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   Entrevista

Silvia Amigo
  Por Emilia Cueto
   
 
Dentro de su desarrollo profesional se encuentra su participación en la instauración y consolidación del psicoanálisis en el Centro de Salud Mental N° 3 Arturo Ameghino ¿Qué destacaría de su tránsito por ese espacio?
Además de mi análisis personal, el lugar al que más le debo la formación de analista es el Hospital Ameghino. No es en desmedro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, a la que pertenezco desde el ’79. Lo que más destacaría es la posibilidad de comprender que sin la iniciativa del analista no hay ningún acto posible que pueda ser formulado. En el Ameghino no había nada, y había la peor voluntad posible de parte de las autoridades. Ahí aprendí a poner en marcha la iniciativa, es decir, a poder sustraerse a cualquier orden en contrario y poder mover la iniciativa del deseo. Fue a puro deseo que se hizo, donde no había nada, lo que es hoy el Ameghino, un enorme laboratorio de producción de cosas psicoanalíticas. Yo participé, junto con otros colegas, en la experiencia de generación de seminarios, controles, congresos, jornadas, en la búsqueda de los horarios donde no hubiera personal que nos molestase; la invención del turno vespertino fue nuestra. Básicamente, allí comprendí la importancia de lo que es la iniciativa en el analista.

Usted tiene larga experiencia en clínica con pacientes llamados border. ¿Cuales son las situaciones más complejas que el tratamiento de esos pacientes le ha planteado en el manejo de la transferencia?
En principio para poder responder a la pregunta tengo que aclarar qué quiere decir paciente border. Yo misma he publicado dos libros en una colección que se llama La clínica en los bordes y he hablado de fracasos del fantasma. No sé si utilizaría el término border, simplemente porque suscita demasiadas reminiscencias del término kleineano borderline. En Klein, el borderline era un híbrido de psicosis y neurosis más –plus– comportamientos perversos. Si fuera eso el border, yo diría mejor no usemos el término, porque se presta a confusión. Ahora, si hablamos de los bordes de la neurosis, que son aquellas neurosis donde la presentación clínica principal no se hace a través de las formaciones del inconsciente, donde la fijación residual al objeto que no termina de caer no está en el inconsciente, sino en el Yo, a eso lo podría llamar fracaso del fantasma, neurosis narcisista, neurosis grave y/o paciente de borde. Aclaro lo de border, simplemente, para diferenciarlo del híbrido borderline al cual se le dirigen críticas justas.

Las situaciones más graves que he tenido son las de intento de daño a la propia persona: intentos de suicidio a repetición o explícita búsqueda del daño físico a repetición. Es decir, las situaciones más difíciles que me han tocado sobrellevar son esas donde el objeto está envuelto como única envoltura posible en el Yo del paciente y para hacer caer el objeto hay que hacer caer el Yo. No he tenido –porque además de manejarlos clínicamente he tenido suerte, dado que se necesita bastante suerte– nunca un paciente que se haya suicidado, pero estuve muchas veces muy cerca de que así sucediese y tuve muchos pacientes que se han puesto en gravísimo peligro físico, es decir, cuya manera de intentar restarse como objeto era restándose ellos mismos a la escena del mundo. Son las situaciones más complicadas, porque, eventualmente, pueden producir una muerte. Me han complicado y me han preocupado. También me han enseñado muchísimo. En segundo lugar, y en casi todos estos pacientes muy graves, la modalidad de la transferencia es bastante difícil de soportar, porque es permanentemente resistencial, en el sentido en que Freud llamaba resistencial a la transferencia. O bien hostil, o bien positiva no sublimada, es decir, erótica directa, de grandes enamoramientos –aunque no fueran sexuales–, grandes apasionamientos, grandes fascinaciones.

