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   Entrevista

Fernando Ulloa
  El oficio de psicoanalista
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Su acercamiento a Pichón Riviere tuvo como objetivo iniciar un análisis con él. Sin embargo, después de unas pocas entrevistas, decidió que no lo analizaría y lo invitó a estudiar con él e incluso le derivó un paciente. ¿Cómo se produjo este viraje?
¿Cómo sabe todo eso? Brevemente diría que en aquella época estaba haciendo el curso de postgrado en la Universidad de Buenos Aires, un curso que duraba tres años, para psiquiatra. Tuve algunas diferencias con el director del curso con respecto a la utilidad o no de las múltiples calificaciones internacionales de la esquizofrenia. Yo estudiaba con Pereyra, controlaba con Goldenberg, pero era un psiquiatra que estaba formándome. De Pichón lo que sabía era por haber leído en el suplemento literario de La Nación sus trabajos sobre Lautreamont. Tenía una impresión medio diabólica de él –cosa que me atraía– y al mismo tiempo algunas reticencias con el psicoanálisis; estamos hablando de principios de los cincuenta. El hecho es que yo me voy del curso este y cuando salgo de la Sala Cátedra me encuentro con una mujer que estaba llorando muy afligida. Me acerco y era una médica a la que se le había trabado un dedo en martillo del pie y estaba con mucho dolor. Me dice: “Yo venía a escucharlo a Pichón que da una conferencia sobre la psicosis y pensé que era acá en la Sala Cátedra –donde yo estaba haciendo el curso– pero me dicen que es en lo de el Dr. Méndez Mosquera”. Eso era al otro lado y entonces le digo: “Yo la llevo, tengo coche”. Pichón ya había empezado a hablar sobre psicosis. En esa época tendría aproximadamente cincuenta años, estaba en todo su vigor y hacía cosas muy curiosas: cada vez que quería realizar la apoyatura de un concepto hacía lo que yo llamaba “dibujar el lomo de un bisonte en las cuevas de Altamira”. Hablaba mucho de enfermedades y ponía palabras inconclusas, letras. Para mí fue como tener la primera impresión de lo que era el inconciente. Allí se produjo una cosa muy curiosa, Pichon hablaba mucho de enfermedad única, un concepto que no es muy célebre pero que lo caracterizaba. Seguramente puso en el pizarrón una E y una U: Enfermedad Única, pero le faltó la patita a la barra de abajo, la barra de la E, así que quedo una F. De golpe vi F. U., Fernando Ulloa. ¡Es gracioso y delirante! Cuestión que cuando termina la clase me acerco y le digo: “Mire doctor, yo lo conocí a través de la lectura de sus artículos sobre Lautréamont y pensé que usted era medio diabólico, ahora me doy cuenta que es nada más que mefistofélico.” Se guiaba por Goethe, por toda la tradición que él tenía con aquello de “apodérate de lo que de tus padres has heredado”. Esa frase celebre en el psicoanálisis. Luego tuve algunas entrevistas con Pichón, en la segunda hay una historia muy graciosa que seguramente es de las más conocidas. Sucede que el cambiaba los lugares, yo me senté en el lugar espacial que ahora era su sillón, entonces me realizó una interpretación que fue la única que me hizo en la vida, me dijo: “todavía no”, con lo cual me abría “algún día sí”. Nos reímos de eso. En la última entrevista me dice que no me analice con él, que estudie con él. Le llevó dos horas convencerme. Le había dicho: “¡Claro usted piensa que no tengo suficiente dinero para pagarle! Yo nunca le mentí a nadie.” “Y bueno, mejor”, me dijo.

