Siendo muy joven fue secretaria de Pichon Rivière en la clínica de la calle Copérnico. ¿Cómo llegó a ocupar ese lugar?
Así es. Era muy joven, necesitaba trabajar, y en esa época, hacía traducciones del inglés o francés al español. En el caso de Pichon se trataba del inglés –que le costaba más– dado que él hablaba bien francés. Pichon era un devorador de libros y de artículos interesantes, y quería leer rápido. En esa época yo tenía otro trabajo y, después, a la noche, hacía las traducciones en la clínica. Poco a poco, fui quedando no sólo para realizar traducciones, sino como secretaria de la clínica. En aquel entonces, se trataba de una clínica familiar, de amigos y colegas jóvenes; entre ellos, se hallaba quien después fue mi marido –García Reynoso–. Había un ambiente de aprendizaje permanente, con lo cual, si bien mi trabajo era de secretaria –yo no era profesional–, aprendí muchísimo de psicoanálisis y psicopatología, porque pasaba los historiales clínicos, hacía las admisiones de los pacientes que llegaban y asistía a las discusiones clínicas que se realizaban con Pichon Rivière y todos los colegas. Muchos de ellos, muy jóvenes. Estaba Mom, García Reynoso, Tallaferro, Rebe Álvarez de Toledo, que era un poco más grande. Era gente muy inteligente, con ganas de estudiar y aprender. Esa fue mi primera experiencia en las puertas del psicoanálisis.
¿Su participación en las reuniones clínicas estaba dada por su interés o a instancias de Pichon?
Era así, porque era una clínica muy especial. Había un clima y un tiempo de trabajo y estudio, de mucha efervescencia y entusiasmo.
Esta es la esencia de lo que aplicó Pichon en el hospicio y en las asambleas incluyendo pacientes, profesionales, personal de enfermería.
A Pichon lo llamábamos el Maestro (con mayúscula). Era un maestro, era de esas personas de las cuales por estar al lado uno aprende. Aprendía también de lo que él elegía para hacerme traducir, de su manera de elegir los textos y su interés permanente por transmitir sus enseñanzas. Lo que hacía poco era escribir, pero oralmente, era un verdadero maestro.
En el año 1988, usted participó, convocada por Ana Quiroga, de un homenaje que se le hizo a Pichon Rivière. En un texto muy emotivo usted rescataba la importancia de Pichon como maestro y que él le había posibilidado una apertura a lo grupal. ¿Su interés por lo vincular surge a partir del encuentro con Pichon o es anterior?
Mi encuentro con Pichon data de 1949. Yo empecé a ocuparme de lo grupal en un espacio que llamamos El grupo de los lunes con una serie de colegas con los que, después, formamos la Asociación de Psicoterapia de Grupo, que casualmente va a cumplir su cincuenta aniversario ahora, para lo cual estamos preparando un homenaje, un festejo. Mi interés por lo grupal surgió en ese grupo de estudio que empezó a reunirse para pensar qué pasa más allá del psicoanálisis individual. Allí había gente de distintos niveles, Marie Langer, Emilio Rodrigué, eran más grandes y con más formación psicoanalítica que la que podía tener yo, pero nos reuníamos para pensar qué era eso de los grupos. Y en 1954 se fundó la Asociación de Psicoterapia de Grupo con aval internacional. De ahí en más, yo seguí con los vínculos, por supuesto, dándole otras vueltas hoy. Hoy no pienso los grupos como los pensaba en esa época, pero es natural, pasan los años, y uno va modificando. Pero seguramente, la manera de encarar el trabajo de Pichon alguna influencia tuvo en mi interés por lo grupal, y darme cuenta de que no era lo mismo trabajar en análisis individual que con grupos. Hoy, en función de mis teorizaciones sobre los vínculos, pienso que, si bien no es lo mismo, porque cada situación crea sus propios sujetos y son escenarios singulares, estoy más cerca de pensar que se puede trabajar algo de lo vincular en una sesión individual, en la medida en que el analista es siempre un otro para el paciente y no es sólo un objeto sobre el cual el analizado proyecta sus propias situaciones internas, sino también, es un otro con función de alteridad que perturba, digamos, al paciente por su ser otro. Entonces hoy, en función de mis múltiples teorizaciones sobre lo vincular, no digo que sea lo mismo, pero sí que se puede pensar que algo de lo vincular, también, se puede trabajar en análisis individual, así como algo de lo singular se puede trabajar en un análisis vincular con distinto marco teórico.
En el libro Lo vincular escrito junto con Isidoro Berenstein postulan la inoperancia del encuadre analítico bipersonal para conflictos que permanecen sin modificación. Dicen: “No todo encuadre es apto para toda transferencia”. ¿Cuáles son las limitaciones clínicas que presenta el encuadre formulado para el análisis individual?
