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   Familia y repetición

La familia y las repeticiones
  Por Alba Flesler
   
 

Amada y odiada pero nunca indiferente, la estructura familiar ha pasado por diversas épocas históricas con diferente prensa. Los creyentes la enaltecieron como sagrada, los revolucionarios la devaluaron como burguesa, pero ella subsiste como proyecto y anhelo. Hasta comunidades que antes la rechazaban reclaman actualmente legitimidad para fundarla según una tradición prescribe: matrimonio legal e hijos.

¿Por qué la familia, disímil pero idéntica, se resiste a desaparecer? ¿Cuál es su eficacia? La familia parece montar su prestigiosa persistencia sobre un dato de estructura. Ofrece al sujeto, más allá de variantes y estilo, la consolidación de un elemento tan humano como necesario: lo heim, casa y morada de lo familiar. Dotada de ese beneficio, la pertenencia a la familia otorga al viviente capacidad para reconocerse y de ese modo resguardase del siniestro exilio que lo acecha desde el nacimiento. Tal vez porque la existencia humana se engendra al descubrir que somos los únicos seres vivos testigos de nuestra propia condición mortal.

La vida, al hacerse humana, ha invertido sus términos, haciendo de la segunda muerte la primera. Hecho constatable desde el origen, pues el cachorro humano sucumbiría sin un intérprete de sus necesidades primordiales. Para el caso vale recordar a Spitz y sus amplias observaciones sobre el marasmo que acontece ante la falta del amor y el deseo del Otro. El sujeto que se constituye en el campo del Otro, no existe sólo por el hecho de nacer, en todo caso, nace realmente cuando existe para un Otro.

Seguramente, esa virtud propia de “lo familiar” es la que da cabida y pregnancia a la función de la familia y torna tan difícil y doloroso, como refiere Freud, el trámite de desasimiento de la autoridad de los padres. Sobre todo, en casos extremos, cuando no se ofrecen ciertas condiciones de renovación y las funciones familiares mantienen una vigencia estanca de una generación a otra, cerrando en un círculo atemporal toda epokhé o discontinuidad. En las redes de la repetición se teje una trama sin intervalo que le niega al sujeto el acceso a la historia.

Quienes atendemos niños y los recibimos en nuestros consultorios como psicoanalistas, reconocemos la dificultad que ocasiona ubicar en su justo término la función de la familia. Plagada de sentido, su concepción en psicoanálisis ha enhebrado expresiones confusas hasta engendrar un verdadero malentendido en la telaraña de las especialidades. Posiciones adversas se dirimen en discusiones respecto del lugar de los padres en el análisis de un niño, entre recibir o no a los padres, atender sólo al niño o no hacerlo. En torno a la familia el debate se ha extendido hasta nuestros días.

Es cierto que, creado para adultos neuróticos, el psicoanálisis se vio enfrentado, al recibir al niño, con una problemática real. El niño no habla de sexo y muerte como lo hace un adulto. Pero, entre el rechazo por lo que no se ajusta al marco ya consabido, y los esfuerzos de asimilación, el acto analítico osciló en el sube-y-baja de la impotencia y la omnipotencia. O el niño es responsable de sus actos y se lo debe atender como a un adulto, o los padres han de serlo y se ha procedido a psicoanalizarlos.

