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   Problemas y controversias

Tres modos de Carencia: vacío, agujero, abismo
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
En una reciente conferencia dedicada a las relaciones del psicoanálisis y la filosofía, Alain Badiou1, al sostener que la verdad no es adecuación entre el pensamiento y lo real sino separación, dijo“entre el pensamiento y lo real hay agujero (trou), abismo (abîme), vacío (vide)”.
Me llamó la atención que, aunque la expresión fuera ad hoc, haya Badiou asimilado, como si se tratase de meros sinónimos, estos tres términos. No obstante, no me parece una asimilación casual en su filosofía, que funda en la noción de vacío matemático una ontología, una ética, una estética.
El vacío del conjunto vacío, en matemáticas, es incontable como tal: se cuenta el conjunto que lo representa y al hacerlo, al contarlo, es censurado. Así las matemáticas se despegan de lo real al que sólo vuelven a encontrar cuando los atolladeros de la formalización fuerzan una solución, fuerzan la invención de un dispositivo que generalice la dificultad y la torne abordable. Pero entre el problema y su solución hay un hiato que no tenemos más remedio que llamar “real”2 porque la invención no está de antemano garantizada.

El agujero, al cual podemos seguir llamando “vacío” a condición de que especifiquemos su uso, es otra cosa y participan de él todas las disciplinas ligadas al decir y no al cálculo, sea o no formalizado3. No es propiamente hablando un vacío sino un proceso de vaciamiento que nunca acaba. Ahora bien, semejante “vacío” no está sometido a la alternativa imaginaria vacío/lleno. Hasta lo denominado por los músicos cluster –apiñamiento de sonidos, como los que usa la música contemporánea– podría metaforizar esa hiancia excavada por el discurso humano, siempre y cuando sirviera –y de hecho suele servir– para interrumpir el continuo de lo real, para permitir, como el mítico agujero del poema de Lezama, que alguien pueda respirar, en todos los sentidos del vocablo.
Aquello que Lacan denomina lalangue tiene que transformarse en (la)-langue. Tiene que pasar del murmullo y la confusión, de la dispersión carente de orientación, de la acumulación de sentidos históricamente constituidos, de las trampas y facilitaciones de la homofonía, a la diferenciación, a la heterogeneidad, a la multiplicación de planos y a la integración de los niveles de la experiencia.
¿Cómo es posible generar dicha transformación sin producir el intervalo, la discontinuidad, la ruptura, la interrupción? Ahora bien, este intervalo no es matemático, y por varias razones.
La primera y más sencilla de exponer: el intervalo, discontinuo, contiene, como su condición de posibilidad, la violencia discursiva de la ruptura y de la interrupción. Las matemáticas desconocen la negatividad4 y por lo tanto la violencia que el discurso ejerce inevitablemente sobre las cosas.

La segunda es también decisiva: el vaciamiento engendrado tiende a desaparecer, sus límites jamás están asegurados; la traza que traza el límite, se borra una vez producida, no sin dejar su huella; pero la huella se conserva con dificultad creciente en el curso de una vida cualquiera que, al decir del escritor, es un proceso de demolición.
De ahora en más llamaré a este “agujero” vacío sin más, sin confundirlo ya con el vacío matemático5.
En lo que respecta al abismo, tácitamente ha quedado delineado: es del abismo, es de la grieta sin fronteras, esa grieta que fascina y paraliza al sujeto, que debe separarse el vacío del inconsciente, sin tener, de antemano, ninguna garantía de alcanzar la meta. El abismo es la grieta del complejo del semejante, es decir, de la Cosa.
Se pueden, de esta forma, perfilar los modos fundamentales bajo los cuales es posible registrar el vacío constituyente:

