Hasta la derecha norteamericana admite que la nueva guerra contra Irak tiene, como suele decirse en honor a la tradición olfativa, olor a petróleo. Entonces, ¿la guerra contra el Mal es un pretexto para que la industria norteamericana, a costa del creciente y monumental déficit estatal, sortee los efectos de la recesión?
Es cierto: podemos acumular sobre Bush hijo y su entorno todos los cargos e imputaciones que querramos, sin peligro de exagerar: a juzgar por su discurso, este hijo alcóholico de un padre al que lleva sobre sus espaldas, es ignorante y torpe; turbio es su pasado como empresario, tan turbio como el del vicepresidente, Chenny, ligado a los escándalos de World Com y Enron; apenas llegó al gobierno anunció que abriría las puertas de Alaska para la explotación industrial y, nadie lo desconoce, los consorcios petroleros están listos para desembarcar en Irak tras la ocupación del territorio. Comparado con él, “Ricardito el tramposo”, –me refiero a Nixon–, era un ser tan puro como la célebre paloma de la paz.
¿Y entonces? ¿Cómo se explica que gran parte de la población –activamente– y el resto pasivamente, consientan tan plenamente la política actual? Los sarcasmos de Mailer –cada vez más soberbio y vacío–, las minuciosas denuncias de un Chomsky, los clisés progresistas, economicistas, que son clisés no por su falta de verdad referencial, sino porque parecen puestos ahí a propósito, como para ocultar los problemas, sumados todos, sumados a los clisés de quienes conciben la política como ejercicio de pedagogía esclarecedora, terminan por reducir, involuntariamente pero efectivamente, la historia contemporánea a las proporciones de un policial negro de clase B. Denuncian la pandilla en el gobierno de Estados Unidos (y que quede claro: no dudo de que se trate de una pandilla), con los mismos términos y razones irracionales que los iluministas del siglo XVIII denunciaban a curas y papas como si la gente no tuviera nada que ver; o como si tras este comienzo negro, propio de adagio fúnebre, se esperase, al igual que en famosos filmes soviéticos, que algún Lenín hablase desde un camión blindado a masas cuyos rostros, por fin, se iluminaban con la luz de la verdad.
Los conservadores, que han recibido un beneficio inesperado, tan inesperado como confortable, ahora descubren virtudes de conductor en Bush, a pesar de “las fallas de su personalidad” (¿se referirán a la vez que se atragantó con galletitas por no seguir los consejos de su mamá?). Ellos también desconocen, aunque el desconocimiento no los perjudique, felizmente adaptados como están, legítimos hijos del sueño patrimonial de sus padres, ellos también nada quieren saber, como tampoco nada quieren saber sabios politólogos, expertos en predecir lo impredecible y en fingir que saben, cuando, se sabe, están tan desconcertados y aturdidos como cualquiera, nada quieren saber, entonces, sobre el papel del accidente en la historia, ése que, como el dedo de Dios, hace girar súbitamente el curso, a veces con estrépito, otras en silencio.
