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   Entrevista

Liliana Donzis
  Por Emilia Cueto
   
 

Las primeras resonancias de la letra freudiana le llegaron siendo muy niña a través de la voz de su madre, ¿Cuáles son sus recuerdos de aquella etapa?
Son recuerdos de infancia que Freud denomina encubridores, tienen la función de velar y también revelar algo de la verdad. Mi madre leía con entusiasmo libros de Freud, de poesía y de filosofía en voz alta con la expectativa de que así aprenderíamos a leer. Por cierto tuvo razón. Mi niñez está poblada con lecturas de Freud y sus discípulos Jung, Adler y Steckel a quienes conocí muy bien a través de relatos y cuentos infantiles, historias novelizadas impregnadas de contenidos ideológicos y políticos. Indudablemente fue una introducción temprana e inolvidable de los problemas culturales de aquella época. Los libros los traía mi hermano, a pedido de ella de la biblioteca del Club Independiente de Avellaneda.
Asimismo contaban en aquellas conversaciones los existencialistas de posguerra y los incipientes interrogantes que traía Simone de Beauvoir.
Si menciono estos recuerdos es porque al mismo tiempo estoy en deuda con los cuentos infantiles.

¿Las historias de infancia tienen alguna función en la formación del analista? La formación es una fina orfebrería que como bien sabemos es teórica, es clínica y se enlaza inexorablemente al análisis personal. En el análisis la infancia nos trabaja, retornamos a esas historias plenas de sentido para darle un paso al sin sentido y que emerja lo nuevo, algo pasa y es ese real no significable que sin embargo retorna de diversos modos.
En cierta ocasión, trabajando sobre el deseo del analista, planteé que la niñez cae, perdemos la infancia y la duelamos; obviamente, este es un proceso que transcurre en el interior del análisis del analista. Este duelo es un atravesamiento inevitable para quien decide analizar niños, ya que si bien lo lúdico en su amplio espectro –incluyo el dibujo y el relato– cumplen con una función precisa en el análisis con niños, la posición del analista en el juego es desde un vacío de significación, no jugamos con nuestros juegos ni con nuestros recuerdos de infancia.

Entre sus maestros e influencias ubica a Arminda Aberastury, Eduardo Pavlovsky, Oscar Masotta, tres exponentes de distintas ramas del psicoanálisis, así como su participación en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. ¿Cuáles son las trazas más significativas que cada uno de ellos ha dejado en usted y en su práctica analítica?
Los primeros años de la década del setenta fueron cruciales en nuestro país, en varios planos tanto en la producción teórica como en el desarrollo intelectual. Tiempo de creación que luego se opaco a golpe de exilio, tortura y muerte. Éramos muy jóvenes, yo estaba en la búsqueda de nuevos paradigmas.
Siendo estudiante de psicología me fui interesando por la clínica con niños, Tato Pavlovsky y Arminda Aberastury trabajaban, creaban y recreaban los aportes del kleinismo cada uno a su manera. Tato analizaba en grupos terapéuticos mientras que escribía de esa práctica sin desdeñar la importancia de lo lúdico y lo expresivo. Me acerque a él y fue para mí una fuente de transformación conmovedora y también la chance inaugural de preguntarme seriamente por el valor de la escena y la importancia del juego. La presencia de Arminda, tanto en sus clases como en sus escritos, contenían de modo sistemático su enorme experiencia en la creación de un estilo, que aunque ella atribuía a la enseñanza de Melanie Klein, fue Arminda quien contribuyó enormemente a la creación y a la invención de nuevos aportes teóricos y técnicos al psicoanálisis, según la nomenclatura que ella le dio.

Aprendimos con Lacan que la lectura incluye un necesario momento de decantación, un desgarro de la letra que concierne a una desuposición del saber que porta. Fue con los textos de Aberastury donde practiqué, si se puede decir así, una operación de extracción, lo que supone una lectura muy fuerte y un intento de aproximación a la lógica de su pensamiento. Es desde esa perspectiva que siguiendo mi marco conceptual y mi modo de entender la clínica que retrabajé algunos de sus aportes, por ejemplo la caja de juegos tal como ella la usó y conceptualizó. En un texto de mi autoría sobre el juego en la clínica lacaniana, me permití la osadía de plantear desde mi perspectiva algunas diferencias. Señalo por ejemplo, que el analista al elegir el kit de elementos se involucra de un modo demasiado personal y desde un sentido preestablecido en la escena del niño, a mi entender no es propiciatorio, por el contrario me parece mejor que sea el niño quien a su manera y según su singular relación al objeto escoja, imagine, dé sentido dejando así la puerta abierta a sus asociaciones. La elección que hace el analista de las pequeñas cositas, para Freud die dinge, que hacen de soporte del juego, son una intervención o interpretación en sí mismas, es difícil que conciernan a una elección ingenua.

