Ferrer, y también los de la segunda generación: Lea Rivelis de Paz, Elizabeth Tabak de Bianchedi, Elena Evelson, Delia Faigón, etc...

–E.C.: ¿Hubieras elegido ese analista?
–J.C.V.: ¿Diego? ¡Ah, sí! Fue casual, pero fue un excelente analista.

–E.C.: Porque con esta cuestión del concurso y de ver si alguien tenía una hora libre... pienso en la transferencia.
–J.C.V.: Era una transferencia colectiva. Todos los didactas eran dioses. Había dos bandos. Uno, con el que yo ideológicamente no simpatizaba, era el de Garma y Rascovsky (a pesar de que con Rascovsky nos llevábamos rebien y era muy simpático). Arnaldo fue profesor mío de seminario y guardo un recuerdo lindísimo a pesar de que había un abismo ideológico entre el y yo. Era muy simpático y muy generoso. Era el único profesor de seminario que nos invitaba a cenar a la casa y que cocinaba para nosotros. Yo lo apreciaba mucho pero le creía poco. Mis simpatías teóricas e ideológicas iban para el otro grupo, el de Pichón Rivière, Marie Langer, de Bleger, de Liberman, de Rodrigué.

–E.C.: ¿Qué anécdotas recordás?
–J.C.V.: Bueno, con Diego fue muy gracioso, porque apenas me enteré que había ganado el concurso, le pedí una entrevista. Eso fue en diciembre, creo.
—Mucho gusto, yo soy su nuevo paciente
—Ah, ¿usted es el que ganó el concurso?
—Yo soy el que ganó el concurso.
De ahí en más, los rituales del caso, hasta que llega el momento en que me propone: “bueno, podemos empezar el análisis, cuatro veces por semana, tales días, tales horas, mis honorarios son... (lo que hoy en día sería algo así como 150 o 200 pesos la hora).
—Yo lo siento mucho pero no tengo dinero. Me acabo de recibir, no tengo trabajo. O, sí: trabajo en el Policlínico de Lanus, con Goldemberg, pero ahí por supuesto, no cobro.
Entonces se me queda mirando y dice: “¿Cómo?”
—Mire, yo gané el concurso, pero plata no tengo, no tengo un peso.
—¿A usted los didactas del jurado le tomaron las entrevistas?
—Sí
—¿Y nadie le preguntó si usted tenía dinero o no?
—A mí nadie me preguntó eso
Entonces, se quedó totalmente perplejo y me dijo:
—Bueno mire, estamos en diciembre. Quien dice diciembre, dice enero; en febrero me voy de vacaciones. Venga a verme en marzo y allí veremos qué hacemos.
Llegó marzo y, por supuesto, lo llamo.
En el curso de la entrevista recuerda:
—¿Pero usted no era el que tenía problemas económicos?
—Tenía. Pero ya no tengo más
¿Qué había pasado? Yo trabajaba en Lanús, en el Servicio de Goldemberg, en el departamento de niños con Aurora Pérez. Aurora era mi jefa y de los ciento cincuenta y siete que se habían presentado en el concurso de APA, muchos eran psicoanalistas que trabajaban en ese servicio. Cuando en diciembre se corrió la bola de que yo había ganado ese concurso me convertí de la noche a la mañana en una estrella fulgurante del psiconálisis argentino. En una semana cubrí todas mis horas. Desde entonces nunca más tuve problemas económicos.
Porque en esa época había un ambiente de mucha efervescencia con respecto al psicoanálisis. Los didactas tenían todas las horas completas, era como una pirámide que derramaba para abajo. Y yo pasé a ser “un psicoanalista joven, brillante y promisorio, que trabaja con chicos”. En esa época era así: si uno entraba a la APA tenía garantizado que jamás iba a tener problemas económicos.

