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   El diagnóstico en psicoanálisis

El cuerpo del orgasmo
  Por Raúl Yafar
   
 

Como lo sitúa Juan B. Ritvo en su segundo texto sobre las paradojas del goce en Imago-Agenda de Junio del 2003, el fragmento del Seminario de la Identificación que elige para comentar es realmente interesantísimo. Lo que llama la atención es que se lo atribuye, si no entendí mal, a Lacan, cuando pertenece a una charla llamada “Angustia e Identificación”, que expone Piera Aulagnier en el Seminario ese día. Sea como sea, como el tema del orgasmo no suele ser tomado con asiduidad en los textos psicoanalíticos, voy a permitirme algunas glosas sobre su comentario en direcciones que lo amplíen, aunque a veces diverjan en algún sentido. Espero relanzar así la discusión –creo que esa es la intención de estos textos de Juan, por otro lado–.

Para empezar se concede en el fragmento que hay una diferencia entre la masturbación y el coito, pero que ésta no sería discernible en el plano fisiológico. No dudo de que sobre las peculia­ridades de la fisiología podríamos aprender cosas importantes de los estudios de “Respuesta sexual humana” de Masters y Johnson. Pero lo corporal no es lo fisiológico: si nos extendemos más allá de lo organísmico puro y pensamos un poco más en lo que ocurre a nivel de la experiencia del cuerpo en el coito ya no todos los autores estarían tan de acuerdo con ella y creo que la clínica psicoanalítica demuestra que tienen buenas razones.

Para empezar recordemos el tema de las neurosis actuales en Freud –especialmente los síntomas de la neurastenia–. Luego citemos al más lúcido analista en este tema, S. Ferenczi, quien en varios textos de Sexo y psicoanálisis establece, a partir de relatos de pacientes, cómo el sufrimiento del masturbador radica en las profundas alteraciones que el circuito corporal normal del coito experimenta al ser reducido al autoerotismo. Incluso sitúa la diferencia entre el coito en el que está implicado realmente el cuerpo del otro y aquél que se acompaña con una imaginería típicamente masturbatoria Coincide en esto, creo, con Jean Allouch cuando en El psicoanálisis, una erotología de pasaje, éste diferencia el “coger propiamente dicho” del “coger con el fantasma”. También E. Jones en su texto sobre la pesadilla explora las relaciones entre angustia, sueño y masturbación haciendo intervenir un factor diverso en cuanto a la castración, que describe cómo una forma de angustia con manifestaciones somáticas diversas en sujetos cuya sexualidad sería –de no mediar la represión cultural– eminentemente masturba­toria. Ni qué decir si exploráramos de nuevo –leyéramos en serio, en realidad– sin prejuicios La función del orgasmo y los libros más desatados y “enloquecidos” del último W. Reich.

Dejando asentado este punto voy a ir a un comentario de Lacan sobre el orgasmo en el Seminario de la Angustia. Dice allí que –en lo que, por entonces, situaba como “piso 3” de los objetos a– la angustia fálica, es decir, la del orgasmo, es la única “que se completa”. Entiendo por ello que la detumescencia marca más claramente aquí la cesión del objeto. El orgasmo ocupa el mismísimo lugar de la angustia, absorbiendo “completamente” su certeza, en tanto que deseo-en-acto –y no deseo como defensa-inhibición neurótica–. El circuito de resolución de la angustia no finaliza en un acting-out o en un pasaje al acto, donde habría mera redundancia, digamos, sino que el goce sexual tiene un carácter claramente conclusivo. Algo del falo queda “en estado reventado”, devenido ahora “un trapito”, “un recuerdo de ternura”, “un testimonio” para la partenaire –son todos términos de Lacan–. Ese algo ha sido cedido, metamorfoseado, agotado. Con lo que, tras una recuperación del imaginario atravesado, el sujeto se resitúa posteriormente en el campo del Otro. Por el contrario, es fácil imaginar al sujeto todavía parcialmente angustiado con su pene semi-erecto tras una insatisfactoria masturbación, listo para una segunda “ronda” un lapso de tiempo más tarde.

Es decir, lo que esas líneas, en su contexto, implícitamente dicen es que ese recorrido sólo se realiza en el coito, pues la masturbación relanza, en el seno de una angustia persistente, boyante, suspendida, irresoluta, a la repetición –se ve en los episodios de masturbación “coital” o manual compulsiva, con lo que estos tiene de acting-out–.
La angustia se completa, entonces, y el sujeto se dispara metonímicamente hacia el Otro del significante. El sueño, esa forma de dormir en los brazos del Otro, por ejemplo, encuentra en el coito el mejor somnífero, mientras que la masturbación, que siempre tiene algo de descom­posición subjetiva, más bien lo dificulta y llama a la reiteración. Ahora bien, si el instante de detención, al decir de J. Ritvo, se supera, preguntémonos de qué modo se da esta “expansión (épanouissement)” yoica en lo que yo llamaría sexo-en-acto –bastante más infre­cuente de lo que se supone y confiesa–.
Mi hipótesis es la siguiente: en la salida del coito no se trata del reconocimiento de que el sujeto representa al falo simbólico para el otro –lo que recuerda a una de las flechas que parten de la mujer (con el “La” tachado) en el conocido esquema del Seminario Veinte–, es decir, de que su goce en el abrazo reconoce en “él” lo que es en tanto que sujeto barrado y representado por el significante fálico, sino que cuando la experiencia sexual es lograda –lo que para Reich era casi una excepción en Occidente, por eso hablaba de una impotencia orgásmica casi universal– algo del goce suplementario debe ser vivido más allá del falo, en un éxtasis que no es una estasis, es decir, un estancamiento libidinal, sino su superación efectiva.

