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   ¿Qué dice Giorgio Agamben?

Agamben o el patetismo sin salida
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Hace años, Giorgio Agamben publicó un pequeño y excelente volumen que tituló Idea de la Prosa y en el cual, despejando todo patetismo y deteniéndose, como corresponde, en una cuestión técnica –el “encabagalmiento” que puede producirse entre versos sucesivos– iluminó aspectos decisivos de la estructura poética.
En la exitosa serie titulada Homo Sacer, Agamben se entrega al patetismo y desdeña las cuestiones técnicas, sean filológicas o históricas o filosóficas.
Ya veremos las consecuencias de un cambio que sustituye filología por patetismo, rigor por sumisión a los valores de la sociedad del espectáculo.
Me voy a limitar a un capítulo, el cuarto de la primera parte, titulado Forma de ley, del primero de los libros de la serie1.

Dice Agamben: “En la leyenda ‘Ante la ley’ Kafka ha representado en un esbozo ejemplar la estructura del bando soberano. Nada –y desde luego no la negativa del guardián– impide al campesino franquear la puerta de la ley, a no ser el hecho de que esta puerta está ya siempre abierta y de que la ley ya no prescribe nada.”
La ley es para Agamben “bando soberano”, algo que posee “vigencia sin significado” y que ya no prescribe nada. Refieréndose al campesino del relato de Kafka, insiste: “La puerta abierta, que sólo a él está destinada, le incluye excluyéndole y le excluye incluyéndole. Y ésta es precisamente la culminación y la raíz primera de toda ley”.
Debo decir, de entrada: es cierto que la característica de todo mandato2 (sea el que fuere, jurídico, moral, edípico, político) incluye excluyendo y excluye incluyendo, pero esa relación no es concebible de manera circular, simétrica. No excluye de la misma forma en que incluye, porque todo mandato –cuando supera el umbral de la orden elemental que subyuga; la que, por otra parte, deriva, siempre, de un orden superior que en ella se coagula, como el “¡cuerpo a tierra!”– necesita de interpretación.

Y es tal el punto decisivo, el que guiñolescamente ignora Agamben: la ley es la interpretación de la ley; algo que es advertible, casi de inmediato, en el orden jurídico. Un mandato – el que, para serlo, tiene que establecer un intervalo entre el mandante y el mandado, que es el intervalo en el que se formula un específico “deber ser” – incluye al intérprete al constreñirlo a interpretar; mas cuando éste ha dicho su palabra de interpretación, aunque se reduzca al famoso y forzosamente humorístico “oigo y obedezco” del genio de la lámpara, el dicho mismo lo excluye sometiéndolo a su rigor.
La referencia al breve relato de Kafka es instructiva. Agamben se apoya y radicaliza lecturas de Cacciari y de Derrida, las que son preciosamente patéticas, ilustradas, y en el fondo parásitas.

¿No perciben que Kafka es un autor cómico? Kafka –Marthe Robert le concede una enorme importancia a lo que voy a decir– estaba convencido de que era imposible decir la verdad; por lo tanto, sólo cabía prodigar la mentira y ahondar de tal manera en ella que, a la postre, algo de la verdad podría desprenderse de un fondo de comicidad. No hay ante Ley porque la ley no pertenece al espacio de la visión: la ley no es dada jamás como espectáculo. Decir que no se puede abrir lo ya abierto o que la puerta está abierta sobre nada, es continuar interpretando, si bien de un modo más refinado, a Kafka según el “kafkismo”, ése que quiere reducir la alegoría kafkiana a una relación directa y proporcional entre representante sensible y representado transensible. La alegoría de Kafka, por el contrario, muestra un abismo no ya inconmensurable entre lo determinado y lo indeterminado, sino estrictamente incomparable; lo que nos fuerza al giro, a la interrupción de la continua comunicación entre desolación y entusiasmo, para dirigirnos a otro lugar. La ley no es el dicho de la ley, sino su entredicho, el entredicho que opera en los intersticios del dicho, rehusándose al espectáculo que sin embargo propicia en un segundo y derivado momento; es lo que el sujeto escucha cuando el oír pierde su plenitud y la voz, rehuyendo y retirándose del sentido, compele a la interpretación proferida.
No niego la existencia de lo que Agamben llama “bando soberano”; mas el bando no está en el origen de las leyes sino en su degradación: piénsese la relación entre las leyes militares y las prácticas de los mandatos cuarteleros, o en los modos que transforman a una colectividad política en una corporación delictiva; pero no puedo invertir la secuencia; si lo hago, como lo hace Agamben, la historia se torna un espectáculo de grand guiñol, apto para satisfacer la estética masoquista de nuestra época o, debería decir mejor, de la corporación intelectual de nuestra época.

