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   Entrevista

Hugo Vezzetti
  Tras las huellas de Freud en Argentina
   
  Por Emilia Cueto
   
 
Dentro de sus investigaciones le ha dedicado gran importancia al desarrollo del psicoanálisis en el período que va desde 1910 a 1940, previo a la formación de la A.P.A. ¿Se podría decir que la influencia que la práctica de José Ingenieros tenía en el ámbito médico e intelectual demoró la inserción del psicoanálisis a nivel académico en Buenos Aires?
Yo no diría eso. En principio, para hablar sobre los procesos de implantación del psicoanálisis, hay que ver de qué modo se han dado esos procesos en el mundo. Hay que colocar el caso argentino en relación con otros casos. En general, el psicoanálisis se ha implantado en el mundo occidental allí donde ha encontrado grupos, sectores, que se han apropiado de él. Y eso ha sucedido, fundamentalmente, en dos ámbitos. Uno es el ámbito médico. En lo referente al desarrollo del psicoanálisis médico, el caso motor es el de Estados Unidos, llegó un momento en que ya es casi indiferenciable el ser psiquiatra de ser psicoanalista. Son psiquiatras los que se apropian del psicoanálisis y lo desarrollan, lo implantan y hacen una difusión extraordinaria. La otra esfera de recepción es el ámbito más intelectual, cultural, dado que Freud siempre tuvo ese doble público, esa doble apelación. Apelaba a los médicos y, de hecho, fueron mayoritariamente médicos sus discípulos y quienes le dieron al psicoanálisis una orientación hacia las prácticas terapéuticas; pero al mismo tiempo, siempre tuvo ese núcleo de intelectuales interesados en el psicoanálisis, ya en vida de Freud, el caso de Stefan Zweig, de Thomas Mann.

El comienzo de lo que podría ser una implantación extensa del psicoanálisis en el mundo se da a partir de los años veinte, no antes. El caso de Francia es muy conocido cuando el psicoanálisis, incluso aun después de los años veinte, tiene un desarrollo muy limitado. El caso de los Estados Unidos comienza, quizás, un poco antes, pero el gran desarrollo se produce allí un poco después. Por lo tanto, tampoco era posible esperar que el psicoanálisis tuviera un arraigo muy fuerte en la Argentina, porque no lo había tenido en ningún lugar en esos años. Ingenieros murió en 1925. Por lo tanto, sería difícil esperar que el psicoanálisis pudiera haber encontrado condiciones más favorables en Buenos Aires que las que pudo haber encontrado en París o en Nueva York en esa época.

Alberto Hidalgo, bajo el seudónimo del Dr. Gómez Nerea escribía en su libro Freud y el chiste equívoco (Editorial Tor, 1939): “Es de impostergable urgencia una vulgarización de Freud. La dificultad acaso provenga de que su obra es muy extensa”. ¿Cuáles fueron a su criterio las condiciones que hicieron propicia la circulación de Freud en la sociedad porteña?
Ese en un tema realmente muy interesante. En principio, hay que, nuevamente, ponerlo en el contexto de lo que han sido los procesos de difusión y de extensión del psicoanálisis en el mundo, porque no es que el psicoanálisis se haya difundido sólo en la Argentina. El caso del psicoanálisis en Estados Unidos es muy característico en ese sentido. Hay un período en el que ciertas ideas del freudismo alcanzan al gran público. Esto quiere decir que encuentran sus mediadores: periodistas, médicos ligados a esa tradición del higienismo médico que escribe para el público más amplio. Entonces, esas son las condiciones que crean la imagen de Freud como un autor fundamental del mundo contemporáneo ya en los años treinta.

