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   Problemas y controversias

El estallido del reclamo de prevención
  Por Juan Bautista Ritvo
   
 
El crimen de Junior en la escuela de Carmen de Patagones y la casi unánime reacción de los llamados medios de comunicación, han terminado por consolidar un estado de ánimo colectivo que es inquietante en extremo.
El diario Página 12, tituló la sección dedicada al tema durante los días 29 y 30 de septiembre, “Bowling for Patagones”, siguiendo la inveterada y mecánica tendencia de situar acontecimientos con imitaciones paródicas de títulos de películas o de obras famosas; así unía –gracias a la obvia referencia al film de Michel Moore, Bowling for Columbine– dos hechos que nada tenían en común y lo hacía según la lógica de la falsa totalización, que conecta inmediatamente todo con todo según los prejuicios de cada cual, sean de izquierda o de derecha.

En la contratapa de la edición del 30 del mismo diario, Juan Carlos Volnovich, que se presenta como psicoanalista, no vacila, entre la superstición, el delirio y la irresponsabilidad ética, en conectar la matanza de Trelew, que ejecutó el capitán Sosa en 1972 con los disparos del púber Rafael: “Sosa reaparece como fragmento encarnado en Rafael”, dice, textualmente, a pesar de reconocer que Rafael, con seguridad, nada sabía de Sosa; entonces, ¿lo que retorna lo hace a través del inconsciente colectivo? ¿Volnovich cree en la superchería de un inconsciente colectivo criminal, el que se opondría, digamos, para completar el retrato disparatado, a un inconsciente colectivo benéfico?
Antes había dicho, también textualmente: “con un papá suboficial de la Prefectura Naval, qué se puede esperar.” Es decir: Volnovich tiene la misma lógica –aunque con signo inverso– que la derecha extrema, para la cual cualquier hijo de izquierdista es un criminal en potencia.
Desde un ángulo distinto, aunque igualmente con la lógica de la simplificación más torpe, un periodista conocido y habitualmente sagaz –me refiero a la sección “La otra cara”, en la que se ocupa del drama de Patagones Daniel Muchnik en “El Ciudadano”, del 6 de octubre– culmina así su nota: “Lo que en Carmen de Patagones aconteció es el fiel reflejo de la miseria, de lo que apareja la miseria, de la destrucción de humanos que conllevan políticas económicas y sociales despreocupadas del destino de la gente”.

La miseria de Patagones es cierta, tan cierta como absolutamente incierta, para no decir falsa a secas, la conexión masiva del crimen de Junior con las causas sociales.
Para que Rafael haya hecho lo que hizo es preciso que concurran diversas circunstancias muy precisas, aunque su consolidación sólo sea advertible a posteriori: no sólo una estructura psíquica que lo predisponga para su pasaje al acto, sino también y decisivamente la existencia de un acontecimiento a la vez singular y contingente que desencadene un proceso que podemos conjeturar provisoriamente1 como delirante, y al cual sólo pudo ponerle fin mediante una acción como la que realizó: mató, pero quizá podría haberse matado. Mató –se cuenta que dijo al entrar a la escuela “Hoy será un gran día”– para librarse de un perseguidor en última instancia anónimo, cualquiera: mató sin saber a quién y cómo mataba, y así su caso no es parangonable –como lo hizo un diario argentino– con la muerte de un balazo de un alumno por otro en Chile y tras haberlo llamado por su nombre, o, ya en el colmo de la imbecilidad, con el puñetazo recibido en pleno rostro por un chico durante una pelea en el patio de la escuela.

¿Cuándo aprenderemos que las estructuras e instancias sociales, entre las que se cuenta la psicosis –porque lo individual se organiza a través de redes transindividuales– tienen temporalidades y espacios diversos que se conectan entre sí a través de diversos y mediatos elementos, y justamente porque no existe una razón panóptica que gobierne la transparencia recíproca de cada instancia con cualquier otra? ¿Cuándo entenderemos, si es que hemos de hacerlo algún y bendito día, que la apelación masiva a la miseria sirve para explicarlo todo y por lo tanto para explicar nada? O mejor, diríamos, es una suerte de expletivo: es el bla, bla, bla moralizante con el que el ser humano se aturde y se piensa muy, pero muy caritativo, mientras calma la angustia frente a la grieta que desborda su capacidad de comprensión.
Y sobre todo, ¿cuándo aprenderemos que el reclamo universal de prevención, estimulado al máximo por la máxima irritación de los medios, conduce a lo peor, conduce a convertir a la escuela en cárcel y a los psicólogos en empleados de la penitenciaría psíquica?

