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   Entrevista

Alicia Hartmann
  Psicoanalizar niños
   
  Por Emilia Cueto
   
 
En Aún los niños plantea que “en la práctica con niños, muchos de los tratamientos transitan, en sentido amplio, por lo que Freud denominó ‘entrevistas preliminares’. Entonces, ¿Se podría hablar de análisis con niños?
Creo que la cuestión de preguntarse por la especificidad o no del psicoanálisis con niños ha sido todo un problema durante mucho tiempo. Trabajando casos graves -que ha sido mi especialidad durante muchos años- concluí que en los niños pequeños y en los casos muy graves, si uno se ajustara estrictamente a lo que puede ser la formulación de una demanda de análisis, particularmente en los niños que vienen en posición de objeto -que es el tema de mi tesis de doctorado-, hay un largo período de entrevistas preliminares en el sentido estricto, que Lacan nos propone en relación a la constitución del síntoma en transferencia. Esta modalidad que circunscribo en mis trabajos, y especialmente en la tesis, está referida a ese tipo de casuística, la de los niños pequeños y la de los casos graves. Situando que el síntoma en transferencia hasta podría ser lo que marcaría la terminación de ese trabajo analítico. Es decir, cuando alguna pregunta se abre una vez que se ha transitado el recorrido de aquel que viene en una posición donde la pulsión es la que comanda su subjetividad. Entonces, constituir el síntoma en transferencia es, tal vez, abrir alguna pregunta que muchas veces coincide con una mejoría y el comienzo de lo que podemos situar como neurosis de la infancia. En este punto, Lacan nos orienta porque justamente propone, a partir de la lógica del fantasma, sujetos que no vienen con una presentación del lado del síntoma, sino que se ubican del lado del fantasma. También allí hace falta un largo trabajo –he escrito sobre esto en algunas oportunidades, y Diana Rabinovich, especialmente en un libro, cuyo título es Clínica de las impulsiones, ha tomado un caso mío–, son sujetos que necesitan un prolongado tiempo de entrevistas preliminares para que se abra la constitución del síntoma. Creo que Lacan ubica esta presentación como una modalidad de análisis. No está reñida con el psicoanálisis con niños, pero son análisis peculiares que no empiezan por una pregunta alrededor del síntoma, o sea, una posición del sujeto que no es la de sujeto, sino de objeto.

En el mismo libro señala que “la operación analítica –con niños– es con enunciados y que la enunciación queda en manos de la estructura que habla en ellos, de ahí la importancia del trabajo con los padres”. ¿De qué manera propone ir realizando ese trabajo en esta doble via?
En el niño, no es fácil trabajar desde el punto de vista del grafo con las dos cadenas. Muchas veces hay decires que advienen justamente de aquello que se dice en otro espacio, que es en relación al fantasma que se va trabajando con los padres respecto de ese niño. Y esto lo trabajó –de alguna manera nos dio la herramienta– Freud con aquel famoso sueño de las monedas de oro donde la paciente sueña con unas monedas de oro y el niño, su hijo, viene al día siguiente con las mismas monedas. Estas son las cuestiones extrañas o coincidentes que arman o que sustentan esta cuestión de que el inconsciente es transindividual. Este es un axioma básico dentro de la teoría lacaniana. Uno puede encontrar a veces frases que surgen como enunciados en los niños que son trozos de discurso que aparecen ligados a otras escenas en los padres. Un simple ejemplo. Un niño que venía a sesión y decía: “Hoy es el peor día de mi vida”. Yo lo escuché durante mucho tiempo. Al principio, pensé que era una cuestión transferencial, pero en una oportunidad cité a los padres y les pregunté. Entonces, la madre codea al padre y le dice: “Pero si vos te levantás todas las mañanas diciendo esto, si estás con una depresión donde no podés ni con tu propia alma”. Justamente en este caso, la consulta se produjo porque el chico había tomado un cuchillo y los padres temieron un intento de suicidio. Una vez que esto se dilucidó, el chico se liberó automáticamente de esta posición y recobró su alegría, y el padre empezó un análisis. Y esto no hizo falta ni referirlo, no hizo falta decírselo al niño, simplemente, con el sólo hecho de hablarlo en las entrevistas con los padres, de escuchar esa repetición que aparecía en el niño y poder encontrar en qué lugar del discurso de los padres estaba instalado, la posición del chico cambió. No siempre esto ocurre, pero a eso me refiero.

