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   Problemas y controversias en el psicoanálisis

Enigmas lacanianos
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
Dice Lacan, en la clase del 11 de Diciembre de 1973, del seminario Les non dupes errent:
“Un resultado ‘la transferencia’ que reside en que la palabra revela algo que nada tiene que hacer con ella, y muy precisamente el saber, que existe en el lenguaje. Por otra parte, nunca dije que el lenguaje fuera saber. Si aceptan recordar algunas de las cosas que escribí en el pizarrón en la época en que tenía fuerzas para ello, el lenguaje es un efecto de lo siguiente: de que hay significante Uno.

Pero el saber no es la misma cosa. El saber es la consecuencia de que hay otro. Con lo cual hacen dos, en apariencia. Porque este segundo obtiene su estatuto, justamente, del hecho de que no tiene ninguna relación con el primero, de que no forman cadena, aún cuando yo he dicho, en alguna parte, en mis plumiferajes, los primeros, ‘Función y Campo’, eso no era tan boludo. Quizá en ‘Función y Campo’ dije que formaban cadena. Es un error, porque para descifrar, fue preciso que yo hiciese algunas tentativas, de allí esa boludez. Incluso es lo propio del descifrado. Cuando se descifra, se embrolla. E igualmente es así como llegué, después de todo, a saber lo que hacía. Descifrar. Es decir, sustituir el otro Significante por... por el Significante Uno. Aquél no da dos sino porque ustedes le agregan el descifrado. Lo que enseguida permite contar tres. Esto no impide escribir –lo hice–: S, índice 2, porque es así como debe leerse la fórmula del vínculo de S1 a S2. Es puro forzamiento, pero no forzamiento de una noción. Es lo que nos pone bajo el yugo del saber. Puesto que les estoy hablando del psicoanálisis, agrego: el yugo del saber, en el lugar mismo de la verdad. En el lugar, también, de la religión, de la que acabo de decirles que es verdadera”.

Sin duda este fragmento presenta inexactitudes, desprolijidades y hasta contradicciones lo suficientemente visibles como para que no me detenga en ellas, al menos en un comienzo. Pero sobre todo, suscita preguntas que rara vez los comentadores e intérpretes de Lacan formulan más allá de las charlas de sobremesa: ¿Cómo derivar el lenguaje del significante unario si es imposible que haya “uno sin otro”, y si hay uno y otro, uno “para” otro, entonces algo precede a lo unario como tal? ¿Cómo evitar la reflexión de Althusser, quien hace muchos años indicaba que cualquier punto de partida, sea el que fuere, no es concebible como “origen simple” y por el contrario reclama que se piense en un todo-complejo-ya-dado?1

De otra parte, ¿en este contexto qué pueden significar términos tales como “saber” o “lenguaje”? Para mencionar una perogrullada, diré que el lenguaje es un conjunto de elementos solidarios y discretos, insusceptible de ser articulado a partir de un “comienzo simple”. ¿Qué decimos cuando decimos “saber”? ¿Cuántos “saberes” hay sobre el vocablo “saber”? Saber como conclusión, saber como saber atribuido a Otro, saber como totalización fallida, saber como sentido originado desde el sin sentido y así por el estilo.

Ahora bien, si tomamos el texto como lo que es, no un postulado intocable e indiviso, sino un síntoma de las enormes tensiones a que ha estado sometido desde siempre el discurso de Lacan, podemos otorgarle no coherencia, precisamente, sino algo más interesante: descubrir que en una de las líneas que habitan su discurso, la oposición entre S1 y S2, lejos de ser “constituyente es constituida”; lejos de ser principal es derivada. Quiero decir, ella deriva de un movimiento discursivo más primario y fundamental con respecto al cual la oposición del índice uno con el índice dos, es en realidad “secundaria”.

Aquí es preciso intercalar ese elemento “tercero al cual no podríamos asignarle el S3 ni ningún número”. Es que la numeración coagula y positiviza el elemento de alteridad paradójica que atraviesa la palabra en acto del psicoanálisis.
No es tampoco el tercero de la síntesis, “sino el tercero en lugar del primero”, pero con la condición de que no sea ni simplemente tercero ni simplemente primero. Cuando digo un significante “para” otro, la relación “para” no es en absoluto reductible a los números índices: el “para” introduce el movimiento violento de la alteridad que rompe toda intimidad, que vuelve al repliegue resistencia al pliegue que se despliega, y así hace manifiesta la “extimidad que obra en cualquier instancia psíquica que pretenda cerrarse sobre sí”. Lo que viene de “afuera” hace tambalear la cuenta, por otro lado necesaria. Al contar dos, al contar primero y segundo, sea un movimiento cardinal u ordinal, lo hago desde un tercero –el descifrado, la interpretación–, literalmente “incontable, porque cuando lo cuento ya cuento por más o por menos, sin que pueda hacer cuentas justas y métricamente impecables, por la sencilla y catastrófica razón de que al contar descuento algo, un resto, un fragmento, un jirón que viene a coincidir (pero ‘coincidir’ es una expresión figurada y desesperadamente inexacta) con lo mío que cae”.

