Ricardo:
Como yo tampoco sigo el consejo horaciano de esperar nueve años y como soy, como dice Borges y me gusta repetirlo por su matiz burlón, un mero sudamericano y así me apresuro a responder, te voy a decir qué no me gusta – digan lo que digan las citas canónicas firmadas por Lacan – cuando se aserta el completo recubrimiento de la realidad psíquica por la religiosa.
Freud hallaba la fuente de certeza en el sueño, cuyo teatro desmantela, si es tocado por la interpretación, cualquier superficie esférica; Lacan en la bolsa del cuerpo por la que fluyen, contorneando sus agujeros, los humores irreductibles de la pasión, la prestidigitación en ruinas de nuestra vida, que es una vida sin causa final que la oriente. Si la realidad psíquica no hiende la cúpula de la imaginación teológica, entonces, ¿cuál es nuestra fuente de certeza, cuál el control sobre las afirmaciones que la teoría produce? ¿Acaso la ciencia borromea?
Quiero ser claro: hace rato lo he dicho y ahora lo vuelvo a decir, tras más de dos décadas de la muerte de Lacan, período en el cual casi nada se ha producido de interés, quizá porque creemos a pie juntillas que el psicoanálisis está terminado (y advierto la ambigüedad que genera esta palabra), quizá porque parece que discutir acerca de la verdad es un gesto trasnochado, digo que lo he dicho y lo vuelvo a decir, que el ternario RSI y su dispositivo borromeo, instituyen un aparato con el cual Lacan desmiente a Lacan.
El tema es largo y como la polémica puede tomarse su tiempo, su tiempo dilatado, justamente porque es excelente poder ponerse de acuerdo en qué no estamos de acuerdo, me voy a detener en una aseveración tuya, que transcribo y luego cuestionaré: “puesto que lo real es tres, y no tercero, que no supone para nada lo real del que Lacan se sirve, y subrayo esto último, pues se trata de lo real, una de las dit-mensiones lacanianas, sostenidas en su consistencia triple por el decir de Lacan, y no de ningún real ontológico.”
En el esquema modal lo real es lo que no cesa de no inscribirse, ¿cómo entonces puede “ser tres” si el tres, el número, es la esencia de lo simbólico? ¿Es un real derivado, un real constituído y no constituyente? Pero, entonces, ¿cómo es posible tan rápidamente desembarazarse de la ontología cuando la ontología no ha cesado de preguntarse cómo es posible decir lo imposible de decir? Cuando Aristóteles, por ejemplo, sostiene que el ser se dice de varias maneras; dice que hay varias porque en ningún caso puede haber una.
¿Lo real es un registro o un intervalo entre registros? La imagen trivial del “nudo” oculta que lo real jamás “anuda”; más bien perturba, causa, produce desequilibros entre la causa y el efecto, está en el origen sin concepto de la creación, claro, pero en mezcla no desmezclable con lo simbólico.
Si supiéramos con claridad dónde están los límites de la determinación simbólica, dónde la indeterminación de lo real, tendríamos una distribución absolutamente determinada del universo y el universo tendría esencia simbólica.
De otra parte, Ricardo, quiero dirigir la polémica hacia un punto que juzgo decisivo. Se dice, lo simbólico, o sea el significante, lo imaginario, o sea el semejante. Tanta preocupación por los anudamientos, que en Lacan no tienen ninguna especificación, porque acumular RSI, o ISR, etc, no sirve de nada si no hay allí ningún functor (los que hablan de lógica deberían concederse menos licencias, ¿no te parece?) soslaya la heterogeneidad de los registros. Es así: el imaginario del espejo, está entre el animal y el fantasmático, y hay otros imaginarios, el estético, pongo por caso, investigado desde Aristóteles hasta Kant y Adorno, para citar nombres prestigiosos.
Afirmar la identidad entre el significante y el orden simbólico es una aseveración masiva y vacía. Como tontos repetimos “el lenguaje”, “el lenguaje”... (desde luego me incluyo entre los idiotas, cualquiera puede citar muchos textos míos donde me concedo, con la complicidad del público, todas las torpes licencias) sin advertir que el lenguaje, sí el lenguaje tan promocionado, jamás ha sido reducido (y hay razones para que nunca lo sea) a un continente homogéneo: su duplicidad constitutiva entre la voz y el sin sentido que engendra el sentido, establece una partición que se multiplica y desplaza en diversos registros. Voy a tomar, por razones de espacio y de tiempo que, obviamente, me apremian, las diferencias entre el significante propiamente dicho y la letra matemática. No hay matemática sin palabra1 que la sostenga, pero el funcionamiento del aparato matemático, cuando está establecido, prescinde del campo significante; ni lo funda ni es fundado por él: entre ambos persiste la partición que podemos explorar en otros campos; lo símbolos musicales, por ejemplo, pero nos llevaría lejos. Quiero decir, y lo digo rápidamente, demasiado rápidamente, lo advierto, el significante no es un registro ni tampoco el registro sino un residuo de los registros; no es una partición del signo <operación que tomada en su literalidad es disparatada> sino la descomposición integral de él.
