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   El enigma femenino

Enigma de Mujer / Enigma de la Creación
  Por Mariam Alizade
   
 
Introducción. Estas reflexiones se inclinan sobre un enigma encarnado en la mujer para intentar una cierta deconstrucción que dé cuenta de la complejidad y del entrecruzamiento de los diversos niveles de integración que lo sostienen. La famosa pregunta psicoanalítica “¿Qué quiere la mujer?”, la pregunta iniciática “¿de dónde vienen los niños?” y algunas reflexiones acerca de la idea de un enigma en femenino conforman la trama de esta presentación.

¿Qué quiere la mujer? ¿Qué quiere la mujer? es una pregunta que hizo historia en el psicoanálisis. Nació en una sesión de análisis de Marie Bonaparte con Freud, en 1925. Ella tomaba notas mientras se analizaba. Freud le dice: “La gran pregunta sin respuesta a la cual yo mismo no he podido responder a pesar de mis treinta años de estudio del alma femenina es la siguiente: ¿Qué quiere la mujer?” (Bertin, C. pag.263). Por alguna razón, esa pregunta prosperó y –repetida generación tras generación de analistas durante setenta y siete años– convoca hoy a la reflexión en relación con el supuesto fondo enigmático de las mujeres.
Es una pregunta de época. Se dirige a un querer o a un deseo de mujer de carácter universal. La insistencia interrogativa se acompaña en la obra de Freud de respuestas tentativas que aluden a oscuridad, misterio, insinceridad.
La mujer se presenta como portadora de un jeroglífico esencial cuyo desciframiento habría de constituir una gran respuesta.

¿Quién pregunta? ¿El hombre, abocado a investigar, movido por la curiosidad y la pulsión de saber acerca del sexo opuesto? ¿O las propias mujeres, en una suerte de autocuestionamiento inducido?
En el “sin respuesta” asoma tanto la idealización del misterio femenino como la popular incomprensión en ese vulgar –¿quién entiende a las mujeres?– expresado con suficiencia e ironía.
El Misterio de la Mujer se balancea entre lo divino, lo sagrado, lo irrepresentable y, en el otro extremo, la histeria o la estupidez.
Fácil es nombrar generalidades teórico-clínicas del psicoanálisis que parcialmente responderían a esta cuestión: la mujer quiere ser amada (Freud 1933, Aulagnier 1966), quiere un pene (Freud 1905, 1924, 1925) quiere ser confirmada narcisísticamente (Grunberger 1964).
La pregunta no se detiene en estas afirmaciones. Freud no se conforma, intuye un profundo deseo oculto, un secreto femenino, una clave que supuestamente le permitiría entender lo que no entiende. Una suerte de significante vacío planea sobre la imagen coagulada de la figura de la mujer.

Para Freud, la sexualidad femenina y el complejo de Edipo de la mujer forman parte de regiones oscuras. Al referirse a estos temas confiesa con1 su habitual honestidad que “el conocimiento de estos procesos evolutivos de la niña es harto insatisfactorio e incompleto”. (1924). Lúcido, insiste empero y traduce con la pregunta que formula en sesión frente a una mujer un año después su desconcierto, su ignorancia y su interés.
Marie Bonaparte, fiel discípula de su maestro Freud, prestó su cuerpo para la confirmación de las ideas freudianas sobre la forma oficial de gozar de las mujeres. Se hizo operar los genitales repetidas veces para investigar sobre sí misma la relación clítoris-vagina y dar sustento –así esperaba– a la teoría freudiana acerca de la transferencia erógena (Bertin, C.1982). Si el clítoris debía ceder su erogeneidad a la vagina y esto no ocurría, ¿por qué no intentar acercar por medios quirúrgicos la distancia entre ambas zonas y facilitar de esta manera el proceso transferencial sostenido por Freud? Vencer al clítoris, ese pequeño pene de mujer, era la tarea que se proponía para alcanzar los orgasmos vaginales que se resistían a formar parte de sus experiencias sexuales. En una segunda intervención quirúrgica, decidida, se hace extirpar el clítoris. Aún así, los orgasmos soñados no llegan... (¿Qué quiere la mujer? Alizade, M., Schust-Briat,G., 1990)
Escribe Julia Kristeva (1983): “Es un error buscar pelea con Freud por cuestiones de sexualidad: no habría comprendido a las mujeres, habría reprimido su homosexualidad, habría seguido siendo un burgués judío ‘uxurioso’... El descubrimiento de Freud, que abre el ancho camino de la sexualidad, se refiere de hecho a lo imposible del espacio psíquico. Un espacio psíquico imposible, cargado de engaños, de alucinaciones, de mentiras...”

