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   El estrago materno

Estrago materno
  Por Elena Jabif
   
 
Estrago, daño, destrucción, ruina, asolamiento, un efecto devastador pero relativizado en Freud cuando recupera las ruinas del estrago como una valiosa pieza arqueológica de una resistente civilización preedípica, sobre la cual se construye una arquitectura clínica que sustenta el destino humano.

Marie Madeleine Chatel conceptualiza al estrago no como el resultado desastroso de una mala madre, de un fracaso en la relación madre-hija, sino como una incontrolable disarmonía, un imposible que ex-siste, situado en el corazón mismo de una función radical de disparidad. Esta incontrolable desarmonía en las mujeres, suele lanzar a las hijas a un reproche imposible de calmar, dirigido a aquella (la madre) de la cual espera en tanto mujer, mayor sustancia que de su padre. Demandas oceánicas que reviven en el lazo transferencial su fondo canibalístico, y que nos recuerda que el canibalismo tiene el valor necesario para el sustento de la vida humana, acto por el cual una sustancia se hace comunicable a otra. En el origen de esta particular unión sexual con el deseo materno, está la absorción original o el canibalismo, construyendo lo característico de la fase oral en la teoría analítica.

El deseo caníbal de absorber de ella toda su sustancia, renegando de la imposibilidad estructural que porta esta demanda, en tanto no hay relación sexual, conduce al sujeto en los desfiladeros de un duelo imposible de calmar. En las entrañas de su grito porta su desgarro original, y muestra el fracaso de lo imposible de la complementariedad sexual, que pone en evidencia la desarmonía estructural que habita en el estrago.
Esa boca; por ella no solo entra la absorción de la sustancia que alimenta, sino que en la incorporación, se asimilan los significantes maternos que permiten a nuestro incipiente sujeto, adquirir el recurso que habita en el cuerpo de lalangue, que es la negación “a mí me gusta esto y no lo otro”, propiciando lo específico del deseo.

La ambivalencia construida en la alquimia del estrago materno participa del fantasma fundamental, y tiene la cualidad de velar el vacío esencial, que habita en el origen del sujeto. El deseo materno construido en la reliquia del estrago, construye la textura que matiza y da color a la muerte y a la sexualidad femenina. La femineidad que habita en la madre permite que se constituya el borde de un agujero, una falta radical, cuyo efecto traumático muestra la condición inapelable de la interdicción del incesto: no hay relación sexual.
El estrago materno es fuente funcional, de un costado de fijaciones narcisistas, que en la escena del análisis, conducen a la erotomanía de un loco amor de transferencia, que pueden confundir al analista a tomar como psicóticos, fenómenos que son efectos de una demanda cada vez más intensa.

Claude Halfon, psicoanalista, siguió un análisis de control con Lacan, entre septiembre de 1974 y julio de 1979. Al recibirla Lacan le pregunta por qué quería ser psicoanalista. Ella le responde que estaba ligado con el hecho de que su padre siempre se había negado a que ella aprendiera la lengua materna: el húngaro, lo escuchaba sin entender su significación. Estaba en busca de un sentido. Un caso clínico de su interés, como practicante de la psiquiatría pediátrica, era el de un muchachito que tenía diferentes desarreglos psíquicos, y que llevaba un nombre de pila que era un nombre de niña. Claude Halfon se conduce a lacanizar y a glozar el significante. Lacan la vuelve a traer a la realidad, interrogándole si había preguntado a la madre, si había deseado a ese niño. Inauguraba a la analista en un nuevo estilo de trabajo, recuperar el deseo materno, como pivote fundamental de la metáfora paterna.
En 1976, Claude se ocupa de un niño de 8 años psicótico que había hecho varias tentativas de suicidio, no sabía leer y había sido expulsado de la escuela porque decía obscenidades de adulto. Ese niño había tenido una primera crisis de epilepsia sobre la tumba de su abuelo paterno. Este episodio tenía como antecedente clínico varios comas muy graves, todos sin explicación.
Se había planteado el diagnóstico de encefalitis, con un pronóstico muy sombrío. El niño estaba en cierto modo dado por muerto por la medicina. Su delirio consistía en inventarse un hermano, al cual le había dado un nombre de pila y de manera alucinada lo instalaba y lo ponía en escena cabeza abajo y con los pies en el aire.

Lacan subrayó que se trataba de un caso límite entre la medicina y el psicoanálisis. Comenta: “hace veinte años no los tomaban en análisis, pero hoy hay que tomarlos”. La madre del niño era delirante, la abuela materna era internada con frecuencia, así como el tío materno, el padre era perverso y ponía en escena la locura familiar. Lacan interpela a la analista “¿no tendrá usted la intención de salvarlo?... Cierto que es un reto, pero uno de esos que tenemos que aceptar”.
Claude empieza a construir, inventar y recrear el camino dramático del juego del estrago. Aunque su estado no le permitía decirlo claramente, los comentarios que hacía el niño durante las sesiones sobre sus dibujos modelados, la hacían pensar que había sufrido y tal vez seguía sufriendo, agresiones sexuales, tal vez de su padre o del tío con la complicidad de la madre.
Le fue difícil darle a entender a sus colegas y a la justicia que como no tenía pruebas, creían en fantasías. Sin embargo años más tarde la hermana menor del niño, que por su parte, no deliraba, llega a casa de su ama de cría mostrando su calzoncito desgarrado, diciendo que sus padres habían jugado con ella.

