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   Entrevista

Héctor López
  Por Emilia Cueto
   
 
Usted sitúa a la droga como el “suplemento que sostiene la precaria estructura del adicto”. ¿De qué manera piensa este lugar de la droga en relación al cuarto nudo propuesto por Lacan?
Su pregunta me parece muy interesante, ya que el cuarto nudo cumple en la estructura una función de suplencia, pero también muy difícil de responder. Lo intentaré con lo elemental, que no es lo menos importante, sino el elemento, la pieza fundamental.

El término “suplemento” está tomado de Sylvie Le Poulichet que habla de toxicomanías por la vía del suplemento y toxicomanías por la vía de la suplencia, siendo estas últimas más graves que las primeras. No recuerdo del todo qué lectura hago de esto en mi libro, y quizá lo que diga aquí modifique aquello.

La operación farmakon como suplemento se aplica a sostener alguna función yoica narcisística que no se sostiene por sí misma. Por ejemplo, beber alcohol o aspirar una línea de cocaína para ser más atrevido con el sexo opuesto o acometer acciones impedidas por la inhibición, consumir éxtasis para sostenerse en pie toda la noche bailando música tecno, etc. Se trata de “suplementar” al yo ahí donde aparecen inhibiciones o límites a sus funciones.

En este sentido no se trataría de un reanudamiento de un significante excluido por forclusión, sino del apuntalamiento de un andamiaje narcisístico afectado por la represión neurótica. Aquí la precariedad de la estructura del sujeto estaría más bien en la conformación del nudo de lo imaginario antes que una falla simbólica, aunque ésta es en realidad irreductible, tengámoslo en cuenta.

La operación farmakon como suplencia implica sí la función de la droga como un elemento real que viene a suplir la carencia de un elemento simbólico.

Pero ahora que lo pienso bien, de ninguna manera podría haber una equivalencia con el cuarto nudo, ya que la construcción de éste implica un hacer, un faire del sujeto como dice Lacan, y una instalación de la función de suplencia como sostén, por otros medios pero siempre con el apoyo del significante, de la función simbólica del nombre del padre. El cuarto nudo es algo que sostiene al sujeto en lo simbólico y como dice Laurent, estabiliza la estructura mediante mecanismos que pertenecen al discurso, por más propios o singulares que sean.

Justamente porque el tapón a la falta que pone la droga no sostiene, no se anuda, es que debe ser reforzado constantemente mediante la ingesta repetida.

Quizá con esto esté contradiciendo a Le Poulichet, pero pensado así, el recurso a la droga no podría homologarse con la construcción de un cuarto nudo, como es el caso de Joyce, por ejemplo.
La intoxicación no construye nada, sino más bien destruye. Ni siquiera permite la apertura a lo real de inconsciente como lo pretendía un cierto narco-análisis que conocimos en la Argentina, pues en la intoxicación alucinógena, no se trata de otra que de la proliferación imaginaria de los fantasmas, lo cual no es lo mismo.


En Las Adicciones. Sus fundamentos clínicos, refiere que el adicto toma el atajo de la cancelación tóxica y no tolera –como el neurótico– “el desvío que va del sujeto al Otro por los carriles de la demanda”. Siguiendo sus planteos, ¿de qué manera piensa el establecimiento de la transferencia y la posibilidad de un análisis?
Usted ha tocado de cerca los más grandes obstáculos clínicos de estas patologías al análisis. El toxicómano, aún antes de que aparezca el deseo, ya lo está taponando mediante el “cortocircuito” de la droga, lo que usted recuerda como “atajo de la cancelación tóxica”, porque no tolera la experiencia de la falta que implica el deseo, y la búsqueda de satisfacción por las vías metonímicas del discurso. Porque en la cancelación, que no debe confundirse con “supresión”, siempre se trata de un recurso para aliviar el dolor de la falta.

