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   Bipolaridad

Todos somos bipolares
  Por Ana María  Gómez
   
 
La melancolía es el placer de estar triste
Víctor Hugo

Hace algunos meses, recibí una llamada telefónica. Tenía el dato de que esa llamada podía producirse en tanto derivación de una supuesta consultante compelida a hacerlo por una íntima amiga que la había instigado a ello. Cuando atiendo y preguntan por mí y se responde que efectivamente está hablando conmigo, la mujer dice: “La llamo porque soy bipolar”. Le pregunto su nombre y torna a enfatizar: “No, de lo que se trata es de que soy bipolar”. O sea, no había para ella registro más importante, ni siquiera el de su nombre que el hecho de ser llamada “bipolar”. Acude a una entrevista, insospechadamente con su marido quien toma la palabra y dice que su mujer tiene “trastornos electroquímicos en el cerebro”, que está siendo atendida por un psiquiatra que “vive cerca de ellos” –en tanto aclara que mi consultorio les “queda muy lejos”– y que está medicada. En realidad, está absolutamente hipermedicada. Se logra que acuda ella sola a una entrevista y lo que se escucha es un síndrome histérico flagrante, acompañado de una demanda sin límites hacia sus hijos a quienes acusa de hacer su vida independiente –ambos son mayores, profesionales y sí, “hacen su vida independiente”... independiente de la feroz demanda materna que no deja de quejarse de ellos que casi no la visitan, ni la llaman, ni la atienden, ni se ocupan, etc. Fluctúa entre estados de furor y venganza y lágrimas incontenibles. Pero todo se aclara: “Usted ya sabe: soy bipolar”. Se le pregunta sobre qué quiere decir eso y se trastorna ante la posibilidad de que no se lo conozca. “¡Pero, cómo, si está en Internet!”

Se elige hacer discurso universitario y se le explica que, en realidad, es un nuevo nombre para una antigua dolencia. Parece muy tranquilizada con lo que se le dice, comenta sentirse entendida, y plantea que volverá para comenzar un tratamiento. Por supuesto, llama por teléfono, insiste en que está decidida a tratarse pero que se irá por tres meses a Europa y prefiere por ahora seguir con su psiquiatra y la medicación y luego, a su vuelta, sí acudirá. Además los horarios supuestos para su concurrencia coinciden con el día que va “a la puerta de la villa a dejar artesanías de flores secas”. Obviamente nunca ocurrió que volviese a llamar.
Pero ésta fue una muestra más de cómo el gran poder de los laboratorios sostenidos por la Organización Mundial de la Salud, sí operan sobre los cerebros y no por cambios electroquímicos sino por pura sugestión: los lavan si a eso se llama convencerlos de lo que a ellos les conviene, o sea: vender cada vez más drogas.

Y si la reflexión ya estaba hace tiempo comenzada, tomó más cuerpo e interés y estas son algunas de las mínimas conclusiones que se plantean.
En primer lugar estamos en condiciones de afirmar que sí, que todos somos bipolares. Hasta por motivos geográficos: vivimos, en este planeta, entre el polo Norte y el polo Sur, al medio la línea del Ecuador. Así se organiza la Tierra. Pero humoradas, convalidadas por ese maravilloso artículo de Freud “El humor”, aparte, el ser humano transita siempre entre estados, entre momentos, entre tiempos diversos y esto no es nada nuevo ni siquiera lo es para Freud que así lo expresa, ya está en el diálogo Fedón de Platón, quien allí dice:
“¡Qué cosa más extraña amigos, parece eso que los hombres llaman placer! ¡Cuán sorprendentemente está unido a lo que se asemeja su contrario: el dolor. Los dos a la vez no quieren presentarse en el hombre, pero si se persigue al uno y se le coge, casi siempre queda uno obligado a coger también al otro, como si fueran dos seres ligados a única cabeza. Y me parece −agregó− que si hubiera caído en la cuenta de ello Esopo hubiera compuesto una fábula que diría que la divinidad, queriendo imponer paz a la guerra que se hacían, como no pudiera conseguirlo, les juntó en el mismo punto sus coronillas; y por esta razón en aquel que se presenta el uno le sigue a continuación el otro. Así también me parece que ha ocurrido conmigo: una vez que por culpa de los grilletes estuvo en mi pierna el dolor, llegó ahora en pos suyo, según se ve, el placer.”

