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   Entrevista

Raúl Yafar
  Por Emilia Cueto
   
 

A lo largo de los años ha realizado un exhaustivo estudio en relación con la fobia. ¿Qué lo llevó a interesarse en ese campo de la clínica?
Yo empecé haciendo psicoanálisis de niños en el Hospital Infanto-juvenil Tobar García. Durante muchos años trabajé incluso con niños psicóticos, y uno de los síntomas principales de la infancia es la fobia, la zoofobia. Todo ese trabajo con chicos me llevo a reflexionar sobre las condiciones del psicoanálisis en ese momento. Como muchos analistas que empezamos trabajando con chicos, con el tiempo fui dejando y hoy una parte muy pequeña de mi práctica es con niños. Pero las temáticas del cuerpo, de la fobia, de la psicosis me siguen interesando. Yo estoy trabajando en el tema de las fobias, lentamente, intermitentemente, desde hace quince años. En el ’87 dí un seminario sobre ese tema y después esto se fue ampliando en una serie de artículos y se fue compaginando hasta armar un libro, que con un poco de suerte va a salir pronto; ahi trabajo todo lo que se dijo con respecto a la fobia a partir de Freud. O sea: los posfreudianos, toda la obra de Lacan, y los lectores de Lacan. Algunas cuestiones todavia las sigo pensando aunque el volumen de este libro ya esté listo. Hay temas que la fobia pone en juego y que no están demasiado trabajados, hay mucha más bibliografía sobre neurosis obsesiva y neurosis histérica. La fobia, en general, no está considerada como una estructura en sí misma, pero de todos modos, me parece que hay que destacar que si bien hay una importante movilidad clínica dentro de la fobia, una fugacidad en los posicionamientos, en los asentamiento fóbicos, no obstante, hay peculiaridades clínicas muy específicas. El posicionamiento fóbico es totalmente distinto al de otras neurosis, y es muy riesgoso llegar a orientar la dirección de la cura de un paciente, confundiéndolo, en ese sentido, con un obsesivo, con un histérico. La relación con el lenguaje, con su fantasmática, con el síntoma es distinta. Se ha discutido mucho si la fobia es una estructura, si es una placa giratoria, como dice Lacan, pero esto no alcanza para definirla, hay detalles que hay que tener muy en cuenta. Una de las cosas que más estoy pensando, últimamente, tiene que ver con una peculiaridad del deseo materno en relación con el sujeto fóbico, cómo ha operado el deseo del otro en cuanto a él. Voy a hacer una digresión respecto a esto. En general, se ha hablado mucho, a partir de comentarios de Freud, que en la mujer no aparece tanto la capacidad sublimatoria, o, en todo caso, que ésta llega junto con la maternidad. También se ha dicho que no hay perversión en la mujer, habría que pensar que si bien esto puede ser cierto -es difícil encontrar un cuadro perverso en la clínica-, si no hay ciertos aspectos de la perversión que aparecen en la maternidad también. Me parece encontrar en los pacientes fóbicos graves (con agorafobias, claustrofobias, lo que ahora llaman ataques de pánico, neurosis de angustia) cierto deseo descarnado desde la madre en relación con el sujeto. Y ahí, aunque no podamos hablar exactamente de perversión, hay ciertos mecanismos de tipo renegatorio. Aparece algún punto de deseo muy feroz, muy crudo, dirigido hacia el sujeto sin los velos necesarios de la ternura o sin los velos fálicos, que hagan de pantalla. Esto hace que, y por eso nos recuerda las cuestiones de la perversión, la división subjetiva quede depositada, aplastada fuertemente del lado del sujeto. La madre no queda ubicada como quien entrega su falta, sino que es el sujeto el que escupe la división subjetiva que cae sobre sí mismo. Y por lo tanto, el sujeto queda en una posición donde todo el tiempo, precozmente, es separado del campo del otro. Angustiado, alejado del campo del significante, representando algo así como la diferencia absoluta, la división subjetiva pura. Estaría enclavado continuamente en esa posición. Esto después se ve en algunos detalles de la vida cotidiana, una posición fantasmática en la fobia que yo llamaría titilante. Así como las estrellas titilan, el fantasma en el fóbico está todo el tiempo prendiéndo y apagándose, se moviliza, tiene cierta fugacidad y le cuesta reencontrarse con su deseo, hay un predominio de la angustia o de los miedos, por proyección. La otra peculiaridad tiene que ver con la construcción del yo en la fobia, es lo que, en algunos de mis libros anteriores, llamaba “el yo desenfocado”. Así como hay fotos donde la silueta queda fuera de foco, el contorno del yo, en la fobia, está como difuminado, como si se moviese y no tuviese nitidez, hay una pérdida de la nitidez en la constitución del yo y en el posicionamiento yoico respecto del lazo con el otro. Lo cual hace que se produzcan fenómenos de permeabilidad exagerada donde el fóbico siente muy fácilmente que es invadido, penetrado, tomado, y, al mismo tiempo, un efecto de rechazo en relación con el otro, porque hay que mantener distancias de cualquier forma, ya que la silueta yoica no está bien delineada.

