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   Entrevista

Betty Garma
  Por Emilia Cueto
   
 
Emilia Cueto: ¿Pensó usted allá por el año ’40 que aquel movimiento que se iniciaba en Buenos Aires, me refiero al psicoanálisis, tendría esta envergadura en nuestro país?
Betty Garma:
Sí. En el ’40 no, pero hacia el ’43 ya se veía. Cuando era profesora de inglés tenía alumnos muy lindos y entre ellos estaba por un lado la familia de Don Paco Muñoz, por otro lado totalmente distinto estaba la familia Rascovsky –yo no sabía que más tarde Don Paco Muñoz iba a ser un benefactor importantísimo de los comienzos de la A.P A–, así es que fue como algo mágico que se juntasen las dos cosas. Yo conocía a Arnaldo y Matilde Rascovsky quienes junto a Enrique Pichon y la Negra lo buscaron a Ángel, eran personas muy especiales, con mucha honestidad, mucho emprendimiento, mucho empuje.
Conocí a Ángel porque los Rascovsky me presentaron a “el maestro” para traducirle unos trabajos. Claro, con mi rol en la vida me entendía muy bien con el maestro, no le tenía ese terror o ese miedo o ese falso respeto. Bueno, no es falso respeto, es una situación especial de gente que se está analizando con una persona importante, porque Aldo, Matilde, Enrique y la Negra, Arminda Aberastury, los cuatro se analizaron con él.

E.C.: ¡Y además muchas opciones no había!
B.G.: Claro porque Celes Cárcamo llegó recién después de un año.

E.C.: Y el único que estaba con su formación acabada era Ángel Garma
B.G.: Era Ángel, claro, pero no solamente. Después Ángel me pidió que fuera donde la Negra y ahí la conocí personalmente, porque ella había traducido el libro de Melanie Klein de “Análisis de Niños” y quería mirar, corregir algunas partes y se lo corregí. Al mismo tiempo, yo estaba en análisis con María Langer que le había pedido a Ángel desde Montevideo, donde ella estaba, si podía integrar el grupo de Buenos Aires.
Yo fui de las primeras analizadas de ella, no me acuerdo si fue en el año ’42 o ’43 pero por ahí. En el ’44 ya la conocía a la Negra para ayudarla en las traducciones. Ese mismo año tanto Ángel, la Negra como Marie Langer me aconsejaron que me ocupara de analizar niños en lugar de enseñar inglés. Por eso empecé a trabajar con la Negra y durante mucho tiempo seguimos solas.

E.C.: ¿A usted le había surgido el deseo de analizar niños, o fue a partir de lo que ellos le dijeron?
B.G.: Yo estaba en análisis porque los hermanos de Matilde Rascovsky que eran alumnos míos también me dijeron: “Ah, ¿sabés que ha llegado una nueva analista a Buenos Aires? Tendrías que analizarte” Entonces yo dije: “Y bueno, ¡si ustedes dicen!” Y así fue como empecé mi análisis.
Siempre fui muy aventurera, yo no sé si aventurera es equivalente a pionera, pero me parece que debe tener algo de eso, cosas nuevas me despertaban interés. Y cuando me dijeron de analizar niños no se me había ocurrido antes porque yo estaba muy contenta con mi vida, estaba muy bien.
Me dijeron de analizar niños y bueno empecé a hablar con la Negra y me estudié los tres libros que teníamos en ese momento…
Teníamos los dos libros de Anna Freud, el de niños y el de defensas y teníamos el libro de Melanie Klein.

E.C.: Su analista fue Marie Langer. Usted ha manifestado en una oportunidad que le hubiese gustado que su analista fuese más convincente en su postura frente a la vida, ¿a qué se refería?
B.G.: Que caminara con la cabeza levantada, alta. Cuando me empecé a analizar yo todavía entraba en escena, por ejemplo en el teatro Cervantes, y todo el mundo me aplaudía y si yo me analizaba con una persona suponía que tenía que ser igual o mejor. Debe haber sido difícil para ella, que venía huyendo de la persecución, y se encontró trabajando al lado de gente como la Negra, como Ángel, como Arnaldo que tenían una fuerza increíble. Por otro lado era muy política, era muy comunista, yo no. A mí me habían enseñado otro tipo de vida, yo no entendía eso. Pero posiblemente yo necesitaba alguien más fuerte o yo sentía que no era suficientemente fuerte.

E.C.: ¿Fuerte en qué, en las intervenciones, en las interpretaciones, en el trabajo analítico?
B.G.: Era como tímida, o yo la sentía así.

E.C.: ¿Y después usted se analizó con alguien más?
B.G.: Nunca. Pero yo siempre digo que los que me enseñaron análisis fueron Ángel, la Negra y Melanie Klein.

E.C.: Usted iba inventando, creando cosas sobre la marcha misma, lo del primer tratamiento prequirúrgico por ejemplo…
B.G.: Sí, lo hice yo. Uno era hijo de Bleger y el otro, hijo de la Negra. Eso fue a comienzos del año ’55; cuando yo llevé esto a Europa y Estados Unidos, esto tampoco se hacía.