a) Lo innumerable: No es lo innumerable matemático, que está ordenado por la sucesión de n+1, sino de lo innumerable del uno en más, que a diferencia del primero es radicalmente incalculable porque es el excedente de cualquier conjunto cerrado, el excedente producido precisamente por el mismo acto de cierre: cada vez que articulo un inventario cerrado, el cierre mismo provoca el salto de apertura del uno en más.
b) Lo inexpresable: Es lo que Peirce denomina “potencial”, el lugar de inscripción de las imposibilidades de inscripción: la reunión de la sexualidad con la muerte, la muerte misma, la satisfacción del deseo, son instancias inaprehensibles pero esa inaprehensión es registrable como tal.
c) Lo indecidible: No es lo indecidible matemático, que decide de antemano qué es decidible y qué no lo es; es la indecibilidad trashumante; no puede discernirse qué es decidible y qué no lo es de antemano. Reducir la indecibilidad psicoanalítica a la matemática es algo tan absurdo y excesivo, absurdo por excesivo, como si quisiéramos demostrar que un colador tiene por lo menos un agujero.
d) Lo impronunciable: Es uno de los modos de definir la escritura: una de las acepciones del nombre del padre en el esquema de Subversión del sujeto: “…este significante no puede ser sino un trazo que se traza de su círculo sin poder contarse en él…como tal impronunciable, pero no su operación, pues ésta es lo que se produce cada vez que un nombre propio es pronunciado6”.
e) Lo inarticulable: me refiero, ciertamente, al concepto más riguroso que del deseo ha dado Lacan: está articulado pero es inarticulable. Curiosa concepción, que invirtiendo el modelo aristotélico, instaura el acto al tiempo que vuelve imposible a la potencia. Es el fundamento de que el deseo, por fuera de su circuito pulsional (por fuera del tercer tiempo pulsional, el fantasma) es a la letra loco.

____________
1. Se trata de una conferencia que pronunció el filósofo francés en la EOL de Buenos Aires en noviembre de 2003 y de la cual ví el video. Este video fue discutido en Rosario de una reunión de la cual participé, organizada por la EOL de Rosario, el CEI (Centro de Estudios Interdisciplinarios de la UNR) y la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR.
2. Alguna vez tendríamos que reparar en el uso salvaje del término “real” entre nosotros. De hecho, aunque digamos todo lo contrario, lo tratamos como si fuera la vieja y nunca eclipsada noción de substancia.
3. Las disciplinas que Lacan llamó ciencias conjeturales; con la condición de que no confundamos, como suele hacerlo el propio Lacan, la conjetura –que alcanza la verdad a través de la suposición en falso– con el cálculo, en el sentido estricto del término. Lacan, por ejemplo, consideraba a la teoría de los juegos que sí se basa en probabilidades matemáticas, un modelo de ciencia conjetural, desconociendo que pese a sus indudables valores, no era y no es otra cosa que una técnica de control social. Lo verdaderamente conjetural en esa disciplina no es la estrategia desplegada para garantizarse, en última instancia, no perder –no perder en la guerra, no perder en el mundo de los negocios–, sino la brusca demolición del juego por la intervención del azar y la constricción para los actores a jugar de otro modo la apuesta o salto conjetural.
4. La negación como operador lógico es lo contrario de la negatividad: la negación vuelve todo al punto de partida; la negatividad –es el hallazgo de Hegel– transforma al punto de partida en el punto de llegada radicalmente desconocido.
5. En Badiou a partir del vacío matemático se construye el vacío ontológico y desde este sitio se deriva una ontología del inconsciente. Lo que posibilita semejante desplazamiento es que al modo del filósofo clásico –esto es, al modo premoderno– habla siempre de “pensamiento” y no de “lenguaje”. Pero, ¿qué es el pensamiento sino el sufrimiento –dicho por Artaud y argumentado por Blanchot– del lenguaje? La intervención del significante torna al pensamiento algo “impuro”, vacilante, disruptivo incluso, eliminando así la “pureza” de la producción del concepto.
6. Lacan, J. “Escritos”, tomo II, pág. 799. No ignoro las dificultades de este párrafo, que sólo pueden despejarse si despejamos los distintos niveles del término “letra”.
 
 
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