La pregunta a todas las mujeres con carácter universal presenta un aspecto psicoanalítico particularmente engañoso ya que en el campo de las transferencias y en el marco de las proyecciones e identificaciones, tiene lugar con frecuencia una desrealización del sexo real y una mujer no es siempre una mujer, ni un hombre un hombre (Alizade, 2002ª, 2002c). La realidad da paso al mundo de las fantasías. En el ámbito de la sesión se recrean objetos parciales, partes, rasgos. A la manera de las pulsiones que se fusionan y superponen –cuando no se disfrazan y ocultan unas en otras– emergen figuras mixtas o combinaciones de elementos varios. La bisexualidad y las fantasías desencarnan al sujeto de su sexo real y de los roles convencionales. El discurso latente enseña que la realidad de un sexo no implica la posición psíquica en ese mismo sexo. Femenino y Mujer no son ideas exactamente superponibles.
En esta línea decía Leclaire que (1979, p.193): “La experiencia psicoanalítica muestra hombres-mujeres, mujeres-hombres y la diferencia sexual, la llamada sexual, no tiene pues, nada de natural. Una de las principales metas del psicoanálisis estribaría en construir el concepto psicoanalítico de sexo... no se progresó mucho al respecto salvo con la teoría de la castración aunque sólo bosqueja un fantasma de hombre”.
Por otra parte, el inconsciente –sede de los deseos– ¿tiene acaso sexo, tiene acaso género? Esta pregunta se sumerge en las características del sistema inconsciente, donde moran los principios de no contradicción y la coexistencia de opuestos. El fantasma originario de la escena primordial alude a una representación inconsciente de un par humano, hombre y mujer, de una dupla que excluye a un tercero. Las preguntas sobre la representabilidad psíquica de la diferencia sexual engloban tanto a varones como a mujeres.
La pregunta ¿Qué quiere la mujer? se convierte en una pregunta-síntoma de Freud y de la cultura. Si bien puede dar paso a conjeturas y a juegos significantes que iluminan variaciones y propiedades psíquicas tanto intrasubjetivas como intersubjetivas entre ambos sexos, lleva el sello de la propagación de una inquietud oscurantista que ubicó a las mujeres en un espacio bizarro.

El enigma de lo femenino – el enigma de la creación. Ecos de una fantasmática sociocultural.
Lo femenino es la encarnación del misterio, la verdad inmortal de la finitud, lo difícilmente pensable y elaborable. Lo femenino es lo rehusado (Freud 1937, Alizade 1994), el núcleo duro de la roca viva que se expresa del lado del hombre en el rehusamiento de lo femenino y del lado de la mujer en la envidia del pene. Esta envidia oficia de muralla defensiva y distrae las representaciones y arma conflictos en el trabajo psíquico de rechazar el encuentro con lo femenino. ¿A qué se debe tanta estructura mental de rechazo?
He planteado en anterior oportunidad (Alizade, 1992) el rol jugado por la función reproductora-maternidad en la fantasmática de hombres y mujeres.
Desde los comienzos de la aparición del hombre sobre la Tierra, un conjunto de seres humanos de tanto en tanto transformaban su cuerpo, abultaban el vientre, para tiempo después dejar salir –entre sangre, dolor y jadeos– a un otro pequeño humano.

La creación, gran incógnita de los seres humanos, se materializó en el imaginario reproductor, en esos sorpresivos vientres portadores de hijos. La ambivalencia hizo su camino al sembrar de extremismos al cuerpo de la mujer, divino por un lado y devaluado por el otro. Lo femenino y lo maternal se conjugan sobre un cuerpo de mujer y hacen resaltar el lado enigmático de su representación.
El enigma femenino tiene un precursor en la pregunta iniciática ¿De dónde vienen los niños? (Freud 1908) La curiosidad infantil obtura con un pene imaginario la caverna de los orígenes, el túnel del misterio de la creación. Antes de alcanzar a descubrir la existencia del canal vaginal, el niño y la niña se apresurarían a ubicar un pene en los genitales de ambos sexos. Lo visible protege de lo invisible. El pene tranquiliza en su función imaginaria al constituir una parte del cuerpo que desmiente la castración. El valor fálico que le es atribuido facilita que los niños lo utilicen para evitar la emergencia de ansiedades precoces de muerte. Los niños vienen de dios, de lejos, de la cigüeña, de un repollo, engaños metonímicos que aproximan lentamente el conocimiento del origen del vientre gestante. En la interioridad de la mujer yace el poder inmenso de dar vida y de dar muerte. La metáfora del continente negro (Freud 1926) y la fantasía infantil de “todo tiene pene” (Freud 1905,1908), constituyen formas de pensamiento tendientes a evitar el encuentro con lo profundo originario que las mujeres míticamente encarnaron. El pene-falo visible a la percepción oficia como reaseguro frente a ese otro cuerpo sexuado –el de mujer– que se presta como pantalla a la proyección de los fantasmas enigmáticos, de los interrogantes conmovedores y de las angustias arcaicas de los seres humanos.

La muerte, la vulnerabilidad y el peligro se presentifican en acontecimientos fruto de la perpetuación de la especie tales como mujeres amenazadas de muerte, fetos muertos, abortos, sangres menstruales. La carne abierta del genital hembra huele a desconocimiento y facilita la reanimación de primitivos mecanismos psíquicos “superados” (Freud 1919) que, en tanto creencias y convicciones, se instalan en el orden de lo siniestro y de lo intolerable.
El enigma de la mujer, la nada de mujer (Alizade,1992, cap.12), su sede cósmica de misterio, su trágico enigma, caminan la vertiente de una angustia sin nombre. En ese espacio mueren las representaciones. La mujer se trastoca en una verdad siempre sabida a medias, a saber, la verdad de la condición humana perecedera y transitoria. Las mujeres devienen personajes de ficción, en su fisiología maternal se proyecta, más allá de toda diferencia sexual, lo siniestramente irrepresentable, lo materno enigmático.

