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   Problemas y controversias

El rechazo de la patología rechaza al sujeto
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Un colega1 al que aprecio, ha objetado mi nota “Vindicación de la patología”, en los siguientes términos: “1) no hay psique (la realidad psíquica es función de sueño, realidad religiosa – cf. Seminario RSI), con su fundamento topológico en el par micro/macrocosmos, si el inconsciente es el discurso del Otro, incluso si es el discurso del otro (si queremos retroceder hasta el Discurso de Roma); 2) no hay patología sin discurso de la norma, es decir, sin función del ideal. Cualquier reivindicación de la psicopatología, por ingeniosa que se muestre, nos devuelve a la psicología y la medicina.”

Primera discrepancia: entre el sueño y la realidad religiosa hay relación sí, pero de oposición suplementaria. El par micro y macrocosmos gobierna la realidad religiosa ( pero no la angustia religiosa, es preciso decirlo), mas no al sueño, por la ambigua pertenencia del sueño2 a los límites en los que la criatura, cuyo hogar diurno se deshilacha, (véase el comienzo de A la búsqueda... de Proust) vacila entre la promesa de una ganancia intensa de placer y el refugio fetal del dormir nihilista. El sueño, querido amigo, junto con la angustia, testimonia en y por el sujeto, sujeto que es hablante hablado, ambos a una, la preeminencia del discurso del Otro. Sí; hay realidad psíquica y yo me opongo al fast-food psicoanalítico que cree que puede, con desprecio, contemplar a la cultura de Occidente desde lo alto de unas pobres fórmulas de lacanismo portátil, y declararla muerta3. ¡Por favor!
Sin el sueño y su testimonio de la perennidad del deseo, ¿qué quedan para un analista salvo unas cuantas aserciones carentes de certeza?
(El cogito freudiano extrae, como se ha dicho incansablemente, su certeza del sueño: “Sueño, luego mi existencia viene del Otro”)

El segundo punto ofrece más dificultades y por lo mismo es más estimulante. Es cierto: no hay patología sin norma y no hay norma sin ideal; sobre estos parámetros epistemológicos se funda la ciencia médica. Pero tanto la norma como el ideal se dicen de varias maneras, digámoslo para imitar al maestro griego. El ideal del Yo, por ejemplo, sutura imaginariamente la falta que no obstante reconoce. Pero toda acción, todo arte que pertenezca a las ciencias morales ( diré ‘conjeturales’ para no ofender a los ortodoxos) tiene una finalidad que, a diferencia de la finalidad del Ideal del Yo, es inmanente4. La finalidad de esta última estructura es externa, está al servicio del amor al padre y a la censura sacrificial de los mociones pulsionales. En cambio, el fin que orienta –lo querramos o no– a la dirección de la cura, el analista como desecho, como apariencia de a ,es inmanente. En cuanto a la norma, me parece que la argumentación esbozada desconoce toda la complejidad de la posición freudiana5 para quien toda norma es patológicamente normal o normalmente patológica6: no hay otro padre que el padre caído, pero en el padre caído resplandece, fugitivamente y no sustancialmente, la huella de lo que lo trasciende, la huella de un paso, de un pasaje, de un pase, si se quiere usar el término ritual, de algo que insistirá sustrayéndose y así dejará su marca, su rastro, su pista; es el nombre paterno que separa y ordena, pero que no tiene otra realidad que el acto mismo de separar; es el separar que excede a lo que no separa; algo bien distinto de ese cielo, de ese topos uranos donde la ecclesia ubica al nombre, a la espera de la oportunidad de bajar a tierra.7
No obstante, la discusión debe ir más a fondo.

Todas estas delimitaciones –falsas delimitaciones–- quedan restringidas a la consideración de la patología según los esquemas del siglo XIX, para el cual es patológico todo lo que atenta contra el lazo social; hay, según este rígido esquema, en primer lugar relaciones sociales, funciones sociales de asimilación y acomodación y, en segundo y patológico término, desintegración de estas mismas funciones. Para el psicoanálisis, (es la perspectiva que va desde El malestar en la cultura al Reverso del psicoanálisis, sin dejar de tener en cuenta El porvenir de una ilusión) el lazo social –esa relación social que Simmel, en su Sociología, ligaba al secreto, a la división entre lo privado y lo público, a la opacidad–, es él mismo la enfermedad y la denuncia de la enfermedad. A diferencia de la nosografía corriente, lazo social, malestar en la cultura, patología y psicopatología de la vida cotidiana, son nominaciones parcialmente equivalentes que convergen sobre un fenómeno sintomático repetido y repitiente.