Como un Jano bifronte, placer y dolor, tristeza y alegría, depresión y euforia, parecen necesitarse recíprocamente sin solución de continuidad. Como todo par significante, uno se define por el otro, no hay uno sin el otro, son opuestos y complementarios. O sea que la pretendida homogeneidad psíquica, la estasis, el equilibrio, la tendencia al cero del conflicto –con todo lo que conlleva de tendencia al Nirvana y su parentesco con la pulsión de muerte para nosotros−, como veremos, no está en el presente asociada a lo que vulgarmente se llama “una mejor calidad de vida” sino que tiene otros componentes no tan “samaritanos”. Y, en primer lugar, desconfiemos del pseudo-samaritanismo y el cuidado que se tiene por los individuos a través de terapéuticas que provienen, mayormente de una sociedad que, −tal como cualquiera de nosotros puede apreciar viendo el último film de Moore, Sicko−, no tiene ningún interés en la vida o en la muerte de sus mismos ciudadanos sino es a cambio de ingentes sumas de dinero. Esto vale en los Estados Unidos de Norteamérica para 50.000.000 de personas que carecen de toda protección de cualquier sistema de salud y que están librados, en múltiples casos a un destino fatal y letal por carecer de medios.

Freud en ,“Duelo y melancolía”, se refirió a estados mórbidos que van más allá de lo esperable de la tristeza o un estado depresivo. Y lo hace en términos de melancolía, haciendo gala de aquello que había enunciado en 1905: “Solo estudiando lo morboso, llégase a comprender lo normal”.
“La peculiaridad más singular de la melancolía, es su tendencia a transformarse en manía, o sea en un estado sintomáticamente opuesto. Sin embargo, no toda melancolía sufre esta transformación. Algunos casos no pasan de recidivas periódicas, cuyos intervalos muestran, cuanto más, un ligerísimo matiz de manía. Otros presentan aquella alternativa regular de fases melancólicas y maníacas, que constituye la locura cíclica. Excluiríamos estos casos de la concepción psicógena, si precisamente para muchos de ellos no hubiera hallado el psicoanálisis una solución y una terapéutica. Estamos, pues, obligados a extender a la manía, nuestra explicación analítica de la melancolía.” “... todos los estados de alegría, júbilo y triunfo, que nos muestran el paralelo normal de la manía, presentan la misma condicionalidad económica”.

“Este caso se da, por ejemplo, cuando un pobre diablo es obsequiado por la fortuna con una herencia, que habrá de libertarle de su crónica lucha por el pan cotidiano; cuando una larga y penosa pugna se ve coronada por el éxito; cuando logramos desembarazarnos de una coerción que venía pesando sobre nosotros hace largo tiempo, etc. Todas estas situaciones se caracterizan por un alegre estado de ánimo, por los signos de descarga de la alegría y por una intensa disposición a la actividad, caracteres que son también de los de la manía y constituyen la antítesis de la depresión e inhibición propias de la melancolía”.

“La intoxicación alcohólica, que pertenece a la misma clase de estados, en tanto es uno de elación, puede explicarse de la misma forma. Aquí, probablemente por toxinas, hay una suspensión del gasto de energía de represión”.
“El maníaco nos evidencia su emancipación del objeto que le hizo sufrir, emprendiendo con ansia, nuevas cargas de objeto.”

Ahora bien, examinemos a la luz de uno de los textos freudianos, y teniendo en cuenta que duelo y melancolía comparten un mecanismo psíquico, ¿será entonces que toda persona en duelo –situación que atravesamos todos los humanos no una sola vez durante nuestra existencia− exige sustancias tóxicas en forma de psicofármacos para alcanzar la elación? ¿O será esperable que alguien curse su duelo, atendiendo a que no se constituya en extremos irreconciliables con su decurso vital como parte de la vida de los seres que somos? ¿Es entonces sencillamente medicable la tristeza, los estados depresivos, la atenuación de nuestra energía, por falta de presión suficiente en términos pulsionales, situación que estaría en la base de nuestras situaciones del llamado vulgarmente “bajón”? ¿Cuándo, en qué medida, por qué, se debe recurrir al fármaco si los estados alejados de la euforia o de la humana alegría no son más que eso: estados y momentos?
Si se recurre, como se hace, a los catálogos de síntomas llamados DSM, todos padecemos de algo y para ese algo existe la píldora o el tratamiento correspondiente absolutamente alejado, obvio, del poder curativo de la palabra, que no cotiza en las bolsas de valores como sí las acciones de los laboratorios −asociado a las prebendas que reciben de ellos muchos profesionales por prescribir la medicación correspondiente−.

