Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Bipolaridad

La generalización del diagnóstico de la bipolaridad
  Por Marcelo Bertoni
   
 

La enfermedad es una convicción, y yo nací con ella.
La conciencia de Zeno1

En la introducción al interesante libro que lleva por título Literatura, Cultura, Enfermedad2, su compilador Wolfgang Bongers junto a Tanja Olbrich, nos recuerdan que para Zeno, el protagonista de la novela, la enfermedad, ya al comenzar la narración supera la pretensión nominal por nombrar al ser de Zeno, para extenderse a la constitución de su propia existencia…, descripta en el epígrafe citado.

La Conciencia de Zeno constituye, según Bongers, “un punto de cristalización de observaciones literarias de la distinción entre sano y enfermo, que hacen visible su construcción en las formaciones discursivas, tanto científicas como literarias, de los diferentes paradigmas culturales”3. No nos interesa aquí ocuparnos del contenido de la novela que precisamente encuentra su eje narrativo en la relación de Zeno con su analista y que pone de relieve las relaciones entre el psicoanálisis y la escritura, en una época en la que, desde la literatura y el arte en sus diversas manifestaciones la locura se impregna de un aura pretendidamente romántica, llegando a convertirse, llegado el caso, en la condición del genio. Del genio creador en el caso del artista, del genio inventivo en el caso del científico. Lo que interesa es partir ubicando a la cuestión diagnóstica y su generalización en un plano que no excluya la dimensión clínica pero que advierta desde un principio las diversas aristas que la implican en nuestra contemporaneidad. La literatura tiene al respecto variados ejemplos. El enfermo imaginario de Molière, La conciencia de Zeno de Italo Svevo, La montaña mágica de Thomas Mann, El hombre sin atributos de Musil constituyen sólo algunos desde donde esta atraviesa la relación entre el sujeto, la salud y la enfermedad.

En el texto nombrado, Bongers cita al historiador cultural Egon Friedell en su Historia Cultural de la Edad Moderna donde compara precisamente esta época caracterizada fundamentalmente por los cambios en la percepción del mundo producto del avance de la ciencia, con lo que considera el inicio de la Edad Moderna. “La hora de nacimiento de la Edad Moderna está marcada por una grave enfermedad de la humanidad europea: la peste negra. Con esto no se pretende decir que la peste sea la causa de la modernidad, sino que ocurrió justamente al revés. Primero existió la modernidad y por ella surgió la peste”4. Friedell diagnostica en relación a los siglos XIV y XV un clima de decadencia general y habla de una “locura circular” a finales de la Edad Media, que encuentra su expresión en la abulia e hiperbulia como neurosis específicas de la época y ubica su origen en la desorientación reinante y en la falta de un centro de gravitación posterior a la disolución de los parámetros y las certidumbres religiosas que hasta ese tiempo servían para explicar el mundo.

Sabemos que Freud no queda exento de la metáfora de la peste en su llegada a los E.E.U.U., anticipando y previendo más allá de las complacencias narcisistas ante tan cálido recibimiento, los efectos del ingreso del psicoanálisis a este país. Pronóstico certero a la luz del progresivo reduccionismo al que su texto fue objeto en dicho lugar. Texto freudiano caracterizado en torno al tema que nos ocupa, por un movimiento que exigía, ir desoyendo lo clásico de un diagnóstico propiamente médico en función de la necesidad de resituarlo al compás de las notas que el pentagrama del inconsciente le anunciaba.

Desde allí partimos, entonces, para denotar la complejidad que conlleva toda pretensión diagnóstica y el valor que adquiere a partir del discurso que la soporta. El diagnóstico tiene casi la edad del hombre y la tiene tanto como el objeto que en ocasiones acompaña su acto, el farmakon, que ya lleva en su germen etimológico aquello que hoy para estar a tono podríamos llamar su bipolaridad semántica: remedio tanto como veneno. Hay una aspiración diagnóstica. Se aspira a nombrar tanto como a lograr algo eficaz como consecuencia de esta nominación, y en esa aspiración tanto como en el acto consecuente, el discurso de la ciencia se aspira con ello al sujeto del que precisamente el psicoanálisis se ocupa.

