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La langue: la madre de Babel
  Por Elena Jabif
   
 
A la puerta del santuario de Tebas y de Menfis se alzaba la estatua de Isis en tamaño natural. Sentada, con un libro cerrado sobre las piernas en señal de recogimiento y meditación. Bajo la estatua se leía: “Mortal alguno levanto mi velo”, los dioses solares se apropian de los atributos de la Gran Madre, la Luna teje el velo cósmico donde están inscriptos los destinos humanos, cuyo símbolo llevaran los cadáveres egipcios, en señal de conquista de la muerte.
La concepción hinduista le hace cobrar al velo su máxima expresión, asimilándolo al universo entero, Maia el velo engañoso, que nos impide percibir la realidad de los Brahman, realidad trascendente que se sustrae a las leyes donde impera la gran Diosa Madre, fecunda de la lengua, poseedora del secreto de la vida, que en su faz oscura, invisible, ha de destejer los lazos que unen sus hijos a la tierra.

La textura de lalangue intuye el vacío de una falta que la habita, se expresa como un traumatismo que impacta por lo inconmensurable y compromete a la búsqueda interminable de la Cosa y del nombre que dirá su falta. La persona que la encarna se presenta como un lugar, constituido por los signos de la palabra, que reclaman algo más allá de ellos, el baño de la lengua materna es la sustancia abierta para la pregunta por lo femenino.
Algo no esta incluido en el conjunto de las palabras, y esa ausencia se articula a la castración, la demanda por un lado y La Cosa ausente por otra, forman un conjunto discordante como correlato de la inadecuación del Otro a la persona que lo soporta.

La falta inherente al lenguaje se refiere finalmente al cuerpo, la vacuidad que agujerea la lengua concierne en principio al cuerpo de la madre, a su castración, agujero negro que en su fondo de ausencia reverbera la prohibición del significante paterno sobre el cuerpo lexical del Otro primordial.
El conjunto de los actos del lenguaje se desplegará en este espacio del cual el más allá está limitado por el falo, y del cual el más acá está abierto al goce mítico, en el centro real el fantasma de La mujer vela lo desconocido del enigma femenino.
La mujer, madre fecunda de abultado vientre de la época de las Venus esteatopigias, existe de manera única en una representación llamada “la Dama de Brassempouy”. Este marfil, de suave modelado, muestra un óvulo facial muy pronunciado, un peinado reticular muy detallista con nariz, frente y ojos de finas líneas. Sin embargo carece de boca, impresiona como una figura velada que evoca los tuaregs donde ningún amante logra verle la boca al amado, fuente de la que emana la palabra, instrumento de la cultura.

Por los agujeros del cuerpo fluye lo irremediable del vacío de la lengua materna, donde el significante pierde valor universal. El vínculo entre religión, muerte y sexualidad femenina deniega al mismo tiempo que pone en juego, a la Virgen como una madre que en tanto resigna la sexualidad y el placer, no conoce la muerte. Sin pecado vive la eternidad, sin transitar por la muerte. La lengua de la virgen es como una lengua muerta, en la que nadie tiene derecho a cometer faltas, nadie tiene derecho a innovar el saber absoluto que la religión le otorga. Los mitos aparecen en el tiempo posterior de un pasado incierto, obra de la metáfora materna, la organización histórica encuentra su paso. Lacan nombra al mito de la gran Diosa Madre, “demanda primordial mítica”, tiempo supuesto de una demanda satisfactoria y plena. El culto de la Gran Diosa repite ritualmente el asesinato del rey y el sacrificio de niños, Medea la astuta sacerdotisa ejerce el crimen sobre sus hijos, los que tuvo con Jason, maga de un saber maléfico es inmortal. El rito sacrificial pretende desconocer el significante paterno, finalmente consagra al falo del lado materno su función fecundante.

En las tribus de las Amazonas, según la etimología armenia, son mujeres lunas, mujeres sin pecho, mujeres sin hombres según Séneca, o tribus matriarcales según Diódoro de Sicilia. La afiliación a la lengua solo es reconocida por la madre. Durante las orgías dionisíacas nos encontramos con asesinatos de hijos por sus madres, en un éxtasis sagrado donde el erotismo sin límite, solo encuentra dique en la muerte.
En el mundo bárbaro de diosas matriarcales, surge Jason, el griego, una civilización marcada por lo viril, que pone en juego el lugar paterno más allá del significante materno, el mito muestra un hito al situar en las diferencias de civilización, la delicada articulación de los significantes de la metáfora paterna.

La lengua materna perdida absolutamente y para siempre, fundará en el sujeto una dimensión de esperanza, un deseo por reencontrarla que conduce al extravío, búsqueda destinada a un perpetuo fracaso, búsqueda que inevitablemente tiñe a este término con un sentido de insondable nostalgia, en el corazón de Eros, en el centro mismo del amor anida un carozo que permanece y por lo tanto retorna insatisfecho.
Freud anuncia aquello que se presenta como marginal y periférico en los sueños, esos detalles que a menudo nos ofrecen la solución y la llave para su interpretación. Freud alcanza su tono más vital en Más allá del principio del placer: “la fuerza abismal de la especulación se alimenta de la madre”. ¿De quién, sino de ella iba a nacer la idea de una compulsión de repetición, de un eterno retorno de lo igual?, La muerte es necesaria para crear una nueva vida”. Esto es evocado por lo sagrado, que promueve respeto y temor, debe permanecer fuera del alcance, su profanación constituye un peligro de muerte.

La dirección de la cura en psicoanálisis, danza en su vuelo como la mariposa de Thoang - Tseut, sobre el vacío de la incompletud del alma, esa falta en el fin del análisis se traduce como lo incurable de La Lengua del Otro primordial, lugar vacío que desprende de su piel, un residuo tan real como desconocido, que coincide con el destino humano y toma lo que está más allá de él.
La experiencia de un fin de análisis es una forma de escritura, quizás la escritura de una epifanía mortal, en acto se abren cortes esenciales de la lengua, que contornean la silueta de lo incurable, en ese tiempo de la experiencia, lo femenino lugar umbilical de lo imposible, acompaña.

Un testimonio de la clínica del pase, recupera a Ricardo Estacolchic con un sueño donde dos manos hacen el gesto elocuente de una especie de “no somos nada”. Cito: “hace pocos días recordaba que vi a una persona hacer un gesto parecido, fue en Nápoles, en la Catedral, donde está la sangre de un santo que menciona Freud en en el capítulo II de Psicopatología de la vida cotidiana. Yo voy ahí, hay una señora que es la encargada de las tareas de mantenimiento, es un ambiente de mucho recogimiento religioso, además hay una estatua de alguien al que llamaban médico santo y la gente va y se hace tocar la cabeza por las manos de él, hay un ambiente de mucho recogimiento, y le pregunto a esta señora, ¿qué pasa con la sangre de San Genaro? Luego de un intercambio la interrogo: ¿y a usted qué le parece, le parece que esto es cierto? Y me hace el gesto con las manos, como si me hubiera dicho: ‘Y, bueno, es un punto en el cual cada uno toma su decisión’. Es decir, la señora no decía ni que ‘si’ ni que ‘no’.”
Verdaderamente era como para incorporarla a la Escuela.
Este testimonio desde un pequeño reducto transmite una vez más que la femineidad no es cuestión de género. J
 
 
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