Esto lo deja fuera del campo de la demanda, pues frente a la exigencia pulsional no se dirige al Otro, sino directamente al objeto sustancial. Esto, al menos en principio, lo deja fuera de la transferencia, es decir fuera de la relación con ese Otro al que Lacan llama sujeto supuesto al saber. En la medida que ese lugar no se constituye, el adicto queda también fuera de los efectos de la interpretación, ya que la eficacia de ésta depende del funcionamiento transferencial.
Faltarían, en principio, los dos elementos básicos que constituyen las condiciones de un tratamiento psicoanalítico.

Demás está decir que si es dable un tratamiento psicoanalítico, debe empezar por favorecer que la transferencia psicoanalítica (que va más allá de una buena relación persona a persona) se instale para poder hacer eficaz el instrumento fundamental del analista que es y será la interpretación. Lo digo tan enfáticamente porque se escuchan voces que hablan de una era posinterpretativa en el análisis, que no deja de ser una infiltración de una ideología cultural, donde efectivamente hay una caída de los “grandes relatos” que daban una interpretación a la vida en sociedad.

Estos logros son de por sí accesibles cuando nos encontramos con pacientes neuróticos cuyos modos de satisfacción no se limitan a la droga, es decir que el paciente no está monopolizado por la sustancia tóxica. Son sujetos que traen sus conflictos, y entre ellos, a modo de síntoma, el problema del consumo.

Pero hay otros casos donde el psicoanalista, si se propone no retroceder ante la adicción como Lacan propuso con respecto a la psicosis, debe tener también en cuenta que el psicoanálisis tiene sus límites, que no es aplicable universalmente, y que hay que estar dispuesto, como aconsejó Freud, a retirarse en silencio.

Si bien el psicoanálisis es único por las transformaciones que pretende producir, no es el único tratamiento posible para la adicción. A veces es una necesidad ética tratar de suprimir el consumo, y aquí sí cabe el término supresión y no cancelación, es decir quitar el hábito como condición para realizar un trabajo analítico. Esto en los casos que toda la libido del sujeto, junto con toda su actividad, su tiempo y sus deseos, esté polarizada por el tóxico.

A veces hay que conformarse con eso, sobre todo con sujetos que se nieguen al tratamiento psicoanalítico. Lo mismo sucede con la religión, que es un excelente antídoto contra la droga y la delincuencia para muchas personas.
¿Que este cambio de objeto no haga más que sustituir el objeto droga por el objeto de la religión? Seguro que sí, pero ¿quién ha dicho que todo el mundo deba analizarse, aún forzando las cosas cuando su estructura es incompatible con el inconsciente?

El mundo de las drogas es un campo donde el psicoanálisis no obtiene sus mejores resultados, pero cuando los obtiene, son mejores que los de cualquier otro procedimiento represivo o supresivo.
De todos modos el campo del psicoanálisis es uno solo, el de la transferencia y la interpretación, sostenido por el deseo del analista, y eso no creo que pueda cambiar.

Si lo cambiamos para “adaptarnos” a las nuevas patologías, como es el caso de las enormes dificultades de las toxicomanías, ya estamos haciendo otra cosa, ni buena ni mala, pero otra. ¡Sepámoslo!


Respecto de las adicciones se ha hecho hincapié en que a partir de la relación particular del sujeto al significante la interpretación no es la herramienta más adecuada, siendo la intervención en acto lo que permitiría alguna operatoria. ¿Cómo lo piensa?
No estoy para nada de acuerdo con eso. Si el acto consiste en internar al paciente cuando es necesario, o enviarlo al psiquiatra en cierto momento, entonces estaría de acuerdo, según el caso y el momento.
Pero reemplazar la palabra por la acción, abusar del corte abrupto de sesión, me parece que no es digno de un psicoanalista, y es más, me parece que indica falta de creencia del analista en el inconsciente y en su herramienta fundamental que es la palabra, y lo que Freud llamó “elaboración”. Acoto por las dudas que no dejo de dar valor al corte, ya que a veces es el único camino para la elaboración.

La palabra es poderosa sin duda, pero sólo cuando el analista cree en el poder de la palabra y no en el suyo.

