En el primero de los ensayos de un conocido libro suyo –Los nombres indistintos– un lingüista que suele incursionar con tanta originalidad como arbitrariedad en el psicoanálisis, me refiero a Jean-Claude Milner, ha construido un curioso sistema.
Parte del clásico “hay tres” –R.S.I.– y funda a partir de allí un aparato formal de deducción que permite que haya derivación de algunas proposiciones, pero como las proposiciones se implican recíprocamente y así forman un anillo, se constituye una repetición indefinida que torna imposible la misma deducción.
Semejante máquina de ingenio –y otras de las que suele disponer– está posibilitada por los presupuestos que establece el párrafo inicial del artículo inaugural:
“Hay tres suposiciones –dice–. La primera, o más bien la suposición uno, pues, ya es excesivo darles un orden, es que, por arbitrario que sea, hay; proposición thética con no más contenido que su planteamiento mismo; gesto de corte sin el cual no hay nada que haya. Se nombrará esto real o R. Otra suposición, llamada simbólica o S, es que hay lalengua, suposición sin la cual nada y singularmente ninguna suposición podría decirse. Otra suposición, por último, es que hay semejante, donde se instituye todo lo que forma lazo: es lo imaginario o I.”1
Lo primero que puede decirse de semejante construcción: hay, lalengua, semejante, es que en su extrema generalidad y ausencia de especificación –el término “sexualidad” no está incluído en la enumeración primitiva– puede aplicarse a cualquier cuerpo conceptual, venga de donde venga, físico, químico, biológico, lingüístico, etc; y así su pertenencia psicoanálitica queda excluída de entrada. Quiero decir: la proposición que afirma “hay tres” es más bien una visión del mundo; bastante pobre, por lo demás.
De otra parte es preciso interrogar el “hay”, en el cual se contiene, creo, el mayor de los equívocos. Milner, que es lingüista y como tal practica un formalismo inspirado en la epistemología de Popper, subtiende, espontánea o astutamente, no lo sé y no importa mucho la diferencia, el uso formal del “hay”. En matemáticas y en lógica la diferencia entre axioma y teorema consiste, simplemente, en una cuestión de posición; un teorema se deriva de un axioma; un axioma es arbitrario, no se deriva de ningún antecedente, porque si fuera así quedaría reducido al estatuto del teorema y requeriría, a su vez, un punto de partida que lo fundara. Ahora bien, los axiomas y precisamente por esa posición arbitraria e inaugural, no deben demostrar su validez: ellos pertenecen a lo que “hay” y se definen por mera enumeración.
Cuando un lógico construye su sistema no debe “justificar”sus axiomas; basta que los enumere.
Si no los instituyera, no habría nada, absolutamente nada.
Pero el campo del psicoanálisis –y su propio campo, el de la lingüística– no puede partir de un “hay” fijado téticamente, es decir, por un mero acto de posición, porque, antes que nada, cualquier elaboración debe partir de imposiciones y supuestos que lo preceden y que el psicoanálisis reconoce a posteriori, estableciendo conceptos que permiten delimitar tales imposiciones y supuestos, sin olvidar que toda invención lleva la marca de la causa de la que, en última instancia, no puede dar cuenta.
Nada sabemos acerca de la causa de la invención, aunque sólo podemos acceder a esta verdad a partir de la invención misma, la cual no es, en ningún caso, autosuficiente.2
En francés existe la expresión il y a, que traducimos por “hay” y cuyo origen es la expresión alemana tan usada por Heidegger, es gibt, que literalmente podemos traducir como “eso da o ello dona”. En Heidegger es la marca del ser, el que dona su presencia, con la connotación de abundancia y de generosidad. En Levinás, por el contrario, Il y a lleva la cruz de lo impersonal, de la existencia sin existente, una existencia en la que no hay lugar para la singularidad y que tiene muchos puntos en común con la noción lacaniana de “real”; “Hay”, para este filósofo, significa la pura continuidad sin diferencia ni distancia, la opresión del ser compacto cuyo mayor testimonio es el insomnio.