Eso lo sigo manteniendo. Yo creo que en una época se pensaba que toda persona debía ser apta para analizarse y todo encuadre analítico debía ser apto para producir transferencias, y que si no las producía era por resistencia, pero que trabajando la resistencia se podía recuperar la capacidad de transferencia de un sujeto. A lo largo de estos años fui pensando que no, fui considerando que era una visión omnipotente de los analistas, que pensaban que no importaba quién fuera uno, porque transferencia se iba a producir. Después, reflexioné que si uno ve empíricamente cómo se produce el encuentro entre dos personas, no con toda persona hay un encuentro. Puede ver a alguien, pero no se origina lo que se llamaría una producción vincular. ¿A qué se debe? Es difícil decidirlo. Es similar a por qué dos personas se enamoran. Se puede explicar por la historia, por repetición, por identificaciones, pero en verdad, no hay una explicación última, sino que es puramente azaroso, ligado a cómo se hace un encuentro. Hay encuentros que se dan y otros que no se dan. Para que haya un efecto de encuentro, tiene que haber un efecto por el cual la alteridad –el ser otro– de cada una de las personas que integran un vínculo sea capaz de producir consecuencia al otro. A veces, hay situaciones en que el otro es tan otro, con una marca de alteridad de tal cualidad que no produce efecto en el otro, no lo afecta, sino que queda indiferente. En cambio hay otros en los que el efecto de alteridad produce curiosidad, interés, molestia también, porque la molestia es interesante ya que no deja indiferente. Entonces, pienso que, primero, no todo analista es apto para analizar cualquier paciente. Y segundo: si alguien viene con un conflicto que es eminentemente en el vínculo de pareja, por ejemplo, y se pasa en análisis individual hablando de ese otro ausente, que además no tiene derecho a la palabra porque no está, entonces, puede decir fulano me dijo, y yo le dije, y me hizo, y yo le hice, etcétera, pero el otro no está para decir: “no es así, yo soy otro”. Hay algo que está faltando como si fuera una silla a la que le falta una pata. En ese caso, creo que es mucho más eficaz hacer un análisis de pareja para proponer el trabajo sobre el conflicto tal como se plantea, y en todo caso, después, se abre a otras problemáticas que puedan tener las personas, pero que están taponadas por el conflicto vincular.
En el prólogo del libro: La Pareja. Encuentros, desencuentro, reencuentros, refiere que en la actualidad privilegia como paradigma del contexto social la oposición pobreza-abundancia, con diversos niveles de semantización. ¿Cuáles son las manifestaciones de ese paradigma?
Yo estoy trabajando mucho en las nuevas producciones sociales –nuevas, que se producen todos los días–, las que generan de un tiempo a esta parte, lo que llamo “la dictadura económica”, o sea, el nuevo poder político, que es el poder económico, ligado a la globalización, a sus efectos en cada país, cada región, cada pueblo. Por lo tanto estoy trabajando las consecuencias de la pérdida de la hegemonía del Estado-Nación en tanto poder político, y la constitución de las nuevas producciones sociales ligadas a un mundo que se constituye –tomando el concepto de Bauman de la modernidad líquida, o de Lewkowicz de la constitución en la fluidez, o mío que sería la constitución subjetiva sobre arenas movedizas–, que se contrapone o se superpone a las constituciones subjetivas en mundos estructurados. Mundos estructurados sería Estado-Nación y familia, donde hay lugares y funciones para cada habitante de esas estructuras que están determinadas por la misma estructura, mientras que estas otras producciones sociales se construyen en un mundo en el que no hay lugares fijos, sino que hay que inventarlos. Las nuevas producciones sociales que vengo tratando de pensar son todas aquellas que nacen de la fluidez, que se originan sobre un mundo que no está instituido por el Estado-Nación y que son constituciones espontáneas de personas que se reúnen para hacer algo, para salir de la pobreza, para no quedarse esperando que el Estado les dé, sino viendo sus capacidades de fundar nuevas estructuras sociales dentro de las cuales crear. Veamos lo que sucedió con la fábrica Brukman, o los diversos grupos de gente que ocupan fábricas para hacerlas funcionar cuando han sido abandonadas, otro ejemplo es el de los cartoneros, las asambleas, que ahora se han politizado mucho, o lo que en su momento fueron los lugares de trueque. Hoy leía un artículo sobre las huertas privadas que hacen algunas personas ganando, tal vez, cincuenta pesos por semana plantando algo en un rinconcito y produciendo. Luego se convirtieron en pequeñas empresas en las que cada uno de esos sujetos, que –de inicio– eran nada más que gente sin trabajo, se transformaron en gente con trabajo. O los microemprendimientos, en los que se le prestan diez pesos, a una persona que los devuelve en un año y que, poco a poco, va aprendiendo a fabricar cosas. Los sujetos terminan siendo, además de lo que eran, algo más. Ya no son, por ejemplo, madres de familia, sino operarias trabajando en la fábrica Brukman o en otros lugares, con alguna condición gerencial o empresarial de pequeñas empresas. Con lo cual, me parece que en Argentina, en relación con esta cuestión de abundancia-pobreza hemos conseguido crear nuevas formas de producciones sociales para salir de la pobreza. Esto va al punto de pensar cómo trato este paradigma abundancia-pobreza, no instalándome en el lamento “qué pobres que somos”, sino viendo a partir de ahí y de este paradigma, qué se puede hacer.