Lo que hace Agamben es confundir poder con ley, y así confunde causa con ley. La consecuencia es previsible: todo es indiferentemente opaco; todo es indiferentemente transparente; los límites entre lo indeterminado y lo determinable, siempre fluctuantes, jamás captables según un dispositivo codificado que pudiera discriminarlos puntualmente, y que por ello mismo deben establecerse en su diferencia impura caso por caso, ocasión por ocasión, tales límites, digo, desaparecen bruscamente: todo puede decirse, nada puede decirse.

Ahora bien, la causa, como origen sin representación, que se representa turbiamente, en movimientos súbitos y sin escansión, por la presencia de la ausencia de representación, es ajena, como tal (y decir “como tal”, no se me escapa es, casi, una bufonada), a la existencia de interpretante y de intérprete. Es en este nivel que podemos hablar de “poder”. ¿Cómo concebir el referente de semejante vocablo y de sus deseperados equivalentes: “fuerza”, “coacción violenta”, etc.? La humanidad, desde que tiene memoria, es decir, desde que comenzó a soñar con el paraíso perdido de la paz, la concordia y la abundancia de Jauja, ha vivido traspasada por los vínculos de sojuzgamiento y de explotación, y la invocación a la justicia ( esa palabra impronunciable y no obstante imprescriptible) no ha traspasado los límites de la distribución niveladora y de la venganza. El poder que nos “toca” como nos toca, a veces, el dios, otras el demonio, tiene existencia pero no concepto. La ley, cualquier ley –lo he dicho muchas veces y ahora lo repito– es, porque ha menester de interpretación, un límite al poder; pero, al contrario, la ley que pudiéramos juzgar “justa”, con esa palabra que acude a mí sin que podamos articularla, sin que podamos evitarla, no cesa de contener el tóxico de una violencia que la parasita y lo hace sin ninguna contrapartida de algún don posible.

Sin duda, la constricción a interpretar implica la violencia que el lenguaje produce en el hombre. A Barthes le gustaba recordar que el lenguaje es fascista. Hay aquí una evidencia que ciega y oculta la mitad de la trama. La homologación que hace Agamben entre bando soberano y lenguaje es la raíz de su brutal simplificación. La constricción a interpretar es diversa a la violencia primera que el lenguaje hace al hombre al introducirlo en la palabra sin pedirle consentimiento.
Dice Agamben: “también el lenguaje mantiene al hombre en una relación de bando, porque, en cuanto hablante, el hombre ha tenido que entrar de manera inevitable en él sin poder explicárselo”.

Hay, aquí, confundidas, dos cosas diferenciables, aunque la causa establezca continuidades bien perceptibles: soy hablado, y ése es el primer término; pero soy también y fundamentalmente, hablado hablante, que sólo reconoce el ser hablado desde su ser hablante; porque he sido hablado estoy constreñido a hablar y al hacerlo descubro algo diverso al macizo y consistente lenguaje que me ha aprisionado de antemano; estoy constreñido a hablar porque carezco de código para interpretar el mandato del Otro, lo que me enfrenta al vacío de la causa, que ya no se confunde (aunque se mezcle, indefectiblemente) con la causa antecedente del vacío.
Como se ve, Agamben es un buen cocinero y asimismo, para recordar a Platón y sus críticas a la sofística, un experto en cosmética, hábil en la mezcla: un poco de la facticidad heideggeriana, otra pizca de Adorno y su crítica a la razón iluminista y, por supuesto, las materias primas de la contemporaneidad, a veces nobles, otras ya corrompidas por el uso y por el desgaste que pasa por la boca y los oídos de los que repiten y repiten y repiten y repiten...

_______________
1. Agamben, Giorgio, Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos, Valencia, 1998; pág. 68 y siguientes.
2. El término “ley” tiene otra acepción –relación constante entre una variable independiente y la dependiente–, pero no es esta significación la que está en juego aquí; por lo demás, habría que preguntarse –pregunta que habrá que resolver en otro lugar– si las dos acepciones del término son efectivamente dos acepciones diversas o se trata, más bien, de una cuestión de mera homonimia. Quizá cupiera un tercer término para disolver el dilema: que hubiera homonimia y, simultáneamente y de manera indecidible, también equívoca participación en una raíz indespejable.
 
 
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