Fragmento de la entrevista aparecida en el portal de psicoanálisis El Sigma.con (www.elsigma.com).
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 192 | octubre 2015 | Ana María Fernández  El género bajo la lupa del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 190 | abril 2015 | Eduardo Said  UN PSICOANALISTA EN LA POLIS
» Imago Agenda Nº 187 | diciembre 2014 | Leonardo Leibson  Las psicosis después de Lacan
» Imago Agenda Nº 186 | noviembre 2014 | PAULA SIBILIA  Las mutaciones del sujeto, la “descorporificación” y la intimidad como espectáculo
» Imago Agenda Nº 180 | mayo 2014 | Pablo Zunino Spitalnik  El doctor Lacan en las tablas
» Imago Agenda Nº 179 | marzo 2014 | Diana Sahovaler de Litvinoff  “Sujeto, intimidad y tecnología”
» Imago Agenda Nº 177 | diciembre 2013 | Carlos Gustavo Motta  El cine y la subjetividad de la época
» Imago Agenda Nº 175 | octubre 2013 | Martín Alomo  Elección y goce
» Imago Agenda Nº 173 | agosto 2013 | Alicia Stolkiner  Política social en Salud Mental: no tratar a nadie como mercancía
» Imago Agenda Nº 172 | julio 2013 | Sergio Zabalza  La “hospitalidad” del psicoanálisis y las articulaciones del discurso
» Imago Agenda Nº 170 | mayo 2013 | Silvia Wainsztein  De la adolescencia al tercer despertar sexual
» Imago Agenda Nº 169 | abril 2013 | Ana Rozenfeld  “La resiliencia, esa posición subjetiva ante la adversidad”
» Imago Agenda Nº 168 | marzo 2013 | Verónica Cohen  “No hay que confundir a los maestros con amos, es un rechazo de la transferencia al discurso”
» Imago Agenda Nº 166 | diciembre 2012 | Roberto Rosler  “De la neurobiología de la afectividad al psicoanálisis”
» Imago Agenda Nº 165 | noviembre 2012 | Rebeca Hillert  Niños y analistas en análisis
» Imago Agenda Nº 164 | octubre 2012 | Alfredo Eidelsztein  “Del Big Bang del lenguaje y el discurso en la causación del sujeto”
» Imago Agenda Nº 163 | septiembre 2012 | Amelia Imbriano  ¿Por qué matan los niños?
» Imago Agenda Nº 162 | agosto 2012 | Creencia y sacrificio en el capitalismo salvaje 
» Imago Agenda Nº 161 | julio 2012 | Carina Kaplan  “No existe un gen de la violencia”
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | Psicoanálisis y ceguera  Entrevista a Cristina Oyarzabal
» Imago Agenda Nº 157 | febrero 2012 | Julio Granel  Lecturas psicoanalíticas del accidentarse
» Imago Agenda Nº 156 | diciembre 2011 | Susana Kuras de Mauer  Acompañamiento Terapéutico: de la prehistoria a los dispositivos actuales
» Imago Agenda Nº 154 | octubre 2011 | Marcelo Percia  “Estar psicoanalista en situación numerosa”
» Imago Agenda Nº 152 | agosto 2011 | Hugo Dvoskin  Un psicoanalista… fotograma por fotograma
» Imago Agenda Nº 151 | julio 2011 | Edgardo Feinsilber  Tras las constelaciones pulsionales
» Imago Agenda Nº 149 | mayo 2011 | Haydée Nodelis  De Masotta y Sciarreta al Hospital Moyano y los test mentales
» Imago Agenda Nº 148 | abril 2011 | Entrevista a Patricia Alkolombre  Reproducción asistida: un campo fértil para el psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 147 | marzo 2011 | Isidoro Berenstein  Lo vincular frente al psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 146 | diciembre 2010 | Moty Benyakar  Lo disruptivo en psicoanálisis: de la trinchera al diván
