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   Entrevista

Eva Giberti
  Pensando la adopción
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Conversar con Eva Giberti significa no poder dejar pasar la oportunidad para abordar una temática en la cual tiene un amplio conocimiento teórico y una vasta experiencia clínica, me refiero a la adopción. Habitualmente se plantean las problemáticas que viven los padres adoptantes y los hijos adoptados, pero ¿qué pasa con quien da a su hijo en adopción?
Para responder a su pregunta me voy a remitir a la historia de un libro que incluye la única investigación que se hizo, que nosotros sepamos, en América Latina sobre las mujeres que entregan a sus hijos en adopción. Hace dos años unas colegas que trabajan en una sala de hospital hicieron no una investigación sino una encuesta con las mujeres con las que trabajaban y tenían contacto. Eso es un capítulo dentro de un libro general de Salud Pública que creo que apareció hace dos años. Pero en realidad, la única investigación con rango de investigación se llama Madres excluidas un libro que escribimos con Silvia Chavanneau de Gore, que ahora es jueza, en ese momento era Secretaria de un juzgado de San Isidro, y con Beatriz Taborda que es trabajadora Social y en ese momento presidía el Colegio de Trabajadores Sociales y el Comité de Etica. Dicha investigación tuvo una historia y es que yo venía de hacer otra investigación avalada desde el Conicet, es decir que éste no era un ámbito nuevo para mí. De manera que sabía dónde la presentaba, y esta era una investigación que planteaba como hipótesis que las mujeres que entregan a sus hijos en nuestro medio son consideradas vientres y no personas. Esto es producto de una cultura, del imaginario social, de imaginarios personales y de una universidad discriminatoria y clasista como es la Universidad de Buenos Aires. En la cual nos forman desde una lectura socio-política que llamaríamos elegantemente “burguesa”, que en realidad lo que busca es satisfacer la necesidad, o lo que yo traduzco como el apetito de hijo y no el deseo de hijo. Todos los profesionales médicos, abogados, psicólogos, asistentes sociales en realidad egresan con la idea de: “bueno, vamos a tratar que estos pobrecitos niños y niñitas, que son hijos de vaya a saber qué clase de mujeres vayan a parar a una familia buena”. Es decir, como la nuestra. Proceso de endoculturación, no diría que inconsciente sino que preconciente, calculando que las familias buenas son las que se nos parecen. Esto es el marco conceptual que produje y en el que me acompañaron las colegas, para plantear en el Conicet una investigación real, con características de tales. Por otra parte, la ley que en ese momento existía sobre adopción era una ley que fomentaba esto. Es decir que había que resolver el problema de la gente que no había podido engendrar. Si bien hay adopciones de gente que tiene hijos adultos y que después deciden adoptar, pero es la minoría. Presenté todo el desarrollo de la investigación y pasaron dos, tres, seis meses y nada; entonces un buen día un empleado de ventanilla me dijo: “Mire, no sale su investigación, no la espere más, no reclame más porque está entre las que están marcadas como que no salen”. Finalmente hablando con Catalina Wainermann, me ofrece poner ese proyecto en un paquete de Salud Pública que se iba a mandar a una institución sueca que se llama Sareg, y se ocupa del tema mujer y salud pública. El recorte, el universo al que pudimos acceder era una muestra no representativa pero que si marcó tendencia, correspondientes a los años ’80 al ’90. Esta muestra fue aceptada por la gente del Sareg, siendo que son rígidos desde el punto de vista metodológico. Ahí empezamos la investigación que duró aproximadamente tres años. La tesis central quedó demostrada fehacientemente: estas muchachas no son consideradas personas, son vientres productores de criaturas para gente de clase media y además no merecen el más mínimo interés por los profesionales que las asisten.

¿Cómo se iniciaron sus primeros contactos con adoptantes?
Mis primeros conocimientos con relación a la adopción provienen de los adoptantes de Santa Fé, donde he pasado mucho tiempo, que me enseñaron muchísimo, y de Virginia Noca, colega santafecina que me ponía en contacto con los adoptantes. Siguiendo con la investigación, encontramos edad, procedencia. Era un universo de los alrededores del Gran Buenos Aires, no era una muestra nacional. Muchas entrevistadas eran de Santiado del Estero, muy jóvenes. Del señor no se sabía nada, nunca. “No porque no me acuerdo, no sé quién era”, lo que sucede es que no quieren decir nada. Tienen mucho miedo de que si siguen con él, la ley, el Estado los ponga en situación de pedirles que se casen. Y por otro lado hay una variable muy importante, aunque pudieran decir quien es él, el chico es de ellas. Es un capital y van a decidir ellas qué hacer. Esto lo vemos con madres adolescentes grávidas que no van a entregar al chico, pero a quienes no les interesa el reconocimiento por parte del padre. Es un fenómeno que para la clase media es curioso, pero no lo es para las clases populares. El chico es de ellas.