Lo que ocurre es que este no-sistema de no-salud es funcional al sistema. Una persona entristecida, melancolizada, apesadumbrada, no se corresponde al ideal, por ejemplo, del American Way of Life y menos que menos al rinde per capita que se espera de él en términos económicos.
A un paciente disfuncional en términos de rentabilidad, se trata, entonces, de reincorporarlo al sistema lo más prontamente posible aunque para ello haya que intoxicarlo. Antidepresivos, eutímicos, ansiolíticos, antipsicóticos y, como hemos encontrado en la web, ¿por qué no electroshock? O sea, cualquier medio es bueno –en tanto se justifica con relación al fin que se persigue– para que esa persona no produzca gastos, y si produce beneficios, mejor aún. Y el sistema no escucha, es más ni siquiera oye. Los pacientes son “despachados” cada ocho o diez minutos, caso contrario, el profesional es llamado al orden, tampoco él es útil porque se demora mucho con cada caso. ¿Qué puede decir de su historia alguien, atravesado por el sufrimiento, por el síntoma que produce distonía con su ser, en diez minutos? Pero le bastan al practicante para prescribir medicaciones que, en última instancia, para algo servirán y, sugestión del poder médico mediante, es probable que para algo sirvan. Seguramente sirven para ocultar el cuadro, mejorar el síntoma relativamente y no curar absolutamente nada si la cura se orienta a producir saber acerca de la causa. Eso hace perder tiempo y cuesta dinero y se trata de ahorrar en los individuos para la ganancia de los amos.

Es lógico que en una sociedad de consumo a ultranza, entre otras cosas, se consuman pastillas. Estas producen enormes plusvalías; la palabra no, como decíamos, no cotiza, ergo, no vale. Todo esto acompañado de las llamadas terapias conductuales mediante las cuales se trata de reeducar al anormal para tornarlo normal (dentro de las normas) que rigen un determinado tipo de sociedad.

Además de todo lo consultado e investigado que se refiere al llamado “trastorno bipolar”, nadie duda ni por asomo que es “orgánico”. Eso sí, no hay ningún elemento que lo corrobore; carece de importancia en tanto se ha dictaminado así.
Para concluir: como ha dicho Hegel, y cita Lacan: “El concepto es el tiempo de la cosa”. ¿Se trata entonces de ello con la bipolaridad? No, no es el tiempo de ninguna nueva cosa. Sencillamente es una argucia, una astucia de los centros de poder económico que con un cambio de nominación, invaden a los individuos –“bipolar” circular ampliamente en el lazo social– y los subducen para consumir más. En ese ámbito, todo vale.

Ya hace más de dos mil años, Hipócrates propuso que las personas se podían separar según cuatro temperamentos: melancólico, colérico, sanguíneo y flemático y Galeno hizo coincidir con cada uno de estos caracteres bases biológico-orgánicas sostenidas por los cuatro fluidos corporales que por ese entonces se tenían en cuenta; sanguíneo, la fuerza de la sangre; melancólico, sobreactivación de la bilis negra; colérico, la bilis amarilla, y flemático, la influencia de la flema.
Si estas teorías hoy pueden ser consideradas míticas, se justifican en tanto los prolegómenos de una actitud científica; hoy, ya no serían científicas serias pero tampoco la ingesta sobredimensionada y extenuante de las mágicas pastillas que no deja de tener gravísimas consecuencias.

Dejamos para otros tiempos las consideraciones éticas; por ahora quedan a cargo del lector... ¿ O es que no las habrá? Si no hay otra ética que la del bien-decir, éste tampoco cotiza en bolsa. M
 
 
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