La mayoría de las explicaciones de la guerra contra Irak acuden a discursos parasitarios, tranquilizadores.
Abrevio: en las sociedades contemporáneas, capitalistas, occidentales, ningún gobierno emprende una guerra de conquista sin contar con el consenso cualitativamente decisivo de sectores de la población. Ahora bien, (éste es el aspecto esencial de la cuestión) el consenso instaura un pacto de muerte y sacrificio, del cual, como corresponde, nadie habla, aunque todo el mundo (todo el mundo quiere decir “todo el mundo intelectual”) invoca las filosofías de la paz(¡Ay Dios!, ¡los profesores de filosofía!), los intereses petroleros (que, por cierto, existen) o bien, en el extremo de la dignidad, se despiden (moralmente, claro) de una vida que se tornó intolerable.
El pacto implica a los gobernantes en la preservación de bienes y valores, siempre esquivos, volátiles, insistentes y a cambio, en la sociedad civil, los mayores en prestigio, edad, liderazgo, deciden sacrificar a sus hijos, menores en edad, en liderazgo, en prestigio, pero los únicos aptos para dar y sufrir la mutilación.
El mando militar estadounidense ha intentando de un modo coherente, exhaustivo, aplicar el postulado que dice que la guerra es la continuidad de Hollywood por otros medios. Los misiles teledirigidos se lanzan desde el Golfo Pérsico y así el victimario – sentado cómodamente ante una computadora, quizá tomando un café o pensando en un buen chiste – no toma ningún contacto corporal con la víctima, aunque esté vestido de fajina y mire con firmeza, como miran los héroes. Y la población, condenada a la pasión escópica, ante el televisor, es sacudida por imágenes estridentes y confusas al compás de música épica, imágenes que evitan, con absoluto cuidado, mostrar cadáveres o heridos.
Sin duda, los helicópteros y los aviones también mantienen su distancia, aunque están más cerca del horror. Sin embargo, en algún momento las tropas terrestres tienen que batir y ocupar el lugar: allí, en los desfiladeros de las calles hostiles, se consuman los ritos del odio y el terror, esos que los sobrevivientes describen con lenguaje pobre y huidizo y que los que están a miles de kilómetros apenas si toleran escuchar.
No pretendo conocer la cultura del Irak – y poco sabremos de ella si nos atenemos al melodrama mafioso que los yanquis han armado sobre Saddam – pero algo creo saber sobre la cultura norteamericana.
Si buena parte de los norteamericanos ha aceptado esta feroz guerra —por más provisorio y condicionado que sea el apoyo: nadie sabe cuánto durará— es porque buscan acotar el fantasma de la ubicuidad. No ha habido nuevos atentados en Estados Unidos; Irak no ha usado armas químicas, pero... en cualquier momento, algo, algo todavía impreciso pero que puede ser terrible, habrá de ocurrir y no hay medio de protegerse de ello. Durante meses y meses ha sido sometida la gente a la consigna minuciosa, paranoica, de desconfiar de todo y vigilar todo: un gesto anómalo, una carta sospechosa, un grupo que merodea. Cada vez que se producía una explosión, así sea en una fábrica abandonada, caían inmediatamente los infaltables agentes de la CIA, en compañía de helicópteros que sobrevolaban la zona y de hombres disfrazados de lobos marinos. Muchos se decían: “¿Hasta cuándo tendremos que proteger pasiva y constantemente nuestras aguas, nuestros aeropuertos, nuestras carreteras, nuestras centrales térmicas?”.
Concentrar el odio en Irak es corporizar el Mal en algún lado; que esta localización huela a petróleo, es otra cosa. Que los dirigentes menos complicados con los planes tejanos para ocupar Medio Oriente hayan defeccionado, es cierto y también es otra cosa.
No es un problema psicológico, pero sí es un problema que concierne a la psicología de las masas. Los alegatos pacificistas, aunque en este momento sean útiles como factores de resistencia, tienen un alcance muy pobre, muy corto. No sólo carecen de realismo político; tienen también un déficit antropológico muy evidente.
Podemos condenar –y con razón– la maldad, la estupidez, la bestialidad de la guerra; mas ninguna guerra sería posible sin que su posibilidad no ejerciera una terrible y vertiginosa fascinación.
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