Un artista es, para Freud, alguien que tiene una capacidad mayor que el común de los mortales para relacionarse con su inconsciente y sus fantasmas, de un modo que, a su vez, le permite entrar en consonancia con el inconsciente y los fantasmas de su público. En más de una oportunidad, argumentando sobre el carácter moralmente no valorativo del término “perversión”, Freud subraya además que sus manifestaciones suelen ser compatibles con un espíritu extremadamente sensible y creativo que, de hecho, ha contribuido enormemente al desarrollo de la cultura. Si la primera proposición nos permite aseverar que el arte constituye una suerte de vía regia de acceso al inconsciente “epocal”, la segunda afirma cierta relación y hasta alguna proximidad entre la perversión y la cultura. El concepto mismo de sublimación −ese modo de satisfacción pulsional que intenta dar cuenta de la creación socialmente valorada−, supone a la cultura como un campo de satisfacción sustitutiva, desplazada, deformada, disfrazada, contrariada, de la pulsión sexual; lo que la emparenta con el síntoma en sentido freudiano. Venida a un lugar de sustitución de la ausencia de relación sexual, la cultura constituye una suerte de síntoma −o de sinthome− de la humanidad, una vicisitud del polimorfismo pulsional que aqueja, por el hecho de hablar, al ser hablante. Lo que nos apremia a preguntarnos sobre lo que la estética del arte contemporáneo nos enseña acerca del inconsciente y las vías que adopta la satisfacción en nuestra época.
No es difícil reconocer un ícono privilegiado de esa actualidad en lo que los norteamericanos consignan 11-S, para referirse al derribamiento de las Torres Gemelas en Manhattan en el año 2001. Hay en la reiteración de las imágenes del derrumbe de esas imponentes construcciones –progresivamente higienizadas de todo rastro de los cuerpos que, como en un videojuego, se arrojan al vacío bajo el resplandor de un hermoso día de sol–, una extraña e inquietante belleza visual; hay en la insólita incrustación de los aviones suicidas y el inmediato estallido de las llamas, la bocanada de humo que se desprende y el desmoronamiento en cámara lenta, cierto efecto de fascinación del que es difícil sustraerse, cuando esa imagen no oculta se nos ofrece como una máscara que disfraza y, al mismo tiempo, revela el horror. Raro encanto que, disimulando apenas su carácter siniestro, evoca esa fascinación que, con espanto, Virilio reconoce como propiamente contemporánea y denuncia como “un arte despiadado” [Paul Virilio - El procedimiento silencio, Paidós, Espacios del saber, Buenos Aires, 2001, pp. 45-84].
¿Qué podemos, en efecto, vislumbrar acerca de nuestra época si consideramos la obra del escultor y anatomista alemán llamado Günther Von Hagens que, en el año 98, exponía en el Museo del Trabajo de Manheim unos doscientos cadáveres embalsamados con un proceso de específico de “plastinación”, remedando esculturalmente, entre otras figuras, La Venus de Milo con cajones de Salvador Dalí? ¿O qué debemos pensar de una artista plástica como Orlan, que hace pocos años visitaba Buenos Aires, y que a través de cámaras de televisión exhibe a los cuatro rincones del mundo la realización in vivo y en tiempo real de cirugías plásticas realizadas sobre su cuerpo, del estilo: “la implantación de la nariz más grande que puede soportar mi propio rostro”?
Ante un mundo que califica de colaboracionista, y frente al cual se reivindica él mismo un resistente, Virilio denuncia ese arte ya no representativo sino mostrativo, ya no religioso ni profano, sino profanatorio, un elogio de la muerte, un arte contra natura e impiadoso, un triunfo del horror; una estética que hallaría su consumación en esa nueva eugenesia que promueve la clonación genética a través de la manipulación embrionaria y la hibridación del hombre y el animal, dando lugar a una suerte de arte transgénico y teratológico (propenso a la monstruosidad), al que reconoce en continuidad directa con la ética de Auschwitz
Es probable que los términos de la argumentación de Virilio empleen una crudeza indefectiblemente proporcional a la del enemigo que se ha propuesto combatir, pero su reflexión no deja de advertirnos sobre la peligrosa inminencia que acecha a nuestra civilización cuando ella parece aproximarse a su culminación. Algo que, confrontándonos con la emergencia de cierto real, nos obliga a preguntarnos sobre el deseo que habita el logos que gobierna nuestro tiempo y que, desde luego, evidencia concernirnos.
