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   Entrevista

José Grandinetti
  Psicoanálisis en el Borda
   
  Por Emilia Cueto
   
 
En el año 1989 usted participó de la fundación de la Escuela de Psicoanálisis del Hospital Borda, con el antecedente del Centro de Investigaciones Psicológicas y Psicoanalíticas, de ese mismo hospital. ¿Contó con la anuencia de los sectores tradicionales del hospicio?
La Escuela de Psicoanálisis del Borda resulta del compromiso constante que un grupo de psicoanalistas mantenemos con el psicoanálisis, tanto en intención como en extensión, me refiero a la extensión de esa intención. No se trata, como decía Masotta, de que los psicoanalistas “bajen al Sur”; nuestro compromiso con el psicoanálisis implica que sea el psicoanálisis mismo el que regule nuestra presencia institucional. Presencia que se coteja con la ética psicoanalítica, es decir, con la lógica que la organiza. Nuestros modos de intervención, nuestros dispositivos y, por qué no, nuestra disposición no pueden dejar de pensarse sino es en relación con el psicoanálisis. Pero somos –y no viene mal recordarlo– además de psicoanalistas, sujetos de la política. O dicho de otro modo: en tanto la política con sus instituciones, sus operaciones y su discurso atraviesa nuestra práctica de analistas y de sujetos políticos no podemos desentendernos de ello. En ese sentido el Centro de Investigaciones Psicológicas y Psicoanalíticas (C.I.P.P.) que a quienes lo integramos nos gusta llamar “SI.P” (Sitio de Psicoanálisis) y la Escuela de Psicoanálisis del Borda resultan también de una práctica político-institucional que comenzó con la apertura de aquel querido Servicio “Enrique Pichón Rivière”, que fundé en el año 1984 y que se propuso “pensar-haciendo” cuestiones atinentes al campo del psicoanálisis, al tema de las psicosis y a las instituciones. Creo que aún algunos no me “perdonan” haber desarrollado esa tarea. Es que ese grupo integrado por psicoanalistas en formación (médicos y psicólogos), músicos, artistas plásticos, músico-terapeutas, estudiantes de cine, escritores, integrantes de la comunidad en general, intentó otro modo de abordar el problema de la psicosis interrogando y cuestionando además, cierta inercia institucional.

Por supuesto que ese proyecto fue resistido por los sectores más reaccionarios de la institución, junto con los “idiotas morales” que nunca faltan y que por su acomodaticia “neutralidad” se disponen del lado de quien lleva las de ganar.
En ese tiempo, los enfrentamientos fueron bastante descarnados y diría que de parte de esa fracción reaccionaria, sin ningún tipo de argumentación. Estoy convencido de que para muchos de ellos se trataba sólo de la preservación del poder, de la legitimización de prácticas indignas, corrosivas para el sujeto.
Con el transcurso de los años, algunas cosas se han modificado, creo que el equilibrio de fuerzas hoy es otro. Esto no quiere decir que no existan aún algunos sectores que pretenden el “orden manicomial”, pero también es cierto que son cada vez más los integrantes de la institución que pretenden un cambio en los modos de funcionamiento institucional. Pero para no alejarme demasiado de su pregunta diré que si bien la Escuela de Psicoanálisis del Borda fue, es, y será resistida, esto no implica que su posición sea marginal. No pretende ser ni marginal, ni central.

Dentro de su larga trayectoria en el citado hospital ha sido Jefe de Servicio. ¿Cuáles son las problemáticas y los campos de interés que en la actualidad atraviesan los profesionales que se desempeñan en los ámbitos por lo que usted transita?
He sido no sólo Jefe de Servicio, sino lo que es peor para algunos, Coordinador de un Área de la Dirección. Y aclaro esto porque no ha sido sencillo ni para mí, ni para alguno de mis compañeros (y me refiero a enfermeros, médicos, psicólogos, terapistas ocupacionales, etc.). Que un psicólogo, y para colmo de males psicoanalista, ocupase por primera vez la Jefatura de un Servicio en una institución psiquiátrica, y luego un Área de Dirección fue una experiencia inédita para todos nosotros en esa época. Hoy el Hospital cuenta con varios Jefes de Servicio psicólogos, una Jefa de Servicio que es socióloga. Lamentablemente en nuestra sociedad sigue primando la idea segregacionista respecto al Borda, creo que si bien esas cristalizaciones del imaginario social no son creadas de la nada, desatienden no sólo el trabajo de transformación que vienen realizando diferentes sectores del Hospital, sino también desvían la atención que debería recaer también en el orden jurídico, en el político, y por supuesto en el cultural. No existen depositarios sin depositantes. Es esa complicidad la que debemos interpretar.