También dice que cuando se trata de niños se espera una cura terapéutica, que la hipótesis de Lacan para el fin de análisis de un adulto –hacer algo con su síntoma– no es homologable al caso de los niños, y que las terminaciones del lado de la normalización y de la desaparición de síntomas sólo hablan de la represión y no eluden la posibilidad de su reactualización posterior. ¿Cómo pensar la dirección de la cura y la conclusión de un trabajo con niños?
Siempre he dicho que no pienso que haya fin de análisis con niños, sino que son terminaciones, acuerdos, son etapas o períodos analíticos al estilo del que pueda producir cualquier sujeto que no aspire a llevar su análisis hasta las últimas consecuencias. Por eso la gente reconsulta y hay períodos de análisis y demás. El tema del fin de análisis es complejo y sería para otra discusión. Lo circunscribo a una problemática muy específica en relación al discurso analítico.
Ahí hay algo importante. Nunca hablé de síntoma en el sentido fenoménico. Muchas veces, he terminado el tratamiento de chicos que todavía tienen enuresis. No me importa el síntoma fenoménico, me importa una posición respecto de la castración. Para mí es polémico el texto de Porge (“La transferencia à la cantonade”) pero es un texto que me ha servido. En ciertos casos pienso que es válido, en otros, no. Si hay una posición subjetiva diferente respecto de la castración y del Otro, es suficiente, aún cuando el síntoma fenoménico, a veces, pueda seguir. Muchos problemas de aprendizaje, de enuresis o toses, por ejemplo, siguen; sin embargo los padres y el niño han modificado una posición respecto del ideal. Y ese ha sido un tramo de análisis recorrido.

¿Cómo piensa la articulación cuerpo-síntoma en la niñez?
Para mí ha sido de particular estudio en esta última época. Durante mucho tiempo pensé que la lógica de la metáfora paterna daba cuenta de la mayoría de los casos, que con esa lógica podía intervenir. Teniendo estos casos difíciles, que son niños que vienen con una particular excitación, que entrarían dentro de lo que en la casuística pueden ser rápidamente nominados como –psiquiátricamente– ADD o hiperquinéticos o hiperactivos, empecé a considerar un poco más la última parte de la obra de Lacan y a estudiar estos goces de los cuales Lacan habla y las dificultades en estos niños de constituir el cuerpo imaginario. Ahí comencé a pensar la articulación más precisa entre cuerpo y síntoma, porque estos niños tenían dificultades escolares, con lo cual había algo de toda la dialéctica especular o imaginaria que no se terminaba de constituir y por esto, también, tenían inhibiciones. Se puede pensar que el problema estaba del lado de la inhibición intelectual. Lo que me interesó particularmente fue comenzar a pensar la concordancia de la constitución del cuerpo en relación a los distintos goces, que es lo que Lacan propone, sobre todo, en La tercera y en RSI, y empezar a situarlo en referencia al análisis con niños. Esto ha sido lo que recientemente estuve estudiando, aún cuando hace muchos años que estos seminarios están. Yo no veía la manera de pensarlos en función de clínica común de la infancia.

¿Qué modificaciones produjo esto en su clínica?
En general, son casos donde no es fácil trabajar con las fantasías porque no están constituidas, se van armando. Con lo que uno se encuentra es con la pulsión, entonces el tema es cómo, a través del manejo de transferencia, se produce algún anudamiento donde estas fantasías son el corolario de un largo trabajo de atenuar este goce que aparece como goce del cuerpo. Son chicos que no se quedan quietos en el consultorio, que corren todo el tiempo, que rompen cosas. Sin embargo, no se trata de chicos psicóticos y depende del caso por caso cómo uno se las ingenia para que advenga algún lugar dentro de lo que podríamos decir la significación fálica. Se me hizo evidente teóricamente algo que, a lo mejor, antes hacía sin tener claro por qué lo hacía. Esto lo encontré en la obra de Lacan, que fue para mí, también, un descubrimiento.

¿Estos casos de los que habla se relacionan con los que menciona como los niños aceptados (deseados) tardíamente?
Exacto. Justamente a eso iba. Por eso, la metáfora no es fácil de construir. Son chicos inscriptos tardíamente. A veces, la inscripción se produce en el contexto del mismo análisis. Por ejemplo, algún padre que puede decir: “Yo lo rechacé de entrada”; “todavía lo sigo rechazando, no veo la manera de acercarme a él”; “no tengo ningún tipo de encuentro con él”. Entonces, la cuestión es cómo producir alguna modificación, algún lugar, porque desde el momento que lo pueden decir es que están dispuestos a rever esta posición. Hay una disposición, porque esto no es fácil de decir ni es fácil escucharlo. Producida cierta modificación en el alojamiento que pueda tener en los padres, se va armando la estructura de metáfora.

Alicia Hartmann es psicoanalista, autora de: En busca del niño en la estructura (1993, tesis de doctorado), Amor, sexo y fórmulas... (1995), con M. Fischman, Adolescencia, una ocasión para el psicoanálisis (2000), con J. Kuffer y C. Quaglia, Aún los niños (2003), en colaboración. Docente del posgrado de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires
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La versión completa de esta entrevista en
www.elsigma.com
 
 
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