Se produce una difusión de la energía que deslocaliza el goce fálico, con una feminización desfalizante, por decirlo así, muy bien descripta por Reich, que en la masturbación es imposible, de allí la angustia flotante. Esto se traduce también fisiológicamente, por ejemplo, en los diversos síntomas físicos de la neurastenia.
Planteo la siguiente paradoja: esta experiencia, en el hombre, es más difícil –casi no reconocida/reconocible como tal–, pero, no por ello, se puede decir que sea algo “fácil” de vivir en cada ocasión para la cada mujer.
Se me preguntará cuál es, entonces, la diferencia entre lo que ocurre en cada uno de los sexos –una pregunta que Juan deja en suspenso–. Creo que en el hombre el falo es más bien obstáculo, índice de recogimiento, mientras que para la mujer es puente, apertura a lo inexpresable. Cuando hay fracaso, en el hombre la salida es –tan frecuentemente– depresiva y desolada, mientras que en la mujer la angustia reina por doquier, apenas disimulada por una vestimenta de insatisfacción.

En la masturbación el cuerpo goza solamente “en frío”, diría Ferenczi, sin caldeamiento previo –como dirían los psicodramatistas–, recortado y sustraído con respecto al roce de dos cuerpos posibles. En el coito, por el contrario, el flujo es fricción, es decir, fruición de los cuerpos, un restregar que toca y diferencia, contacta y expele los dos cuerpos en una “fusión” que se constituye, de este modo, gracias al exilio mutuo de los goces –cedidos pero divergentes – como imposible.
Cada uno de los amantes se aposenta, habita durante un rato en un cuerpo-otro. Y de este modo el goce propio en el otro se torna una apoyatura para el propio salto. Lo que ocurre en cada partenaire acontece –a la inversa, pero no recíprocamente– en el otro: ambos en fuga hacia un goce itinerante.

Si hay un reconocimiento de la subjetividad, es siempre poscoital, y sólo posterior a que el cuerpo del otro permita-sostenga ese goce –al que con la masturbación no se accede–. Creo que sería este goce no localizable el que lanza de algún modo –hay sugerencias de Lacan al respecto– al sujeto a re-generar su alienación en la significación fálica. Es desde el goce suplementario que brota el Nombre-del-Padre. Se trataría de una operación de nombramiento pos-coital del orden del creacionismo más cotidiano. Por lo tanto, me pregunto: ¿hay sublimación en el goce del sexo?
Exceptuada una forclusión del Nombre-del-Padre,, el Otro es regenerado, recreado, a partir de ese momento intermedio y el sujeto sale disparado a la metonimia del deseo. Esto sólo es posible en la presencia de ánimo del sujeto ante un goce más allá de la roca viva, que atestigua la imposibilidad de la relación sexual, pero que acontece sólo si se “cumple” la función sexual, es decir si y sólo si opera la castración, lo que en el autoerotismo no es posible. Por eso siempre repito que el encuentro fallido con el objeto no es el desencuentro neurótico ni la degradación de la vida amorosa. “Coger realmente bien”, como solemos decir, inscribe una pérdida como letra personal: es un escrito sexual en la historia de cada cual, más allá del síntoma neurótico.

Pero este flujo, al decir de Juan Ritvo, extático, digo ahora yo, me recuerda –además del tema del goce femenino– un concepto oriental invalorable, el de la misteriosa forma de legalidad llamada li. Por ejemplo, la del agua, cuando al deslizarse por una montaña, cuesta abajo, encuentra en los espontáneos meandros de su recorrido un sendero que no es arbitrario ni prefijado, sino un curso que obedece a su propia naturaleza, única forma de posible manifestación de su “verdad” acuática en acto.
Es en el cuerpo del otro, en el éxtasis encendido del deseo llevado a sus consecuencias más subjetivantes –haya o no amor, pero siempre castración–, donde un goce abierto, sin bordes, imprevisto, anonadante, nos reintegra al significado fálico –del que el masturbador, en su leve roce genital, no ha podido siquiera salir–. Y ya en el poscoito, solos, pero unidos por y en la diferencia unaria, los amantes retornan a la alienación de la que partieron, tras “rebotar” en el cuerpo del otro como sostén del goce propio no mensurable. Porque recién entonces –y sólo entonces– el Nombre-del-Padre tempera y zanja aquello que en el “a solas” del masturbador se restituye como mera culpa, es decir, una sufriente ajenidad.
Lejanía que es el resultado de no soportar la responsabilidad sexuada de cada uno en la declaración, ante el otro, de su propio sexo. Declaración que es sólo posible si la causa del Nombre-del-Padre proviene del no-todo, en este caso sexual, de la feminidad de cada ser parlante.

 
 
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