El Borda y los hospitales aledaños (Moyano y Tobar García) fueron creados para aislar la locura –incluso geográficamente–. Hoy no se han desligado aún de su objetivo fundacional. ¿Es factible cambiar el contenido desde dentro de instituciones concebidas para perpetuar ideológicamente su función originaria?
Creo que muchas de nuestras instituciones no se han desligado de su objetivo fundacional porque no han querido, o no han podido interrogar mediante actos de palabra o palabras en acto-acciones el mito fundacional de cada una de ellas.
Es que aún no hemos interrogado en acto, el mito fundacional de nuestro país. Somos –me parece, y más allá de la gran cantidad de profesionales y prácticas “psi”– bastante renuentes a la interrogación de nuestros mitos para poder de-sarticularnos de ellos. Ocurre más bien que a veces se los “interroga” hasta el hartazgo para consagrarlos y sumarles más sentido. Considero que el cambio de contenido, como dice usted, se realiza desde adentro-afuera, que implica la participación de todos en las cuestiones de la “polis”. Las instituciones no son entelequias, suelen ser el resultado de cristalizaciones subjetivas, modos de ser, que se instituyen y gozan de ello. Respecto a esos aparatos, somos todos responsables, claro que de diferentes maneras, pero responsables sí, de enunciar y denunciar su funcionamiento y trabajar para su permanente transformación.
Hace ya un tiempo que vengo proponiendo donde se dé la ocasión, un cambio paradigmático para con las instituciones psiquiátricas. Considero que debemos pensar en instituciones “abiertas al don de la palabra”, centros psicoasistenciales inter y transdisciplinarios. Lugares de encuentro donde amenguar el sufrimiento psíquico. El malestar que inevitablemente requiere vivir en sociedad, y para esto no hay “técnicas”, para ello se requiere –y permítame tomar un término de Heidegger– serenidad. Esto es una ética para tratar con ese Real.

El espacio dado a la palabra en los hospicios antes mencionados ha crecido con el correr de las décadas. Sin embargo, en la actualidad se sigue aplicando otro tipo de terapéuticas tales como el electroshock. ¿Cuál es su posición respecto a este método?
En principio, permítame decirle que el espacio dado a la palabra no es garantía de nada. Suele haber mucha violencia, mucho manipuleo psicológico en algunas “direcciones de la cura” que suelen olvidar cuáles son los principios de su poder, para ejercer el dominio del otro por diferentes vías. Esto suele ocurrir y, lacanismo mediante, se lo disfraza de actos rimbombantes o manipulaciones destinadas a “acotar el goce”; las presentaciones de pacientes por ejemplo, las pasantías “zoológicas”. Cuando hablo de transformación permanente me refiero a la revisión de prejuicios, de instauraciones fantasmáticas, de desconocimientos sistematizados y goces de dominio, en fin, a la contratransferencia, que es siempre una contra a las verdades de cada cual. Por eso creo que no es suficiente otorgarle un espacio a la palabra, sino fundamentalmente, un tiempo. Un tiempo que es siempre el de la interpretación (y aquí el término tiene un alcance mayor), provenga de quien provenga, un tiempo que permita que esa suma, ese sedimento de palabras, que casi siempre se localiza en un espacio que es de poder –esa es la microfísica del poder– se disperse, se disuelva, se done. Este tipo de instituciones que, como suele decirse muy orondamente, están dedicadas a la Salud Mental, deberían tender (y esto es responsabilidad de sus miembros) al dispendio, a la donación, a la comunicación del saber, del lenguaje. Creo que sería ésta una forma de subvertir la legalidad totalizadora del saber, dispensarlo, donarlo. Soportar además las tensiones propias a cada campo del saber. Algo que a mí me gusta llamar “lógicas en conflicto”. Respecto a las “terapias” de choque eléctrico, puedo decirle que ya el nombre revela cierta insensatez. Más allá de las supuestas buenas intenciones de Cerletti, que fue su mentor, y de su llegada al Borda a través del Dr. Enrique Pichón Rivière, preocupado por la resolución de ciertas crisis psicóticas que llegaban a la catatonía, más allá de estas respetables cuestiones, creo que el electroshock es la actualización del mito energetista. Prefiero las novelas de ficción o el clásico Frankenstein que no lastima a nadie. En relación con su uso en las instituciones que usted nombra, no puedo decir demasiado, no conozco qué es lo que ocurre respecto a su uso en cada una de ellas. Yo particularmente no sé de casos en los que haya sido usado como castigo, de saberlo, lo denunciaría como lo hice hace varios años. Me parece, de todos modos, que este tema debe ser trasladado también al ámbito privado. Me refiero al uso que suelen hacer del electroshock las clínicas psiquiátricas.

