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   Entrevista

Isidoro Vegh
  Descubrir nuevos campos de goce
   
  Por Emilia Cueto
   
 
¿Cuáles eran tus expectativas, tus ideales cuando, decidiste ser psicoanalista?

Cuando entré en medicina con la idea de ser psiquiatra, sin saber que podría implicar el descubrimiento del psicoanálisis, se produjo en mí una marca importante. Cuando lo escuché a Bleger por primera vez en la Universidad de Buenos Aires –tenía 17 años– me acuerdo que no lo podía creer; ¡qué alegría! Sentí algo así como: ¡ah!, entonces existía esto que yo quería, y no lo sabía. Luego conocí a Pichon, entré en su escuela, tuve una relación muy cercana con él. Cuando todavía nadie sabía nada de Lacan ni de topología ni de nada, nosotros estudiábamos cibernética con él. Fue una experiencia muy fuerte. Ahí, sin duda, estuve absolutamente seguro de que mi camino era el psicoanálisis, y tenía a alguien que me proponía un recorrido que me resultaba muy grato, muy valorado. Después sufrí un tiempo de disgusto cuando quise hacer más seria la cuestión del psicoanálisis y pregunté cuál era el camino para eso. Entonces, aparecieron la IPA , el kleinismo. De la IPA, me salvé gracias a que por esa época lo habían suspendido a Pichon en su función didáctica argumentado un deterioro en su salud mental

Vos planteás que un psicoanalista con experiencia es aquél que suma una gran cantidad de fracasos en su haber. ¿Qué sería pensar que un análisis ha fracasado? Y por otro lado, ¿quiere decir que podríamos hablar de análisis “exitosos”?

Se puede pensar de varias maneras. Primero quiero aclarar algo, porque hay un prejuicio en relación con la propuesta lacaniana, se dice que a Lacan no le importaba el sufrimiento de la gente, y eso no es así. De hecho, cuando Lacan propone cuál es la política del psicoanálisis dice: es la política del síntoma, y si hay algo que caracteriza al síntoma es que se trata de una eficacia que el sujeto no comanda, y además sufre. Lo que lo diferencia, por ejemplo, de un rasgo de carácter, que también es algo que el sujeto no comanda, pero de eso no acusa sufrir, lo sufren los que lo rodean. Por eso Lacan en todos sus textos clásicos habló de la dirección de la cura y de los principios de su poder, es decir, no renegó del concepto de cura. Cuando hay un paciente al cual no lo podemos ayudar a situarse de un mejor modo ante su sufrimiento, ante su dolor, no podemos ser necios, tenemos que admitir que ahí hubo un fracaso. Alguien podría decirme, pero entonces el psicoanálisis es un tratamiento dirigido exclusivamente a aliviar el sufrimiento, a hacer que se apaguen los síntomas. Diría que eso es esencial, pero no es lo único. Cuando alguien está dispuesto a avanzar en su análisis, este avance lo lleva no sólo a resolver lo primero, que sin duda al sujeto se le aparece como urgencia y que son sus síntomas, sus inhibiciones, su angustia, sino que también advierte los beneficios de revisar las marcas de su historia y de renunciar a los goces parasitarios por los que paga, justamente, ese precio tan caro.

¿Aunque el motivo de consulta haya caído?

Claro, y no sólo el motivo de consulta, incluso cuestiones esenciales de su sufrimiento que por ahí en la consulta no las pudo formular, o las formuló de un modo desplazado. Pero en la medida en que el sujeto advierte los beneficios que obtiene cuando se anima a revisar su legajo, a seguir un poco más, puede descubrir nuevos campos de goce, nuevos campos de creación, que podrían modificar el modo de situarse en la relación con los otros, de manera más grata para él.
Ahora, no siempre el goce es una creación: por ejemplo, puedo descubrir que si avanzo en mi análisis puedo levantar nuevas inhibiciones y descubrir un abanico más amplio en mi goce sexual o en mis goces alimentarios. Me animo a probar comidas que nunca he probado. Pero no es un terreno donde estoy creando.

¿Ahí goce estaría tomado como placer?

Solemos hacer una diferencia, en la teoría lacaniana, entre goce y placer. El placer, que también nos es necesario, implica un disfrute dentro de una homeostasis. Está más ligado a lo que podríamos llamar el confort; como se le dice en la terminología del mundo globalizado, no tenemos por qué darle un tono peyorativo. Todos necesitamos en algún momento el descanso que nos puede proporcionar ese programa malo de televisión, porque ese día ya tenemos la cuota completa. Necesitamos ese mínimo equilibrio. El goce implica siempre rebasar un poco. Por ejemplo, disponerse a tener una relación sexual es un poco incomodarse, estar dispuesto a un poco de taquicardia, a convencer al otro de que tenga ganas cuando uno quiere, a tener cierta transpiración, digo esto un poco bromeando como para dar el tono de lo que implica el goce.

Vos decías que Freud en función de sus fracasos clínicos escribió “Más allá del principio del placer”, y Lacan la teoría del sinthome. Lacan ya contaba con el concepto de pulsión de muerte que había desarrollado Freud, y sin embargo los fracasos insistieron. Nosotros contamos con el desarrollo de la teoría del nudo, y no obstante, los fracasos insisten. ¿Cuál es tu lectura?

