Usted es considerado “maestro” de varias generaciones de analistas. ¿A quiénes reconoce usted como sus maestros?
Alguna vez, pero no en psicoanálisis, he reconocido como maestro, en el sentido de con quién aprender a leer, al sociólogo Eliseo Verón. Fue mi época universitaria, cuando trabajé con él. Después me formé con pares o solo, pero no reconozco, dentro del psicoanálisis, haberme formado con alguien, porque fuimos, un poco, los pioneros. Somos de una generación que leyó sola a Lacan.
¿Qué lo llevó a ser psicoanalista?
Se debió a razones de necesidad, yo perdí los trabajos que tenía en un centro de investigación, arte y tecnología, era un espacio que habíamos creado con los “restos” que quedaban de la parte de arte del Di Tella que fue cerrado en 1971.
¿En aquel momento se dedicaba al estudio de Lacan o a la lingüística?
Yo ya era lector de Lacan, pero empecé a enseñar un poco de lingüística para hacer una lectura de “La instancia de la letra...” Y a medida que fui entrando en la obra de Lacan, me di cuenta de que quedaba un vacío al ver solamente la cuestión del sintagma, el significante, etc. Entonces ofrecí por años muchos grupos de estudio sobre la teoría de la imagen. Esto coincidía con que había aparecido el Seminario 1, después fui agregando poco a poco todos los demás escritos. Ese trabajo con los grupos de estudio me fue llevando cada vez más al psicoanálisis, pero mi propio análisis y mi práctica vinieron mucho después. Esto habrá empezado cuando cerraron el Di Tella y yo empecé mi práctica en el 86. En aquella época todavía no me había analizado, era un típico representante de los estudiosos de las ciencias sociales. La enseñanza de Lacan nos interesaba muchísimo, así que no me arrepiento de eso, pero no lo podría llamar una decisión. Nunca quise saber más nada de un retorno a la Universidad, porque al mismo tiempo me había desilusionado. De modo que cuando llegó Alfonsín y tuve algunos ofrecimientos ya no quise volver
¿Qué fue lo que lo desilusionó?
No lo sabía bien entonces, ahora sí: el discurso universitario como tal, que me parece muy fuerte, todo ese mundo –y su burocracia– en el que habíamos confiado enormemente. Supongo que también me desilusionó haber anticipado de alguna manera la gran crisis de todo el proyecto de las instituciones. Yo me recibí y la carrera de sociología se suspendió. Tenía un título de algo que había sido y que ya no existía en el país. Pero no lo tomé sólo como una coyuntura ni mucho menos como algo personal, creo que me di cuenta de que todo ese mundo de las ciencias sociales se caía, ya lo decíamos en esa época, pero finalmente se cumplió, que iban a quedar sólo las técnicas estadística, económica, de marketing, por un lado, y después, un montón de teorías. El proyecto mismo de hacer ciencia desde lo social, que permitió la división en distintas disciplinas: antropología, psicología, psicología social, sociología, especializaciones de cada campo de eso, etc., fue una idea universitaria, pero sin base científica. Por eso hoy hay ensayistas, tanto un filósofo como un periodista o un escritor pueden hablar de temas sociales interesantes y tienen más espacio en los medios y reflexiones sobre lo social que los supuestos especialistas con título universitario.
Durante muchos tiempo ha mantenido una posición anti-institución, por lo menos por fuera de las instituciones, después se incluyó en SABA y en la actualidad forma parte de la EOL y es miembro de la AMP ¿Qué produjo ese viraje?
