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   Entrevista

Tomás Abraham
  La censura del lacanismo
   
  Por Emilia Cueto
   
 
¿En qué momento surgió su interés por el psicoanálisis?
No sé, del psicoanálisis yo fui paciente muchos años. Analizando –¿así se dice?–, víctima.

Bueno, depende de con quién se haya analizado.
Con mucha gente, así que tuve una fuerte formación como paciente durante muchos años. Con gente de la escuela lacaniana, de la fenomenología existencial en otra época, con kleinianos bastante tiempo, hice hipnoanálisis que es una cosa muy extraña. Y después por lecturas, cuando vivía en Francia, leí algunas cosas de Lacan porque estaba ahí presente, y me gustaba mucho Leclaire, hice cursos con él. Cuando volví a Buenos Aires, el psicoanálisis lacaniano era muy fuerte enla cultura francesa y como yo estudiaba mucho Deleuze, el psicoanálisis estaba muy presente, así que era muy importante lo que decía Lacan, aunque yo fundamentalmente seguía trabajando a Foucault que también tenía relación con él porque había debates, el modo de pensar a Freud de Lacan. Después tuve distintos tipos de relación con el psicoanálisis. En un momento dado Raúl Sciarretta, que era un epistemólogo, me llamó para crear juntos una escuela de psicoanálisis, se llamaba Aletheia.Había mucha gente y yo hacía mis cursos, tenía fuertes diferencias con los lacanianos, arremetía con todo. Era una cosa rara, estaban con la ciencia, el psicoanálisis científico. Era la época de la dictadura, yo incursionaba con mesura con lo que tuviera que ver con el poder y ellos no querían saber nada, hablaban de la ley, y teníamos nuestros encontronazos. Eso me sirvió para un texto que se llamó La ley mayor, publicado por Hachette en el ’82. Es un texto donde hago una crítica de la idea de ley, que era un poco el leitmotiv del pensamiento lacaniano de la época: el Nombre del Padre, el significante, la palabra. Ése fue el primer contacto teórico con el psicoanálisis. El segundo fue La guerra del amor, un libro que escribí en el ’92, en donde me meto con una cuestión que a mí me interesaba muchísimo que tiene que ver con temas de la sexualidad, algo que yo estudiaba hacía un tiempo, el seminario La ética... de Lacan y fundamentalmente la problemática del amor cortés. Creo que con ese libro terminé mi relación con el psicoanálisis, al menos la teórica.

¿Ud. coincidiría con las afirmaciones del filósofo Ludwing Wittgenstein referidas a que “la seducción de las ideas freudianas es exactamente la que ejerce una mitología?
Yo creo que las mitologías no seducen. La palabra mito es una antigüedad para nosotros. Nosotros somos mitólogos. Podemos creer en la religión, eso sí, aunque en general no se da mucho en la gente de psicoanálisis. Freud, por ejemplo, inventó un mito. Desde Freud la gente tiene Complejo de Edipo, cree que lo tiene. Desear a la madre, o no desear a la madre y pensar que hay una represión, y tener cosas que antes no tenía. Creó una subjetividad. En el siglo XIX no se le había ocurrido a nadie. La madre era la madre y ni siquiera daba la teta. Para eso estaba la nodriza.

Digamos que si apareciera un nuevo Freud que eligiera otro mito podríamos dejar el Edipo.
Claro que lo vamos a dejar. Ahora con las nuevas ciencias químico-sociales vamos a dejar tantas cosas...

¿Le parece que el psicoanálisis ha perdido el impulso que tenía en los comienzos?
En 1900, no tuvo mucho impulso, tuvo muchas dificultades para ser.  

Es cierto, pero también para sortear todas esas dificultades tuvo que tener impulso.
En el caso de la Argentina tuvo una enorme importancia y tuvo fases de gran crecimiento y, además de modificación de estilos. No es lo mismo el psicoanálisis de la década del ‘50 (con la APA, la corriente kleiniana, etc.) que el que inaugura Masotta en los ’60 con la presencia de Lacan. Pienso que hoy en día, en la sociedad argentina –dejo el mundo de lado porque es muy grande– el psicoanálisis tiene un territorio más acotado que el que tenía hace quince años. Los bolsillos de los psicoanalistas lo saben, por la situación general, pero además porque han aparecido otro tipo de ofertas terapéuticas. Y además, según mi punto de vista, no sólo por motivos del psicoanálisis, sino, del humanismo en general. En el pensamiento intelectual argentino, en la discusión problemática general de las humanidades en la Argentina, el aporte teórico del lacanismo es mucho más pequeño que el de los años ’70 y ’80. Esto se puede ver en la Facultad. La carrera misma de Psicología tiene como sectores. Psicoanálisis francés es una materia optativa, antes era anual, era terrible, se pasaba por ahí, era “la materia”; ahora es optativa. Quiero decir que han cambiado cosas y se han acotado.  

Que el lacanismo haya ido perdiendo espacios en la universidad o en otros ámbitos no es sinónimo de que el psicoanálisis lo haya perdido. Sería pensar que el lacanismo es el único representante del psicoanálisis.
Lo que pasa es que fue el que traía la novedad y el desarrollo teórico, la vitalidad. Era la vanguardia. Lo que hizo Massota fue el principio. Después vinieron Germán García, Isidoro Vegh, los discípulos, las escuelas. Había una dinámica. Los de la APA eran dinosaurios, los kleinianos eran “lo de antes”, ahora se actualizaron un poquito, se dieron cuenta durante cuarenta años que no mordían. Entonces se fueron acercando, pero igual es muy endeble, el lacanismo era la novedad que tenía relación con el ambiente cultural francés, por lo tanto, con la filosofía, con Derrida, con Foucault, etc.