Resulta complicado sostener varias transferencias de ese estilo.
Sí. De hecho, siempre me digo a mí misma y a la gente que supervisa conmigo que se pregunte cuántos pacientes de esta textura se puede atender al mismo tiempo. Cada analista tiene que encontrar su límite. Yo tengo el mío y creo que cada analista tiene que encontrar el suyo. No creo que uno pueda trabajar con una cantidad enorme de estos pacientes.

¿Qué articulaciones se podrían establecer entre la tercera identificación y el amor?
Es una pregunta que abre a un universo de respuestas. En principio, tendríamos que ponernos de acuerdo en qué entiendo yo, por lo menos, por tercera identificación. Esa que Lacan llama a lo imaginario del otro real; la que Freud llama identificación histérica. Es muy complejo de formalizar, y es lo que intenté hacer en mi tercer libro. Allí hay un intento – que el lector juzgará– sobre la formalización de la tercera identificación no exclusivamente con elementos topológicos. Es decir, Lacan la da, prácticamente en exclusiva, con elementos topológicos, con la doble reversión del toro sobre sí mismo, que uso y que me parece útil. Yo trato de explicarla, con otras herramientas de formalización, como el momento en que el sujeto se permite investir el objeto a mediante otra pantalla que no sea el espejo del gran Otro. Es decir, que llamo tercera identificación al momento en que el sujeto puede poner al pequeño otro –al otro con minúscula– como reservorio de la falta de objeto y, entonces –ahora engancho con el amor– puede, a través de una pantalla sin dudas imaginaria, en el amor, alcanzar el más allá, la nada envuelta por esa pantalla que está albergada por el prójimo o el semejante. O bien algún objeto sublimatorio que puede oficiar de pantalla, pero en el amor, en general, es un otro con minúscula. O sea que la tercera identificación bien teorizada da la cara real del amor. Es decir, no sin la pantalla imaginaria, pero dirigiéndose el vector del amor hacia el más allá de la pantalla, hacia la falta de objeto que alberga, que protege la pantalla, que sería el semejante. La tercera identificación, básicamente, quita el amor en exclusiva del Gran Otro y pone la posibilidad de que se ame al prójimo. A priori, suena herético lo que digo, pero creo que está en la vía recta de lo que piensan tanto Freud como Lacan. De recitar un monotema amoroso entre el sujeto y el Otro pasar a que el sujeto pueda tener relaciones con los otros y que el amor se pruebe ahí. Amar al otro con mayúscula es como un destino. Amar al otro con minúscula ya es una decisión o un acto.

Usted plantea que si el fracaso de la tercera identificación no es contingente, sino que se trata de una situación estructural permanente, podría conjeturarse la posibilidad de una cuarta estructura. ¿Cuál sería?
La hipótesis de una cuarta estructura que pudiese descompletar el universo tripartito neurosis-psicosis-perversión es una hipótesis de trabajo que me planteo sin certeza y sin ningún apego en especial. Si la planteo, es porque no puedo pensar sin la libertad de investigar. Quisiera comentar que no hay ningún afán de esnobismo o de hacer alguna revolución epistemológica ni nada por el estilo. Si algo me demostrase que es una hipótesis inviable, no tendría ningún problema en desecharla. Es simplemente que he visto, una y otra vez, que hay texturas de presentaciones clínicas que no creo que sean neurosis de transferencia, y tengo la certidumbre que no son psicosis ni perversiones. Entonces, o bien hay que ampliar el concepto de neurosis de una manera muy, muy elástica –puede ser que sea eso–, o bien hay que pensar si no existe una estructura particular dependiente del fracaso de la tercera identificación. La pregunta no es banal, porque el análisis logra mejorías indudables del sujeto dentro de su estructura. Si uno analiza un psicótico, puede haber mejorías inmensas, pero no hay cambio de estructura. El psicótico no deja de ser psicótico. Lo mismo sucede en el caso de un perverso o de un neurótico. Ergo, si estas neurosis de presentación tan particular que exhiben más la alteración yoica que la formación del inconsciente fueran neurosis, se podría pasar de una neurosis narcisista a una neurosis de transferencia. Si estuvieran en el mismo campo, sería lícito pensarlo, pero lo que pasa es que yo, clínicamente, no lo vi. Veo que mejoran dentro de su propio rango con lo cual, la tendencia es a pensar que formarían –lo digo en potencial– una posible cuarta estructura, pero es simplemente una hipótesis para investigar.