¿Por qué lo ubica como una diferencia de clase?
Porque en mi experiencia como psicoanalista no recuerdo que reiteradamente mujeres que hayan parido me hayan dicho: “el chico es mío”, salvo alguna divorciada, o alguna muchacha soltera. En cambio, las chicas que están ahora en el Programa de Madres Adolescentes, que es un programa de la Secretaría de Educación para no perder la escolaridad, en varias ocasiones lo han manifestado. Las que reconocen son ellas. Han ido a los tribunales y le han dado nombre y su apellido. Lo que hago es una interpretación de clase, podría tal vez haber otra variable y yo no la veo. Estamos hablando de zonas del conurbano bonaerense, allí es donde trabajo mayoritariamente. Hay una chaqueña procesada por infanticidio que nunca pudo entender por qué había ido presa por ahogar al bebé. Ella decía: “si era mío”. Es una concepción psicológica. Acá lo escuchamos en madres divorciadas cuando no quieren pedir alimento como corresponde, que es el derecho del chico. Dicen: “yo me arreglo, yo soy fuerte como soporte”. Pero, no es “el chico es mío”.

No está explicitado pero está actuado.
Exacto. Incluso puede pensarse desde la visión de la maternidad como capital productivo. Si nos pensamos como usina de bebés, en realidad, las mujeres somos productoras, reproducimos. No es nada raro que nosotras podamos decir: “esto es mío´. En las áreas populares, conurbanas, en clases pobres, por no decir bajas, está socializado este nivel de socialización, y de culturalización en estas mujeres.

Desde el imaginario social suele creerse que quien da a su hijo en adopción se desprende de la criatura sin ningún sufrimiento, como si no importara, la vida sigue, y al año siguiente puede tener otro y lo vuelve a entregar. A partir de su experiencia ¿deja marcas un acto de esta naturaleza en quien cede una criatura en adopción?
No, esto es lo que se espera que hagan. Además les pasa, no tengo que actualizar este procedimiento miserable, político de la iglesia reaccionaria, que está oponiéndose a la reglamentación. La ley ya salió pero falta la reglamentación a la salud, a los derechos reproductivos. Es una vergüenza, peor que medieval. Igual vamos a tener embarazos adolescentes e intentos de abortos clandestinos, pero no en la cantidad y en la medida en que los tenemos ahora. Es una estadística de oreja que cuentan los médicos en los hospitales. Si pueden ir al consultorio de adolescentes, o si la gente del hospital las va a buscar, las llama, les enseña, les pone un diu, las pibas van a estar más protegidas. Las pastillas es bastante más difícil que las tomen, ya se han hecho experiencias y a veces, por ejemplo, las venden. Hay muchas maneras. Está el uso del preservativo, lo cual es otro tema, aunque no era el caso de estas muchachas ya que se trata de una población correspondiente a la década del ’80. Otra de las cosas que se encontraba en un alto porcentaje en la investigación, era el estudio de escuela primaria y secundaria sin terminar. Los casos de chicos entregados o devueltos por violación, estadísticamente resultaron no representativos. El tipo de vínculo con el bebé dependía de si lo habían guardado una semana, un mes, seis meses. No es que los paren y los entregan. Algunas intentan quedarse con el chico, y ven cómo pueden hacer para que alguien las ayude. Si tienen hermanitos la complicación es para los otros, los hermanitos, para ellos el bebé funciona históricamente como un desaparecido. La panza estaba ahí, después apareció un bebe y un buen día no estaba más.

¿Produce algún efecto diferente, por ejemplo en la estructuración del psiquismo el hecho de que la adopción haya sido realizada en forma legal o ilegal?
Si, el asunto está en que recién ahora los adolescentes están planteando ese tema. Yo sostengo, por este motivo, que la adopción es una especialidad. He encontrado gente que viene de cuarenta y cinco años de análisis y no ha manejado el tema de la adopción. Sencillamente porque los colegas no tienen la más pálida idea de que adopción no es sólo el psiquismo, no tienen idea ni les interesa. El psiquismo del adoptivo tiene determinadas características, pero no sólo porque es adoptivo, si no porque vive con una mamá y un papá con una castración y una frustración simbólica. Real y simbólica mucho más grave cuando la madre es fecunda y adopta porque el marido es estéril. Esa gente no cría a sus hijos del mismo modo que si fueran padres biológicos, o no sabemos nada del psiquismo. Esto no quiere decir que ese trauma y esa castración simbólica y real esté todo el tiempo puesta frente al sujeto; la vida no es así. Pero hay saberes inconcientes e historias del inconcientes que funcionan en el vínculo con el otro. Entonces, si una mujer tiene útero fecundo y hubiera podido engendrar, amamantar, parir y está criando al cachorro de otra mujer porque el señor no tuvo las gametas posibles para que ella engendrara junto con él, ese chico está ocupando un lugar del hijo posible para ella. No me van a decir que el vínculo con ese chico es el mismo que el que podría haber establecido con ese otro hijo. L

Eva Giberti es Licenciada en Psicología (UBA) y Asistente social (UBA). Actualmente se desempeña como Codirectora de la Maestría en Ciencias de la Familia (Univ. Nac. Gral. San Martín) y como docente en las Facultades de Psicología y de Derecho (UBA) y en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. Autora de numerosos libros, entre otros, La adopción y Adopción y silencios. Su página web es www.evagiberti.com
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
Fotografía: Sara Facio.
 
 
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