En las últimas décadas, se han producido modificaciones importantes en la constitución de las parejas y la familia. ¿Estas modalidades diferentes de relación plantean distintos modos de abordaje?
No sé qué es primero. Estos modelos heredados de la estructura familiar –diseñada de una manera que nos viene de la modernidad– con funciones fijas, donde los lugares están establecidos, no hay más que ocuparlos y darles alguna impronta personal, ya no tienen la solidez que tenían antes. Muchas de estas constituciones vinculares –para mí, hoy– no corresponden a la estructura armada de la familia tradicional, sino a las constituciones sobre espacios fluidos, o sea, constituciones que se van dando en base, por ejemplo, a lo que instituye el amor, lo que crea las dificultades y los conflictos vinculares. No está más prohibido divorciarse, y está permitido separarse de distintas maneras. Parejas que se separan, pero se siguen encontrando y son amigos, pero no duermen juntos o duermen juntos cada tanto, pero no siempre. No es más la familia que se separó y que nunca más se ven. Son otras formas que utilizan e inventan para ver cómo cuidar, por ejemplo, los hijos o cuidar un aspecto del vínculo que puede ser amistoso, pero no de amor, y que lo que predomina es diferenciar el amor como la pasión, el enamoramiento, de lo que es la relación amistosa. No importa ya si la relación de pareja es de distinto sexo, sino lo importante es el lazo de amor y como se constituye entre dos sujetos, alter, un vínculo sostenido por ese afecto. Esto nos obliga a volver a pensar cuáles son las múltiples formas que puedan tener los vínculos para fundar estructuras estables o estructuras menos permanentes. Entonces, hay que calificar amistad, amor, odio –por supuesto, cada uno tiene su opuesto–, relaciones definitivas, temporarias, para siempre, para un tiempo. Todo esto ha tomado un lugar distinto del que tenía antes. En la época de la modernidad, era muy fijo que uno se casa para siempre, palabras que hoy en día no existen más. Lo de para siempre es para hoy, y si hoy produce el mañana, está bien. Uno lo construye, porque es cómodo pensar que va a ser para siempre, pero no existe. Existe lo imprevisible, lo aleatorio, lo azaroso, y puede durar mucho, pero –insisto– no es para siempre.
¿Y esto, en la práctica clínica produce efectos?
Y sí. Primero hay que desmitificar el para siempre y ver el peso pernicioso de lo instituido, el suponer que porque no se hace como hacían antes está mal, esto sería la cultura de la culpa. Uno se siente culpable, porque no repite modelos anteriores como nos enseñaron nuestros padres. Eso me parece que hay que trabajarlo, diluirlo, ver que cada época genera sus propios sujetos y sus propias formas de producción social y familiar. Uno construye su familia hoy con los modelos de hoy.
¿Entonces, usted diría que en la actualidad se funda otro modelo de familia?
Otros, en plural.
Pero no diría entonces que la familia está desapareciendo.
No. Los que dicen eso es porque no se terminan de dar cuenta que no tenemos por qué repetir modelos que ya no son adecuados en esta época. Son tiempos en que, por ejemplo el trabajo, el poder económico, es tan fuerte que más de una vez las familias están más ocupadas en generar su diario vivir económico que en su lazo de amor. Lo que no impide que lo tengan, pero lo económico ocupa un lugar con lo impredecible del trabajo y del poder económico que no ocupaba en la modernidad. En la modernidad, uno tenía trabajo. Si estudiaba bien y se empleaba bien, tenía trabajo y era seguro. Esto no existe más. Entonces, las familias no se pueden constituir por igual, pero son las familias de hoy, porque la idea de familia sigue estando, sigue habiendo relaciones con diferencia generacional. Padres, hijos, nietos, todo eso existe. Parece que esas visiones según las cuales se acabó la familia son apocalípticas y que la gente no renuncia a que se repita la historia. Si no es como cuando era chiquita no existe. No es verdad. Tenemos que aprender un montón de las generaciones actuales. Yo veo fascinada lo que están haciendo, porque aprendo. No es como me enseñaron de chiquita, pero creo que me gusta más. Es más dinámico. Pasan cosas.
Janine Puget es médica, psicoanalista, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) y de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo, directora científica en ambas instituciones del Departamento de Psicoanálisis de Pareja y Familia.
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