Respecto al amor y la “psicosis depresiva” usted plantea que no se trata de una demanda dirigida al Otro, sino de una exigencia de amor que no tiene al Falo como medida. Si bien postula diferencias con el goce femenino también sostiene que habría articulaciones. ¿Cuáles serían esas articulaciones posibles?
Cuando me referí, en alguna oportunidad, al amor en la melancolía como un amor sin escena, sin lugar, trataba de situar esta forma de amor en correspondencia con la Verwerfung. No se trata de un amor, que como todo amor reniega de la falta de proporción sexual, es decir que pretende fantasmáticamente hacer Uno con el Otro, sino de un amor que paradójicamente, no quiere saber nada. Esto es, rechaza toda implicancia del amor con la castración. Considero, por otra parte, que el desfallecimiento de la palabra en la melancolía, no es sin consecuencia en el territorio del amor. De allí que sin ser por eso terminante, diría que se trata de un amor sin verso, sin prosa, sin letra. En ese sentido, un amor sin engaño (y no me refiero a cuestiones de infidelidad conyugal, se entiende), sin misterio, sin extimidad. Propiedades éstas (la extimidad y el misterio) que podríamos decir caracterizan al no-todo del goce femenino, en su relación con el goce fálico.
El amor en la melancolía, conjeturo, está en un “más acá” del falo como medida. Así le confiere a veces cierta apariencia de misterio, que no es más que ausencia de marca, silencio devastador. En cuanto al amor en las neurosis, según ocurre en el mito de Narciso, comentado por Ovidio, la voz es Eco y la mirada, pasión moral por el reflejo. Esto no quiere decir que el amor en la neurosis esté libre de implicancias narcisísticas, de ninguna manera. Ocurre creo, que es más soportable en sus crisis. O para decirlo con otras palabras: el amor es siempre una crisis. Crisis del Edipo, crisis de la castración, crisis de la falta de objeto. Cuando decimos que la estructura del amor en la neurosis implica una condición renegatoria en el locus del fantasma y por qué no, una argumentación denegatoria en el decir acerca del amor en la prédica de los amantes, no dejamos de situar por ello la falta en el Otro. En la neurosis, el amor se ofrece como bálsamo de esa rajadura que justamente reconoce. A esa rajadura, muchas veces el neurótico suele rajarle. Es, digamos, un amor locus, con sitio Otro, del que bien podría decirse, llegan a veces Cartas de Almor. Un amor con letra. Un amor signado por la metáfora paterna y en cierto sentido, un amor oblativo. Un amor, que siempre sustituye una cosa por otra.
El amor en la neurosis hace lazo justamente porque el abrazo nunca alcanza, ninguna estrechez podrá abolir ni el vacío ni el azar.
_________________
José Grandinetti. Psicoanalista, Jefe del Servicio de Atención Psicoanalítica de las Crisis, del Hospital Borda. Director del Centro de Investigaciones Psicológicas y Psicoanalíticas (C.I.P.P.) – Escuela de Psicoanálisis del Hospital Borda. Autor de Escritos de un psicoanalista, Espantapájaros, Buenos Aires, 1989.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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