Hay, en la clase 18 del seminario La identificación, un texto capital: “Lo que diferencia en el plano del goce, el acto masturbatorio del coito, diferencia evidente pero imposible de explicar fisiológicamente es que el coito, en tanto los dos partenaires hayan podido en su historia asumir su castración, hace que en el momento del orgasmo el sujeto vuelva a encontrar, no como algunos lo han dicho, una suerte de fusión primitiva –pues después de todo no sé por qué el goce más profundo que el hombre puede experimentar debiera estar ligado a una regresión tan total– sino por el contrario ese momento privilegiado en el que por un instante él alcanza esta identificación siempre buscada y siempre fugitiva donde él, el sujeto, es reconocido por el otro como el objeto de su deseo más profundo pero donde al mismo tiempo, gracias al goce del otro él puede reconocerlo como aquél que lo constituye en tanto significante fálico; en este instante único, demanda y deseo pueden por un instante fugitivo coincidir, y es esto lo que da al yo esa expansión (épanouissement) identificatoria de donde extrae su fuente el goce.”
¿Cómo entender este fragmento, en el cual se cruzan y entrecruzan diversas corrientes de pensamiento, como ocurre, por lo general, en los mejores momentos de Lacan, sean orales o escritos?
Que el Otro lo reconozca, ¿no contradice la proposición del seminario La Angustia en la cual se afirma que la demanda de reconocimiento nunca puede coincidir con el reconocimiento de la demanda, porque si el Otro me reconoce, sólo lo hace como objeto? (El Otro me reconoce petrificado, coagulado en el punto de detención; reconoce al sujeto que soy, identificándome al síntoma). Quizá buena parte de los problemas de interpretación surjan de una indebida cristalización de los conceptos: los conceptos no son unidades tópicas, sino trayectos espacio-temporales, los que cambian su trama y su valor de acuerdo con el momento y el lugar del recorrido.
Hay puntos de detención y puntos de flujo, pero también puntos de empalme, de disyunción o de conjunción, etc. La complejidad propia del goce fálico (que algunos a la luz del último Lacan juzgan “simple”) consiste en que como mero goce del “idiota”, que es el goce masturbatorio, se estructura como punto de detención; pero al ponerse en juego el cuerpo real del prójimo –si es que se ha inscripto la imposibilidad de inscribir al cuerpo real como tal– y al alcanzarse la dimensión de la imposibilidad, el orgasmo, sin dejar de ser fálico, implica, a la vez, la detención y el franqueamiento de la detención en el mismo movimiento de retorno. Dicho en otros términos: soportado en la identificación al rasgo (el tema del seminario evocado), el orgasmo –así definido, sin confundirlo con la eyaculación– implica un movimiento de ida y de vuelta: es la transcripción del movimiento orientado hacia el goce, en términos de recorrido elíptico, en el doble sentido del vocablo.
Una nueva homología presenta el texto: el cruce único en el –obsérvese el término– instante, de la demanda y el deseo, cruce fugitivo, el que instaura un goce fluyente, alejado por los signos de la castración, del goce pesado e incestuoso, que no cesa, sin embargo, de rozar constantemente (subrayo el roce, lugar de empalme de los cuerpos) al goce que adviene como relámpago. De inmediato, se presentan dos cuestiones, ligadas entre sí: a) La descripción que hemos hecho es, por así decirlo, “andrógina”, ¿cómo opera allí la diferencia de los sexos?1; b) ¿Cómo responder a la objeción sobre el reconocimiento, sin acudir al expediente habitual de juzgar que una afirmación posterior caduca automáticamente una afirmación anterior? Empiezo por esta última.
La enorme polivalencia del vocablo “objeto” necesita un despliegue. Veamos: objeto-imagen, objeto-resto-de-imagen, objeto vacío de un concepto, objeto fijado en un punctum, objeto desvanecido del punctum, o sea, objeto-piedra, en un caso, objeto-flujo en el otro. Quizá lo que Pommier identifica con la alternancia maníaco-depresiva del sujeto en el fantasma sea, más bien, alternancia entre la piedra y el flujo, o entre la tierra y el agua, para usar, bien, las antiguas metáforas.
El reconocimiento del Otro petrifica al sujeto, pero el proceso que desencadena, conduce al flujo por medio del cual el sujeto, desvaneciente, puede sostenerse en el significante fálico.
Esta versión que propongo, es una tentativa no de coherentizar sino de enriquecer la trama, cruzando las referencias sin atender a la cronología que suele ligarnos a una suerte de evolucionismo místico del Maestro, quien con el último suspiro llega a decir su última y definitiva verdad.
Exploremos esta alternancia entre el sujeto dividido y el objeto en el campo del fantasma, que es efecto del modo en que el Otro reconoce la demanda.
1. Un cierto psicoanálisis, muy expandido entre nosotros, no se ocupa más de estas cosas juzgadas “clásicas”, ya que amparado en expresiones del ultimísimo Lacan, referidas al goce y al así escrito “sinthoma”, han elaborado una especie de metafísica espiritualista de cuarta, en la cual todo lo que se aprendió en la “juventud” acerca de la castración, queda ridícula y farsescamente desmentido ahora en la “vejez ilustre”. ¡Salud a los que han aceptado integrar el consejo de ancianos! (La broma no es mía, sino de un amigo, pero aquí vale, vale plenamente). |