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   Discurso capitalista y psicoanálisis

¿Existe un discurso capitalista?
  Icertidumbre y responsabilidad
   
  Por Germán García
   
 
“La producción por parte de un individuo aislado, fuera de la sociedad, no es menos absurda que la idea de un desarrollo del lenguaje sin individuos que vivan juntos y hablen entre sí”.
Marx, 1857

Los que frecuentan la enseñanza de Jacques Lacan reconocen en la designación “cuatro discursos” la articulación permutativa de la fantasía y el lenguaje, en una estructura cuaternaria al estilo del grupo de Klein.
El discurso analítico (uno de los cuatro) explicitaría la producción de la fantasía como el lugar del analista, en tanto por la transferencia es parte del “concepto” de inconsciente.
Jacques Lacan, después de afirmar que sólo existen cuatro discursos, un día introdujo una joroba en su elegante permutación: le llamó discurso capitalista. Esta quinta pata del gato resulta de la cola del llamado “discurso amo”, causa eficiente de los otros. La petición de principio de Hegel, en lo que hace al siervo y al señor –convertida por Kojéve en amo y esclavo– tiene aquí una función “performativa”.
La dinámica de los discursos es una producción de cualidad (plus de goce) que varía en tanto resto (a) de un goce supuesto, que en Sigmund Freud era una cantidad llamada libido.
Dice Jacques Lacan que el discurso capitalista es una variación del discurso del amo, al que Marx habría dado consistencia al descubrir el plusvalor como su resorte esencial. Una provocación evidente.

Capitalismo y plusvalor: El sustantivo capitalista fue usado por Arthur Young en 1792. Coleridge lo usó en 1823, y en 1825 Thomas Hodgskin escribió: “Todos los capitalistas de Europa, con todo su capital circulante, no se pueden proporcionar por sí mismos la comida y la ropa necesaria para una sola semana (…) entre quien produce alimentos y quien produce vestimenta, entre quien hace instrumentos y quien los utiliza, se mete el capitalista que ni los hace ni los usa y se apropia del producto de ambos”.
Es decir, a comienzo del siglo XIX se entendía que la “mediación” del capitalista generaba un plusvalor separado del trabajo de la producción y del valor de uso del producto. Esa función de mediación del capitalista es equivalente a la función del lenguaje en la ciudad griega. Cada uno sabe hacer algo particular (es artesano o músico), pero algunos saben decir lo necesario para regular la actividad del conjunto: la retórica es una técnica de dominio, por eso el aristócrata Platón denuncia el uso que hacen los sofistas. De la misma manera que el Estado moderno tiene el monopolio de la fuerza, los dueños de la ciudad antigua querían el monopolio de la palabra. El capitalista, por su parte, quiere el capital (palabra cuyo sentido económico es conocido desde el siglo XVII y es plenamente desarrollado en el siglo XVIII, por ejemplo, en Adam Smith [1776]). El capitales, del latín caput (cabeza) hace bastante que está a la cabeza como capital circulante (por eso Marx, en nuestro acápite, lo compara con la circulación del lenguaje).
Cuando pasamos del capital al capitalismo, como un modo de producción particular, el capitalista como intermediario inútil entre productores se convierte en el propietario de los medios de producción. Para Marx hay que distinguir entre el capital como categoría económica formal y el capitalismo como forma particular de propiedad centralizada de los medios de producción.
En este sentido “la era capitalista”, como la burguesía que la acompaña, puede fecharse en el siglo XVI. Las confusiones y superposiciones entre capitalista y burgués, entre un modo de producción y un tipo de sociedad, se han convertido en moneda corriente.
¿Dónde ubicar un supuesto discurso capitalista? El plusvalor es un término que nombra en Marx una parte de la jornada de trabajo de un asalariado. Es lo que queda de la diferencia entre el capital constante (tiempo de trabajo dedicado a la reconstrucción de los instrumentos y materiales que se pierden en el proceso de producción) y el capital variable (el tiempo que sirve para medir el salario). Esta medida se realiza en dinero, lo que arroja un excedente que surge de la diferencia entre la ganancia y el salario.
A partir de aquí las cosas se complican, se convierten en problemas.

Volviendo a casa: En la analogía propuesta por Jacques Lacan el plusvalor se convierte en plusgozar. ¿Se trata de una diferencia entre el capital constante del lenguaje y el capital variable de la fantasía, que le hace decir a Jacques Lacan que no hay justicia distributiva… del goce?
En El saber del analista, en referencia a la hipótesis de Max Weber sobre la congruencia entre protestantismo y capitalismo, dice: “El deslizamiento calvinista que en los últimos siglos introduce el capitalismo, se caracteriza por distinguir al discurso capitalista por el rechazo de la castración. Todo orden, todo discurso que se entronca en el capitalismo deja de lado la castración”. En Sigmund Freud tanto el “complejo” como la “fantasía” de castración eran la consecuencia de un rechazo de la diferencia sexual que, al final, llamó el enigma del rechazo de la feminidad (tanto por los hombres como por las mujeres). Si no podemos mostrar que el capitalismo rechaza por estructura la feminidad, ni hacer de la castración algo positivo en vez de un síntoma, estamos en un problema.

Jacques-Alain Miller ha mostrado la analogía entre la circularidad que establece Freud entre pulsión/superyó y la circularidad del llamado “discurso capitalista”. En el primer caso la renuncia a la pulsión alimenta la culpa que pide una mayor renuncia, en el segundo hay una exigencia de goce que se alimenta de su propia satisfacción (por ejemplo: las adicciones).
Los descendientes de Jacques Lacan se alinean sobre una vertiente o bien sobre la apuesta: los que añoran el buen discurso del amo que hace del psicoanálisis su envés, y los que fuerzan el consumo para extremar su lógica en la proliferación de los goces “esquizos”.

¿Pero existe un discurso capitalista, un discurso sin ninguna barrera al goce, si aceptamos que el lenguaje supone un rechazo de lo real?
Para volver a la clínica, digamos que ninguna especulación puede sustituir lo que está en juego tanto en Marx como en Freud: la realización de cada sujeto particular (“a cada uno según sus posibilidades”). De lo contrario, hablar de “discurso capitalista” va acompañado de un gesto de “bella alma” que escamotea la incertidumbre y la responsabilidad de cada uno en relación al goce, del que no puede sacarse una justicia distributiva.
Jon Elster ha marcado la necesidad de rechazar en la metodología marxista algo que vale para las concepciones (en el sentido que Freud le da a la palabra) del psicoanálisis. A saber: 1) El holismo metodológico (la vida social como totalidad irreductible a quienes la componen), 2) La explicación funcional que explica los fenómenos según las consecuencias, sin tener en cuanta la “intención” (deseo del agente), 3) La deducción dialéctica que excluye lo real al homologarlo a lo racional (discursivo).

Ni holismo de los discursos, ni explicación funcional de las consecuencias (si tuvo un accidente quería morir), ni generalización dialéctica de la singularidad clínica.
Sin nostalgia de los ideales perdidos (es decir, de antiguos amos), y sin fascinación por las “novedades” que, como decía Valery, son siempre la realización de un deseo antiguo.
 
 
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