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   Colaboración

Freud, Lacan, el Moisés y la metáfora paterna
  Por Isidoro  Vegh
   
 

La lectura de Moisés y el monoteísmo es con la que Lacan trabaja en el seminario Las psicosis donde produce la metáfora paterna. Nos indica que hay algo esencial en este último texto de Freud escrito en los umbrales de su muerte y que se presenta a nosotros con singularidades llamativas tratándose –como dice Lacan en referencia a Freud–, de este encarnizado defensor de la verdad. ¿Qué le pasó a Freud con la escritura de este texto?
Un antecedente: Freud escribió sobre Moisés un texto clásico en 1913, en el otoño, que llamó El Moisés de Miguel Angel. Lo publicó sin poner su nombre. Recién en 1924 decidió presentarlo con su firma. Veamos qué le ha sucedido con este otro texto cuyo título en alemán es Der Mann Moses und die monotheistische Religión: Drei Abhandlungen cuya traducción sería “El hombre Moisés y la religión monoteísta. Tres ensayos”. No sé por qué se lo traduce como Moisés y el monoteísmo. No es lo mismo. Es un texto que está compuesto por tres ensayos. Freud publica el primero y comienza así: “Quitarle a un pueblo el hombre a quien honra como al más grande de sus hijos no es algo que se emprenda con gusto o a la ligera, y menos todavía si uno mismo pertenece a ese pueblo”.1
Nos dice asimismo que este trabajo tiene huellas que tienen que ver con su historia, quizá podamos leer ahí algo de la historia de cada uno de nosotros.

Con estos antecedentes, que no son pocos, voy a comenzar una puntuación del texto Moisés y el monoteísmo. Para encontrar en la letra algo que nos de la razón por la cual Lacan acudió a él para escribir un pilar de su teoría, la Metáfora Paterna, y que Freud lo presentara contra su costumbre, contra su osadía –sabemos que soñaba con ser Aníbal, el que iba a conquistar Roma– con tantos reparos.
Primero, se titula El hombre Moisés y el monoteísmo: si es un hombre no es un Dios. ¿Qué propone Freud en este texto? En el primer ensayo, abunda en una tesis a la cual llega haciendo algunas preguntas al modo de un Sherlock Holmes austríaco. Dice: “Moisés, líder, legislador, fundador del pueblo judío”. Algo junta el lugar del liderazgo con aquél del que pasa la ley y con el lugar de la fundación. Dice que se llama Moisés; según la Biblia, la traducción sería “recogido de las aguas”, pero dice que aún en hebreo una traducción más ajustada a la letra sería “el que recoge de las aguas”. Si seguimos el relato bíblico según el cual Moisés fue recogido de las aguas por una princesa egipcia, tal vez una hija del faraón, parece extraño que ella, que era egipcia, le pusiera un nombre del pueblo esclavo, del pueblo hebreo. Cita a varios estudiosos de la antigüedad egipcia, nos recuerda que Mose era un nombre común en el Egipto antiguo y que quiere decir hijo. Dice Freud, que le sorprende que ningún autor se haya animado a decir que Moisés, Mose, podría ser de origen egipcio.

