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   Entrevista

Beatriz Sarlo
  Sintáxis del zapping y postmodernidad
   
  Por Emilia Cueto
   
 
¿Qué emblemas reconoce como orientadores de sus primeras búsquedas intelectuales?
Yo trabajé en la década del ’60 en Eudeba y en el Centro Editor de América Latina, siendo muy joven. Eudeba y el Centro Editor eran lugares donde habitualmente llegaban intelectuales o académicos. Quizás nombres que hoy no sean tan extremadamente significativos, por ejemplo el gran historiador de la ciencia en Argentina, José Babini, visitaba Eudeba prácticamente todos los días. Yo era cadete o algo así de una colección y me mandaban a buscar libros a la casa de los autores y ahí conocí a Rodolfo Mondolfo. Fue uno de los grandes filósofos hegelianos que tuvo que exiliarse de Italia por el fascismo, porque el era italiano de origen judío. Vivía en un departamento de Chacarita, un departamento más bien humilde, con una biblioteca a la cual accedía subiéndose a una escalera. Era muy viejito; recuerdo que yo me ponía muy nerviosa porque él iba trepando la escalera para bajar los libros y después solía convidar a quien estuviese ahí con un plato de sopa. Yo me quedaba y lo escuchaba. En esos años también conocí a Manuel Sadoski, gente del campo de la ciencia. La colección en la que yo trabajaba era una colección más bien de ciencia en ese momento. Sin duda, podría mencionar, en el Centro Editor de América Latina a Jaime Rest, el crítico de literatura que murió durante los años de la dictadura militar. Dirigía la colección que se llamó “Capítulo Universal”, una historia universal de la literatura. Él en ese momento estaba en Bahía Blanca como profesor y venía cada quince días a Buenos Aires y se quedaba dos o tres. Luego, la dictadura militar lo echó de Bahía Blanca y se trasladó para acá. Él hacía una especie de tertulia literaria que para mí fue de gran impacto.

Rest era una especie de liberal de izquierda con una formación en literatura inglesa verdaderamente portentosa. Había sido el adjunto de Borges y escribió un libro muy importante sobre él, libro que hoy está agotado. Para mí, asistir a esa especie de debates o de conversaciones que organizaba en el Centro Editor de América Latina fue ciertamente muy importante. Él había sido mi profesor en la facultad de Filosofía y Letras donde yo era una mala estudiante. Una mañana me explicó un poema de William Blake y recuerdo que fue de mis primeras experiencias en las cuales vi cómo funcionaba la máquina literaria, cómo funcionaba la máquina de símbolos de un poema de Blake y que era de alguna manera el modelo del funcionamiento de una máquina literaria. Recuerdo otras personas que trabajaban ahí, que no eran intelectuales conocidos pero que tenían bibliotecas prodigiosas. Por ejemplo, el caso de un editor de las colecciones de narrativa cuyo nombre era Horacio Achaval, que tenía una biblioteca de literatura surrealista ciertamente impresionante. Cuando ingresé a trabajar en Eudeba –tendría 20 años– la primera mañana me examinó sobre qué había leído y qué no. Rápidamente se dio cuenta cuáles eran los agujeros negros en mi formación literaria y empezó a prestarme y a sugerirme libros. Después tuve con él una larguísima y muy estrecha amistad. También el que fue el diagramador de Eudeba y del Centro Editor de América Latina y que creó los logotipos que todavía se siguen utilizando en la actualidad, Oscar Díaz. Yo casi siempre elegía trabajar en las oficinas de arte de las editoriales porque me divertían mucho las conversaciones que allí se establecían y él fue alguien importante en mi formación, sobre todo estética y plástica. O sea que no fueron caminos académicos, excepto en el caso de Rest –que había sido profesor mío pero que en realidad después lo encuentro en el mundo del trabajo–, donde encontré esos impactos, ni tampoco fueron en los grandes espacios públicos. No creo en ninguna metafísica de la presencia en el gran espacio público.

¿Por qué se definió como una “mala alumna”?
La facultad no me interesaba, yo había entrado con una expectativa posiblemente muy ignorante de lo que tenía que hacer ahí o de lo que la facultad me iba a dar y no era una alumna preocupada del todo por lo que allí estaba pasando. Había cosas que estaban sucediendo fuera de la facultad como todo el Centro de Experimentación en Teatro y en Artes Visuales del Instituto Di Tella que me interesaban más que la facultad. No estaba a mi gusto en la facultad por varias razones que sería difícil de establecer, entonces fui una alumna inconstante aunque terminé muy rápido la carrera. Hubo un momento en que traté de sacármela de encima e hice muy rápidamente las últimas materias pensando que mi verdadera formación iba a llegar después de la facultad, cosa que fue cierta. Me recibí de licenciada y de profesora, como se recibía casi todo el mundo.