» Imago Agenda Nº 145 | noviembre 2010 | Leandro Pinkler  filosofía y Psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 144 | octubre 2010 | Alfonso Luis Masotti 
» Imago Agenda Nº 143 | septiembre 2010 | Juan Dobón 
» Imago Agenda Nº 141 | julio 2010 | Rubén Slipak 
» Imago Agenda Nº 140 | junio 2010 | Daniel Paola 
» Imago Agenda Nº 139 | mayo 2010 | José E. Abadi 
» Imago Agenda Nº 138 | abril 2010 | Eduardo Foulkes 
» Imago Agenda Nº 137 | marzo 2010 | Héctor Rupolo 
» Imago Agenda Nº 136 | diciembre 2009 | Mariam Alizade 
» Imago Agenda Nº 135 | noviembre 2009 | Juan Jorge Michel Fariña 
» Imago Agenda Nº 133 | septiembre 2009 | Homenaje a Oscar Masotta   Palabras de Norberto Ferreira y Teodoro P. Lecman
» Imago Agenda Nº 132 | agosto 2009 | Esteban Levin 
» Imago Agenda Nº 130 | junio 2009 | Gabriel Rolón 
» Imago Agenda Nº 129 | mayo 2009 | Nora Trosman 
» Imago Agenda Nº 127 | marzo 2009 | Stella Maris Rivadero 
» Imago Agenda Nº 126 | diciembre 2008 | Jorge Rodríguez  El saber está, ineludiblemente, entre el poder y el dinero
» Imago Agenda Nº 125 | noviembre 2008 | Acerca de la vejez, también del analista 
» Imago Agenda Nº 124 | octubre 2008 | Liliana Donzis 
» Imago Agenda Nº 123 | septiembre 2008 | Giolu García Reinoso 
» Imago Agenda Nº 122 | agosto 2008 | Norberto Ravinovich   de Masotta a Letrafonía
» Imago Agenda Nº 121 | julio 2008 | Mario Buchbinder  Psicoanálisis y Máscaras
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | "Vivir hasta la muerte"  Homenaje a Fernando Ulloa
» Imago Agenda Nº 120 | junio 2008 | Jorge Baños Orellana 
» Imago Agenda Nº 119 | mayo 2008 | Luis Kancyper 
» Imago Agenda Nº 118 | abril 2008 | Héctor López 
» Imago Agenda Nº 117 | marzo 2008 | Pablo Peusner 
» Imago Agenda Nº 116 | diciembre 2007 | Robert Lévy 
» Imago Agenda Nº 115 | noviembre 2007 | Néstor Braunstein 
» Imago Agenda Nº 113 | septiembre 2007 | Leopoldo Salvarezza  La medicalización de la vejez
» Imago Agenda Nº 111 | julio 2007 | Homenaje a Pichon Rivière 
» Imago Agenda Nº 110 | junio 2007 | Marta Gerez Ambertín  Los registros de la culpa
» Imago Agenda Nº 108 | abril 2007 | Juan Vasen  El niño programado
» Imago Agenda Nº 107 | marzo 2007 | Enrique Millán  La adolescencia y el
» Imago Agenda Nº 106 | diciembre 2006 | Eric Laurent  Psicoanalista a partir de Lacan
» Imago Agenda Nº 105 | noviembre 2006 | Jorge Alemán  Embajador del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 103 | septiembre 2006 | Alberto Sava  La locura a escena
» Imago Agenda Nº 102 | agosto 2006 | Sergio Rodríguez 
» Imago Agenda Nº 101 | julio 2006 | Silvia Ons  Psicoanálisis y cultura
» Imago Agenda Nº 100 | junio 2006 | El horror ante la vejez 
» Imago Agenda Nº 99 | mayo 2006 | Conmemoraciones freudianas  Cinco diálogos a propósito de los 150 años del nacimiento del fundador del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 98 | abril 2006 | Horacio Etchegoyen  Un didacta del psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 97 | marzo 2006 | Charles Melman  Transmitir sin religión
» Imago Agenda Nº 96 | diciembre 2005 | Alfredo Eidelsztein  Psicoanalista Didáctico
» Imago Agenda Nº 95 | noviembre 2005 | Pura Cancina  La fábrica del caso
» Imago Agenda Nº 94 | octubre 2005 | Esther Díaz  Deseo y poder