Hay miserias y miserias; hay violencias y violencias. La miseria de una etnia africana no es la misma que la de una gran ciudad o la de un área semirural; hay la violencia de la lucha de clases que no es la violencia criminal ni la patológica en sus diversos modos, neurótico, perverso, psicótico. Que estos niveles se comunican entre sí, es cierto; pero no en cualquier sentido ni con orientaciones masivas: siempre es preciso discriminar primero para luego buscar conexiones: no es lo mismo una condición de posibilidad que una condición de existencia, una causa determinante que otra ocasional. Y lo que es más importante: es preciso desmantelar algo heredado del cientificismo del siglo XIX, algo que la demagogia de los medios vuelve a poner sobre el tapete en épocas de desconcierto y de angustia: la creencia de que todo es previsible y todo controlable siempre y cuando se cuente con buena voluntad y suficiente energía.
Aceptar semejantes premisas lleva al terrorismo ideológico en el que se embarcan políticos, comunicadores, psicólogos, ideólogos de cualquier pelaje.
No es lo mismo ser profesor o alumno de una escuela de una villa que de un barrio residencial; el gran abismo reclama una modificación de las políticas existentes; mas también es cierto que en ésta o en aquélla se registran los fenómenos de segregación y de discriminación. En todos los conglomerados humanos se ha practicado, siempre, la exclusión: no hay un nosotros sin que exista la expulsión de los otros, los chivos expiatorios; y eso ha ocurrido bajo regímenes progresistas y reaccionarios, de izquierda y de derecha.

Ya se sabe: el ser humano se aferra a prácticas o situaciones no a pesar de que le hagan mal, sino precisamente porque le hacen mal.
Lo cual explica, entre otras cosas, el fracaso reiterado del combate contra la drogadicción: la drogadicción y los dispositivos policiales, psicológicos, educativos que la combaten son anverso y reverso del mismo fenómeno.
La furia por curar lo incurable es destructiva; los griegos llamaban sabiduría (no voluntad de saber, que es otra cosa) al sentido de los límites, de los límites propios.
Conocer la diferencia entre lo curable y lo incurable, lo exigible y lo que no es exigible, es un principio de orden que nos permitiría vivir de otro modo.
Frente a la reacción que provocó el hecho de Carmen de Patagones, es prudente, muy prudente, ser escéptico: se solicitan gabinetes psicopedagógicos con una demanda exactamente idéntica a la que reclama más policías, más control, más vigilancia.
A esta historia ya la conocemos.
_______________
1. Digo “provisoriamente”, porque se trata, con los elementos de que disponemos, no sólo tan poco fiables como lo son los rumores y decires periodísticos, sino esencialmente, obtenidos no por una posible escucha analítica ( altamente improbable dada las circunstancias atroces), sino por vías ajenas a la palabra de alguien en primera persona, de un mero ensayo destinado, tan solo, a mostrar que en cualquier caso siempre hay una densidad y una resistencia singular que no puede ser abolida por un tránsito inmediato a lo social general.
Son, de otra parte, las mismas razones que llevan a rechazar las palabras de una analista también irritada por los medios y dueña de una locuacidad que sería bueno que amordace, que celebraba en tono irónico el acceso al primer mundo a través de Junior, quien habría remedado la violencia de Columbine.
¡Otra vez la analogía sin sentido! Entre ambos episodios no hay nada en común. En primer lugar, en esa escuela secundaria norteamericana se gestó algo que la psiquiatría conoce como folie à deux, es decir, la inducción recíproca a la constitución de un delirio de grupo, el que necesita al menos dos ejecutantes.
En segundo lugar, estos muchachos tenían una ideología nazi en la que retornaba de la manera más cruda esa ideología del mítico far-west que la llamada “Sociedad del rifle”, dirigida por Charlton Heston, expresa de un modo integral y alarmante.
 
 
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