Usted enuncia una hipótesis: “El porvenir de la práctica psicoanalítica se juega en la posición que toma en la actualidad del malestar en la cultura”. ¿Cuál es esa actualidad?, ¿cómo se manifiesta?
Se trata de establecer cuáles son precisamente las coordenadas actuales. En ese sentido, creo que hay una fuerte decisión que compartimos muchos analistas para poder hacer un entrecruzamiento de esas coordenadas. Esto está en la línea, a su vez, de lo que es un texto fundante “El malestar en la cultura”. No sólo como texto, sino también como lectura, no en el sentido de un escrito que hay que reverenciar, donde está “la exégesis”, sino para ver cómo en ese texto se establece un modo de lectura. Me parece que es muy importante tomar esto de Freud, no solamente lo que un texto dice, sino cuál es la política que lo sustenta.
De lo contrario se genera una falacia de autoridad.
Exactamente, eso, en realidad, es una cita que falta a la cita. Lacan decía que la interpretación es, a medias un enigma y a medias una cita, pero una cita de los significantes, del analizante, no una cita de las palabras. Pienso que cuando uno se refiere a un texto o a un autor, se refiere al autor, no a la persona. Y ahí está, como usted dice, la cuestión de la autoridad: una cosa es la persona y allí se pone en juego la autoridad, y otra es la condición del autor. En las jornadas que se realizaron en la Fundación Proyecto al Sur, dedicamos la primera, precisamente, a la condición del autor, qué hay de la persona en el autor. Mi trabajo presentado en Boston se llamaba “Escribir la persona”. Entonces, la cita tiene que ser con relación a los significantes del texto, no puede autorizarse en esa contraseña, eso es inherente al sujeto, pero, a su vez, a veces, eso debilita la posibilidad de autorización. No puede autorizarse en la contraseña de “lo dijo x”, porque eso también es una lectura cerrada, la cita es otra cosa. Es esto que plantea Lacan, y no digo: “porque lo dijo Lacan”; digo que esto que plantea él hay que tomarlo, porque ahí se encuentra algo que hace a los significantes de cierta política, y a la interpretación en la cual el analista tiene que elegir eso que se llama el estilo.
¿Elegir o soportar? ¿Qué sucede con el estilo respecto de la escritura?
En la escritura, se soporta.
¿Y en el psicoanálisis?
Yo diría que es inevitable
Se podría hacer un paralelismo entre lo que sucede con el escritor que soporta el estilo y el psicoanalista soportando la transferencia, el objeto.
Lo soporta en su doble acepción: por un lado, tiene que soportarlo, porque es inevitable y por el otro, lo soporta en el sentido de que es el lugar de sostén para que eso se produzca, como en el caso del escritor.
En el sentido de soportar cierta incomodidad, que es lo que sucede con la transferencia.
Si la transferencia no se desliza, en cierto punto, en el argumento de la incomodidad, ahí hay algo que está tramitándose en el orden de la complacencia. Por eso es que nosotros tenemos una publicación que precisamente se llama “Mal-estar” y lo que va como prólogo del primer número es que en el psicoanálisis se trata de saber “mal-estar”, no estar en el buen lugar. Nada tiene que ver esto con ser trasngresor, maldito, esas son imaginerías. Saber “mal-estar” en cuanto a, como decía Freud en “Análisis profano”, escuchar una otra cosa y algo más que eso que solamente se corresponde con el decir bien, no con el bien decir. Entonces, cierta incomodidad es también inevitable. Porque algunas veces se supone que el malestar en la cultura es una consecuencia desdichada y que podría haber otra cosa, algún paraíso perdido. En realidad, si somos sujetos humanos, en tanto nos ubicamos como tales, es porque hay malestar en la cultura. Borges decía: “feliz el caballo que no sabe de la muerte”, yo le agregaba: “pero tampoco sabe que es feliz”. Como sabemos de la muerte, nos suceden cosas que a veces pueden tener que ver con el relámpago de la felicidad, a veces con lo canalla. Esto es lo que dice Freud justamente en “El malestar en la cultura”.
¿Cómo pensar entonces el lugar del analista en relación con “El malestar en la cultura”?
La cuestión del analista también es incomodar a la estabilidad cómoda y al padecimiento. La otra vez, me decía una persona lo difícil que era pasar de ser un alma en pena a tener penas en el alma. Como diría una marquesa en los salones de París en el siglo XIX: “qué felices esos tiempos en que yo era tan desdichada”. Parece que en el malestar hay algo –yo diría inquietante– posible de ser ominoso, pero también posible de convocar a esto que el caballo no puede disfrutar (tomando el ejemplo de Borges que mencioné antes).