¿Cómo llamaría a esta cuarta estructura?
Estoy en el medio de una investigación, ergo, tengo algunos nombres tentativos. Una es fracaso del fantasma definitivo, no fracaso eventual del fantasma que puede tener cualquiera. Cualquiera puede tener un tambaleo fantasmático ante una crisis o una contingencia desfavorable, un mal encuentro –como decía Lacan– en la vida. Un fracaso del fantasma permanente y no contingente es una denominación posible. Otra denominación que hemos charlado –debo decirlo– con Héctor Yankelevich, porque ha surgido del diálogo con él, es neurosis narcisistas, tal como la llamaba Freud en la segunda tópica.

Así como hablamos de represión en la neurosis, renegación en la perversión y forclusión en la psicosis, ¿cuál sería el mecanismo específico de esta estructura?
Usted hablaba de las identificaciones. La constitución del sujeto neurótico pasaría por el logro de las tres identificaciones, aunque en el neurótico puede haber regresiones. Se puede llegar a la tercera identificación y hacer una regresión hacia la segunda. Uno puede haber llegado, por ejemplo, al amor al otro –con minúscula– y refugiarse regresivamente en el amor al Otro –con mayúscula–, pero eso es una regresión. Para decirlo brevemente en un reportaje diría que se trata de un fracaso de la tercera identificación que viene precedido o anunciado por una disfunción de la fase metonímica de la segunda identificación. Yo divido a la segunda identificación en una fase metafórica, la de la metáfora paterna, que es bien conocida por todos los analistas que están al tanto de la enseñanza de Lacan, y una fase metonímica, que es menos conocida del padre edípico, del padre de la metáfora, que es aquella donde el padre retira la imagen del niño del fondo del espejo preparando la colocación, entonces, del narcisismo por fuera del espejo del gran Otro. Es decir que, volviendo a la pregunta, creo que el fracaso específico de las neurosis narcisistas estaría en un fracaso de la tercera identificación que viene precedido por una falla o una disfunción del tiempo metafórico de la segunda identificación. Esto dicho así es muy abstracto, pero insisto que en un reportaje no puedo dar todas las argumentaciones ya que excede este espacio.

Respecto al fin de análisis usted acuerda que en el caso de las neurosis éste se ubica del lado del atravesamiento del fantasma, pero da una vuelta más diciendo que “esto es reescribir y cortar su objeto”, ¿qué puntúa esta aseveración?
La idea del atravesamiento del fantasma es una idea canónica lacaniana con la que acuerdo para el fin del análisis. El asunto es qué quiere decir eso. En un análisis, va a leerse lo que estaba escrito. El tema es si uno comprende que leer es reescribir. Leer no es un acto pasivo que deja igual el texto que se lee. Cuando uno lee, ya está reescribiendo. Cuando uno lee, no meramente pasa los ojos delante de las líneas, está reescribiendo, porque pone a su cuenta escansiones, puntuaciones, cuando no, directamente, cambios en la inflexión, el sentido o, incluso, en algún miembro del texto. Es decir, releer es reescribir. Reescribir implica encontrar el borde de la letra. Encontrar el borde de la letra implica aflojar la frontera donde se coloca el objeto. Me sirve muchísimo para el tema del fin del análisis y de la reescritura del fantasma pensar en el cuadro de Magritte, tan conocido, donde hay una ventana, rodeada de cortinas, delante de la cual hay un bastidor. La ventana da a un paisaje real. El bastidor de pintor que está puesto entre medio de las cortinas reproduce pintado el mismo paisaje real que está en el fondo: nubes y cielo azul, solamente. Entonces, cuando uno mira el cuadro creyendo ver lo real del paisaje, lo que ve es un objeto pintado. Si uno tuviera una ventana obstruida por un bastidor, no entraría lo real de la luz del sol. Uno tendría, simplemente, un bastidor. El fantasma es eso. Es el hueco taponado con un objeto representado. Cuando uno reescribe el fantasma –uno podría decir, recorre el borde de la ventana, el diseño de las cortinas, recorre y comprende cómo es el borde del bastidor– lo que puede hacer es sacar el bastidor y tener acceso, por el hueco, al paisaje real.

