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   Entrevista

Héctor Yankelevich
  Nos hay psicoanalista de niños
   
  Por Emilia Cueto
   
 

¿En qué momento surgió su interés por el psicoanálisis?
Empecé a leer a Freud por azar a los catorce años en “Moisés y la religión monoteísta”. Me quedó una especie de estrato ahí trabajando sin que yo supiera bien qué y cómo. A los quince, leí un trabajo sencillo de Mimí Langer, tenía ya algunas nociones de metapsicología, las que puede tener un chico de esa edad, y me fascinó que ella dijera que desde el kleinismo se trabajaba más allá de la represión originaria. Pensé: ¿cómo pueden hacer eso? Porque si hay algo reprimido originariamente, ¿cómo se llega más allá? Descubrí los escritos de Lacan en el ”67, cuando apenas acababan de llegar a Buenos Aires, y me compré el primer volumen que apareció. Sabía de la existencia de Lacan por Foucault, por Althusser y en aquel momento, ya leía a Freud de manera disciplinada en La interpretación de los sueños. De todas maneras, en aquel entonces, mis intereses –por Grecia, primero, y por la filosofía de la ciencia, luego– eran más importantes que el que podía albergar por el psicoanálisis. Empecé a tener alumnos de filosofía, comencé el hospital psiquiátrico y a cursar materias de psiquiatría. Supongo que lentamente encontré en Lacan lo que buscaba, una lectura que resolvía ciertos problemas de Freud, que yo solo no podía solucionar, el de la energía psíquica, por ejemplo, que me causaba un gran problema epistemológico. ¿Qué es la energía psíquica que no sea la electricidad neuronal, qué es eso, dónde está? Me puse a leer a filósofos que estudiaban a Freud, en un principio, me interesaron mucho, pero después me di cuenta de que era filosofía y no psicoanálisis. Y en un momento dado, mis alumnos de filosofía comienzan a pedirme que les enseñe Freud, y pensé: bueno, vamos a intentarlo, y empecé con La interpretación de los sueños.

Hasta ahí su vinculación con el psicoanálisis era a través del estudio y de la enseñanza, pero no de una práctica clínica.
Todavía no. Es decir, veía gente en el Borda, tenía entrevistas con gente internada, pero eso no era psicoanálisis. No había dado el paso aún, estaba por darlo. Mis amigos analistas, bastante mayores que yo, me decían: “¿Hasta cuándo vas a seguir estudiando, enseñando y no practicando? También lo veía en mi análisis. De alguna manera, la decisión estaba tomada, lo que pasó fue que los acontecimientos en el país se precipitaron y me tuve que ir a Francia de la noche a la mañana.
¿Usted se fue por cuestiones políticas?
Yo no tenía nada que ver con nada, fue una situación azarosa, pero tuve que irme. De todas maneras, en Francia empecé todo de nuevo, porque allí aunque uno llegue habiendo sido profesor adjunto en la facultad, todo eso no tiene ninguna importancia. Se empieza de cero. Cuando llegue a Francia, empecé a analizarme en francés, comencé a tomar pacientes, primero en el hospital psiquiátrico, luego en mi consultorio. Yo viví el último período de la Escuela Freudiana, del ”75 al ”80 cuando estalla, fue un período duro, la Argentina estaba muy mal y la situación en Francia para mí fue dura también. Fue un período difícil, pero al mismo tiempo de enorme adquisición para mí, retomé con fuerza la lectura de Freud en alemán y llegué a darme cuenta del germanista genial que era Lacan. Hay una enorme cantidad de seminarios que son comentarios de todo lo que no es traducible de las palabras alemanas de Freud.

¿En qué momento comenzó a trabajar con niños autistas?
Eso fue cinco años después de llegar a Francia. Primero acumulé experiencia con adultos, que es lo más conveniente; para trabajar con chicos, hay que ser analista de adultos primero. Si un analista entiende lo que les pasa a los padres, después puede situar lo que le pasa al chico, si no, no se puede. Un analista que trabaja con chicos es primero un analista, alguien que trabaja con neuróticos en diván. A partir de ahí, si tiene una inclinación especial –no necesariamente todo el mundo la tiene, no es algo que se le exija al analista–, trabajará con niños. En realidad, no hay psicoanalistas de niños, hay analistas a los que, por circunstancias equis de su historia, les interesa trabajar con chicos. A mí me interesaba, no sabía bien dónde, cómo, por qué, mis preguntas eran teóricas, sobre el origen de la palabra, me planteaba cómo es que el lenguaje se hace palabra, pero después descubrí todo lo que había detrás de la teoría. Podía haber hipótesis filosóficas, las científicas en ese momento no existían, pero no se sabía cómo el lenguaje se volvía palabra. Lo que me interesaba era ver qué pasaba con el chico y la madre para que él incorpore o no el lenguaje. De manera sorpresiva para mí, empiezan a derivarme chicos autistas. Me ofrecieron trabajar media mañana en la consulta pediátrica como analista, y entonces la pediatra me mandaba a las madres. Las visitas al servicio de pediatría en Francia son obligatorias después del nacimiento, la gente que vive bien va a su pediatra; la que no, tiene a su disposición puestos de protección materno-infantil en donde se les paga de manera importante por hacer esas consultas. Esa fue mi primera experiencia. Cuando la pediatra pensaba que no había ningún síntoma orgánico, a pesar de que se expresaba orgánicamente un síntoma, decía “bueno, pidan una entrevista en la puerta de al lado”.