Como el acto es “a ciegas”, es muy peligroso en el caso de sujetos toxicómanos, que lo menos que necesitan del otro lado, es a alguien que juegue a la magia del conejo y la galera. Si el adicto se caracteriza por la acción, por la compulsión, por la intolerancia, por la dificultad en la continuidad de un trabajo, tanta intervención en acto refuerza y acelera esos rasgos.

Por lo que conozco, es necesario favorecer que haga una experiencia de instalación de su propia “temporalidad”, es decir de una historia imaginario-simbólica, de discurso, de “serenidad” en sentido heideggeriano, y de transferencia. Sobre la tendencia al análisis express basado en el corte como único recurso publiqué hace unos años en Imago-Agenda un artículo titulado “El ocaso del analista inhumano”.

Por otro lado, como ya lo sugerí en respuesta a otra pregunta suya, el fenómeno de la toxicomanía no es ajeno a la función del significante. Nada de lo humano es ajeno a esa función, y seguramente estaremos de acuerdo en que el adicto, por más desubjetivizado que esté, es un sujeto.

También en Las Adicciones. Sus fundamentos clínicos expresa que la “cancelación tóxica” cumple dos funciones: una cancelatoria (del dolor) y otra de “restitución funcional” ¿En qué consiste esta segunda función?
Hay autores que han hecho demasiado hincapié, a mi entender, en la función negativa de la cancelación. Por ejemplo Giulia Sissa en su extraordinario libro El placer y el mal, filosofía de la droga dice que el goce de la droga sólo consiste en un “placer negativo”, el placer del alivio que implica la ingesta ante el estado de angustia e inquietud previa, pero que, cuando la adicción se instala, ya no queda nada de la positividad del goce soñado, ya no se produce ninguna otra sensación que no sea la del placer de verse libre del dolor.

Yo he hablado incluso del “mito individual del adicto” que describo como la creencia mítica en una primera experiencia absolutamente satisfactoria en el flash tóxico, que el adicto pretende reencontrar en las sucesivas, sin jamás alcanzarla por la sencilla razón de que nunca existió así como el mito la recuerda.

Por mi parte, entiendo que esa función negativa no es la única en la intoxicación, existe también una función positiva a la que llamé “restitución funcional”. En la droga se busca algo positivamente, no sólo cancelar el dolor, también se busca activar, restituir la fantasía, es decir gozar de algo más ligado al significante como es la fantasía, no sólo un goce del cuerpo por la modificación que produce la sustancia química en las sensaciones psicofísicas. A tal punto creo que es así, que muchas veces las drogas han sido ingeridas por la actividad fantasiosa que ayudan a producir. Muchos escritores del campo de lo fantástico recurrían a la mescalina con la ilusión de atravesar los límites de la conciencia. El tóxicómano común está mucho más urgido por el dolor y la necesidad negativa de cancelarlo. Volviendo entonces a ese mundo cotidiano donde el toxicómano está atrapado, activar la fantasía es una manera de transponer el goce pulsional a lo plancentero del fantasma, cosa que pueden hacer nuestros autores del texto drogado pero que no es accesible a todos.

La fantasía es un trabajo, por lo tanto es tiempo, por lo tanto es imposible para el adicto, llamémosle con Burroughs “de tiempo completo”.
Pero ahí están ciertas drogas para remediar esa situación en tanto producen una actividad placentera de un fantasear inmediato, automático, casi sin sujeto ni trabajo psíquico. A esto llamo restitución funcional de la fantasía. La fantasía realiza una separación parcial del objeto real, que sin embargo reaparece recuperado en el fantasma.

Es a lo que se ve arrastrado el adicto, a introducir la función imaginaria del fantasma como recurso frente al trauma del dolor, y de paso, gozar de las satisfacciones que de él pueda extraer. Lo que propongo es que esta restitución funcional está destinada al fracaso ya que no hay verdadero fantasear sin trabajo psíquico.

He llamado “giro a la pesadilla” al punto final del proceso que preanuncia la repetición de todo el ciclo, en aquellos casos donde la fantasía producida por el efecto químico no logra velar la angustia ante la invasión pulsional, haciendo inevitable su repetición.

El toxicómano es un moderno Sísifo que en vez de cargar con una piedra, carga con la droga.

La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
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