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   Entrevista

Silvio Maresca
  La declinación argentina
   
  Por Emilia Cueto
   
 

Usted tiene un vínculo bastante fluido con el ámbito psicoanalítico ¿Cómo se generó ese acercamiento?
En realidad, viene desde hace muchos años. Creo que un momento importante, en ese sentido, fue cuando empecé a dar clases, de epistemología primero y de filosofía después, en la Escuela de posgrado que abrió la Asociación de Psicólogos en el ’79. Fue un centro de estudio, reflexión y docencia muy importante hasta el ’83 aproximadamente porque de alguna manera se había reunido allí un grupo de gente que no podía estar en la universidad en ese momento (en pleno “Proceso”), gente muy capacitada que después derivó hacia la Facultad de Psicología sobre todo. Allí se producían debates muy ricos. En mí también hubo una circunstancia personal: me analicé muchos años, siendo bastante chico, en los términos en que se planteaba el psicoanálisis en la década del 60, y eso naturalmente también tuvo que ver con mi acercamiento al psicoanálisis. Era la época kleiniana, de los análisis grupales, yo hice terapia de grupo e individual durante casi diez años con Isabel Calvo. Creo que ella tenía una formación básicamente freudiana, no era kleiniana, pero sí tenía relación con grupos kleinianos.

Usted es un estudioso de Nietzche quien plantea que la tarea fundamental de la cultura es la producción del genio. Siguiendo este postulado, ¿cuáles serían las manifestaciones de esta producción en nuestra cultura?
Lo primero que hay que aclarar es que esa es una etapa del pensamiento de Nietzsche donde él tiene una visión romántica, entendiendo al Romanticismo como corriente filosófica, literaria, artística. Él está fascinado con la figura de Wagner y cree que a través de figuras como la de él, se puede restituir la cultura trágica que vendría a reemplazar a esa cultura teórica cientificista, alejandrina, como él la llama, que nace con Sócrates. Le parece que Alemania puede encabezar, dentro de Europa, un movimiento de esas características, de recuperación de una cultura que ya no tenga esa fe optimista en el progreso, como fuertemente es la cultura cientificista y que esté más en relación con el horror de la verdad, de lo Real, de la vida en su pavura. Pero después Nietzsche cambia de forma de pensar. En Humano demasiado humano, en Aurora el papel de la cultura no es la producción del genio sino la evolución del conocimiento. Ahí es cuando abandona el romanticismo y se convierte al positivismo y al iluminismo. Reivindica explícitamente el iluminismo, pero en realidad, por sus lecturas y por la visión que va adquiriendo, entra en el movimiento positivista sin explicitarlo. Quiero decir con esto que esa es una etapa en su pensamiento, yo no estoy tan de acuerdo con que el papel de la cultura sea ese.

Y para usted, ¿cuál sería la tarea fundamental de la cultura?
Por un lado, no abandono totalmente la idea de formar grandes artistas y grandes pensadores, grandes científicos, por eso intervengo en la política cultural y, en la medida de mis posibilidades, trabajo para eso. Y creo que se logra a través de procedimientos bastante tradicionales: premios, subsidios a la investigación y a la producción artística, becas, que son distintas formas de incentivar, sobre todo en los jóvenes, la entrega absoluta a una vocación dominante. Por otro lado, creo que en países como la Argentina tenemos otras problemáticas, en nuestro caso, la tarea fundamental de la cultura es ayudar a forjar una identidad algo más clara, que es una ficción, pero es necesaria porque si no existe esa ficción, hay fragmentación y horror. No se puede vivir en la verdad o en lo Real, digamos, se necesita un velo. Creo que gran parte de nuestra crisis tiene que ver con que no hay velo o es insuficiente. La última gran ilusión que tuvimos en los noventa fue la ilusión neoliberal con todo lo que ella comporta. El neoliberalismo no es sólo una receta o una propuesta económica, es mucho más general, tiene que ver con un modo de llevar la vida. Esa ilusión de ser primer mundo, uno puede decir “yo no la tuve”, pero socialmente imperó. Creo que esa ilusión que tenía que ver con los viajes a Europa, con los perfumes franceses, con estar al tanto de las últimas novedades de la producción teórica de los europeos y norteamericanos, se quebró trágicamente en las jornadas del 19 y el 20 de diciembre del 2001, donde se reveló el agotamiento definitivo de esa ilusión. Y la crisis que estamos padeciendo ahora es una crisis cultural esencialmente, por más que haya muchos actos culturales, al contrario, eso es un síntoma. Creo que esta crisis tiene que ver con la ruptura de esa última ilusión; y tuvimos muchas en nuestra corta historia. Uno no adquiere tan fácilmente ilusiones banales, hablo como individuo y como pueblo, si hay una identidad algo más sólida que tiene que ver con la reconstrucción de una tradición, con el encuentro de ciertas constantes históricas. Es un trabajo muy complejo. Entonces, para casos como el nuestro, lo que yo quisiera en nuestra cultura es que fuéramos armando una identidad más sólida y menos tambaleante. Ahora bien, hablando de Occidente en su conjunto, en ese punto soy muy nietzscheano, creo que los viejos valores, como valores supremos están definitivamente devaluados, me refiero a la verdad, el bien, la justicia, la belleza, etc. Y eso lo señalaba Nietzsche a fines del siglo XIX. Cuando hablaba de la muerte de Dios, se refería, en realidad, a la devaluación de los más altos valores y al advenimiento del nihilismo, entendido como esa misma devaluación. Creo que esos valores están definitivamente devaluados y que el gran desafío es crear nuevos valores. Me parece que, en un nivel más global, difícilmente pasen por valores colectivos nacionales o universales, creo que se tratará de valores más personales, singulares