Recientemente participó en la Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis que se realizó en Tucumán y según las referencias, su presentación fue la más concurrida, incluso hubo gran cantidad de gente que quedó sin poder ingresar a la sala. ¿Sobre que versó su exposición y a qué atribuye la respuesta del público a su convocatoria?
Mi charla fue sobre algo más acerca de la sublimación. Por supuesto que yo llevé un trabajo escrito ajustado a los veinte minutos y diez de discusión que habitualmente hay, en los Lacanoamericanos, pero en el proceso perelaborativo de un congreso uno sigue pensando. Es curioso, podría decir que el trabajo que llevaba en realidad examinaba las dificultades que Freud había tenido con la sublimación. En 1915 él escribe varios trabajos sobre metapsicología, de los cuales descarta cinco y entre ellos retira un trabajo sobre una metapsicologia de la sublimación, yo tengo mi propia hipótesis sobre por que él llego a descartar eso, pero sería muy largo de relatar. Ahora, respecto al congreso, si bien yo había escrito estas cinco páginas como lo básico de la sublimación, de las dificultades de la sublimación en cuanto coartación de fin último pulsional, después seguí trabajando y participando en algunos debates, entonces en el momento de hablar, digo: “Yo puedo hacer dos cosas, o leer un trabajo muy viejo, o leer las últimas novedades sobre la sublimación”. Esto es importante porque alude a un concepto que en ese momento no tuve en cuenta, pero ahora al evocarlo sí. Pichón decía que él a sus pacientes los analizaba, hacía una especie de inglés básico, porque proponía que a una persona que tiene inglés básico y transita por las calles de una comunidad inglesa, la calle le enseña inglés. A un analizante, que tiene un análisis básico, la vida lo analiza.
Con esto me refiero a la noción, para mí bastante importante, de propio análisis, que no es autoanálisis, porque autoanálisis tiene que ver con el autoerotismo, por lo menos con los redondeles del autoerotismo; y el propio análisis siempre es una alteridad, es otra palabra, lo que uno escucha, lo que uno lee, lo que escuchó a la pasada, lo que dice el paciente que tiene efecto de interpretación. Esto surge al haberme dedicado bastante a repensar a partir de un acto fallido mío. Yo quería escribir algo más sobre la sublimación y siempre escribía algo más sobre la pulsión, como me detenía en la pulsión camino a la sublimación, entonces tomé esa situación, tome las dificultades que hay. Sería largo contar toda esta historia pero en todo caso lo básico es que para mí la sublimación no es la coartación del fin último pulsional, no es el alejamiento definitivo del destino sexual de la pulsión, no es la superación, sino es la demora, el tiempo necesario de ese destino sexual. Tiene que ver con un concepto que yo manejo como es la estructura de demora.

Hace tiempo ha dejado de hablar de instituciones, y ha pasado a utilizar el término “numerosidad social”. ¿A qué se debió este cambio?
Para mí la numerosidad social es partir de que en un análisis, en el dueto de analizante y analista, el tercero no está corporizado, podrá estar presente la numerosidad social que habita cada uno, o podrá estar presente en las alusiones a tanta gente, tantos terceros, que se hacen en un análisis, en un proceso analítico, pero no está corporizado. Hay dos personas, hay dos cuerpos ahí nada más, esto es una idea de Pichón, él decía que el análisis era tripersonal, pero bicorporal. Cuando uno suma 1+1+1 va sumando terceros hay tantos sujetos como sujetos hay, podría decirse entonces estar trabajando con veinte, con cuarenta personas, o con cien. Yo ya no hablo de instituciones, hablo en todo caso de las comunidades que están recortadas institucionalmente, o hablo directamente de la numerosidad social. Cuando uno habla, se dirige a tantos sujetos como sujetos hay ahí, no se dirige a la masa, por más que sean sujetos contextuados, componiendo lo que Freud llama el malestar en la cultura. Por lo tanto, en esas situaciones el objeto del psicoanálisis no son solamente las producciones del inconciente, también son las producciones de la tópica conciente. Porque una institución tiene sus objetivos, primero lo que uno analiza ahí son los lazos sociales, que van formando precisamente ese malestar en la cultura, y esa institución en esa compaginación de lazos sociales va formando una cultura que alude a lo específico de ese hospital, de esa escuela. Generalmente trabajo solo con instituciones inherentes a mi práctica, lo asistencial, menos con instituciones escolares. Entonces va cambiando el ánimo, es decir, hay todo un proceso de subjetividad que tiene que ver con el repetir, y con la ruptura del repetir para no recordar, así es como se produce la apertura de la memoria perelaborativa por la cual alguien podría decir: me doy cuenta que siempre supe lo que acabo de saber. Esto sale al cruce y rompe, lo que suele pasar en el malestar en la cultura donde pareciera que las cosas siempre fueron, son y serán así. Esa especie de neurosis actual.