E.C.: ¿En Europa y los Estados Unidos, había para entonces conocimiento de los desarrollos teóricos de analistas Argentinos?
B.G.: No, ni ahora.

E.C.: ¿Por qué le parece que esto es así siendo que aquí hay un desarrollo tan grande del psicoanálisis?
B.G.: Sí, pero no escriben en inglés. Recién ahora el castellano se ha convertido en la segunda lengua, pero el que habla inglés tiene una idiosincrasia muy narcisista y fea. Piensa que si maneja bien el inglés, si habla en inglés todo el mundo lo tiene que entender y con eso le basta. La realidad le muestra que eso es verdad, que con el inglés se maneja en todo el mundo. Y a los ingléses y los norteamericanos y los que hablan inglés les basta leer el libro o la revista en inglés y como no hay tiempo para todo no se les ocurre leer en castellano.

E.C.: ¿Llegan allá las publicaciones?
B.G.: Yo creo que no.

E.C.: ¿Los psicoanalistas argentinos no traducen sus escritos para mandar papers a otros países?
B.G.: Son pocos los que hacen eso y recién ahora. Lo conocían a Ángel porque el sí publicaba allá.

E.C.: Pero Ángel había tenido una formación en España y había sido reconocido en Berlín por las asociaciones psicoanalíticas internacionales.
B.G.: Sí, era totalmente reconocido.

E.C.: Incluso después, las generaciones posteriores han hecho una vasta producción y es poco lo que se traduce, es poco lo que se conoce en Europa, me parece que esto es como un déficit de los psicoanalistas argentinos.
B.G.: Es que no es fácil. Para mí fue fácil porque yo era uno de ellos, aunque yo vivía acá.

E.C.: ¿Cómo fue que usted nació acá?
B.G.: Yo nací en Paysandú por casualidad porque mi padre estaba contratado allí. Desde los tres años y hasta mi pubertad, adolescencia estuvimos en Inglaterra. Luego vinimos porque mi padre siguió trabajando acá. Yo me conectaba con él a través del teatro. Pero hay que pensar que yo conquisté a mi padre, hice mi Edipo a través del teatro y el canto, entonces es muy importante eso.

E.C.: Usted tiene una hermana.
B.G.: Sí, dos años mayor, pero se casó joven, tuvo seis hijos y se dedicó a eso. Y tenía un hermano cinco años menor que, desgraciadamente, murió a los cuarenta y ocho años de un aneurisma.

E.C.: Era un poco la niña mimada de su papá.
B.G.: No, yo era la del medio, la que tuvo que luchar más, mi hermana fue la nena de papá y mi hermano fue el varón de mi mamá, yo fui la que tuvo que luchar más pero me vino bien.

E.C.: ¿Eso la obligó a tener que hacerse ver, tener que hacerse un lugar?
B.G.: Así es. Me aparté, me independicé. Por ejemplo, yo cantaba también en el coro y era solista en la iglesia. Porque la comunidad británica, como la mayoría de las comunidades se reúne alrededor de sus iglesias, es un fenómeno social que viene de las épocas en donde la iglesia era el centro cultural e intelectual. Después me alejé porque una vez cuando llegaba a la iglesia para un ensayo encontré al pastor peleándose con el organista y claro, todo lo idealizado se rompe muy fácil, entonces nunca más.

E.C.: Muchas veces se dice que no se puede analizar en una lengua que no sea la materna y usted ha experimentado eso…
B: A veces yo podía decir cosas en inglés y María Langer me entendía. Hay ciertos giros que no se pueden traducir. Eso me molesta. Porque yo escribo y tengo un estilo que es pensado en inglés y por lo tanto tiene el estilo inglés que voy traduciendo. A veces va, pero a veces me dicen que no va, y me molesta cuando me dicen que no va. Un capricho, una estupidez.

E.C.: ¿Qué le molesta?
B.G.: Que me dicen que estaría mejor puesto de otra forma y me lo corrigen, es como si me dijesen que el inglés no sirve.

E.C.: Cuando a usted se le ocurre una interpretación para un paciente, ¿de qué manera aparece en sus pensamientos?
B.G.: Siempre pienso en inglés, sueño en inglés, cuento en inglés, no puedo sumar en castellano o recordar un número.

E.C.: ¿Usted tiene que traducir una interpretación para formulársela a un paciente?
B.G.: Pero es automático. Hay que tratar de usar los términos que usa el analizando.

E.C.: ¿Sigue trabajando desde la teoría kleiniana?
B.G.: Trabajando con mi técnica; de esa técnica tuve la supervisión con Melanie Klein, pero no es que ella tuviera que corregir tanto porque me salía espontáneamente. Me ayudó en las interpretaciones transferenciales porque decía que se podía interpretar mucho más en transferencia y efectivamente fue así.

La versión completa de esta entrevista puede leerse en internet en el portal de psicoanálisis elSigma.com (www.elsigma.com)
 
 
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