Si a los hombres les tocó poseer una carne genital protuberante que se erigió –cultura mediante– con un valor narcisista máximo, a las mujeres les tocó una carne genital interior, cóncava, escondida, sangrante (Alizade 1993). Esta dimensión de visible e invisible hace marca desde la infancia cuando la fantasía florece en la mirada recíproca entre cuerpos de niños denudos. La vulva lisa de la niña contrasta con la protuberancia genital del varón.
Lo invisible aunado a la fantasmática cultural dominada por el sistema patriarcal convirtieron, por momentos, a las mujeres en espíritus –ángeles y demonios–, en seres extremos –virgen y prostituta– y, por sobre todo, en encarnaciones de lo enigmático y seductor. El objeto señuelo, el oscuro objeto del deseo, el continente negro, apuntan a una suerte de magia de la femineidad.
Si de enigmas se trata, un autor moderno, Laplanche (1987) en su innovadora mirada sobre la seducción acuñó el concepto de “mensajes enigmáticos” para dar cuenta de los efectos de la sexualidad del adulto sobre el niño. Su teoría de la seducción generalizada considera que todo adulto, hombre o mujer, produce mensajes enigmáticos inconscientes que impactan sobre la mente del niño. La universalidad de la seducción arrastra consigo la universalidad de los enigmas.
Toril Moi (2002) ha escrito: “Es tiempo de renunciar a la fantasía de encontrar la clave del ‘enigma de la femineidad’. Las mujeres no son esfinges. No hay enigma alguno por resolver.”
Quizás la mujer del tercer milenio quiera ser pensada por el psicoanálisis como persona en su totalidad, no en las márgenes del pensamiento como “lo distinto y enigmático” sino como un ser par en el complejo concierto humano. Esta propuesta derivará en innovadoras teorizaciones que ubicarán al enigma en su carácter de universal de existencia y lo liberarán de los ecos de una fantasmática sociocultural.

1. He tratado este tema en un trabajo anterior “La Mujer y una pregunta histórica” Actualidad Psicológica, 2002.

Bibliografía
Alizade, M., Schust-Briat,G. (1990) “Marie Bonaparte, la princesa psicoanalista” en Rev. de Psicoanálisis. T. XLVII, 5/6.
Alizade, M. (1992) La Sensualidad Femenina. Buenos Aires, Amorrortu Editores.
“La mujer y la sangre.” En Rev. de Psicoanálisis. 1993, L, 3, 1993.
(2002a) “Relaciones Lógicas y Controversias entre Género y Psicoanálisis.” En Psicoanálisis y Relaciones de Género. Bs. As., Lumen 2004.
(2002b) “La Mujer y una pregunta histórica.” Actualidad Psicológica, set. 2002.
(2002c) “Analista, ¿quién eres? La interpelación sexual y de género.” En Masculino-Femenino. Cuestiones Psicoanalíticas Contemporáneas. Buenos Aires, Lumen 2004.
Aulagnier, P. (1966) Observaciones sobre la feminidad y sus avatares. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1984.
Bertin, C. (1982) La dernière Bonaparte. Perrin, Paris.
Freud, S. (1905) “Tres Ensayos sobre una Teoría Sexual”. OC BN TI.
Freud, S. (1908) “Teorías Sexuales de los Niños.” OC BN TI.
Freud, S. (1919) Lo siniestro. Bublioteca Calamus Scriptorius, Barcelona, 1979.
Freud, S. (1924) “El final del Complejo de Edipo” OC BN TII.
Freud, S. (1925) “Consecuencias Psíquicas de la Diferencia Sexual Anatómica” OC BN T II.
Freud, S. (1926) “El Análisis Profano.” OC BN.
Freud, S. (1933) “Nuevas Lecciones Introductorias al Psicoanálisis.” OC BN TII.
Grunberger, B.( 1964) “Jalones para el estudio del Narcisismo en la Sexualidad Femenina.” En La Sexualidad Femenina. Comp. J.Chasseguet-Smirgel. Editorial Laia, Barcelona.
Laplanche, J. (1987) Nouveaux Fondements de la Psychoanalyse, Paris, PUF.
Kristeva, J. (1983) Historias de Amor. Mexico. Siglo XXI Editores, 1987. p.3 36.
Leclaire, S.(1979) Entrevista a la revista Imago. Imago, 8. Buenos Aires, Letra Viva.
Moi, T, (2002) The Trouble with Femininity Theory: Freud, Lacan and Feminism, again, conferencia presentada en el Congreso de Estocolmo, organizado por el Comité Mujeres y Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Internacional, 30-31 de agosto 2002.
 
 
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