¿Podría ampliar un poco más el concepto de deseo puro en la fobia?
Lacan, en el Seminario 11, dice que el deseo del analista no es un deseo puro, y contrasta el deseo no puro del analista con el deseo en Kant, en Sade, la voluntad de goce en la perversión. Parece que hay una pantalla entre el deseo materno –el deseo del otro como tal, al desnudo– y el sujeto, que es el velo fálico, que le permite al chico constituir la película yoica, ofrecerse como falo de la madre. Si este deseo no aparece velado, enmascarado, encubierto por un apetito fálico sino que hay un apetito objetalizador mucho más decidido; el sujeto queda en una situación donde no sabe muy bien si va a ser quien complete a la madre o quien que va a ser gozado por ella, con lo cual el nivel de angustia es mayor. Uno podría decir que en la neurosis obsesiva, por ejemplo, está claro que si bien el sujeto queda enclavado en su yo, fortificado en su yo, ha sido notoriamente el falo de su madre, entonces, no hay tanta angustia.

Usted ubica a la fobia como una neurosis, pero en algunos momentos se la ha considerado un síntoma y, en otros, una estructura ¿Por qué se producen esos vaivenes que no aparecen, por ejemplo, en relación con la histeria o la neurosis obsesiva?
Lo que pasa es que es un campo más amplio que el de otras neurosis, porque vos tenés desde la neurosis de angustia, donde ya es todo angustia, casi no hay posibilidades de constitución de una sintomatología con una construcción significante posible de ser descifrada. Tenés las fobias graves, las agorafobias, por ejemplo, las fobias a las alturas, las fobias a un objeto medio indeterminado, que están ahí pegaditas a las neurosis de angustia y son como salidas difusas. Y después están las fobias puntuales, donde hay algún significante, como la fobia de Hans a los caballos. En general todos los pacientes famosos del psicoanálisis de niños era fóbicos: Richard, Hans, etc. Pero ahí, cuando ya hay zoofobia tenés un significante privilegiado, el significante para todo uso, como lo llama Lacan. Hay un amplio espectro que va desde la angustia franca, en la neurosis de angustia, a las grandes angustias “fobicoides”, como podrían ser las agorafobias, hasta las zoofobias donde hay algo mucho más puntual, más ligado a un significante y donde existe la posibilidad de transformar la angustia en miedo. Esto es todo un tema. La otra cuestion es la estrategia del deseo en relación con la fobia, eso que Lacan decía de la insatisfacción en la histeria, la imposibilidad en la neurosis obsesiva y el deseo prevenido en la fobia. Hay allí una estrategia del deseo, no tiene por qué haber una fobia concreta, pero el sujeto se ubica en relación con su deseo siempre en una continua prevención, precaución; no suscitando el deseo del otro, porque está de continuo como asomándose. Lacan llegó a considerar a la fobia como una placa giratoria, a partir de la cual se sale a otras neurosis o se puede ir hacia el lado de la perversión. Yo no estoy tan convencido de eso, me parece que los sujetos que tienen un posicionamiento fóbico se mantienen así durante todo el análisis; incluso los que han tenido importantes mejorías siguen teniendo la peculiaridad de las fobias siempre sobre sus espaldas: no se deja de ser fóbico, y por otro lado, no he apreciado posicionamientos o encauzamientos hacia el lado de la perversión
En su libro El caso Hans, establece una vinculación entre la fobia y el fetichismo.