Pero tanto en Heidegger como en Levinás, el “hay” implica que hay una imposición de algo que me precede y me causa sin que yo pueda, concernido como estoy por ello, determinarlo de manera exhaustiva.
Esta perspectiva ha quedado absolutamente abolida por la construcción de Milner, que bien podría decir, gracias a su ingenio, lo que dijo y exactamente lo contrario, justamente porque supone que una afirmación thética no tiene otro contenido que la afirmación misma.
Pero además, hay aquí, y este “hay” es funesto, la suposición de que cada uno de estos registros, para decirlo con el lenguaje formal que le gusta a Badiou, se cuenta por uno. ¿Es así?
Esta es una de las peores falacias – y sin duda excede a Mil-ner: el propio Lacan la ha practicado, sobre todo en sus últimos seminarios.
El llamado registro de lo simbólico es, en verdad, una palabra-valija, caben infinidad de cosas allí, beneficiadas por los formidables equívocos de la terminología.
Por ejemplo, la llamada lalengua no equivale, en modo alguno, a la noción de significante. Lacan produce la expresión en los últimos seminarios para dar cuenta del estado cancerígeno de la palabra, esa palabra que tortura al hablante y que no queda limitada, como piensan algunos dispuestos a evitar cualquier problema que pueda surgir en el horizonte, al campo de la psicosis. Ahora bien, el significante, como tal, no puede dar cuenta de ello, precisamente porque es definido por la emergencia de un sujeto representado por él, y en lalengua, todo junto, antes de que llegue a ser la/ lengua, separación del artículo y el sustantivo, lo que predomina la perfusión ilimitada y destructora de la masa de representaciones, cuerpo denso que sólo un trabajo de elaboración intenso y siempre precario, puede elevar al cuerpo sutil del significante.
Y que nadie abra el paraguas del “lenguaje”, porque esa palabra es la trampa que en su falsa transparencia ha ocultado todos estos problemas que aquí me limito a esbozar.
Podría continuar enumerando niveles de lo simbólico que exceden al significante porque éste no es más –no es menos– que un resto de los códigos sociales, los cuales en ningún caso son totalizados por ninguna instancia unitaria.
¿Y lo real?
¿No hemos transformado a este vocablo en una fantasma de inmovilidad?
Lo real, ¿es uno, siquiera en la enumeración? Creo que no, no sólo porque hablar de un registro de lo real es ya contradecir la misma noción (si es que puede hablarse de noción a propósito de lo real), sino porque, pongo por caso, ya en el seminario R.S.I. Lacan da de lo real una definición que en muchos aspectos –y me extraña que no se lo haya notado– es contradictoria con la noción modal, es decir, con aquella caracterización que dice de lo real que es lo que no cesa de no inscribirse.
Lo real como existencia, digamos, en la medida en que implica la posición extática del existente, ¿no contradice a lo real como pura identidad indecible? Si lo real no cesa de no inscribirse, el existir es la forma eminente de inscripción: inscripción del uno en más, inscripción del sujeto, etc.
Quizá esta última caracterización de lo real sea más rica que la anterior –y en algún momento trataré de desarrollar una concepción de éste ligada a la noción aristotélica de movimiento, movimiento orientada hacia el goce; algo esbozado, como se sabe, en el seminario La angustia– pero con toda evidencia pulveriza la supuesta cuenta por uno del registro.
Podría prolongar estos someros análisis con una descomposición de la noción aparentemente simple de semejante, pero lo dejo para otro momento.
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1. Milner, J.-C., Los nombres indistintos¸ Manantial, Buenos Aires, 1999, p. 9.
2. La ilusión de origen griego de autonomía y autolimitación ha encontrado un refugio eficaz en la ilusión del formalismo de la que Milner participa con su spinoziano aire more geometrico. |