De la generalización de un diagnóstico a un diagnóstico de su generalización: Ahora bien, convendría muy brevemente recordar para despejar del término “bipolaridad” aquello que lo supone como un fenómeno propio y exclusivo de nuestra época, que la Escuela Metodista, un siglo anterior a la era cristiana ya hablaba de un ciclo morboso que conformaba en ese entonces la manía y la melancolía. Aún más, se consideraba a la manía como un empeoramiento de la melancólica y no necesariamente un cambio a otra enfermedad. Desde entonces y obviando un recorrido histórico-nosográfico que excede nuestro planteo, llegamos al siglo XIX, cuando Falret y Ballanger confrontaban la paternidad de un cuadro llamado por uno “locura circular” y por el otro “locura a doble forma”5. Finalmente Kraepelin en 1900 sustituye el lugar que tenía la melancolía por el concepto de depresión y aparece la entidad conocida hasta hoy como: locura maníaco depresiva. La depresión va ganando terreno en la nosografía y a la vez y por diversas circunstancias, poco a poco se va a “expandir” el concepto de bipolaridad en el ámbito psiquiátrico. Es esta expansión la que hoy nos interroga para pensar de un diagnóstico, en este caso, el transtorno bipolar, su generalización.

En ese sentido, resulta interesante recordar cómo se denomina en su inicio por la década del ‘70 a este cuadro: “espectro ciclotímico bipolar”6. Es precisamente lo espectral en esta denominación lo que traduce cierta tendencia a la generalización, en tanto se designa allí un marco sumamente amplio de captura de fenómenos. Asimismo, el otro término a considerar, ciclotimia (incorporado hace décadas al lenguaje corriente y lentamente desplazado-renovado por el de bipolar), permite cualificar dicha extensión al plano de las neurosis y al de la vida en general, quedando sujeta la delimitación diagnóstica al opaco concepto de gravedad por medio de escalas confeccionadas a tal fin. Curiosamente, ambos términos, aquellos que denotan de una u otra forma este afán de extensión han quedado olvidados en la nominación del cuadro bipolar… Asimismo, en la cincelada que sustituye la ciclotimia a favor de lo bipolar, se cubre abruptamente el valor diacrónico del primero a favor de una lógica cuasi-homologable al de un montaje electrónico. Vemos entonces así como dicho cuadro abandona su exclusividad del campo de las psicosis para extenderse y convertirse progresiva y literalmente en un diagnóstico de “amplio espectro”.

Es que, nos dicen, un espectro parece recorrer la clínica en nuestros días. Y es precisamente esta pretendida y vertiginosa amplitud fantasmal que no encuentra necesario correlato con aquello que la clínica de cada día nos presenta, que invita a considerar este movimiento desde una perspectiva que no deja de ser clínica por ser política. Y no hablamos, entiéndase, de un campo del saber en particular, la psiquiatría, la psicología, el psicoanálisis, etc., sino de todos aquellos que en posición de agentes del campo de la salud mental vienen siendo cada vez más ganados por el discurso de una ciencia cada día más exclusivamente centrada en la medición, el cálculo y la eficacia y en consecuencia, tan funcional al amo moderno, al capitalismo, o a su mayor representante en este campo, la industria psicofarmacológica.

Este riesgo es aún más caro en el caso del psicoanálisis, ya que su lógica discursiva exige tomar la cuestión del diagnóstico desde el orden de la estructura y a partir de la transferencia, a saber, de una puesta en acto a la cual el analista está necesariamente invitado y sin la cual no habrá función “sujeto del inconsciente” posible, con lo cual y por principio, toda generalización diagnóstica lo aleja de la singularidad lógica-ética en que su acto se inscribe7
¿Y dónde convendrá, dado el caso, que sitúe el analista un diagnóstico confeccionado previamente desde otros saberes? En palabras de José Grandinetti “en la opacidad de lo real a la espera de un despliegue que solo la transferencia analítica decide”8.