En Aventuras de Freud en el país de los argentinos señala que en nuestro país el freudismo es anterior al psicoanálisis. Entendiendo al psicoanálisis ligado a ciertas condiciones institucionales establecidas por su creador, como miembro de un movimiento, y en este sentido solo habría psicoanálisis a partir de la A.P.A.
Exactamente. Ahora bien, ¿por qué el freudismo encuentra un público? Yo creo que es un problema donde se verifica por qué no se puede hacer una historia del psicoanálisis o del freudismo si uno solamente mira lo que podrían ser las fuentes correspondientes a los que escriben sobre Freud. Porque no se puede entender eso si uno no advierte qué clase de sociedad y qué clase de cultura se estaban conformando en la Argentina en los años veinte. Lo que hay que registrar allí es que la primera condición para que se constituya muy ampliamente un público para estos temas, es que haya un público. Parece una perogrullada, pero es así. Que haya un público quiere decir que haya una sociedad suficientemente moderna, alfabetizada y con vehículos de transmisión, es decir, periódicos, revistas, editoriales en condiciones de, en parte, construir y, en parte, alimentar un público. Esto es una primera cuestión: existe un proceso de modernización y un público crecientemente abierto, interesado en lo que pueden ser ciertos temas que forman parte de la agenda, del horizonte de las cuestiones contemporáneas. Entre ellos, cómo no iba a estar la sexualidad, porque ahí empiezan a ver cómo se lee a Freud, para qué, en relación a qué cuestiones. La sexualidad es una, centralmente. Otra cuestión en la que aparece el freudismo, de algún modo involucrado, tiene que ver con el asunto de las relaciones familiares y, sobre todo, de las relaciones materno-filiales, la educación de los niños, los temas de la adolescencia. Otro punto tiene que ver con los temas de lo que pueden ser ciertos trastornos y problemas que forman parte de las sociedades contemporáneas, que aparecen, entonces, como sociedades más inquietas, más agitadas, menos aplacadas que las sociedades tradicionales. Surge la idea de un cambio en la sociedad, en la moral. En el marco de esta idea de una sociedad y de una cultura en transformación, aparece el lugar de la mujer y los cambios en la situación de la mujer. Entonces, es eso lo que uno puede ver con una mirada más amplia sobre zonas de la cultura intelectual, incluso, de la cultura popular en esos años.

Las primeras lecturas que se hicieron de Freud, en Argentina, fueron en francés. ¿Esto marcó alguna consecuencia en ese primer tiempo inaugural?
Yo creo que sí, porque lo que uno ve en un primer momento, y sobre todo me refiero a la recepción médica, es que aparecen las mismas reservas que surgen en Francia. La recepción francesa del psicoanálisis fue muy reticente en la medida en que la psiquiatría, la psicología francesa estaban dominadas por la orientación de Janet. Además, en el medio, hubo una guerra que también cumplió su papel. La Primera Guerra tuvo una incidencia fenomenal en términos de cortar relaciones de lo que sería la cultura de habla francesa y la cultura de habla alemana. Y hubo muy pocos casos, uno fue el caso de Romain Rolland, no casualmente, interlocutor de Freud en la discusión sobre El porvenir de una ilusión. Porque Romain Rolland se va de Francia. De algún modo, abandona su propio país para no verse arrastrado por la ola del nacionalismo y del patriotismo francés. Y es declarado traidor. Se va a Suiza, que es un país neutral, después, desde allí, sí, puede mantener su relación con amigos alemanes o por lo menos, del lado enemigo. Pero para los franceses que quedan en Francia, no sólo eso está impedido, está cortado por la guerra, sino que además, la ola de patriotismo alimenta toda clase de fantasmas en términos de la oposición y la enemistad ya no sólo militar, sino cultural e intelectual. Entonces, en el caso francés, existe esa fractura generada por la guerra y existe, por otra parte, la resistencia muy fuerte que opone una organización de la psiquiatría, una institución psiquiátrica muy fuerte y muy arraigada en Francia, cosa que no sucede en Estados Unidos. Por eso, el psicoanálisis encuentra condiciones de recepción mucho más abierta en los Estados Unidos, porque no hay un aparato, un dispositivo psiquiátrico, fuertemente instalado que le haga resistencia. En la medida en que la psiquiatría argentina ha seguido todos esos años –yo diría desde su constitución a fines del siglo XIX– muy vigorosamente las tradiciones francesas –y además era muy habitual que los psiquiatras fueran a formarse o pasaran períodos de formación en Francia–, es evidente que la misma posición del psicoanálisis que imperaba en Francia dominó acá. Uno lo puede ver en los trabajos de Ponce cuando escribe esa especie de sátira irreverente contra Freud. En realidad, lo hace desde París reproduciendo las cosas que ve y, por supuesto, las cosas que los psiquiatras parisinos piensan del psicoanálisis.

