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   Entrevista

Armando Bauleo
  De Pichon a Italia y de lo grupal a la desmanicomialización
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Pichon Rivière fundó la Escuela de Psicología Social en el ‘59, y usted se incluyó muy poco tiempo después de dicha fundación.
Claro. Antes de la Escuela de Psicología Social, Pichon había fundado una Escuela de Psiquiatría Dinámica, es decir, había dado otra visión sobre la psiquiatría. Y en esa otra perspectiva, ya estaba incluida la utilización de los grupos. Era muy interesante como estaba planteado, también el cuerpo de profesores, dado que ya en esos momentos era multidisciplinario.

¿Qué consecuencias tuvo en su formación profesional, la inclusión en la Escuela de Pichon?
Estamos hablando del ‘60, la Segunda Guerra Mundial había terminado quince años antes, o sea, todo se estaba recomponiendo y, también, se estaban aprovechando ciertas experiencias hechas en relación a los traumatismos de guerra, como se había hecho en Londres con Bion. Pichon ya había asistido a todo este tipo de comunicaciones y, además se había acercado a ellos. Se realizaban experiencias en Francia también. Había todo un contexto internacional que apoyaba este pensamiento en lo colectivo (para no hablar solamente de lo grupal). En lo colectivo, porque Elliot Jacques va a hablar de un análisis de las instituciones por aquella época. Todo estaba muy puesto en una mirada que iba más allá de lo individual.
En esos momentos, yo había terminado la carrera de medicina, había hecho la especialidad de psiquiatría. Había realizado antes, también, la especialidad en enfermedades infecciosas. Lo que pasa es que, aunque muchos no lo crean, las enfermedades infecciosas tienen mucho que ver lo social, no podemos negarlo. Imagínese, todo el problema de las epidemias, los contagios, cómo se adquieren ciertas enfermedades, cómo juegan las relaciones humanas, el problema de los prejuicios en la lepra, por ejemplo.

¿Cuándo se produce su encuentro con Pichon?
Conocí a Pichon a través de esa Escuela de Psiquiatría Dinámica y empecé a trabajar con él. En ese tiempo, él después del curso de Psiquiatría Dinámica, organiza algunos cursos que eran de Psicología Social, pero que eran sobre todo –él ha llamado– de Psiquiatría Social.
En esa Psiquiatría Social, Pichon hacía mucho hincapié en las influencias del contexto dentro de las enfermedades, dentro de los conflictos más individuales. Y así empezó el trabajo. Después, se funda la Escuela de Psicología Social. Yo trabajo allí. Fui coordinador, después profesor de esa escuela hasta el ‘72, ‘73. ¡Mire cuántos años!

Un impulso similar tuvo, lo grupal, en el resto del mundo, ¿cuál es la situación en Italia hoy?
En Italia, hoy se hace mucho, mucho grupo, sobre todo, las ideas de Pichon, de Bleger, yo mismo. Introdujimos toda una serie de cosas y ellos no creían que Latinoamérica hubiera producido tanto. Cuando me ví con Basaglia en el ‘74, él quedó asombrado al contarle lo que habíamos hecho en Argentina. El publica la Institución negada en el ‘64 y ya estaba trabajando en la desmanicomialización en Italia. En el ‘78, saca la Ley Antimanicomial. Lo conocí en el ‘74 y, después, trabajé con él, y tuvimos una relación bastante conocida, estrecha, de amistad, más adelante. Pero él queda muy asombrado con lo que se había hecho acá. Dijo: “cómo, yo en el ‘64 trabajo esta desmanicomialización y ustedes también la habían planteado y trabajado y discutido allá en la Argentina tantos años atrás. ¡Cómo es posible!”.

En un reportaje Ud. comenta que en una oportunidad Franco Basaglia le dijo, en referencia a Pichon Rivière, que era una pena no haber podido verlo, que le hubiera gustado confrontar con él ¿Qué le interesaba a Basaglia del trabajo de Pichon?
Lo que le interesaba era cómo Pichon había llegado a sus desarrollos. Una cosa es en Europa cierto tipo de pensamiento, cómo se gestiona a partir de una cierta cultura. Entonces, cómo y qué cultura se había dado acá a partir de la Segunda Guerra Mundial. No podemos negar que Pichon cuando hace esa experiencia en el Hospital Borda –en aquel tiempo Hospicio de las Mercedes– lo hace en el ‘48. En realidad, bastante pionero para hacer eso. Entonces, lo que preguntaba Basaglia es cómo se llega a esa conclusión, por qué se empiezan a hacer esos grupos, cuál es el tipo de relación para hacer grupos y por qué se empieza a pensar que eso es un instrumento útil en el campo de la salud mental.