En otros campos del saber, la generalización clasificatoria resulta pertinente y necesaria, pero no por ello no interrogable en lo que hace a sus fines y efectos en la subjetividad de una época determinada. Precisamente porque en sí misma, ya implica un riesgo a pesar o, habría que decir, precisamente por ello, en la medida en que se realiza –es un hábito– en nombre de algún supuesto bien para el sujeto. Así, el proyecto totalizador presente en el DSM IV y en el CIE 10 parte paradójicamente de un reduccionismo que extiende las leyes físico-químicas –hoy ya ubicables en el área molecular del cerebro– al campo de la subjetividad. Sabemos de los efectos estandarizantes de dicho proyecto. Ahora bien, en el libro citado anteriormente se encuentra un trabajo, en este caso de Kathia Araujo, titulado “Depresión, síntoma y lazo social”, donde la autora propone poner en relación el valor actual que adquiere el diagnóstico de depresión con los efectos de lo que se ha dado en nombrar la era de la globalización. De allí nos importa destacar un análisis que intenta ir más allá de lo que todos podemos acordar como “proyecto homogeneizador” en relación al acto del diagnóstico: “definir a un sujeto como ansioso, con rasgos distímicos y conductas asociales, no anula completamente la idea de diferencia pero hace algo importante con ella: la reduce a ser el resultado de una serie de evidencias empíricas que pueden ser medidas con instrumentos confiablemente objetivos y estandarizados. Quiero decir que las diferencias no son anuladas completamente, sino que son definidas en el orden de datos empíricos. A partir de esta nueva definición son incorporadas y manejadas como variables a considerar para una efectiva respuesta en su administración. Ello quiere decir: que puedan servir para la producción de los propios artefactos de la ciencia, en este caso los fármacos. Más que la idea de diferencia, lo que este proyecto borra es todo rastro de opacidad y complejidad, para lo cual es necesario que borre la alteridad del sujeto respecto de sí mismo”9.

Deviene así no necesariamente una nomenclatura tendiente a homogeneizar las diferencias…, el amo de hoy se lleva muy bien con las diferencias, en este caso las clasificatorias a los fines diagnósticos.
Tenemos así, cuadros pret a porter para nominar cualquier emergencia del malestar a medida de cada cual. Tal vez convenga reordenar la secuencia de las siglas del DSM por DMS y leerlas literalmente correlativas a sus efectos de góndola, a saber DMS deme ése10.
En lo que respecta a la generalización del diagnóstico de bipolaridad, lo que ha incidido al respecto es situado en la mayoría de los trabajos por la eficacia medicamentosa en correspondencia con la aplicación terapeútica de la psicología cognitiva que, a través de su programa de psicoeducación, ubica como una de sus prioridades, lograr y mantener la “adherencia al psicofármaco”11, cerrándose así el ciclo de complementación y correspondencia entre dos disciplinas que confluyen en un discurso único. Acto que sella cristalizando su efecto alienante en la consolidación identificatoria de aquellos sujetos que se congregan en instituciones conformadas a partir de su pertenencia a determinado tipo diagnóstico.
No se trata de negar el valor de la ciencia, su técnica y gran parte de la aparatología utilizada en salud, menos aún de desconocer y no apreciar el valor que en ciertas ocasiones puede adquirir el recurso al psicofármaco en tanto posibilitador de cierto apaciguamiento de estados que por su grado extremo de tensión y sufrimiento no permiten al sujeto la tramitación de su malestar por otras vías, precisamente aquellas en las que dicho malestar se ha tramado. De lo que se trata, en la medida que tratamos de pensar las razones de una “generalización” diagnóstica, es de elevar dicho acto al plano en el que es posible encontrar una razón que lo soporte: el ético-político. Solo desde allí se evidencia la coaptación por parte del mercado de esta supuesta generalización diagnóstica en correspondencia con la integración del psicofármaco a su lógica, convirtiéndose así en objeto elevado a la categoría de fetiche y propuesto como único modo de respuesta al sufrimiento, iluminado con los haces que se erigen como ideal de época: rápido, eficaz e hipnóticamente adormecedor. Adormecedor de lo que precisamente cada síntoma conlleva en su trama con respecto a la verdad que lo causa.