¿Desde qué lugar se efectúa esa interpretación en las primeras entrevistas?
Me parece que tiene un muy estimable valor, el qué, el cómo y el cuándo decide un niño jugarse en la escena del análisis. Otro tema para seguir abriendo distinciones es el quehacer con los padres en un psicoanálisis con un niño, en este tópico también podemos hoy plantear otra lectura de la transferencia.
Volviendo a la pregunta que me formula, acuerdo con la importancia de tener en cuenta la distinción de la rama del psicoanálisis a la que adscribe cada autor de nuestras lecturas, así como también la orientación teórica. Es una claridad necesaria para no hacer mezclas o confusiones, ni teóricas ni epistemológicas. Es propicio despejar el eclecticismo.
La enseñanza de Freud y Lacan llega en mis comienzos primero de la mano de Oscar Masotta, antes de su partida a Europa y luego en la Escuela Freudiana de Buenos Aires con Isidoro Vegh. Aprendí que el psicoanálisis guarda una lógica precisa, el retorno a Freud que Lacan nos propone aporta más de una lógica, que también es menester diferenciar, el matema no es el poema, la lógica de modos no se confunde con la topología, no obstante cada una es una herramienta en la transmisión y corresponde a un tramo en la enseñanza de Lacan.

¿Podríamos comenzar a leer Freud sin comenzar por las formaciones del inconsciente?, ¿sin la idea de significante tal como lo expuso Lacan?, ¿es factible la transmisión del psicoanálisis sin la diáfana claridad que conllevan las superficies topológicas?, ¿sin la impronta de Lacan? Una vez que se lo transita ya no hay idéntico retorno al punto de partida. Eso me pasó, pasé por allí al advertir que el psicoanálisis es la transmisión del psicoanálisis, los analistas somos responsables de esa transmisión y ésta no es de cualquier manera.
La pregunta por los maestros, por los enseñantes, por la transmisión es una pregunta por los modos singulares a los que se arriba a nuestra praxis, e incluye necesariamente la responsabilidad en el discurso del psicoanálisis y su práctica.
No hay analista sin análisis y al mismo tiempo puede haber analista sin que haya pasado por la experiencia del Pase. Mi trayectoria como analista esta muy arraigada a mi apuesta a lo real de la experiencia del psicoanálisis que no se reduce a lo académico.

En Clínica de la pulsión en la niñez refiere que “la medicación cuando no es necesaria lejos de transformar el padecimiento deja al niño a merced de una interrupción de su proceso de subjetivación.” ¿De qué manera la medicación produce estos efectos?
Cuando el padecimiento y el síntoma emergen, conllevan algo para leer y escuchar del sujeto. En la infancia los niños no siempre disponen del significante, y a veces ni siquiera disponen de una palabra como respuesta a la demanda del Otro. La parentalidad puede arrojar al niño a caminos sin salida y solo por medio de su cuerpo o a través de él encuentra modos de expresión sin palabras.
En estos casos el drang pulsional hace su obra sobrexcitando la fuente corporal, el borde corporal. El niño se golpea, corre sin cesar, no escucha. En esta situación la pulsión se convierte en una fuerza imparable, el empuje de lo pulsional arrecia y deviene compulsión y acción sin hallar la pacificación que aporta la lengua y el Nombre del Padre. La hiperactividad, algunas formas de dificultades en el aprendizaje, los fenómenos agresivos y psicosomáticos responden a una lógica de la pulsión sin registro del no, ni del límite corporal. No se evidencia por estas mismas razones la eficacia que aporta la función de la demora y el aplazamiento de la satisfacción. Ante estas dificultades se han lanzado fármacos que intentan aplacar el padecimiento. No son ni buenos ni malos sino que su uso indiscriminado, a veces francamente innecesario y otras produciendo factores iatrogénicos, impiden que se escuche la verdad que la manifestación del padecimiento aporta, aquello que estaba destinado a emerger en el campo del lenguaje se lo vuelve a estancar en el organismo a secas.
Asimismo conocemos, y no es obvio volver a decirlo, que los fármacos producen efectos secundarios y colaterales indeseables. No es lo mismo dejar a un niño en silencio que acallarlo por vía artificial. Lacan planteó que a los tres imposibles freudianos debíamos agregar un cuarto, la ciencia, pero añade que muchas veces los científicos están en una posición insostenible.