Equivocarse es inexorable e inevitable cuando uno hace algo, y eso no es grave. Lo grave es cuando uno no puede reconocer el lugar de la equivocación, del error o del fracaso. Cuando Freud escribe “Más allá del principio del placer” o Lacan escribe su texto sobre el sinthome, muestran la magnitud de su posición porque no son necios y pueden reconocerlo, pero tampoco son, diríamos, neuróticos tomados por la neurosis. Pueden correrse del escenario, admitir que no siempre son ellos primeros actores, y entonces reconocer –algo que tampoco es fácil– “sí, este análisis no funcionó como hubiera esperado, pero quizás no se debió en este caso, o en estos casos que estoy viendo, solamente a que yo podría haber actuado mejor, no, acá hay un problema de estructura”. Esta serie de fracasos me está diciendo que no tengo bien teorizada la estructura, que hay un límite en ella. Freud a eso lo llamó el instinto de muerte, la pulsión de muerte, y fue llevado hasta allí por un concepto que podemos registrar en la clínica, que es la compulsión de repetición. El sujeto tiende a hacer fracasar el análisis tal como fracasó en la vida. Lacan, por su parte, hace su teoría sobre el Nombre del Padre, la lógica de esa intervención paterna que permite abrir un goce, que sería mortífero, entre la madre y el niño, entonces llamado metáfora paterna. Todo muy bien, y hasta ahí podríamos pensar que el padre sostiene la lógica de una función aséptica de pura ganancia para el sujeto. Cuando Lacan trae la teoría del sinthome, ésta va unida a la teoría de la per-version, que en francés se puede ver bien la homo-fonía entre perversión, de perverso (goce que responde a otro fin del que se esperaría) y père-version: padre versión, versión del padre. Con ese concepto, él se refiere a algo positivo que es una versión que se dirige al padre, cuando el padre interviene bien, pero también a lo perverso del goce paterno. Es decir, hay una marca del goce de aquellos que nos constituyen, que no es siempre para beneficio del sujeto. Eso lo lleva a él a plantear –no llega a ser taxativo, pero lo deja ahí picando– que también en la neurosis, porque en la psicosis no hay duda de que es imprescindible, podría ser necesario lo que él llama un cuarto anillo, topología de los nudos, al él cual llama sinthome, que no tiene nada que ver con el síntoma y se escribe con la grafía de la lengua francesa. Y que ese sinthome vendría a remediar una falla inexorable de la estructura.

¿Qué lugar ocuparían los pacientes para alguien que ha constituido su sinthome en relación con la práctica analítica?

Esa es una pregunta muy importante, porque acá hay una cuestión clave que tiene que ver incluso con el acto de pago en un análisis. Muchas veces se habla del pago, se habla del dinero, y no se habla del acto de pago.

Hiciste una distinción entre el dinero, su circulación y el acto de pago.

Claro. Acá hay algo esencial. El analista suspende su goce para no ceder en su deseo, no se resuelve al modo de un yo autónomo. No es un acto de voluntad. Freud lo advirtió muy bien, por eso era Freud, y planteó un dispositivo muy poderoso. Una de cuyas coordenadas es que el paciente pague. ¿qué quiere decir que pague? Yo diría: que pague con dinero. El dinero, según nos enseña la economía política, es lo que se llama un equivalente general; se puede cambiar por distintas especies de goce: puedo comprar comida, puedo comprar un cuadro, hasta puedo comprar un goce sexual, puedo intercambiarlo por otros goces que quedan como “x” para el analizante. Pero en la medida en que el analizante paga con esa cuota de goce, queda claro que el analista no puede reclamarle con otro goce y que el sujeto está eximido de ofrecerse como objeto para el goce de su analista. Porque de eso es de lo que venimos sufriendo. Cuando alguien acude a una demanda de análisis es porque en algún lugar de su fantasma está ofrecido como objeto, al goce de algún otro que forma parte de su fantasma. De eso sufre. Entonces, el acto de pago sirve para anonadar la demanda de goce, y cualquier analista con experiencia sabe los desastres que se producen cuando el analista no es muy cuidadoso con esta cuestión del pago. Estoy de acuerdo con que el analista puede, en ciertas circunstancias, disminuir sus honorarios, tener un abanico de honorarios según quien puede pagar más o menos, pero cuando eso no lo hace cuidadosamente ni siguiendo el discurso del analizante, sino el de su propia neurosis en cuestiones no elaboradas como podrían ser sentimientos de culpa no resueltos, se produce un desastre.

¿Qué lugar le das a la escritura en la formación de un analista?

Partamos de un hecho: todos los grandes psicoanalistas que mencionamos hoy, y podríamos mencionar muchos más: Ferenczi, Abraham, Hartmann, todos han escrito. ¿Cuál es la interpretación? Voy a tomar un ejemplo paradigmático: Freud atiende a Dora. Un análisis que fracasa. A los tres meses, Dora le da la cachetada simbólica, como dice Freud. Años después Dora lo va a ver. ¿Por qué Freud la pudo recibir de buena manera?, ¿por qué Freud ante el fracaso de ese análisis, que lo decepcionó porque él estaba muy ilusionado con lo que le proponía Dora, no quedó tan desilusionado como para abandonar el psicoanálisis y pudo atender a otras histéricas? ¿no será porque pudo inmediatamente escribir? Es más, ¿no será que escribirlo fue una manera que él tuvo de remediar la herida narcisística que le produjo ese fracaso?
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La versión completa de esta entrevista puede consultarse en www.elsigma.com.
 
 
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