En ese mismo texto, Freud se refiere en distintos momentos al lugar de los tóxicos en relación con el sufrimiento. En una de esas alusiones, los llama quitapenas, los considera parte de un mundo que le ofrecería al sujeto mejores condiciones de vida y en el cuál éste se refugiaría. ¿Se podría pensar a la computadora en esa línea?
Eso va a depender de la imaginarización que se haga sobre la computadora. Un ejemplo interesante, en este sentido, es el cigarrillo. Digamos que hay quitapenas más sustanciosos, como decía Freud, el casamiento con la botella en lugar del casamiento histérica-obsesivo. La religión como tóxico. El cigarrillo parecería no compartir demasiado de esta sustancialidad, y sin embargo, tiene una cualidad imaginaria que facilita, por vía biológica, una adicción y que queda entonces reforzada por la nicotina. Pero, en principio, el cigarrillo carecería de la sustancialidad que tienen otro tipo de ingestas. Lo interesante del término ingesta o adicción es cómo Freud lo confronta con otro que es “quitar”. En ese sentido, la computadora podría tener algo vinculado a estas operaciones. Cuando apareció el ferrocarril, en Inglaterra, cierto grupo de campesinos aseguraba que eso iba a traer consecuencias catastróficas, que las vacas iban a engendrar monstruos, que los animales se iban a asustar por la aparición de ese dragón humeante; lo mismo pasó con el cine.
La primera película en el cine, que fue con un tren que aparecía, hizo que la gente saltara de los asientos. Uno podría decir que algunos artefactos, algunas prótesis pueden aparecer teniendo un efecto muy fuerte en la trama social.
Sin embargo, se podría pensar que estos avances tecnológicos algunos efectos tienen, por ejemplo, una mayor contaminación, un aumento del estrés, etc.
Es cierto, y estos campesinos no se equivocaban tanto sobre el ferrocarril, pero ahí viene el punto, las consecuencias que pueden traer los productos de la ciencia en la trama social, en ese sentido, podemos pensar a la computadora. Hablando de las vacas, hay un poema de Rubén Darío que se llama “Oda al ganado y a las mieses”, donde todo parecía espléndido, viviríamos en pleno sentimiento oceánico, como decía Freud. En un momento dado, se suponía que la computadora iba a ser eso, iba a determinar que las personas pudiéramos tener mucho más tiempo para ocupar en actividades e intereses. Luego, apareció otra versión que fue que la computadora sustraía la posibilidad del encuentro, que iba cabalgando con un modo de pensamiento que terminaba por hacer decaer ciertas proposiciones de la cultura occidental. O sea, en un momento dado, la computadora aparecía como el Ángel de la Guarda; en otro, como decía este director de la universidad que cité antes, como la “bestia negra”. Creo que todo depende, como decía Freud en el “El malestar en la cultura”, de cuál va a ser la posición que el saber de la ciencia plantea en relación con los productos. En sí misma, la computadora no es ni buena ni mala. Como decía Hegel de la pasión: “las pasiones no son ni buenas ni malas, pero inevitablemente conducen al sujeto a un lugar”. Creo que por lo menos hace falta una actitud precavida, más que precavida, porque el término ya encierra un atribución de peligro, yo diría una actitud escéptica. En ciertos puntos, Freud era escéptico, que no es lo mismo que ser pesimista. Entiendo que el optimismo y el pesimismo son como propios de una moral doméstica, en más o en menos. Los analistas, si nos ubicamos en lo que sostenemos, podemos ser escépticos, suspender cierto juicio voluntarioso en más o en menos acerca de ciertas cuestiones y, por supuesto, estar en vigilia.
Estar advertidos, como dice Lacan, en relación con deseo del analista.
Así es, pero ser escéptico en cuanto a las versiones dominantes ¿quién se acuerda hoy de la versión dominante del fin del mundo que circulaba apenas hace dos años? “El efecto Y2K iba a traer...”, “se sabía que...”, una proposición que muchas veces Lacan ha planteado como propia de la construcción del concepto. “Se sabía que iba a sobrevenir el desastre universal a menos que se tomara tal recaudo”, con lo cual, incluso en la Argentina, algunas personas y algunas corporaciones obtuvieron excelentes beneficios. Había una cierta ambientación para eso, lo cual no significa que la informática sea inocua, significa tener muy claro, otra vez la cita del significante ¿por dónde va la cuestión? Que no es por el lado de imaginarizar y rellenar los huecos de lo real, sino con una posición, como usted dice, advertida.
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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Fotografía: Carol Totah. |