Usted sitúa la hiperactividad en los niños –un fenómeno que tanto preocupa a padres y educadores– como una manifestación clínica de la pulsión, directamente relacionada con los movimientos identificatorios instituyentes. ¿A qué tipo de identificaciones se refiere y cuáles serían las fallas que se producen?
Tal como decía, la pulsión, sin que pueda hacer su vuelta a la fuente, su trayecto, deja al niño a merced de goces incoercibles. Este fenómeno de la pulsión que va de la desintrincación al autoerotismo puede sobrevenir a causa de déficit en las identificaciones, particularmente he observado en la clínica que la identificación especular concerniente al estadio del espejo está insuficientemente asentada, que la voz del Otro materno y la mirada no culminan de instituir la imagen que se desarticula y por otra parte no se evidencia el fenómeno del cuerpo fragmentado.
La identificación simbólica puede instituirse pero si no se articula la imagen al trazo produce un espesor, una consistencia de uno u otro, sobre acentuándose la imagen en desmedro del trazo y consecuentemente se empobrece el campo del significante. El niño no puede pacificar lo amenazante sin la impresión de romper su cuerpo o usarlo de modo agresivo. Le faltan las palabras y la experiencia es anonadante. El tema es arduo, requiere de una mayor precisión aún.

Si bien no hay que perder de vista el caso por caso, ¿de qué manera el analista puede operar frente al estrago materno en el caso de niños con patologías graves?
El niño, que en calidad de objeto es engullido por el deseo materno, si se consulta al analista –cosa que no siempre ocurre–, es porque el psicoanalista puede operar como testigo y participe de una extracción.
El psicoanálisis nos permite cierta flexibilidad, operar con el niño y con los padres. Las patologías graves y aun las locuras infantiles convocan a la palabra, al decir. Un niño no deseado en un comienzo puede ser bien recibido más tarde, la clínica me ha enseñado que los padres son tanto la causa del malestar como el resorte de la cura, motivos más que suficientes para advertir que la transferencia resulta una herramienta muy poderosa y es la mejor aliada para abrir la trama, ya que la gravedad en la niñez responde a la ruptura de la trama de saber entre los padres o alguno de ellos y su hijo.
Cuando no hay Otro que sostenga el discurso o una función en el discurso, es el caso en el que el psicoanálisis se torna indispensable para un niño.

En relación a la fobia y la angustia consigna que difieren cuando su aparición se produce en la adultez o la niñez. ¿Cuáles son las diferencias más notorias que la clínica le ha revelado?
Con Juanito hemos aprendido que la fobia en los niños es un puesto de avanzada respecto del Nombre del Padre, y es el síntoma privilegiado que pone de manifiesto la estructura de la neurosis en la infancia. En más de una ocasión planteé que el síntoma es estructurante del sujeto en la niñez. Duelo por el falo mediante el cual el niño entra en la lógica de la latencia portando el ideal, su eventual confrontación a la imagen del cuerpo y también con algunos destinos de pulsión ya fijados, la latencia es uno de los momentos en el que se pone de manifiesto la sublimación. Observamos cotidianamente que para ejercitar los aprendizajes se requiere del recurso de lo simbólico. La aparición de la fobia u otro síntoma evidencian las vicisitudes pulsionales enlazadas al Nombre del Padre.
La aparición de la fobia en un adulto no es sin las condiciones que se fijan fantasmáticamente en combinación con un quiebre de la dimensión del padre. Un significante queda coagulado como imagen sin desliz que, acaparado por la angustia, produce una nominación imaginaria, lo que no desliza como significante en lo simbólico hace a la detención propia de la inhibición.
Las fobias de la infancia son muchas veces transitorias, marcan del duelo por el falo. El tigre de papel tiene para el fóbico adulto un exceso de real, en los análisis se advierte que emerge a partir del posible fracaso de la función del duelo.

 
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Liliana Donzis es AE. Analista de la Escuela Freudiana de Buenos Aires y AME Analista Miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Presidente de la Escuela Freudiana de Buenos Aires entre los años 2005-2007. Fundadora y Directora de Reuniones de Psicoanálisis Zona Sur.
Autora de: Jugar. Dibujar. Escribir Psicoanálisis con Niños. Editorial Homo Sapiens
Coautora de: Intervenciones Psicoanalíticas en las psicosis. Editorial Letra Viva; El Sinthome. Consecuencias Clínicas. Colección Convergencia. Editorial Letra Viva; Inconsciente Y Pulsión. Colección Convergencia. Editorial Letra Viva.

 
 
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