Tal como ocurre en el campo de la tecnología y del consumo donde el sistema va graduando la oferta de nuevos productos para que estos no alteren el ciclo esperable de consumo (rentabilidad) de aquellos que los preceden, asistimos a un tiempo donde la depresión, el ataque de pánico, el trastorno obsesivo compulsivo, el ADD en la infancia y adolescencia, el espectro ciclotímico bipolar, etc. se suceden o conviven en un mercado donde la oscuridad reina a la hora de considerar si el malestar precede al objeto destinado a aplacarlo, o si en cambio, es este último el que yace en silencio a la espera de que algún diagnóstico ancle en las aguas del imaginario social para, entonces sí, realizar su lanzamiento al mercado.12
Conviene relevar el orden de razones e intereses por los cuales un determinado cuadro surge, se instala y extiende en el sistema simbólico de una cultura determinada. En el caso del espectro ciclotímico bipolar, es su propia denominación la que conlleva en si una tendencia cuyo norte no puede ser otro que el de la generalización, allí donde cada cual puede encontrarse en el espejo de un síntoma, un rasgo o tan si quisiera en un cambio del humor propio de la vida cotidiana.

Un norte apacible desde donde nombrar nuestro malestar “en y desde” la cultura ya que, al decir de Javier Aramburu, “la cultura es malestar y remedio para el malestar, en tanto que la cultura forma parte de las maneras de procesar ese malestar”13. Una cultura en donde aún en aquellas disciplinas que suponen encontrar en la palabra un modo de respuesta diferente al malestar como es el caso del psicoanálisis no queda por ello exento de que, precisamente, dicha palabra se vuelva objeto ideal de una época donde todo parece poder decirse, un objeto terapeútico-ideal, otro farmakon, que silencie la alteridad que anida en toda existencia.

Nota: el presente escrito es producto de la presentación realizada en el marco de la Jornada “La generalización del diagnóstico de ‘bipolaridad’”, organizada por la Escuela de Psicoanálisis del Hospital José T. Borda y la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino.

1. I. Svevo, La conciencia de Zeno, Seix Barral.
2. AA.VV., Literatura, cultura, enfermedad. Espacios del saber, Buenos Aires, Paidós, 2004.
3. Ibíd, p. 14.
4. Ibíd, p. 16.
5. Vértex, núm. 43.
6. Trastornos bipolares. Conceptos clínicos, neurobiologicos y terapeuticos. H.Akiskal y otros. Ed. Medica Panamericana.
7. Acerca del diagnóstico de estructura en transferencia. M.Bertoni. Bib. Escuela de Psicoanálisis del Borda.
8. J. Grandinetti, Debate acerca del diagnóstico, Bib. E. Psicoanálisis del Borda.
9. Ibíd., p. 206.
10. Recordamos aquí el planteo de Lacan ubicando en el marco del discurso de la ciencia a la ciencia ficción como la más seria. La seriedad de la ironía se constata al escuchar que el intenso desarrollo de la biología molecular y la genética ha llevado a considerar la posibilidad que en un futuro cada cual pueda acceder a su “psicofármaco singular” producido a partir de su mapa genético-celular.
11. Idem, p. 6.
12. Respondo al planteo de J. C. Volnovich en Imago-Agenda N° 108 reiterando su interrogante: “¿Es necesario recordar aquí que la industria farmaceútica factura anualmente en el mundo una suma que es superior al doble del P. B. de Argentina con una rentabilidad que aventaja la de cualquier otro tipo de producción, mayor aún que la industria bélica o la del petróleo?”
13. J. Aramburu, El malestar contemporáneo, Tres Haches.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



 

 
» Fundación Foro
Charla Gratuita sobre Inserción Laboral para profesionales de la Salud  charlas en Octubre
 
» Centro Dos
Seminario 7 de Jacques Lacan  viernes de 14 a 15:30hs
 
» Fundación Tiempo
Borges y el Psicoanálisis  TERCEROS VIERNES DE CADA MES, de 19 a 20.30 hs.
 
» Centro Dos
Conferencias  segundo cuatrimestre
 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» Fundación Tiempo
SEMINARIOS DE PSICOANÁLISIS   Comienzan en Octubre
 
» Centro Dos
Seminarios   segundo cuatrimestre
 
» Centro Dos
Talleres Clínicos  segundo cuatrimestre
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com