En el Diccionario de psicoanálisis de Roudinesco y Plon se cita un artículo suyo en referencia a las traducciones de Freud. Allí usted cuenta que de la traducción de Freud que hizo el argentino Ludovico Rosenthal en 1942 “se proyectaba un volumen suplementario que nunca se publicó y que iba a incluir un diccionario de psicoanálisis y una biografía sucinta agregada al índice temático de veintidós tomos”. ¿Cuál fue el destino de esos textos?
La traducción de Ludovico Rosenthal fue a pedido de Santiago Rueda. Ahí hay un tema que es fundamental para entender los procesos de difusión y de implantación del psicoanálisis, que es el papel que cumplen los editores. Esto es extraordinario. Sea en la divulgación popular, como es el caso de la Editorial Tor –el dueño era Torrendell– que no tenía el menor interés en el psicoanálisis, simplemente, lo que les interesaba era vender. Efectivamente, fue un buen negocio. Ese artículo que cita Roudinesco es algo que salió publicado en francés. En una obra colectiva sobre las ediciones de Freud, yo escribí sobre las publicaciones de Freud en castellano. La iniciativa es de Santiago Rueda, que era un editor español extraordinario, de los que habían llegado a la Argentina emigrados durante la Guerra Civil. El editó la primera traducción de Ulises en español. Era un editor que podía colocar a Freud en el marco de un catálogo que estaba repleto de autores importantes y contemporáneos en el campo, sobre todo, de la literatura.

Y Rosenthal es alguien que muestra que es posible leer a Freud en alemán –él, obviamente, lo lee en alemán– y hace una labor notable. Estos ya no eran los tomos de la Editorial Tor que tenían el valor de un café con leche, estos eran libros de otro precio y, por lo tanto, para otro público. Además, no tenían el estilo ni la escritura que el doctor Gómez Nerea le imprimía para que pudieran estar al alcance de todo el mundo, sino que era la reproducción rigurosa de los textos de Freud tal como hoy se pueden leer en las ediciones que existen. Por lo tanto, suponía un público más culto, más ilustrado. Esa empresa se hace a lo largo de unos cuantos años, y los libros salen y se venden. Es decir, que ahí la función del editor es fundamental. Y el trabajo de Rosenthal es extraordinario. Yo digo en mi artículo que en el momento en que se consuma la edición de Freud de Santiago Rueda, es la más completa que existe. La Standard Edition no se había terminado, esto va a ocurrir hacia los años sesenta, que es la edición que se puede considerar canónica de las obras de Freud. Y por supuesto, no existía una edición integral de Freud en alemán. Después de todo lo que había ocurrido, en particular con la guerra, las versiones de Freud en alemán no habían sido completadas, ni organizadas en forma integral. Es en Buenos Aires, donde las condiciones muy particulares de producción y recepción intelectual de esos años, hacen posible la edición más completa hasta ese momento. Incluso, Rosenthal va dando cuenta de los modos como él consigue algunos trabajos de Freud que habían sido publicados en revistas y que no estaban volcados en libros, todavía, y no tenía la edición inglesa para cotejar como se hizo después. Por lo tanto, tenía que ir incorporando algunos textos dispersos de Freud para completar ese tomo que faltaba, que era prácticamente un tercio de la obra de Freud. Es lo que después, cuando se completa la edición de Biblioteca Nueva, en los años sesenta, aparece como un tercer tomo, dado que la primera edición era en dos tomos y alcanzaba hasta los años veintitantos. Para ese tercer tomo, reproduce la traducción de Ludovico Rosenthal, pero sin decir que es de él, sino que aparece un traductor y se apropia de la traducción Rosenthal, que había sido anterior. Eso es algo que nunca terminé de entender, por qué no hubo ningún tipo de denuncia sobre esta situación. Aparentemente, la Asociación Psicoanalítica no quiso, porque Ludovico Rosenthal nunca fue admitido como miembro. No sé cual fue la razón. Él quería ser candidato, pero no fue admitido, a pesar de lo cual, siempre fue un colaborador de la Revista de Psicoanálisis¯. Él publica, comenta libros y algún artículo, en general siempre sobre la obra de Freud, que conocía mejor que nadie. También es posible, que hubiera una situación irregular en términos de derechos. Quizás Santiago Rueda no tenía los derechos sobre la obra de Freud que tradujo, y por lo tanto, se apropiaron de la traducción sobre la base de que nadie podía iniciarles algún tipo de acción legal.

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La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com
 
 
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