En su escrito “La declinación Argentina” manifiesta que la crisis Argentina es profundamente espiritual.
-Sí, es lo que llamaba hace un rato crisis cultural, tengo una visión casi inversa a la que promueven los medios de comunicación. En el año 2002, los medios dijeron: nosotros estamos en una gran crisis económica, pero tenemos, en medio de esa crisis, un gran florecimiento cultural. Entendiendo por “florecimiento cultural” el gran número de manifestaciones artísticas que se produjeron en el año. Yo pienso casi al revés, creo que padecemos una gran crisis cultural que está vinculada con la caída del último ideal que tuvo vigencia entre nosotros, pero que remite a una identidad, sobre todo colectiva, mal constituida. Es largo de explicar el porqué, pero creo que algunos hitos son: en el siglo XIX, haber renegado tan drásticamente de nuestro pasado indígena e hispano, eso tuvo sus razones. Hay que observar a Alberdi, a Sarmiento, a Echeverría. No estoy oponiéndome a lo que pasó, pero siempre renegar de las raíces es complicado. Después está el fenómeno de la inmigración que es importantísimo, el antiguo país hispano-criollo, sobre la base de las propuestas mismas de nuestros grandes pensadores del siglo XIX, queda sepultado (tan sepultado como el Complejo de Edipo) bajo la gran masa inmigratoria que se integra, reconoce distintas procedencias y logra un nivel de relación altísimo. Se juntan polacos con judíos, italianos, españoles a través del matrimonio, etc. pero se produce allí, y por eso mismo, un mestizaje cultural, sumado además al viejo país criollo, en la medida en que no existen entre nosotros grandes problemas de discriminación cultural, en ese sentido somos ejemplares. Pero sin embargo, se produce una situación de anomia o de crisis de valores. Se conjugan distintas valoraciones y no se terminan de ensamblar. Creo que el éxito del psicoanálisis en las grandes ciudades argentinas tiene que ver con eso. Se buscan, a través del psicoanálisis, criterios de valor, porque las personas vienen con criterios valorativos muy distintos, una cultura es, en definitiva, una jerarquía de valores. Después se suman a esto los procesos militares, con toda la destrucción cultural que significaron y varias cosas más, pero tomo algunas. Por eso creo que estamos viviendo esta gran crisis cultural, me parece que, como pueblo, somos una personalidad mal ensamblada.

Desde febrero de 2002 Ud. es director de la Biblioteca Nacional ¿cómo se produce en ese ámbito la intersección entre cultura y política?
Bueno, eso nunca es del todo fácil. Yo he tenido también otros cargos en el área de cultura. En la biblioteca, particularmente, hay algo que me parece fundamental que es trabajar para preservar nuestra memoria histórica. Todo esto que decía respecto de nuestra identidad, de las falencias que hay, se refleja en el modo en que tratamos a nuestro patrimonio histórico. Se supone que la Biblioteca Nacional debería ser reservorio de la memoria impresa, independientemente del soporte, de todo lo que se ha generado en el país. Lo que yo encontré acá es que gran parte de ese material del siglo XIX está destruido o en malas condiciones por un descuido que viene de años y años. Lo primero que me propuse, y trabajo activamente en ello, es recuperar todos esos materiales que de lo contrario, se pierden para siempre. Pero también me impuse que la Biblioteca Nacional se convierta en una caja de resonancia de la discusión de nuestros intelectuales respecto del futuro del país, porque me parece que no vamos a poder construir un país “normal”, en el que más o menos merezca vivirse, sin el aporte decisivo de los intelectuales, de los científicos. Entre ellos incluyo a los psicoanalistas, a los filósofos, a los escritores. Estamos haciendo ciclos de conferencias, paneles, jornadas: todos los días hay alguna actividad donde se discute, de más cerca o de más lejos, la cuestión de ‘hacia dónde ir’. La biblioteca como provocadora de debates que a veces no se terminan de dar en parte por responsabilidad de los medios de comunicación que atentan contra una discusión seria, la inhiben. Yo no concibo una política seria sin ideas y me parece que ellas tienen que ser proporcionadas por quienes las piensan, y ellos tienen que intentar pensar también con relación a nuestros propios problemas argentinos y sudamericanos. Me parece que uno de los caminos que tenemos hacia el futuro es la integración con Brasil. Lo primero sería que hubiera portugués en nuestras escuelas, antes que francés o inglés, pero para eso hay que crear una conciencia, y ahí, los intelectuales tienen una función fundamental que cumplir, crear una conciencia que haga que nosotros valoremos más que nuestros hijos estudien portugués antes que inglés. Pero si no la creamos, los valores no cambian.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Fotografía: Carol Totah.

 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



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