¿En que consiste la “desmanicomialización”?
Primero hay que trabajar los prejuicios de la gente, qué imagen se tiene de la enfermedad mental. No podemos negar que se asocia siempre la psiquiatría a la criminología. Y esos que leen tanto Foucault y leen de todo saben muy bien que tanto Foucault como cualquier psiquiatra más o menos lúcido consideran que criminología y psiquiatría no tienen nada que ver. O sea, no todos los criminales son locos. Todo esto es un prejuicio muy fuerte en la población. La población sigue pensando que quien está mal vaya al manicomio, no que se vaya a tratar a un servicio, como uno se trata de cualquier otra cosa. Este es uno de los problemas grandes de la cuestión. El otro asunto lo constituye directamente cierto tipo de trabajadores que piensan que van a dejar de tener su empleo y su beneficio.
Igualmente los hospitales psiquiátricos cambiaron bastante en el interior. Ya hay salas, por ejemplo, en las que se hacen grupos, comunidades terapéuticas, o que trabajan de otra manera la relación médico-paciente, hay talleres.

Los grupos funcionan en los hospitales, por lo menos en el Borda, desde hace mucho tiempo y sin embargo, el porcentaje de internación sigue siendo muy alto.
Porque se les sigue mandando pacientes. Por ejemplo en Italia, una cosa importante es la internación domiciliaria. Acá empezó un equipo a hacer internación domiciliaria, pero la gente no está muy habituada. Parecería que la internación tiene que ser siempre en el manicomio. Sin embargo, tendría que hacerse en salas de hospitales generales y no una internación por veinte años. No existen crisis de veinte años. Las crisis en una o dos semanas se fueron. ¿Y entonces, por qué tiene que estar internado? ¿Para hacer qué cosa? O sea, no hay noción, si uno la piensa con sentido común, que justifique que alguien tenga que estar dentro de un manicomio treinta o cuarenta años. ¿Para hacer qué? No hay justificación en estos momentos, más con los nuevos fármacos, con las nuevas psicoterapias: psicoterapia grupal, familiar, psicodrama. Pero todo esto, todavía, no está totalmente instalado en la sociedad. Ni tampoco entre los psiquiatras, seamos sinceros.
Hasta los mismos pacientes se oponen a la desinstitucionalización. Se los puede escuchar decir:

—¡No! porque acá estamos cómodos, ¿dónde vamos a ir?
—¿Cómo dónde va a ir? A su casa.
—Bueno, pero yo ya me acostumbré acá.
Cuando empezábamos a ver, a conversar con estos pacientes que ya hacía veinte años que estaban ahí adentro, para que se fueran, para terminar con el asunto nos encontramos con que no era sencillo. Todos suponen que los pacientes quieren irse pero, ya se acostumbraron, hicieron su comunidad, su grupo de amigos, de conocidos, reglamentaron su tiempo, se hicieron ciertas normas de relación, establecieron cierto tipo de comunicación. Y ¿cómo van a romper todo eso? Los tipos se defendían: ¡No, no! Había uno que se escapaba siempre. Cuando le planteamos la posibilidad de irse dijo:
—¡Ah, no!
—Pero cómo, si usted se escapaba cada dos por tres de acá.
—¡Sí, pero después me encontraban!
Él sabía que lo encontraban. Uno empieza a escuchar estas cosas y piensa, pero en serio, somos todos locos no solamente este. Uno, también; el enfermero, el médico, todos. Es muy complicado.

¿Cuál es el lugar de los profesionales?
Yo le diría más –perdóneme– ni entre los psicólogos ni los psicoanalistas. Aumentemos la gama. Es así. Todavía, se sigue pensando en eso así. El problema es el sentido común. Entonces, muchos me pueden responder: bueno, la familia no lo quiere tener. Como si le fuéramos a meter un mono en la casa. ¿Quién es este señor? ¿De dónde viene? No le metemos un mono ni un perro, le llevamos a un pariente. ¿Qué quieren? Y si el personaje es violento, habría que ver cuál es la violencia de la familia depositada en él. Nadie es violento porque sí. Esto hay que pensarlo mucho, hay que verlo mucho. Además, usted se da cuenta al ir al hospital.
¿Y dónde está la violencia? Son pobres, son gente sufriente, fragmentados, desesperados, que están a la miseria.
¿Recuerda la película: Alguien voló sobre el nido del cucú? ¿Aquella con Jack Nicholson, de Milos Forman que ganó el Oscar en el ‘75? Una vieja película, que es justamente todo lo que estaba planteándose en esos años, los ’70 que muestran cómo poco a poco se lo hace violento al sujeto hasta que al final lo matan con electroshock.