A mi entender, el debate gira sobre sí mismo a falta de un concepto clave para la práctica. Me refiero al concepto de los tiempos del sujeto1. Al dirigirse al sujeto como su verdadero objeto, el psicoanálisis ha realizado una delimitación de su campo de pertinencia, produciendo una divisoria de aguas entre su práctica y la de las psicoterapias. No es lo mismo atender al niño y a sus padres apuntando al sujeto, que hacer del niño un objeto de la especialidad en la teoría psicoanalítica.
Pero ese sujeto, sujeto de la estructura, se engendra en tiempos que de ningún modo son reductibles a los tiempos cronológicos. De un modo harto sintético, diré que ellos han de considerarse como tiempos topológicos, tiempos de discontinuidades de lo Real, de lo Simbólico y de lo Imaginario, que abrevan en tres dimensiones del tiempo. Serán los tiempos de las sucesiones simbólicas, de las reversibilidades imaginarias y los tiempos de irrupción o persistencia de lo real, los que determinen los tiempos del sujeto de la estructura. Asimismo, es menester recordar que cada uno de estos tiempos, lejos de ser espontáneos, realizan su curso en operaciones dependientes de una dialéctica inicialmente jugada entre el sujeto y el Otro real que ha de recrearse para cada tiempo de la infancia. La eficacia de la realización o no de esas operaciones, se podrá leer más allá de la infancia, como tiempos incumplidos de la estructura permitiéndonos entender por qué muchos adultos no establecen neurosis de transferencia ni ofrecen producciones del inconsciente, revelando que los tiempos del sujeto siguen un orden necesario pero contingente.

Alejados a su vez de un progreso evolutivo, los tiempos del sujeto conllevan, no obstante, un sentido progresivo, guardando estrecha relación con los enlaces y redistribuciones del goce, del amor y del deseo de los padres para cada uno de ellos.

A mi entender, dirigirse al sujeto considerando sus tiempos, releva a la práctica del psicoanálisis, de un recurso simplificador e ineficaz basado en variaciones técnicas. Los analistas podemos atender al niño, a los padres, o a las familias, siempre y cuando apuntemos al sujeto. Desde esa perspectiva, de la mano de una temporalidad topológica, ¿cómo enlazar el concepto de repetición en psicoanálisis a la dimensión familiar?

Las repeticiones en la familia.
En 1920, en “Más allá del principio del placer”, Freud reinterrogó su teoría abordando desde una nueva perspectiva el concepto de repetición, colocándolo bajo un doble sesgo. Uno de ellos abrevó el costado demoníaco, como compulsión a la repetición. Para describirlo, Freud apela al Triebhaf, término de vieja raigambre en la literatura del siglo XVIII para expresar la cualidad irreflexiva y persistente de lo compulsivo. Por otra parte, en ese mismo texto propone considerar la repetición como operación de sustitución, ligada a la transferencia.

Lacan, a su vez, con dos términos, tomados de Aristóteles: automaton y tyche, hace distinciones entre una repetición ligada a lo serial, lógica de los significantes, y otra referida al encuentro con lo real. Encuentro con lo real que resulta siempre fallido, dystychia, desencuentro. Estamos en 1964, años antes de la escritura nodal. Pero ¿qué pasó luego con el concepto de repetición?

Parece interesante su consideración a la luz de los últimos seminarios, cuando el sujeto no es sólo lo que un significante representa para otro significante, sujeto de lo simbólico, sino sujeto de la estructura. El sujeto de la estructura no es sólo sujeto del significante, es Real, Simbólico e Imaginario anudados. Esto equivale a decir que el sujeto está constituido por lo Real de los goces, por lo Simbólico dependiente del significante y por lo Imaginario del cuerpo. También, que el anudamiento de los tres permite colocar en el entrecruzamiento, con eficacia en cada uno de los tres, al objeto a, que es el objeto causa de deseo, pero también, presencia de goce que Lacan llama plus de gozar. Lacan escribe el objeto a en el entrecruzamiento de los tres registros sin aclarar si es el objeto causa de deseo o si es el objeto plus de gozar. Sin embargo, la distinción tiene eficacia y consecuencias sobre cada uno de los registros. Específicamente y respecto del tema que nos interesa, cuando el objeto perdura, como plus de gozar, ofrece variantes de las repeticiones en cada uno de los registros.

La clave del tiempo se asienta en una discontinuidad o recreación de una alternancia del objeto, eficaz como falta de goce que causa el deseo y brinda oportunidad para alcanzar un nuevo goce. En el intervalo se abre la dimensión temporal en cada uno de los tres registros.