Lacan, al anudar sus piolines borromeos, no ha hecho otra cosa que instaurar un dispositivo mágico con el cual, al igual que el borromeo originario, el de la Santísima Trinidad, al anudar uno con otro y otro, suprime toda diversidad, toda incógnita, todo misterio, y termina por subyugar la noción misma de lo real. Es cierto: hablar ya de lo real es una contradicción, un círculo de la prueba, porque intentamos inscribir lo que no cesa de no inscribirse. No obstante, la fórmula modal, una fórmula acertadísima, indica bien de qué se trata: que no cese de no... dice que sólo podemos inscribir lo real como lo que no se inscribe. Es el registro paradójico que Peirce llamó “potencial”.
Ahora bien, es esto lo que quiero subrayar con el mayor de los énfasis, no es ni con letras aisladas o combinadas con juegos pseudomatemáticos, ni con líneas, ni con diagramas de Venn, ni con superficies en definitiva empíricas2, que puede constituirse el registro hendido de las imposibilidades, sino con los recursos que aporta la lengua en su infinita maleabilidad y figurabilidad. Lo real no es “un” registro enfrentado a “otro” registro, sino esa gangrena que habita, estratifica, disemina, divide a cualquier registro, gangrena de excesos y defectos, gangrena que impide, obstruye y torna irrisorio el uso del signo igual.
RSI intenta una empresa desesperada y, a mi juicio, condenada al fracaso, a la esterilidad. No hay ni nombres primeros ni letras primeras; el psicoanálisis – el que efectivamente practica Lacan, no el que dice que practica3– se funda en oposiciones segundas (las primeras, como corresponde, están perdidas) que originan series suplementarias en progresión creciente; así la oposición del je con el moi, y también las oposiciones del significante con el significado y del goce con el deseo; que se complican porque las separaciones tienen que ser reordenadas de tiempo en tiempo, reordenadas coyunturalmente, (el psicoanálisis como cualquier disciplina viva se hace rehaciéndose), por términos terceros que vuelven más compleja y enigmática la oposición segunda.
En definitiva, quiero restablecer la pregunta, la única que creo pertinenente en este contexto: ¿Qué es ese punctum que llamamos sujeto? Pregunta que es, para mí, un arma de guerra contra cierto cientificismo de cuarta4 (como todo cientificismo, el cientificismo es la ideología de los que no practican ninguna ciencia) que reduce el sujeto, con esa estúpida terminología “científica” a “función”, a algo así como un agente-soporte autorizado, por supuesto, en la referencia “culta” a Spinoza. Por supuesto: lo que hay entre dos muertes, la angustia, el dolor, el orgasmo, la alegría son, ¿cómo decirlo? meros fenómenos de la ...ah! ... maravillosa estructura que consiste en tres piolines y en un cuarto, por añadidura5.
Por ahora voy a cortar aquí, abruptamente, ya tendremos tiempo de seguir el hilo del debate.
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1. Simplifico, porque “palabra” no es “significante”, pero no tengo tiempo de hacer más distinciones analíticas, sin duda necesarias en nuestro medio.
2. No simpatizo mucho con Derrida, pero su observación sobre la topología de Lacan a la que califica de empírica es extremadamente justa. Cuando patéticamente exhibe sus ristras de nudos que hacen trenzas y trenzas y trenzas, en realidad allí lo único que hay es la multiplicación especular de un trazado empírico, banal, insusceptible de formalización, aunque se mencione la palabra.
3. Semejante y elemental distinción hizo Lacan para empezar a leer a Freud, más allá de las intenciones del fundador.
4. Desde luego, no creo que sea el tuyo, pero sí creo que es la consecuencia de seguir algunas de tus propuestas sin ironía ni sentido crítico; gente así, claro, la hay y en detestable abundancia...
5. ¿El nombre del padre por suplencia y por suplemento? Pero aquí es preciso señalar, una vez más, la falta de elaboración. No sólo la distinción entre el nombre del padre como lugar y como término; también la necesidad de distinguir el nombre del padre como nombre propio, como vocativo, como decir fundacional, como lugar vacío imposible de pronunciar que causa voces articuladas; todo lo cual requiere la distinción de niveles, estratos (¿qué lugar ocupar el decir religioso?) reducidos por el mero uso mecánico de fórmulas ritualizadas. |