Digámoslo rápidamente: sin el 11 de Septiembre (los politólogos y periodistas que aman el lenguaje aséptico, escriben, como se sabe, “11-S”) Bush sería hoy un personaje ridículo y ridiculizado. El 11 de Septiembre y su macabra escenografía provocaron algo más que el surgimiento de un anhelo de venganza: despertaron fuerzas siempre latentes tras el orgulloso We, the American people. Años y años de puritanismo, en el que el culto extremo al individualismo se auna con el culto no menos extremo, totalitario, de castigar cualquier desvío de las normas del grupo; años y años de expandir la frontera a costa de indios y mexicanos; años y años de construir grandes, inmensas ciudades y de nutrir con el orgullo de la magnificencia a las más diversas tribus de inmigrantes; y tras años de haber accedido a potencia mundial excluyente, militar y económicamente, se cristalizó una máquina ideológica persecutoria que reclama un contrincante idénticamente poderoso: en su momento, un momento bien breve, por cierto, sectores de la clase media norteamericana comenzaron a odiar la competencia de la tecnología japonesa; antes y después, la leyenda de la “conspiración de Roswell”, conspiración extraterrestre, claro, invadió a los comics y a la televisión con héroes puros, absolutos, paranoicos, que disputan a puño limpio y ganan contra la tecnología de punta y usan esa misma tecnología para derribar imperios; héroes que son una nueva encarnación del héroe mágico, Hopalong Cassidy, el jinete que en una serial ya antigua, a caballo, llegó a pelear con los marcianos; después –después del colapso de la Unión Soviética– hubo que conjurar a narcotraficantes, colombianos o árabes; ahora, por fin, Al Qaeda y Sadam Hussein, unidos a la fuerza, forzados a conjurarse como enemigos ubicuos, malignos, agentes del puro Mal, han conjurado el renacer del patriotismo feroz. No sabemos, nadie sabe, cuánto durará este momento y si es un interludio entre los cantos al pluralismo y un nuevo renacer de la ficción liberal; pero sí sabemos que es un tóxico terrible, ese tóxico que el alma progresista y economicista nunca termina de entender, y que tampoco entiende, por supuesto, el liberalismo de derecha que grita que Sadam es un asesino que hay que destruir, desconociendo el pacto que une a éste con su pueblo, sea o no (probablemente lo sea), un terrible dictador. Seguimos ignorando las fuerzas de destrucción que anidan en el hombre y que Freud, con razón, sostuvo que no eran producto de la propiedad privada, aunque sea imposible saber cuál es su razón última.
Pero hay que buscar esas fuerzas en la superficie y no en extrañas profundidades, disimuladas en lo que aparece y se muestra. Observemos al Bush construído por la propaganda de los medios de comunicación, observemos al Bush que se ofrece y se identifica al ideal, observemos su obstinación y hasta su orgullo provinciano, su desconfianza hacia las ideas, algo que en nada contradicen, más bien confirman, sus consignas macabramente fundamentalistas, su simplismo extremo (el momento político permite que sus intromisiones sean exitosas, cuando en cualquier otra circunstancia le hubieran valido el repudio y la burla), su creencia en el valor de la decisión inmediata, sin vueltas (esas vueltas enfermizas que son, seguramente, las de los intelectuales que no usan sombrero tejano y no andan a caballo), sin argumentaciones supuestamente retorcidas: he ahí el retrato perfecto, la perfecta encarnación de ese mítico “hombre medio” yanqui.
Norteamérica es, con seguridad, algo más que esto; incluso podemos decir que hablar, a secas, de “Estados Unidos” abusa de la esencialización del léxico: hay allí demasiadas parroquias, etnias y grupos que coexisten ignorándose los unos a los otros; pero el dispositivo ideológico que terminó de cristalizarse de un modo fulminante en los últimos meses, domina a las otras voces. Curioso: en un momento en que se pregonan las bondades de la llamada globalización y, antes que nada, de la bondad de una internacionalización de las redes electrónicas que suprimiría, por el medio de la informática, los límites de los Estados-nación, la política facciosa de Estados Unidos desmiente claramente estos presupuestos a través de un proyecto antiuniversalista, cerrilmente particularista, en este punto alejado por completo de los ideales de la Europa occidental, siempre teñidos por la tradición universalista, sea conservadora, sea revolucionaria.
En otro punto también se separa de Europa: el proyecto idealiza el presente, no contempla ninguna utopía del futuro redentor. Y una vez más las matrices de la cultura popular nos proporcionan la imagen y el esquema de ese presente encantado. Todas las películas del cine catástrofe muestran monótonamente, antes que el volcán, la bomba, la ruptura de una represa, la epidemia irrumpan, el mundo idílico, de colores Kodak, en el que en abundancia, resplandece el día, resplandece el amor, resplandece el confort de levantarse a la mañana para ir a un trabajo tan calmo como bien remunerado, con todos los accesorios propios del feliz-hombre-común-e-íntegro, desde el perro hasta las flores del amplio jardín, de ese hombre que, tras la catrástrofe, liderará la reconstrucción sin vacilar, sin temor, con espíritu de grandeza y de simplicidad: We the people. |