Su interés en el análisis institucional se evidenció hace muchos años, desde la experiencia de Rosario, encabezada por Pichón Rivière. Dentro del psicoanálisis institucional el estudio de la institución psicoanalítica ha ocupado un lugar importante ¿Se han producido modificaciones en los modos que los psicoanalistas transitan por las instituciones a lo largo de las décadas?
Bueno, me fui de la A.P.A. en el ’70 y nunca volví a una institución. En aquella oportunidad nos fuimos dos grupos: Documento y Plataforma. Esto forma parte de esa tragedia nacional donde un grupo esta más o menos con los mismos objetivos, y rápidamente se forman dos o tres versiones de la misma sonata, pero cada uno la interpreta a su manera. Entonces aparecen Documento, Plataforma, como si uno ignorara que en nosotros hay mucho de ellos y en ellos mucho de nosotros, pero así fue. Cada uno presentó un proyecto en la Federación Argentina de Psiquiatras, un organismo del que había sido hasta hacía poco presidente de la filial Buenos Aires Emilio Rodrigué. Había que elegir nuevas autoridades y además se iba a hacer el Centro de Investigación y Docencia, que fue una experiencia muy interesante para capacitar gente del mundo hospitalario en salud mental. Así fue como presentamos dos proyectos, uno presentó Plataforma, otro Documento, salió el nuestro y ganamos las elecciones. No es que no considere el lugar importante que tiene una institución, incluso puedo contar algo que desmiente lo que dije al inicio de la pregunta. En unas jornadas de historiales clínicos en Tucumán, hará un año y pico, después de las jornadas a varias personas que eran de la escuela lacaniana –con las que estábamos allí participando–, nos nombraron miembros honorarios de la institución. Al momento de agradecer digo: “¡Caramba! Yo me fui de una institución psicoanalítica hace más de treinta años, nunca volví –esto es relativo– pero ahora me encuentro miembro, aunque sea honorario, de una institución y lacaniana.” Yo tengo –voy a decir como dijo Lacan hablando de Freud, que él no era lacaniano, que él mantenía un debate con Freud, cosa que es cierta, debate sin duda beneficioso– un debate con Lacan, también con beneficios para mí. Entonces digo esto: “¡Caramba! Y ahora resulta que soy miembro de una institución lacaniana!” Y me dicen: “No solamente eso, sino que es el primero de la institución que ha hecho el pase cuando contó esta historia de Pichón”. Así que ahora soy Analista de la Escuela además.

Respecto a la abstinencia y del lugar del analista usted plantea que se van produciendo variaciones conforme avanza una cura, que hacia el final se plantea una mayor abstinencia lo cual corresponde, más allá de las cronologías personales, a la tercera edad del analista.
Es precisamente el momento dado en que se pasa de los amores teóricos, a lo que llamo ese período del desierto donde ya casi no habla uno, no lee, en ese período por lo menos, no es que después no siga leyendo, pero uno se dedica a leer lo que le esta aconteciendo a uno. Como si recorriera las propias huellas, ese sería para mí el paradigma del propio análisis, uno recupera, recorre sus propias huellas, casi diría con un estilete. De estilete viene estilo y entonces uno de ahí vuelve con ese desierto. Lo tomo como los anacoretas de la Edad Media que se iban a meditar al desierto. Por supuesto que yo no soy anacoreta y además el desierto que propongo es muy acompañado, pero me pasó coincidentemente con vivir en Bahía, que es un lugar bastante acompañante, por otra parte. Ahí se produce la chance por la cual el análisis puede asumirse como un oficio, como una manera de vivir. En términos de identidad ya no es que uno es lo que hace sino que hay cierta chance de hacer lo que uno es.

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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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