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   ¿El inconsciente contra el cuerpo?

¿Qué es, analíticamente hablando, la gravedad?
  Afecciones del soma, el cuerpo, el narcisismo
   
  Por Silvia Amigo
   
 
Los conceptos de “analizable” e “inanalizable” han sido desplazados con provecho respecto de las coordenadas que apenas hace unos decenios los distribuían. Se ha logrado de modo tal excluir de esta última categoría a sujetos aquejados de dolencias “graves” que consultan al analista, quien actualmente puede estar en posición de contar con recursos para atender estas consultas. No es que hoy haya más casos de esta naturaleza, es que hoy se los acepta en análisis y se los intenta formalizar.
Hasta hace no demasiado tiempo el análisis limitaba su campo de eficacia a todas aquellas manifestaciones clínicas subsidiarias de las formaciones del inconsciente, cuyo prototipo podría considerarse el síntoma y cuya nosología podría restringirse a las neurosis de transferencia. La investigación desarrollada, predominantemente en estas latitudes, ha ampliado la noción de analizabilidad a aquellas patologías que afectan (no sólo ni predominantemente) al síntoma simbólico, permitiendo abordar a las manifestaciones o fenómenos que afectan al soma, al cuerpo, y a la combinatoria narcisista, al reconocerles un origen langagier, esto es, dependiente del lenguaje, pero no necesariamente implicando por ello al sujeto del significante. Este último se hace oír justamente a través del inconsciente, del trazo que retorna insistiendo en sus formaciones y donde la interpretación clásica continúa siendo una herramienta de absoluta vigencia. En estos casos –si puede disculparse el carácter sucinto al que razones de espacio editorial nos compelen– la predominancia, posible para el sujeto advenido, del goce fálico, hace que el goce con que sus síntomas lo lastran se sitúen “fuera del cuerpo”. Esto no significa que no afecten secundariamente a éste, pero esa afectación se puede deshacer sin operar más que sobre el inconsciente mismo, en transferencia.
Cuando un accidente de la entrada del lenguaje en el sujeto se lleva a cabo, en cambio, de modo tal de no permitirle que éste se represente entre un significante y otro, excluyendo por ende la preponderancia del canal de goce que ofrece electivamente fuera del cuerpo el significante fálico, los enquistamientos de goce residuales se han de llevar a cabo fuera de la palabra, fuera del inconsciente. ¿Dónde “va a parar” pues, este goce fuera de la palabra? ¿Implica acaso este avatar la obligatoriedad de la eventualidad de la estructura psicótica como consecuencia inevitable? No es eso lo que la clínica nos enseña. La psicosis, con su pérdida radical del anillo imaginario, que se desprende desamarrado, es consecuencia de que en el lugar del Otro esperó una forclusión radical al significante del Nombre-del-Padre. De esta clase de gravedad, con la que el analista tiene mucho para hacer, no nos ocuparemos aquí, sino de aquellas ocasiones en que, sin que la forclusión de este significante ordenador prime, existen, aun así, segmentos de lenguaje esenciales que escapen a la posibilidad puntual y localizada de binarismo, esto es, de potencial de metáfora –tropo éste que requiere ineludiblemente del carácter binario del significante–. En estos casos el lenguaje opera sin inducir la metáfora –holofraseado, al decir de Lacan– en algún segmento esencial para la vida del sujeto en que ha hecho su entrada, induciendo así, fuera de la palabra, afecciones en el soma, el cuerpo o la combinatoria imaginaria1.
Intentemos distinguir estos términos. El soma o cuerpo biológico, base material sobre la que asienta lo real de la vida, debiera quedar afuera para el psiquismo desde el momento en que la identificación primaria –al Padre primordial, Falo como recta infinita que penetra el soma– lo pone fuera de juego, lo mortifica, lo corpsifica2, dejando en su lugar una imagen –no una materialidad, pues–, ahora sí, “corporal”. Este movimiento produce, junto con la Bejahung del falo, la Ausstosung a lo real del objeto a. Esta primera aparición del cuerpo no es aún especular, pero ya es pulsional, y constituye un narcisismo primario. Es por la eficacia de la segunda identificación, al trazo unario, que esta imagen se refleja en el Otro como cuerpo especular, la del narcisismo secundario. Recién por la tercera identificación esta imagen se retira del fondo del espejo, separándose nítidamente del objeto a –que pasa a alojarse detrás de pantallas mundanas–, para incorporarse como subelemento de la imagen real, alcanzándose por fin el cuerpo post-especular de doble consistencia, “irreventable”3. Este último puede, por supuesto, ser afectado por el síntoma simbólico –recordemos la astasia-abasia de Isabel de R.–, pero de modo tal que baste con operaciones de lectura del inconsciente en transferencia para que el cuerpo recupere su función sin necesidad operar en otro lugar.