En Escenas de la vida posmoderna ubica al zapping como la irreverente e irresponsable sintaxis del sueño producido por un inconciente posmoderno ¿Esto implica postular un inconciente distinto al sistematizado por Freud?
No, más bien ese es un calificativo que tiene que ver con los contenidos explícitos que aparecen en la sintaxis del zapping. Es decir, esos contenidos explícitos son contenidos que uno podría caracterizar como propios de la cultura de la posmodernidad. En ese sentido, en los contenidos explícitos que da como resultado esa sintaxis del zapping, que es una sintaxis azarosa, cuyos resultados en términos de significación son también azarosos, pero cuyos materiales –el depósito de esos materiales– uno podría decir que son el depósito del inconciente posmoderno. Los materiales de aquella dimensión cultural que hoy llamamos posmodernidad.
Entonces, en esencia no hablaría de una diferencia.
Jamás me atrevería a establecer ninguna diferencia ni ninguna similitud, ni ninguna reflexión en términos técnicos sobre la palabra “inconsciente”. La uso más bien en el sentido en que es hoy patrimonio de los intelectuales y uno podría decir casi del habla cotidiana.

Usted opina que la infancia casi ha desaparecido, acorralada por una adolescencia tempranísima ¿Imagina nuevos cambios, al calor del mercado?
La infancia es una categoría virtual que se define culturalmente igual que la categoría de juventud. En 1940 cuando Orson Wells filma El ciudadano tiene veinticuatro años y no se le cruzaba por la cabeza definirse como joven, no era la juventud aquello con lo cual él se identificaba. Esa son categorías de edad pero no son categorías de edad biológica, son categorías de edad culturales. Hace cuatro o cinco siglos el hijo de un campesino, de seis años ya no era más un niño porque comenzaba a ser un trabajador, punto. Cuando en la Revolución Industrial los niños estaban trabajando en las fábricas o en las minas, dejaban de ser niños, eran trabajadores. O sea que no es que la infancia se ha acortado simplemente al final del siglo XX y el comienzo del XXI, hubo otros momentos de la historia donde la infancia fue tremendamente corta y además el tipo de caracterización de la infancia va variando por clase social. En la época victoriana, en el siglo XIX en Inglaterra, los niños que trabajaban en fábricas no eran niños, mientras que las niñas de clase alta eran mantenidas en la infancia hasta su casamiento. Sin duda, en este momento si uno tiene que hacer una caracterización tanto de aquellos mensajes que vienen de los medios de comunicación como de prácticas cotidianas se ha acortado el tiempo de la infancia y se ha extendido el tiempo de la adolescencia, donde prácticamente se es adolescente hasta la mitad de los veinte años y se es joven hasta los cuarenta. Eso escandalizaría evidentemente a alguien nacido en 1920. Quiero decir sería extraño para alguien que hubiera nacido en 1920 donde la adolescencia terminaba a los dieciséis años y la juventud a los treinta. Por tanto son categorías que están cruzadas por elementos culturales y elementos de clase social. En los sectores más ricos se podría decir que históricamente la infancia y la adolescencia se extienden más tiempo, sencillamente porque permanecen más tiempo en la escuela, porque se casan más tarde.

En su libro La imaginación técnica le dedica un capítulo a los curanderos, a la medicina y al avance tecnológico que hacen imaginar que todo es posible. ¿Cuál será el lugar de la bioética en el discurso filosófico en relación con el desarrollo tecnológico?
Creo que el lugar de la bioética es central en la reflexión de filosofía práctica contemporánea, es decir que hay algunas cuestiones que son fundamentales que están abiertas en debate en la Argentina hoy y que son cuestiones que tienen que tener planteos filosóficos, bioéticos duros. Duros en el sentido de ser fundados, importantes. Una cuestión es la del aborto, creo que el aborto tiene que ser rediscutido. Yo soy partidaria del derecho al aborto, pero creo que tiene que ser rediscutido en términos bioéticos porque los avances de la medicina han señalado en qué momento un conjunto de células vivas puede empezar a tener una vida autosustentable. Entonces en ese momento un aborto no sería posible desde el punto de vista moral, mientras que para mí, antes de ese momento, sí tiene que ser posible desde el punto de vista moral y está completamente justificado. Aún siendo partidaria del aborto ya no fundamento mi posición con los mismos argumentos con que lo fundamentaba en 1970, que eran argumentos libertarios. Creo que avances científicos sobre la evolución de la vida desde la concepción nos obligan a pensar. Estoy dando ese ejemplo y uno podría pensar también en el ejemplo de la clonación, y para no ir a ejemplos tan de ciencia ficción, lo que tiene que ver con inseminación artificial y todos los problemas bioéticos y ético-políticos que plantean eso. Nosotros tenemos un sistema de salud en el cual está garantizada el derecho a la inseminación artificial de manera universal por el Estado, a través de la ley de reproducción. Eso plantea problemas éticos, prácticos e institucionales que habría que pensar, porque en un país donde hay falencias enormes en el sistema de salud ¿es necesario que toda la sociedad garantice los derechos a la inseminación artificial de un conjunto de personas? Es decir, habría que ver cómo se pueden discutir prioridades en ese punto. Creo que la bioética es una de las zonas de la filosofía práctica contemporánea en la cual es necesario invertir más densidad de pensamiento.

____________
Fotografía: Paola Rizzi.
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



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