» Imago Agenda Nº 93 | septiembre 2005 | Gabriel Lombardi  La posición del analista
» Imago Agenda Nº 92 | agosto 2005 | Silvia Bleichmar  La sociedad al diván
» Imago Agenda Nº 91 | julio 2005 | Rudy  Analista retirado
» Imago Agenda Nº 90 | junio 2005 | Juan Bautista Ritvo  Un analista en controversia
» Imago Agenda Nº 89 | abril 2005 | Norberto Marucco  El trabajo del psicoanalista
» Imago Agenda Nº 88 | abril 2005 | Ana María Gómez  El pago en psicoanálisis
» Imago Agenda Nº 87 | marzo 2005 | José Schavelson  Freud, un paciente sin cáncer
» Imago Agenda Nº 86 | diciembre 2004 | Alicia Hartmann  Psicoanalizar niños
» Imago Agenda Nº 85 | noviembre 2004 | Janine Puget  Psicoanálisis de los vínculos
» Imago Agenda Nº 84 | octubre 2004 | José Grandinetti  Psicoanálisis en el Borda
» Imago Agenda Nº 83 | septiembre 2004 | Hugo Vezzetti  Tras las huellas de Freud en Argentina
» Imago Agenda Nº 82 | agosto 2004 | Colette Soler  De rupturas y construcciones
» Imago Agenda Nº 81 | julio 2004 | Carlos Ruiz  Topología y psicoanálisis: articulaciones
» Imago Agenda Nº 80 | junio 2004 | Armando Bauleo  De Pichon a Italia y de lo grupal a la desmanicomialización
» Imago Agenda Nº 79 | mayo 2004 | Roberto Harari  Un "torbellino" en la historia
» Imago Agenda Nº 78 | abril 2004 | Beatriz Sarlo  Sintáxis del zapping y postmodernidad
» Imago Agenda Nº 77 | marzo 2004 | Francois Leguil  El objeto del psicoanálisis es el deseo
» Imago Agenda Nº 76 | diciembre 2003 | Fernando Ulloa  El oficio de psicoanalista
» Imago Agenda Nº 73 | septiembre 2003 | Silvia Amigo 
» Imago Agenda Nº 71 | julio 2003 | Eva Giberti  Pensando la adopción
» Imago Agenda Nº 70 | junio 2003 | Eduardo Grüner  La democracia es el objeto a de la política
» Imago Agenda Nº 69 | mayo 2003 | Eduardo Pavlosky  Pasión por los grupos
» Imago Agenda Nº 68 | abril 2003 | Silvio Maresca  La declinación argentina
» Imago Agenda Nº 67 | marzo 2003 | Ricardo Rodulfo  El psicoanálisis en la universidad
» Imago Agenda Nº 66 | diciembre 2002 | Héctor Yankelevich  Nos hay psicoanalista de niños
» Imago Agenda Nº 65 | noviembre 2002 | Rubén Zuckerfeld  La clínica de la escisión
» Imago Agenda Nº 64 | octubre 2002 | José Milmaniene  La escritura y la ley
» Imago Agenda Nº 63 | septiembre 2002 | Rolando Karothy  No hay un goce para todos
» Imago Agenda Nº 62 | agosto 2002 | Carlos Brück  Los psicoanalistas podemos ser escépticos
» Imago Agenda Nº 61 | julio 2002 | Juan Carlos Indart 
» Imago Agenda Nº 60 | junio 2002 | Raúl Yafar 
» Imago Agenda Nº 59 | mayo 2002 | Tomás Abraham  La censura del lacanismo
» Imago Agenda Nº 57 | marzo 2002 | Emilio Rodrigué 
» Imago Agenda Nº 55 | noviembre 2001 | Isidoro Vegh  Descubrir nuevos campos de goce
» Imago Agenda Nº 54 | octubre 2001 | Juan David Nasio  La femineidad sigue siendo un enigma
» Imago Agenda Nº 53 | septiembre 2001 | Élida E. Fernández  La psicosis no es otro idioma
» Imago Agenda Nº 50 | junio 2001 | Betty Garma 

 

 
» Fundación Tiempo
SEMINARIOS DE PSICOANÁLISIS   Comienzan en Octubre
 
» Centro Dos
Seminario 7 de Jacques Lacan  viernes de 14 a 15:30hs
 
» Centro Dos
Conferencias  segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Seminarios   segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com