Usted también plantea que todo análisis bien llevado es didáctico, ¿Cuál es su posición en relación con el dispositivo sostenido por la I.P.A. en la formación de analistas?
En principio, una aclaración. Yo creo que un análisis bien llevado siempre puede ser, en futuro anterior, habrá podido ser un análisis didáctico si a quien termina ese análisis le sobreviene el deseo del analista. Quiero decir, un analista no puede, a mi juicio, conducir un análisis de otro modo, pero no siempre sobreviene el deseo del analista. El deseo del analista sobreviene en aquel que desea jugar para otro, o sea para su futuro analizante, el mismo rol que jugó su analista para él. A veces sucede y a veces no. Yo no puedo calcularlo y no me puedo guiar porque alguien me diga “quiero ser analista, deseo ser analista o no”. Es decir, tengo que trabajar siempre en el sentido del didáctico. Luego, si sobreviene o no el deseo del analista, es contingente. En relación con IPA, evidentemente, sería un cliché que me sumara a las críticas sobre las horas de vuelo, la cantidad de los horarios, etc. Lo critico, me sumo a la crítica, no tengo más que decir que es una ritualización, sólo que lo contrario tampoco merece mi simpatía. Ahí donde la IPA hacía un subrayado exclusivo sobre el setting, el encuadre, donde le dejaba al encuadre la función deseo del analista, merece mi crítica. Ahora, la ausencia de setting también. El setting es algo que se está perdiendo no sólo en Argentina, sino también en el mundo entero.

¿Cuáles son las argumentaciones que se dan frente a esa disolución?
Puedo decir las que conozco. En realidad, como no comparto ese criterio, no tengo las argumentaciones. Las que he escuchado son, en principio, de tipo “ideológico”. El analista no es un amo que debe imponer cuándo se atiende y cuándo no se atiende. El analista sería caprichoso si cobrase las sesiones a las que el paciente no puede ir porque le ha pasado algo. Van desde el lado ideológico progresista al lado de una tematización del analista como amo caprichoso. Creo que es olvidar que cada uno paga por su real. Si me enfermo y no puedo ir a una sesión, pago por mi real. No es que yo diga que sea culpa de nadie enfermarse, puedo suspender el análisis, pero si el análisis continúa, la sesión debe cobrarse. Sé que entro en un terreno muy controvertido, pero no hay mejor favor, analíticamente a un sujeto que computar la falta. La falta, el cero, se computa uno. Lo dijo Frege, lo retomó Lacan y lo había dicho Freud en Consejos al médico... Personalmente, lo que puedo decir es que lamento enormemente que a la IPA se le oponga un error simétrico, que es la disolución de cualquier setting posible.

Silvia Amigo es psicoanalista, pertenece desde 1979 a la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Es colaboradora habitual de los Cuadernos Sigmund Freud. Es autora de los libros De la práctica analítica. Escrituras (Vergara, 1994), Clínica de los fracasos del fantasma (Homo Sapiens,1999), Paradojas clínicas de la vida y la muerte (Homo Sapiens, 2003) y de diversos volúmenes colectivos.
Fotografía: Sergio Chiozzone
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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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