En este caso clínico, este pequeño era víctima de una voluntad de poder perversa, del abuso infantil ejercido sin límites.
El estrago materno tomaba el rostro del Mal, era un absoluto, producía tortura y despojo humano, y el dolor expresaba el reino del malestar.
En la línea paterna, su naturaleza sadiana quería gozarlo, exigía el crimen porque tenían necesidad de cuerpos muertos para poder reproducir nuevos cuerpos, es preciso destruir para poder crear, el reproductor es un verdugo sanguinario y apremiante, a veces es una voz que la ejecuta como un funcionario celoso.
El deseo del analista, recuperando lo mejor del deseo materno, debía revertir una lógica pervertida, que respondía a la existencia de un ser supremo de maldad, un dios negro, un dios oscuro, centrado en relación al goce y que conducía a que su pequeño paciente solo pudiese resistir la vida, como objeto de desperdicio.

La pedofilia infantil intenta en su fin, una unión con Dios, que es el mal absoluto Catherine Millot dice que después de la muerte las criaturas humanas, estarían llamadas a reintegrar su principio, con la divinidad de origen. Reintegrar el principio es homologable a reintegrar el producto, fantasma fundamental del incesto como unión con el Otro Real.
La naturaleza aparece equiparada a la función de la Madre, en ese punto extremo, se confunden con Dios.
Lacan le creyó a la analista, la escuchó sin mirar nunca ni los modelados ni los dibujos, y la alentó a que apelara a la justicia para que retiraran al niño de su familia.
La madre estática, cómplice del estrago psicótico del abuso sexual infantil estaba congelada como un objeto indestructible, el niño era entregado a la pasión de la perversión paterna, un paso en el que advertimos los efectos de las desuniones de las pulsiones y de la articulación de la pulsión de muerte al fantasma de destrucción.
Un niño que es condenado al estrago materno por su verdugo, o a una muerte eximia que lo une con Dios, está expuesto a la pulsión de muerte; es el límite que lo conduce a atravesar la belleza de su tragedia, esa que protege al sujeto del ser de la muerte y de la castración.

La función de la belleza es ocultar la maldad fundamental de la Cosa Das Ding, término introducido en el “Proyecto”.
Otra posición perversa del estrago materno, que entrega a su niño para el goce pedofílico del libertino, es cuando la madre puede situarse como víctima de la injusticia de ese acto criminal, pero el efecto en la subjetividad del niño propicia una degradación de la transmisión de la función paterna.
El fantasma pervertido materno asume una posición contestataria ante la ley, muestra su derrumbe radical, sus pasiones no pueden ser contenidas ni contrarrestadas por las injusticias de la ley: Cito a Sade “Nadie puede ser tirano sino es por la ley, el tirano florece con la ley”.
Claude Halfon a lo largo de la cura, lo ayudó a protegerse de su dolor, aislarlo del goce puro, sustrayéndolo de la monstruosa violencia del Otro Real; el deseo del analista como el lugar coyuntural de montaje entre Tánatos y Eros, se constituyó en el marco protector que permitió llevar a buen término y al mismo tiempo, un análisis clásico.

La cura había consistido primero en volver a poner para el niño el mundo a sus pies, es decir ponerlo sobre el cordón umbilical del deseo primordial que inaugura el estrago materno, después comenzar con el arduo acto de reconstrucción.
Muy pronto pide a la analista que le dé el biberón, Lacan le dice que acepte “hágalo, después de todo es un lactante”. El niño pudo así poco a poco, deshacerse de su gemelo del que decía que estaba bien de salud mientras que él estaba enfermo. La disociación era tal, que un día tuvo la analista una amnesia en la sesión: Claude se olvida de avisarle al niño de un examen médico. Se lo cuenta a Lacan: le dice que tal vez, el paciente es esquizofrénico, las crisis de la epilepsia cesaron de la noche a la mañana apenas fue colocado en un hogar con prohibición de visita de los padres.
Se reanudaron los síntomas cada vez que los padres lograron forzar la barrera. Al cabo de dos años y medio de cura, el niño tuvo perturbaciones neurológicas, que permitieron descubrir, en la médula espinal, un tumor no maligno pero reincidente que había evolucionado hasta entonces en silencio.

Operaron al niño. Semblanteando cuerpo y alma materna, su analista lo acompañaba durante ese período, Lacan la apoyaba y la llamaba todos los días al modo de una asistencia de control permanente.
Después de la operación el niño empezó a decir que no quería venir a las sesiones, la hacía ocupar en la transferencia el lugar de una madre capaz de darle la vida, y la interrogaba para saber si esa madre podía soportar que él viviera sin ella.
Lacan ayudó al deseo materno engarzado en el deseo del analista, a desprenderla de su niño, y que pudiera reconocer como psicoanalista, lo digno del corte como premisa de la condición humana. Le dijo que era capaz de arreglársela solo. Claude se lo dice. El pequeño escoge continuar el análisis y poco a poco sale de su locura.
En 1981 en un control con Francoise Dolto, la analista habló nuevamente de ese niño, que había alcanzado sus 13 años. Le habían localizado un tumor benigno de cerebro, inoperable. Claude Halfon acompañándolo hasta el fin culmina la obra de la praxis psicoanalítica.
Durante su última visita, cuando estaba moribundo, la analista con su palabra acaricia la vida, una vez más intenta sustraerle a Tánatos su niño amado, le dona las últimas reliquias y artesanías de lo más tierno del estrago materno.
El padre que estaba en su cabecera se vuelve hacia ella y le dice: “no le hable, esta vez, no le responderá”.
 
 
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