Lo incontable tiene algo de inaprehensible y por eso es imprescindible subrayar su vestigio metonímico incesante; y, sin embargo, posee una materialidad singular que diagonalmente atraviesa el decir sintomático. En los Escritos, más precisamente en la “Introducción al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud”, Lacan modeló una expresión de la que ahora podemos beneficiarnos: “la mitad rota de la espada de la palabra”.
La mención del tres que no alcanza a configurar un S3 es ejemplar: partimos siempre del descifrado, del descifrado como “acontecimiento”2; y ese comienzo, si puedo expresarme de esta manera, es un “comienzo absoluto y sin embargo relativo a una serie que lo precede”. Absoluto porque implica una novedad radical (y esta consideración justifica al menos parcialmente la expresión de Lacan que hace derivar del Uno el lenguaje, aunque en este contexto “lenguaje” es una expresión floja, incierta), y relativo porque la misma absolutez de la novedad se ha producido como acontecimiento de una serie precedente. Las relación del síntoma con la interpretación puede ilustrar lo que digo.

Un síntoma no es una interpretación, pero si no contáramos con la interpretación que manifiesta lo que el síntoma censura, nada sabríamos de ella. (Recuérdese la fórmula de Lacan: “el deseo es la interpretación del deseo”.)
¿El deseo precede a la interpretación? Sí, desde luego, aunque sin el corte de la interpretación, no podríamos distinguir un deseo de un anhelo.
El descifrado pertenece al tiempo constituyente que introduce, entre el antecedente y el consecuente un intervalo a la vez divisor y de efecto retardado, bien distinto de la simple retroactividad. El secreto de este movimiento yace en el intervalo: “entre-dos hay algo que no es ni uno ni otro, ni primero ni segundo y que debe desaparecer para que pueda numerarse: uno, dos, tres, etc.” Ahora bien, la desaparición afecta con una cruz de tachadura a aquello en lo cual desaparece y que de ahora en más, por un efecto de “positivización” inevitable obstruye, con la presencia en primer plano de su contenido, la forma misma de la enunciación.

El tiempo del éxtasis, el instante mortal, el momento en el que algo cerrado se insinúa en el límite de la diferencia sexual y emerge como una pura designación desprovista de significado puntual y hasta de significado denso y, no obstante, lo hace produciendo un exceso de sentido siempre presto a la diseminación, este tiempo plural, digo, no tiene otro registro que no sea el paradójico: la colisión incesante entre lo que se relaciona y por lo tanto se numera, cardinal u ordinalmente, con lo que no se relaciona, con aquello que en la relación misma escapa a todo momento relacional, y así se “desnumera, se descuenta para contarse siempre en exceso defectivo o en una carencia excesiva”.
El tiempo del inconsciente –nunca aprehensible en la simple retroacción–, es el núcleo de un estallido que se derrama como “reversión fallida” a lo largo de la temporalidad irreversible que es la del tiempo real, tiempo de crecimiento y luego de decadencia del organismo.

El tiempo del inconsciente se vierte en el exceso que pugna por entrar en el conjunto que lo excluye provocando movimientos oscilatorios y produciendo líneas de fractura que se transforman en carencias excesivas. (Intento, antes que nada, hallar un lenguaje que nos permita escapar a la positivización de los términos: el objeto a no es un “dato” sometible a la alternativa elemental de presencia o ausencia; es algo que se construye incesantemente y por la misma razón también puede desaparecer tras la cosa de la cual es un resto, en todos los sentidos del vocablo; lo mismo puede decirse del significante y de todos los términos claves del discurso analítico, a los cuales una escolaridad penosa convierte en “términos fetiches”.)

El vínculo del antecedente y el consecuente es una pendiente real, tan real como lo es el camino que desde la vida conduce a la muerte; pero por ello, porque es una tendencia irrepetible, no puede fundar esa repetición inconsciente que, sugestivamente, instaura simultáneamente el obstáculo y la condición de posibilidad de la repetición inconsciente.
El significante y la temporalidad no son términos independientes porque están entrelazados solidariamente –la temporalidad es la modalización del significante en relación a lo imposible; no hay temporalización del inconsciente sin lo posible que emerge en el límite de lo imposible, entre la contingencia y la necesidad–.
Esta dirección es la que deseo ahora explorar.

1. Desde luego, la expresión que cito por su plasticidad y su evidencia, es propia de Althusser, pero el concepto pertenece a la contemporaneidad post evolucionista: es una marca presente ya y generalizada en todas las ciencias humanas y en la filosofía.
2. Un acontecimiento es un desvío inaugural que, como desvío de nada, instituye la regla que se sostiene en la represión del acaecer que la funda.
 
 
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