Lo que hago es como una especie de “cuadrángulo” entre distintos objetos: el objeto fetiche, el objeto fóbico y los contrastes entre uno y otro. Siguiendo a Lacan, por supuesto, el objeto fetiche se constituye por vía metonímica, se produce un deslizamiento a partir de la contemplación de la castración en la madre; por metonimia (la parte por el todo) va hacia el pie, por ejemplo, y hace un fetichismo del zapato. En cambio, el objeto fóbico se constituye como una auténtica metáfora, en ese sentido, es bien neurótico, una “metáfora congelada” es la primera definición de Lacan.

Usted plantea que los síntomas fóbicos son los que “caen” con más facilidad.
En la infancia, son muy frecuentes las fobias, y cuando no son demasiado graves, desaparecen solas muchas veces. En general, los análisis de niños, exceptuando los cuadros graves, son exitosos y no son tan largos, los síntomas se disuelven. Porque en el caso del niño tenemos esa facilitación que implica el juego, ese enmascaramiento, esa forma de velo, de pantalla, la escenografía lúdica siempre permite movilidad, empezar a apantallar un poco esas angustias.

¿Cómo piensa el fin de análisis con los niños?
En todos estos años, lo he pensado de distintos modos, así que lo que digo es lo que pienso hoy, si habláramos el año que viene, probablemente diría otra cosa. Lacan dice, en algún lugar, que el imaginario del niño es inaccesible, está en progreso, en trabajo, se está metamorfoseando. Entonces, no encontrás ahí una reconjugación del fantasma, sino una constitución de él. Por lo tanto, uno debe ser muy cuidadoso, para empezar, con el tema de la interpretación, de ahí la gran disputa entre Melanie Klein y Winnicott. Winnicott era mucho más respetuoso del juego, mientras que para Melanie Klein, el juego era un medio para la interpretación. Esto es lo que yo he tratado de diferenciar hablando del niño como objeto de la clínica, en lugar del niño como un sujeto en la clínica. Ahora, en general, cuando un niño se posiciona de forma tal que puede jugar, que ya el síntoma tiende a incorporarse a la transferencia, que va teniendo una posición transferencial con relación a la palabra que le permite empezar a dirigirse al analista de un modo tal que uno podría decir ¿ya está para el diván?, en ese momento, dice que no quiere venir más.
Hay cierto imaginario que circula y que podría resumir así: “yo empiezo a trabajar con chicos, porque con adultos no me animo”.

Sí, además con una connotación un poco peyorativa, empiezo con algo “fácil”, total con los chicos no hay problema. Es terrible. Pero si uno profundiza en las variables del análisis: síntoma, interpretación, entrada en análisis, final de análisis, posición en el fantasma, las diferencias entre juego y palabra; se da cuenta de que trabajar con chicos es muy dificultoso, y que hay mucho para pensar todavía en relación con eso. Winnicott habló un poco del juego, pero no tenemos una teoría del juego suficientemente completa. Después están las relaciones entre juego y arte, eso está mencionado también por Winnicott. El tema del arte me interesa mucho, especialmente por el lado de la escritura. Podría decir que mi salida del psicoanálisis, mi ida y vuelta en el psicoanálisis pasa por las actividades más artísticas, por entender los destinos de la pulsión por el lado de la sublimación, la escritura; ahora estoy ensayando algunas cosas en relación con la escultura, el arte zen del tiro al arco. Hay cuestiones del arte que me permiten entender a los chicos de un modo distinto.


Fotografía: Carol Totah
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com

 
 
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