Esta cultura ha tendido a mantener, en el imaginario social, a “lo loco” circunscripto en el internado, pues alivia poner la falla fuera de lo propio.
Una vez se enojaron mucho cuando se hizo una encuesta –no me acuerdo si fue en Estados Unidos o Inglaterra– sobre enfermedad mental y la gente que estaba en tratamiento en salud mental, en patología mental, como queramos llamar. Entonces, ¿quién estaba en tratamiento? Tantos en hospitales psiquiátricos, tantos en hospitales generales. Y los tipos dijeron: ¿Y cuántos se analizan? Eso también tendría que entrar. ¿O no? ¡Uy, cómo se enojaron!

Pero esos entrarían en otra categoría.
Claro. No se sabe qué categoría es, ¿pero uno no va porque está angustiado? ¿O va directamente porque sólo quiere conocer su inconsciente? ¡Vamos!

¿Usted conoció la experiencia que se hizo en Colonia Federal, Entre Ríos, dirigida por Raúl Camino en la década del ‘70?
¡Por Camino! ¡Uh! Se hizo antes del ‘70. En realidad, solamente Camino podía hacer eso, fue una cosa buenísima, que implicó directamente el trabajo en el campo. ¿Por qué? Acá había una cosa muy extraña a la cual asistí –estoy hablando de hace muchos años, cuando recién estaba en el hospicio, yo era médico de guardia ahí–. En un momento determinado de algunas épocas del año, venía un camión. Y de las distintas salas, metían dentro del camión –digamos así– a los crónicos, crónicos, y más crónicos. Los asilaban dentro del camión. Era un espectáculo terrible, espantoso. Me acuerdo como si lo estuviera viendo, la parte de atrás del camión quedaba abierta, y los pacientes subían. Se los llevaban a Open Door y ahí los tiraban en el campo. En Open Door, había tres o cuatro médicos para tres mil, cuatro mil pacientes. ¡Una barbaridad! Por lo tanto, los pacientes estaban allí en el campo. Era espeluznante ver esos camiones que partían, porque uno sabía dónde iban. Lo peor de esto es que, después de cinco o seis años volvían y no tenían más problemas. Entonces, los chistes eran: “¡Y, se curaban porque no había ni enfermeros ni psiquiatras!”. Era extraordinario. Esa experiencia de Camino también tenía este antecedente, que todos habíamos visto en aquel tiempo.

¿Aparecían en el Borda?
Venían ahí porque ya era como un lugar conocido, venían a saludar. Pasaban por ahí. O venían a propósito para jodernos, yo qué sé. Pero aparecían ahí y uno se quedaba medio estupefacto ante esto. Es una vieja experiencia, cualquier psiquiatra que estuvo en aquellos tiempos en el Borda se lo podría contar.
Camino se los lleva a Entre Ríos. Son ciento cincuenta pacientes. Se va allá con dos enfermeros. Al campo ¡Qué grande! Montaban a caballo, iban con él. ¡Qué me dice! Extraordinario.

Parece una novela.
Efectivamente. Me habían dicho que, probablemente, algunos querían hacer una novela de esto o filmar algo. Yo creo que se lo merece.

Por otra parte me da la impresión que, muchas veces, dentro del ámbito psiconalitico local es considerado más valioso, o resulta más interesante mirar lo que viene de afuera y hay dificultad para conocer lo que se hizo o se hace en nuestro país.
¿Morgan, no hacía grupos? Morgan hacía grupos con los enfermos internados en la sala más el personal. Cuando yo conté esto en Italia no lo podían creer. ¿Qué tal? Los médicos, enfermeras, todos dentro del grupo. Vale decir, un avance de las asambleas que después hicieron las comunidades terapéuticas. Morgan era del tiempo de Pichon, o anterior, de los años ‘40 estoy hablando. No lo vi, pero era famoso de Morgan. Los tipos que hicieron pintura y locura. Lopez de Gomara.

¿En qué está trabajando actualmente?
Estoy trabajando con grupos de admisión. No hago entrevistas de admisión individuales. En Italia trabajo la mitad de mi tiempo en servicio público. Y cuando vengo a Buenos Aires, lo hago en el Hospital Borda, gracias a Materazzi que me lo permite. Me interesa mucho, porque creo que este sistema eliminaría, por ejemplo, las colas, las listas de espera. En salud mental, la lista de espera es una cosa de locos. ¡Cómo no se van a ir angustiados si los citan para el mes que viene! ¡Quién pensó eso! Y los profesionales se resisten a hacer estos grupos de admisión. Los argumentos suelen ser: porque no se estudia en profundidad el caso, porque en realidad, de esa manera, nuestro diagnóstico no va a ser muy preciso. ¿Es más preciso que espere un mes? ¡Va a ser preciso si no se suicidó! Y después, dicen que en la gente hay violencia.
____________
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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