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   El estrago materno

Madre-hija, una relación devastadora
  Por Graciela Graham
   
 

La relación de una madre con una hija esta siempre teñida del hecho que la madre fue aquella a quién la hija dirigió sus primeros pedidos, dice Freud que este tiempo es pre-edipico y comporta “un amor que pide exclusividad y no se contenta con fragmentos... es un amor propiamente sin límite, incapaz de una satisfacción plena y por esta razón está condenado esencialmente a terminar con una decepción y dejar lugar a una actitud hostil”.1
Freud hace referencia a ese desacuerdo inevitable entre madre e hija, y dice que entre ellas permanece no el amor sino el odio, un odio incurable, pre-edípico. Odio que reaparece en diferentes momentos de la vida de una mujer, recordemos que Freud hacía responsable del fracaso de muchos primeros matrimonios a esta relación madre-hija, sobre cuyo modelo, para él, se funda muchas veces este primer matrimonio. La hija se consagra a su madre o la rechaza.
Existe una segunda causa de ese odio y es la castración, la niña se da cuenta de que la madre está castrada y privó a su hija, con lo cual también la hizo castrada, “mal hecha”.

Para Freud el pasaje de la madre al padre marca el comienzo de la femineidad. “La fuerte dependencia de la niña a su padre no hace más que recoger la sucesión de un lazo a la madre igualmente fuerte y esta fase antigua persiste durante un período de una duración inesperada”.
El Edipo deja a la niña siempre un poco en déficit, ella nunca termina de separarse de la madre y el peligro del retorno de esa figura materna la “acosa”.
La niña a lo largo de su vida no cesa de resistir, de defenderse de diferentes maneras sintomáticas de ese peligro.

Si para Freud el varoncito encuentra una salida al Edipo de forma adecuada en la identificación viril con el padre, por el contrario la niña –cuando se dirige al padre buscando a aquel que sí posee el falo– encuentra otra insatisfacción. Ella no encuentra tampoco en su padre algo que le permita su identificación sexual. No hay allí tampoco respuesta para su identidad femenina. Al contrario, para Freud esta universalidad de la significación fálica, la reenviaría a la ausencia de un rasgo, de un significante que la identifique femeninamente. Así ella saldrá del Edipo presa de un penis-neid, incurable.
Las feministas y las teorías queer han rechazado esta formulación de la salida del Edipo para la niña que hace Freud.
Como ejemplo podemos citar a la antropóloga Gayle Rubin que en su artículo “La economía política del sexo: transacción de las mujeres y sistema de sexo/genero” denuncia la tentativa de poner un elemento masculino en la base de la organización edípica y en consecuencia en la base de la organización de todos los sujetos.

“De alguna manera, el complejo de Edipo es la expresión de la circulación del falo en el intercambio intrafamiliar, la figura inversa de la circulación de mujeres en el intercambio intrafamiliar. (...) El falo pasa por intermedio de las mujeres de un hombre a otro: del padre al hijo, del hermano de la madre al hijo de la hermana y así sucesivamente, en ese círculo las mujeres van por un lado y el falo por el otro. Él está allí donde nosotras no estamos, en ese sentido el falo es mucho más que un rasgo que distingue a los sexos, es la encarnación del estatus de los machos, al que los hombres acceden y al que le son inherentes ciertos derechos, entre otros el derecho a una mujer. Él (el falo) es la manifestación de la transmisión de la dominación masculina”.2

Los psicoanalistas y sobre todo los que nos decimos lacanianos deberíamos prestar atención a estas consideraciones de las que aquí señalamos solamente una cita, para así corrernos aunque sea levemente, un pequeño pasito (sabemos lo importante que puede ser en psicoanálisis, un pequeño pasito), de ese saber adormecedor, saber referencial, repetitivo que nos haría “interpretar” las palabras de Rubin como una expresión más del penis-neid.
Se dice que cuando un periodista le preguntó a Lacan ya en el final de su vida, qué había sido lo más difícil de desenmarañar en su práctica psicoanalítica, él evocó inmediatamente la relación madre-hija.
Lacan calificó esta relación con la palabra francesa ravage3, que aparece por primera vez en L´etourdit, en la época en que intentaba hacer sus propias consideraciones acerca de la sexualidad femenina y traducida habitualmente por “estrago”, quizás también podría ser traducida como “devastación”.

En esta época Lacan está creando una lógica distinta de la tradicional para explicar que el goce femenino es la lógica del pastout, todo no está bajo la hegemonía fálica.
No es casualidad, seguramente, que sea ese el momento en que Lacan utiliza por primera vez este término que califica algo específico, en la relación madre-hija.
En una conferencia dada en Estados Unidos vuelve a hablar de esta relación devastadora.4
“La niña está en un estado de reproche, de desarmonía con su madre. Tengo bastante experiencia analítica para saber cuán devastadora puede ser esta relación”.
Esta relación devastadora, de estrago no debe ser entendida como el resultado de una desastrosa relación entre madre e hija a causa de una mala madre.

Más bien se trataría de un hecho estructurante que da cuenta de la imposible armonía de esa relación. Madre e hija deben renunciar a ese ideal de armonía producido por la ilusión de pertenecer al mismo sexo.
Es la experiencia que viven madre e hija, ellas ponen en práctica esa experiencia devastadora debida a la imposibilidad de similitud, debido a una disparidad radical existente en el seno (¡!) de esa relación.
Vemos a veces en la práctica, mujeres que ofrendan un hijo o sus hijos a su propia madre con la esperanza de calmar esa violencia. Y madres que se quejan de la ingratitud de su hija, incluso de la malevolencia de su hija respecto de ella.
Marie Madelaine Lessana5 dice que para que una niña se convierta en madre, es necesario que haya habido ravage con su madre, no se trata aquí de parir, eso no significa que se convierta en madre. Ellas tienen que atravesar ese ravage como una manera de renunciamiento, de arrancamiento sin sustitución.

La maternidad no se transmite, no se recibe de la madre la autorización para ser madre –dice Lessana– ¡Hay que hacerlo!
El ravage no es un síntoma a curar, sino una condición de la relación madre hija.
Podríamos conjeturar que para que una madre y una hija sean madre e hija debe haber habido entre ellas una relación devastadora.
Pasar por allí sería de alguna manera aceptar que una madre y una hija no serán nunca amigas a pesar de sus esfuerzos. Aceptar esa disparidad fundamental.


1. Sigmund Freud, “Sobre la sexualidad femenina” en Obras Completas.
2. G. Rubin, “Léconomie politique du sexe”. Universidad París 7. Traducción nuestra.
3. J. Lacan “L’étourdit” en Scilicet 4.
4. J. Lacan Yale 29 noviembre 1975.
5. Marie Madelaine Lessana, “Une folie de la publication” en Un folie d’ apres Lacan Littoral Nro.37.

 
 
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