Por ejemplo, en lo Simbólico: el significante con que un niño fue nombrado puede funcionar como significante pero también puede coagular semánticamente. ¿De qué depende? De la alternancia del objeto. Cuando la voz, como objeto, tapona el agujero de lo Simbólico, el significante pierde su capacidad de sustitución y se coagula el juego significante. En su lugar, reina el superyó, simbólico sin agujerear.

Del mismo modo, en lo Imaginario, es constatable la presencia obturante del objeto cuando el narcisismo muestra su rostro persistente e inmóvil. En ese caso, la mirada no hace juego. En su obra teatral “El despertar de la primavera”, Frank Wedekind relata poéticamente el desenlace trágico anticipado por una madre que miraba a su hija sólo como niña sin admitirla como señorita. Es notable cómo la fijeza del objeto imprime su sello a la imagen del cuerpo. No menos estragos derivan de la presencia del goce sin chance de renovarse en lo Real.

El pasaje del objeto del cuerpo del Otro al cuerpo del partenaire, ganancia de ese tiempo conclusivo que es la pubertad, depende de un hecho insoslayable y necesario: que el objeto recree su alternancia en la repetición sucesiva de una diferencia. Freud llamó, a esta operación, lo “insustituible eficaz”, abrevando otra distinción: la repetición de lo no idéntico, repetición de lo Simbólico, y la repetición de lo mismo, repetición de lo Real2. La repetición de lo Simbólico responde a la insistencia significante, el significante que se va sustituyendo por otros significantes. Su ejemplo más cabal es el síntoma, repetición que cesa, de escribirse. Debe diferenciarse de la repetición de lo mismo. Vigencia, goce actual, que no se sustituye.

Según mi experiencia, esta distinción entre repeticiones, arroja claridad a esa expresión de Lacan: “el síntoma del niño se trouve en place de répondre, se halla en el lugar de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”, 3 Cita que puebla con frecuencia los textos sobre psicoanálisis de niños.

Sin otorgar mayores detalles sobre qué entender por pareja familiar, Lacan no deja de mencionar a la madre y su fantasma y al padre en su función legisladora, distinguiendo luego entre un niño que responde con su síntoma y otro que realiza la presencia del objeto en el fantasma materno. Dicho en otros términos, Lacan diferencia la capacidad del síntoma del niño como respuesta del sujeto, de la incapacidad para responder. A su vez, subraya en cambio, la consecuencia de ese impedimento para el niño: realizar la presencia del objeto en el fantasma materno. En definitiva, según esa distinción, a veces hay realización y otras veces respuesta. El síntoma como respuesta es una repetición de lo simbólico que incluye la diferencia, cifra y porta el trazo como respuesta del sujeto. Por el contrario, cuando el síntoma está ausente, estamos ante la realización de la presencia del objeto. Repetición sin diferencia, lo mismo vuelve al mismo lugar, repetición de lo real.

 Lo heim puede devenir destino trágico cuando la continuidad de un goce familiar impide recrear en cada generación la experiencia como propia. En los tiempos de Freud, las impotencias del pater familia, retornaban en presentaciones clásicas muy diferentes a las de nuestra época. El discurso de la represión victoriana ofrecía sus variantes del retorno de lo reprimido como síntomas histéricos, producto del inconsciente. Nuestros días, herederos de la imagen desfalleciente y humillada del padre de la era industrial, tan bien retratado por Claudel en su Trilogía, enfrenta los efectos, más que del padre de la ley, del padre impotente del goce y sus versiones en nuestra clínica actual. ¿Será por eso que a nuestros jóvenes les cuesta tanto armar una familia propia?
______________
1. Flesler, Alba: El niño en análisis y el lugar de los padres, Buenos Aires, Paidós, 2007.
2. Vegh, Isidoro: Hacia una clínica de lo real, Buenos Aires, Paidós, 1998.
3. Lacan, Jacques: “Deux notes pour l’enfant”, in Ornicar ? Revue du Champ Freudien n° 37 - avril-juin 1986 - P. 13-14

 
 
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