También era otro momento histórico y político.
Sin duda, pero eso no pertenecía necesariamente a nuestro mundo, sino que era algo que hacía Lacan en Francia. Esta permanente relación constitutiva no interdisciplinaria del campo psicoanalítico con dimensiones teóricas de otros ámbitos. El psicoanálisis, en un momento dado, fue provocador de grandes enigmas, en la época del Surrealismo, esa época en que era una novedad que descolocaba, el análisis de los sueños que hacía Freud era revolucionario. Pero eso fue en la primera mitad del siglo XX. Después se domesticó, ya formó parte de otra cosa, más oficial, atendió a la publicidad, no sé. Lo que pasa con las Escuelas es que son Escuelas. Con una voz de amo hacen lo que llama Lacan un discurso universitario;entonces es una mentira, y Lacan mismo es la domesticación. Además, ya entramos en otro terreno: la pedagogía y la didáctica. El lacanismo para mí se destacó, desde que lo conozco –hace bastante tiempo– por tener un fuerte aparato de censura, y eso no permitió crecer a los chicos. No permitió las irreverencias, el único rebelde era el ángel caído: Lacan (y su yerno). Pero los grupos de estudio lacanianos, las escuelas lacanianas se rigen con un fuerte aparato de censura, se diagraman como sectas, con un aparato burocrático muy sólido, un control muy rígido sobre la interpretación y un sistema de iniciaciones cerrado, de antigüedades y grados donde hay poca posibilidad de pensar. 

Para usted, la institucionalización ha tenido mucho que ver con el empobrecimiento
Las institucionalizaciones son siempre peligrosas, es muy difícil tener un tipo de institución abierta, tiene un costo. Pero no creo que todas las guías de institucionalización sean necesariamente iguales, en el lacanismo lo que se compró es un estilo de institucionalización que viene de un cierto mito que se llama Lacan, que más allá de un analista didáctico o algo así es un personaje cruel, cínico, sarcástico, creó un estilo, un mito. ¿Quién sabe cómo era Lacan? Habría que buscar a Judith para preguntarle, por ahí era un tipo baboso que le decía “¿te pusiste el pulóver?” Por las mismas razones que yo me alejé de Althusser, me distancié de los lacanianos. Ya de grande, porque no me banco esas cosas. ¿Qué les pasa, no se dan cuenta? No entendieron la farsa, y esto es de una gravedad tal que no permite el despliegue. Las instituciones son duras, pero hay que saber darle lugar a la trasgresión. Y nunca vi en las instituciones lacanianas el lugar de la desobediencia. Hay instituciones que siguen una línea, que están atadas a un sistema de jerarquía internacional durante veinte o treinta años, donde viene un tipo de Francia y van todos a Ezeiza a recibirlo, una humillación total, un sistema de cortesanía terrible, de azafatas, guías, mayordomos, lugartenientes,“amigos de”: un bochorno. Quizás en un lugar como el de Germán García, como es más loquito, se permita que caiga la ceniza al piso, quizás, pero en otros lugares no. He visto mucha gente que incluso es víctima de su propio aparato de captura, no pueden escribir, no pueden pensar; para escribir un artículo de tres páginas están un año.

En su libro La aldea local plantea que la mirada (por lo menos de los argentinos) bordea distintas formas de violencia y propone que “alguien haga la teoría de la estructura visual de los argentinos, la elaboración de una clínica de nuestra mirada”.
Es un libro divertido. Sí, tiene que ver con la forma en que miran los porteños. Yo estoy saliendo muy poco, pero la gente mira mucho, uno mira mucho. Nosotros miramos muchísimo. Los hombres miran a las mujeres, las mujeres miran a los hombres. Hay mucha mirada, eso es una cosa que tiene que ver con la histeria, la paranoia, con muchas cosas. Hay mucha inquietud por cómo uno aparece ante el otro. Está bien... no está bien, presentable... no presentable, si se le ve o no algo. Caminamos por cualquier calle y a la gente que nos cruzamos la miramos, no sé qué vemos, pero miramos.

¿Y cuál sería la causa de esto?
El machismo, tal vez. Somos una sociedad de compadritos, y los compadritos se miran mucho, se desafían, a ver quién sostiene la mirada. Tiene que ver con cosas que derivan del machismo, parecer viril. Durante muchas generaciones, ahora ya está más relajado, al varón argentino, porteño, lo peor que le podía pasar era que le tocaran el culo. También se relaciona con una estructura patriarcal que hace que las mujeres necesiten conquistar hombres, si no, están solas, abandonadas. La mujer busca ser mirada por el hombre de una manera tremenda: se quiebra, se muestra, se ata, se sujeta mucho, para ser mirada, para atraer. Hay una fuerte compulsión a captar la mirada del varón, son juegos erótico-urbanos. No me parece que perjudiquen a la salud, es una forma de transitar. Quizás el inconveniente que tenga es cierta cosa artificial, paranoica que no permite disfrutar de otros placeres, que son los que tiene alguien cuando no es mirado. Y no es que en ese momento se caiga el mundo, pasan otras cosas. Además hay una cuestión generacional, depende de los grupos, hay algunos que no se ocupan tanto de eso, de cómo queda. En general, la sociedad argentina, en cierto nivel, le da mucha importancia al cómo queda, no solamente en el aspecto físico, en todo. Lo estéticamente correcto, lo políticamente correcto, todos quieren ser buenos alumnos.

La versión completa de esta entrevista en www.elSigma.com
 
 
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