Dos son las referencias mayores que nos permiten caracterizar ese logos: por una parte la ciencia que amenaza adoptar un carácter francamente extremo y, por la otra, el capital, al que, una vez caído el muro de Berlín, podemos calificar de innegativizable. Es su imbricación recíproca lo que signa a nuestro tiempo de un modo que no tiene parangón en la historia, cuando el capital direcciona el desarrollo de la ciencia, y ésta asegura a su vez al capital condiciones más amplias, rápidas y eficientes de rentabilidad. Conjunción que encuentra su concreción más manifiesta en el hiperdesarrollo tecnológico que embebe nuestra cotidianeidad, irrealizando nuestro mundo al virtualizar sus intercambios, y que, capaz de corregir cualquier desempeño, se vuelve apto para sustituir funciones elementales como el sueño, el apetito, el humor, la saciedad o la erección sexual. Al punto que la tecnología hace efectiva la ausencia de relación sexual vía la ingeniería reproductiva, al separar la sexualidad de aquello a lo que se la supone biológicamente coordinada, poniendo de relieve el polimorfismo de la pulsión.
Lo que Lacan proponía tentativamente como un quinto discurso, el discurso del capitalista, permite de algún modo configurar la incidencia de esa conjunción por la que la oferta del objeto de goce en calidad de mercancía, tiende a suturar en el sujeto su división, instaurando un individuo-indiviso, cuyo enigma en cuanto al deseo es sustituido por un apetito que busca satisfacerse en la inmediatez, en un mundo que −como gobernado por el principio del placer freudiano−, se irrealiza.
Se insinúa así lo que proponemos llamar mal de época: la distancia entre el goce y el ideal tiende a esfumarse cuando el goce es proclamado un ideal, y se expande globalmente como una voluntad que, con su carácter universalizante, tiende a socavar los legados particulares, fragilizando los tejidos simbólicos que albergan al sujeto en el seno de una comunidad, una tradición o una etnia. El valor supremo de eficiencia, acicateando el recurso a los estimulantes, anabólicos y otras drogas del rendimiento, favorece una relación instrumental con el semejante que lo torna desechable. Mermados sus recursos elaborativos, el sujeto queda expuesto a la experiencia del sin sentido ante incidentes que adquieren fácilmente por ello un carácter traumático, al tiempo que se promueve el recurso a objetos que, como los tóxicos, el alcohol o el alimento, cortocircuitan el rodeo del encuentro con el Otro sexo. La civilización se amenaza a sí misma cuando, bajo el imperio de la satisfacción, la fetichización de la oferta y la tentación evidencian alentar una impulsividad capaz de desconocer la integridad física del otro, y los pactos socialmente fundantes de la diferencia entre generaciones y la prohibición del incesto.
El psicoanálisis no tiene para ofrecer ante ello más que su propia práctica. Lo que, desde luego, no es poco. Porque aún con el restringido horizonte que el vínculo uno a uno permite visualizar frente a la dimensión de las grandes circunstancias colectivas, nuestro lazo social otorga en la transferencia al sujeto de nuestra época (un sujeto siempre en riesgo de ser expulsado de la endeble trama simbólica –ética, social, laboral, cultural, política– que lo sostiene en la actualidad) el amparo de una legalidad que tiene valor instituyente. Y lo hace al instaurar, a contramano de la circulación cada vez más devaluada e instrumental de la palabra, la dimensión de una interlocución que le restaura a esa palabra su plenitud meditativa, su resonancia verdadera y su capacidad de invención. Dando una oportunidad a lo impensado del sujeto, frente a una civilización que se confronta con la desazón de su potencialidad tanática, el psicoanálisis se propone desde siempre como una decidida apuesta por la vida. |