El malestar en la cultura es el organizador mayor, ya que implica a todos los sujetos de la sociedad civil en un horizonte que es la condición de posibilidad de la neurosis. El malestar es, en primer término, ambiguo, porque se está bien en el mal, se disfruta ( y es así, “se”, nadie en particular) de estar en la mierda con tal de no caerse al precipicio. Y por la misma razón, es paradójico, porque los medios destinados a evitar la ganancia de placer como precio que se paga para conservar el equilibrio, precipitan al precipicio del horror cotidiano: los medios de la autoconservación son los medios de la autodestrucción.
La expresión “horror cotidiano” nos introduce en la psicopatología de la vida cotidiana que es la frontera que separa y al mismo tiempo vincula la vida privada con la pública. Esos discursos que Lacan tematiza como discursos claves de nuestro tiempo –el discurso histérico y el discurso amo– son cotidianos, ni públicos ni privados y al mismo tiempo lo uno y lo otro; ellos especifican el malestar y lo determinan como neurótico, según la clásica fórmula de Lacan: el neurótico demanda que se lo demande desear congruentemente; algo imposible, porque el deseo es la antítesis de la congruencia, si es que la congruencia implica, a la vez, consistencia e igualdad.
El perverso8 se define en relación a la cultura del malestar (que nada tiene que ver con la acepción frívola de “cultura” que parece encantar a tanto analista kitsch ); transforma la paradoja en obscenidad y hace de la ambigüedad la afirmación del goce del Otro. El perverso estructural (no me refiero a la llamada conducta perversa), conoce a la perfección y explota la fragilidad de la imaginación fantasmática de cada cual, aunque ese saber tiene el precio de desmentir la inexistencia del Otro.
Por su parte, el verdadero incauto es el psicótico (“inocente”, diríamos para emplear un vocablo de Kierkegaard), quien no puede situarse porque ha sido expulsado de los complejos pliegues de la paradoja ambigua de la cultura.
¿Qué tiene de psiquiátrica esta psicopatología?

_________
1. Se trata de Ricardo Rodríguez Ponte. No cometo ninguna infidencia porque él mismo autorizó su difusión. De cualquier modo, me interesaría que esta polémica, en beneficio del adormecido psicoanálisis de estas orillas, la continuara él mismo y si es posible desde estas mismas páginas.
2. No distingo aquí sueño de relato del sueño porque el segundo no es un mero relato, sino el relato que intenta captar algo a la vez absolutamente cierto –no dudo de que soñé– y absolutamente evanescente.
3. Ese lacanismo comete errores que son pura ignorancia: se dice y se repite la fórmula lacaniana de la oposición de la verdad con lo real, sin advertir que allí hay un problema; porque una de dos, o esa oposición entre verdad y real la decimos desde la verdad a medias, como creo que efectivamente corresponde pensar, con lo cual afirmo que decir que hay oposición entre verdad y real no es decible como oposición; o bien digo que hay una verdad plena y transparente: que la verdad se opone a lo real.
4. He tratado de pensar la noción kantiana de ‘finalidad sin fin’, cuya riqueza no ha sido advertida fuera del campo académico donde, como corresponde, duerme el sueño de los justos, es decir de los eruditos en citar y citar y citar...
5. Cuando se desconoce la complejidad de Freud, fatalmente se simplifica hasta el ridículo a Lacan: no se puede leer críticamente a Freud desde una posición santurrona e incluso chambona con respecto a Lacan.
6. La distancia entre enfermedad y salud es cuantitativa sólo en la neurosis espontánea; al instituirse la neurosis de transferencia, el objetivo cambia: al fin del análisis puede ser cualitativa. Pero la salud no está, por así decirlo, atrás, como si fuera un ideal intemporal, sino adelante, en la meta inventada por el análisis a partir de lo que está censurado en la vida cotidiana. La salud es lo que se puede hacer con la enfermedad que, por definición, es conflictiva; no el ideal del cual ésta se habría apartado.
7. Me parece que es éste el lugar desde el cual se puede leer la metáfora paterna, cuya escolarización, para nada ajena a la pedagogía del mismo Lacan, la ha transformado en un cachivache confuso e inútil. El padre de la religión, a la vez sacrificial y separador, cuyo primer aspecto sepulta al segundo, es el referente concreto y primero del análisis: identificar ambos aspectos, separarlos, es una invención del análisis sobre la huella del conflicto que hace de la operación paterna algo más que una endeble utopía, aunque su fragilidad sea evidente. Es mérito del psicoanálisis haber traído a la ciencia oficial y positivista el malestar de la paternidad.
8. Llamo “perverso” a quien se ofrece, simultáneamente, como instrumento del goce del Otro y reduce a este Otro a un desecho, fetiche negro. Pero no llamaría “perverso” a la torsión fetichista de la fobia, que es una dimensión interna de la neurosis.
 
 
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