Pero... ¿no pueden acaso situarse accidentes en diferentes tramos de este decurso identificatorio que podrían afectar las distintas aprehensiones del cuerpo, e incluso alcanzar a tener efectos sobre el soma, sin implicar la forclusión radical del Nombre-del-Padre? De ello testimonian el fenómeno psicosomático –a diferenciar cuidadosamente de la mera enfermedad orgánica– , la hipocondría y los trastornos de la combinatoria narcisista. Intentemos en principio diferenciarlos. El fenómeno psicosomático afecta al soma, lesiona realmente una parte de la base material biológica y no a la imagen del cuerpo, aunque ésta pueda estar secundariamente afectada. ¿Por qué no considerarlo una mera enfermedad orgánica, por qué añadir el prefijo “psi” a su denominación? Utilicemos un ejemplo cualquiera: no negamos que podrían hacerse apreciaciones acerca de por qué algunos enfermaban de difteria y otros no. Pero si consideramos sin más trámite orgánica a la difteria es porque el uso de la vacuna la ha erradicado. No sucede así con, por tomar un ejemplo, el decurso de algunas enfermedades autoinmunes. Estas, aun aceptando su predisposición genética, manifiestan un modo de presentación de los accesos, las remisiones parciales y aún las definitivas, relacionables con vicisitudes de la vida del enfermo y de su campo de inserción en el lenguaje. Más arriba habíamos afirmado que la identificación originaria debía dejar fuera de juego al soma, al menos fuera como lugar de inscripción de las marcas de lenguaje. Pues bien, ¿acaso no resulta lícito plantearse alguna vicisitud que deje alguna astilla de soma disponible como única zona de inscripción para un fragmento de lenguaje –es decir, en última instancia, una faz del Padre–,que, holofraseado no ha logrado hacerse significante y representarse en el inconsciente, y desde allí repercutir sobre el cuerpo?

Una joven inteligente y normalmente “neurótica” consulta a raíz de tenaces dolores articulares acompañados de tumefacción, presintiendo el origen “mental” de la afección. Si bien indico la consulta a un reumatólogo, quien diagnostica fehacientemente una artritis reumatoidea y la trata debidamente, no podemos pensar que esta joven consultara erradamente a un analista. Esta afección, que sus “genes” seguramente llevaban impresa desde siempre, sólo se manifiesta en el momento en que debe cuidar a su padre hospitalizado y a punto de someterse a una delicadísima intervención quirúrgica. Nuestra joven debe velar por su salud... y cuidar que la segunda esposa del padre y su amante no se crucen en los pasillos del sanatorio. Sin velo alguno el padre impone, y la joven acepta, esta verdadera misión imposible. Esta doble vida que, asevera la joven, ha enfermado a su padre, debe ser articulada en una agenda perfectamente gerenciada por la hija. Claro que este desorden de la ley del falo no es novedad, sucede desde siempre. Ahí donde el “decir que no” –función reveladora de la eficacia del Nombre-de-Padre– está completamente fuera de juego para ella, la sujeto inscribe el rehusamiento imposible de articular como significante (“¡No!”), sobre la carne del cartílago articular. Y esto sin necesidad alguna de recurrir al diagnóstico de psicosis. Sólo que, a nivel de un fragmento de función paterna ligado a lo más remoto de su origen, un fragmento de lenguaje resulta no metaforizable4, inepto entonces para que el sujeto se afanice representado tras un significante. Traspié parcial de la identificación primaria que dejó una astilla de soma prometida a la función de receptáculo inscriptor de lenguaje, el fenómeno psicosomático espera y encuentra alivio en el analista, quien para esa astilla intenta “inventar”5 un inconsciente que no había –para esa parcela de lenguaje– advenido y operando de ese modo, cambiar el rumbo invalidante y nefasto de la afección. Así sucedió en el caso que comentamos.