En realidad, eso no fue un viraje, sino que dentro del psicoanálisis yo ya estaba a favor de que las comunidades y los grupos se organizaran. Me parecía que podía haber un proyecto grande a partir de las enseñanzas de Lacan, y eso lo encontré en 1980, en la reunión de Caracas. Cuando yo retorno de ese encuentro, tengo la idea de invitar a algunos de los colegas franceses que había conocido: Miller, Eric Laurent, pero no era el único, también los habían invitado Diana Etinguer, Isidoro Vegh y Benjamín Domb. Entonces nos reunimos por primera vez, porque teníamos acá vínculos de trabajo, hicimos una comisión organizadora y trajimos en el año ’81 a Miller y a Laurent para que dictaran dos seminarios, y así empezó nuestro trabajo con ellos. Después de esa experiencia, seguí con la idea de obtener una organización de trabajo común e internacional, trabajé muchísimo para ir al encuentro en París del ’82, ya fallecido Lacan, y para organizar el de aquí, en el año ’84.
¿Cómo evalúa el acercamiento que se está produciendo entre la IPA y la AMP?
Me parece que lo interesante es que ese acercamiento tocó algunos puntos profundos de la política psicoanalítica, aunque se podría leer como una maniobra de coyuntura, como una conveniencia: hay mejor trato, en otros momentos había mucha distancia. Pero lo que me parece realmente interesante es que movilizó este principio de Etchegoyen que dice que ningún grupo se puede arrogar la representación total del psicoanálisis, yo creo en eso, siguiendo además la lógica del mismo Lacan; y eso es lo que plantea Horacio Etchegoyen en el diálogo con Miller. No hay un todo para la profesión del analista, debe haber una red diversa.
Colette Soler plantea en su artículo “Standards no standards” que ante la imposibilidad de reglar el psicoanálisis se regula al analista y que la institución se planteó desde el comienzo como el agente de esta regulación y como el sujeto supuesto saber de las normas. ¿Coincidiría con esta afirmación?
Sí, en lo que coincido plenamente es en que el sistema impuesto por la IPA en la estandarización es un efecto burocrático que nunca nos dirá nada en especial sobre aquello que hace a la formación del analista. Yo no estoy en una institución que tenga ese sistema, pero eso no quiere decir que ellos no tengan su chance a medida que den a conocer los resultados y publiquen. Todo tiene su pro y su contra. El sistema es burocrático, pero hay que reconocer que lograron mucha cohesión en aquel tiempo; ahora la cosa ya no es tan así. También es cierto que cuando hay una dispersión completa, y los analistas quedan demasiado libres en cuanto a dar cuenta de la formación, constituyen comunidades débiles. Cuando después tratan de insertarse en la sociedad, de obtener eficacia, a veces eso produce debilidad. Es difícil imaginar las cosas a largo plazo y ver cuál es el grupo que dentro de la historia del psicoanálisis ha colaborado más o ha dejado mejores condiciones para su supervivencia. La IPA llegó a su propio impasse, pero no se puede negar, desde Freud hasta ahora, lo que sostuvo en el mundo del psicoanálisis. Luego el propio aparato los fue distanciando de todo lo que ocurría. La Argentina es el ejemplo más digno de ello, haber mantenido tantos años ese cierre, la exigencia universitaria de un título de médico, cuando se iba produciendo una enorme camada nueva en psicología. Eso fue un error histórico, una prueba de lo que es la tontería de la burocracia excesiva.
Lo que sucedió es que influyeron cuestiones políticas propias de un momento histórico: la ley de Ramón Carrillo que establecía que para que alguien ingresara a la APA tenía que tener un título de médico. Esto llevó a un sistema que se sostuvo durante mucho tiempo a pesar de que las condiciones ya se habían modificado.
Bueno, pero si eso produce disidencias, en esas disidencias se juntan muchas más cosas, y aunque después pase esa circunstancia, generalmente, es muy difícil que los grupos vuelvan a reunificarse; las disidencias rompen vínculos, que son bastante primarios. El mantenimiento de esas diferencias me parece que dura muchos años, nunca he visto que eso se arregle rápido. El vínculo social entre los analistas es muy frágil, porque no tiene razones claras entonces, así como hay demasiado amor, siempre hay mucho fenómeno imaginario positivo amoroso cuando se juntan, así es el odio cuando se pelean, y no hay ninguna instancia que pueda regular eso.
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Fotografía: Carol Totah
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