Usted trabaja con la mamá estando el niño presente, es decir, el chico escucha.
Siempre. Yo trabajo con el chico y la madre mucho tiempo, hasta que el chico me señala que quiere estar solo o yo intento que esté solo conmigo para ver qué pasa, qué cambia, si cambia para bien o para mal, si lo puedo sostener o no cuando está mal. Esto lo planteo por un lado por una razón teórica, para que la madre pueda decir lo que nunca pudo decir y que el chico la escuche, y por otro, para no dejarlo desprotegido inmediatamente.

Hay analistas que mantienen entrevistas previas con los padres, a solas.
Con los chicos neuróticos, primero veo a los padres, después al chico, pero le transmito a él lo que ellos me dijeron. Hago un contrato con el chico como si fuera un adulto; a un paciente en análisis, sea cual fuere la edad y la gravedad de la estructura, yo lo trato como sujeto del inconsciente. Si veo primero a los padres, le cuento al chico lo que me dijeron y le digo que lo que los padres me cuenten de él se lo voy a decir. Lo que no le puedo decir es lo me cuenten de ellos mismos. También le digo que voy a guardar el secreto de lo que él me diga mí, eso no se lo voy a decir a los padres. Hago un contrato ofreciéndole un espacio de palabra de sujeto, aunque se trate de un chiquito de tres años y si siento que el chico quiere que esté la madre, trabajo con ella ahí. Algunos le dicen a la madre “andate a la sala de espera” y otros, “quedate”. El encuadre no es una imposición del analista, tiene que ver con lo que está pasando y me va a dar datos enormes de lo que no me pueden decir. Los actos que se producen entre los chicos y los padres en sesión me están dando una información preciosa que no llega por la palabra.

Usted señala que el analista es un partenaire real de la historia del paciente ¿A qué se refiere?
El analista ocupa la posición de objeto, ahí ya estamos hablando de neurosis. El analista es partenaire real de toda la historia del sujeto, desde antes de su nacimiento, porque ocupa, en la estructura, el lugar de objeto. La estructura inconsciente está dividida en una parte significante y una parte objeto, por lo tanto, el paciente habla, pero lo que no dice es el lugar donde lo pone al analista. Es decir, lo que pasa en la cura y lo que pasa en la realidad, como efecto de la cura, es aquello que está pasando con el analista como objeto y es algo que viene desde la infancia y de cómo el sujeto fue tratado como objeto en su prehistoria y cómo él trata a su objeto como sujeto. La transferencia, dentro del pensamiento lacaniano, es fundamentalmente silenciosa, no es hablada. En la dirección de la cura, no se interpreta la transferencia en directo; primero hay que poder pensar en qué posición está uno en la transferencia, para lo cual el paciente no tiene significantes. En la medida en que es la parte objeto y no la significante, el analista tiene que vestirse de un ropaje suficientemente benévolo (bienveillant) para no despertar el odio que se le tiene al objeto –porque la relación con el objeto es de odio– para no sufrir inmediatamente los embates de odio; a éstos hay que esquivarlos para que puedan aparecer como significantes, sin agudizar las aristas.

¿Pensaría un fin de análisis en esta línea?
Sí, no siempre se llega. Un psicoanalista ve muy pocos fines de análisis en su vida como analista, pero tener una idea del fin de análisis es lo que más ayuda a aproximar el bochín. Hay pocos análisis que se terminan. Hay poca gente que tiene una relación privilegiada con el inconsciente, eso es algo del orden de la contingencia. Hay pacientes que no van a interpretar nunca sus sueños, que se van a mejorar mucho, que van a tener una vida más feliz, pero el inconsciente no lo van a tocar por sí solos, a pesar de tener cierta inteligencia y de mostrar en su producción que por amor al analista están promoviendo cosas como para que se pueda trabajar. Hay otros –y no tiene nada que ver con la gravedad– que al poco tiempo de análisis van a asociar sobre sus sueños y van a llegar a ciertas interpretaciones que son las que tiene el analista, esos pacientes seguramente van a poder ser analistas y llegar a un fin de análisis. Y va a haber cosas que no van a decir nunca y uno tiene que obligarlos ahí a poner la cabeza, en la parte que cada uno tiene donde ha hecho una gran macana en su vida –que todo el mundo tiene–, porque uno repite macanas que le han hecho. Si un paciente es analista, hay una exigencia mucho mayor, para que pueda poner las narices en aquello que él hizo contra sí mismo o contra otro que tiene que ver con una repetición de lo que le han hecho.


La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com

 
 
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