En la hipocondría, en cambio, el malestar es corporal pero no se constata lesión orgánica alguna. Lo que no impide el enorme padecimiento de quien se cree enfermo. La falla lo es del cuerpo especular gravado por un objeto del que el unario, operante en el hipocondríaco no psicótico, no ha podido hacer correcta línea de corte. Enfermedad del cuerpo especular encerrado en el fondo del espejo del Otro, el analista se verá llamado a intentar poner en función de corte en la imagen al trazo unario, con cuya eficacia metafórica se cuenta, pero cuya consecuencia metonímica, normativizante de la correcta separación de a del conjunto de i’(a) ha faltado a la cita. Traspié parcial de la segunda identificación, de consecuencia constatable sobre el cuerpo especular, se beneficia de un análisis que pueda formalizar correctamente el espacio de la afección.

¿Qué decir del “síndrome de fatiga crónica” diagnosticado a diestra y siniestra como patología psiquiátrica de origen genético orgánico? ¿Acaso no había insistido Freud desde los inicios en las neurastenias, neurosis “actuales” en donde el conflicto no se historiza, no “entra” al inconsciente, no deviene mensaje cifrado sino mera tristeza y abatimiento inhibitorio? No podemos no recordar aquí a Spinoza quien calificó a la tristeza como cobardía moral, pecado consistente en no querer perseverar en su ser de deseo. Pero el psicasténico no es cobarde porque le falte valentía. Si no puede solo, sin ayuda del analista, quien está en posición de serle de ayuda invalorable, salir de su encerrona inhibitoria es porque aquí también puede constatarse el duro gravamen del objeto que, opacando al yo, no permite emitir la investidura por fuera de sus fronteras. Traspié de la tercera identificación, que no permite contar con ese cuerpo irreventable que nos permita la “valentía” de encarar el acto decidido de catectización liberadora del objeto en el acto que nos arrima inexorablemente a la castración. Sibylle Lacan nos ha legado el testimonio de este fallo en su texto “Un padre (puzzle)”6. Tonta, fea y mala, al decir de sus hermanos era ella misma en su imaginario objeto injuriado, deyecto con el que tendía a confundir su yo. La “otra” (Caroline o, más aun, Judith) brillante y mundana era inaccesible para la degradada Sibylle a la necesaria identificación histérica. ¿Qué hacer sino –a falta de esta eficacia identificatoria– acantonarse miméticamente en la “fatiga” que aquejaba a su padre en las penosas y obligatorias visitas de los jueves a su familia tan legal como intocada por el brillo del deseo?7 Fatiga inhibitoria de Sibylle, halla cura en un análisis que culmina en la escritura de su libro, lleno de humor tan irónico como tierno.
Gravedad de la patología somática o corporal: el analista está en posición de enfrentarlas en tanto y en cuanto no intente forzar a estas afecciones a ingresar en el lecho de Procusto de la neurosis de transferencia. El deseo del analista es el único antídoto eficaz contra la humana tentación de hacer ingresar en ese homeostático lecho a nuestros analizantes.
___________
1. Esta nota resume el largo desarrollo sobre la combinatoria imaginaria desarrollado en los libros Clínica de los fracasos del fantasma, Homo Sapiens Rosario 1999 y Paradojas clínicas de la vida y la muerte, Homo Sapiens Rosario 2003. Ambos de Silvia Amigo.
2. Lacan, Jacques. Radiophonie et télévision. Ed. du Seuil Paris 1974.
3. La doble consistencia del cuerpo es una noción clave elaborada por Lacan, quien prefiere referirla al concepto estoico de “incorporal”, que da cuenta de cómo lo simbólico es receptáculo para que se incorpore el cuerpo imaginario como subelemento. Lacan ya conocía el formidable texto de Kantorowicz Les deux corps du roi (Ernst Kantorowicz, Oeuvres Gallimard 1989), donde describe la doble textura del cuerpo del monarca. Creemos que Lacan prefirió fundarse en los estoicos y evitó referirse a un tratado basado en la mística cristiana medieval.
4. Yankelevich, Héctor Lógicas del goce. Capítulo “La Todestrieb, el Otro goce, la función paterna”. Homo Sapiens, Rosario 2002.
5. Lacan, Jacques Conférence à Genève sur le symptome. Les block notes de la psychanalyse N° 5. Ed. ATAR 1985, Ginebra.
6. Lacan, Sibylle Un père (puzzle), Digraphe–Gallimard Paris 1994.
7. Cancina, Pura Fatiga crónica. Naurastenia. Indolencias de la actualidad. Homo Sapiens Rosario 2002.
 
 
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