La tesis de Freud es que Moisés habría sido un sacerdote de la religión de Atón, siéndole inviable la posibilidad de llevar el mensaje de ese dios único y también ético en el pueblo egipcio, elige al pueblo hebreo como seguidores para sostener su credo. Freud dice que la idea del pueblo judío de ser el elegido de Dios no sería sino un desplazamiento del hecho de haber sido elegido por su líder, Moisés.
Con los siglos se habría impuesto al dios bárbaro, al dios del goce, a Yahvé el dios volcánico. Este hecho esencial, el retorno al dios antiguo, tiene varios efectos que dan razón del carácter del pueblo judío.
Advertimos, no es lo mismo que el título del texto de Freud sea El hombre Moisés y el monoteísmo que Moisés y el monoteísmo, ya desde el título subraya que Moisés no es un dios porque hay sólo uno. El rezo que subraya el pueblo judío: “Escucha, Israel, Adonai es nuestro Dios, Adonai es único, Dios es uno”. Dice Freud que esto produce una eficacia: prohibir imágenes, estatuas, amuletos, es una restricción del goce pulsional que queda disponible para la sublimación. Uno de los caracteres que Freud subraya en el pueblo judío es su relación a la cultura, su creación en las ciencias, en las artes, en el pensamiento, probablemente su contribución a la creación del primer alfabeto, y esencialmente los valores éticos, el Maat de Atón, la relación a la verdad y a la justicia, que está sostenido en el antiguo testamento bajo el modo de “Los diez mandamientos”, el decálogo. Comienza con el primero que es “Yo soy tu Dios, tu único dios”. Ustedes dirán: -“¿y eso que tiene de ético?” Es que si hay un Dios único, ningún ser humano puede decir “Yo soy Dios”. Implica una propuesta de castración en la medida que ningún humano puede pretenderse con la certeza de la palabra de Dios. Pero tiene un precio, dice Freud, que atraviesa a la historia judía con persecuciones, muertes, genocidios. Y es que el judaísmo queda atravesado por un sentimiento de culpa, fundado en una doble razón: la primera es la negación de haber asesinado a su líder. La segunda es que el Dios que lo eligió como pueblo no pareciera haberle dado la leche y la miel que le había prometido; para seguirlo venerando en vez de reprocharle que no cumple con el pacto, se hecha la culpa sobre sí mismo. Esta es la tesis de Freud, quien dice que del mismo judaísmo salió alguien que tuvo la osadía y la visión de reconocer esta culpa original, fue un judío fariseo, romano, oriundo de Tarso, llamado Saulo de Tarso y conocido como Pablo. Pablo es el gestor de la religión cristiana. Pablo no conoció a Cristo, escribe sus Epístolas años después de su muerte, los apóstoles sí fueron testigos presenciales de la peripecia cristiana. Pablo, cuando construye los fundamentos de la religión cristiana comienza diciendo que todos somos pecadores, que hay un pecado original. Y en la religión cristiana el hecho esencial que la constituye está centrado en la figura de Cristo, y Cristo, como dice Nietzsche, es el Dios al que los hombres matamos, el cristianismo reconoce que tenemos un pecado original, que hemos matado a Dios.

Estas son las tesis que Freud propone en “Moisés y el monoteísmo”. He hecho una puntuación selectiva, ciertamente el texto es más rico.
En el tercer ensayo, Freud dice que lo que escribió en Tótem y tabú sobre el asesinato del padre primordial, es lo que está retomando ahora en relación al padre del pueblo judío Moisés, y señala una repetición en la historia. Acá es donde digo que Freud se confunde y nos confunde.
¿De qué se trata, cuál es el obstáculo? Tiro mi baraja, no es el problema de Dios es la cuestión del padre, se trata del padre.
Dice Balmès, el asesinato de Moisés no es eso, es lo contrario, es el asesinato del dios de la ley, matar a Atón no es matar a un padre gozador, es eliminar a quien propone verdad y justicia, es situarlo bajo el imperio de Jahvé dios del goce. Y acá el retorno de lo reprimido tiene un valor instituyente, es el retorno de la ley como verdad. Mientras que en la primera fórmula retorna el goce mortífero, en la segunda es el retorno de la ley que acota el goce. Lacan se basa en esta fórmula para escribir la metáfora paterna. Error de Freud, Tótem y tabú no es Moisés y el monoteísmo que trae algo absolutamente novedoso. El asesinato del primer Moisés, –no vamos a discutir sobre la realidad histórica, sino sobre la construcción freudiana– asesinato del sacerdote egipcio, del sacerdote de Atón Maat, es la prueba de que el parlêtre, el ser humano, no está naturalmente hecho para la ley, que nuestra sustancia no está naturalmente destinada a una relación armoniosa con la ley.

En la teoría lacaniana se va desplegando con oscilaciones. Lacan comienza bien, muy bien, por algo lo reconocemos como nuestro maestro, con el Nombre del Padre: desde el seminario Las psicosis es el padre que coloca bajo la amarra al deseo de la madre, permite que el hijo en lugar de ser el falo imaginario del Otro emerja como sujeto. Este padre como el dios Atón, es el que trae la ley, una ley que recorta un goce, también que instaura un goce como prohibido. En eso coincidimos con Pablo, es la ley la que crea el pecado. Pero Lacan sigue manteniendo la idea de que hay un padre terrible, cuando desarrolla en Las formaciones del inconsciente los tres tiempos del Edipo: en el segundo tiempo el padre terrible bien podría homologarse a este padre gozador, padre privador, que priva según su capricho. Es verdad que también los tres tiempos del Edipo implican el tercer tiempo cuando el padre en lugar de ser el que hace la ley, como el padre de Schreber, es el que pasa la ley, por eso es El hombre Moisés, él no hace la ley, él pasa la ley que dios le da.
Continúa en la obra de Lacan, cuando dice que hay una cuestión: que este padre que por momentos se me aparece como el padre de la ley, por momentos vira al padre del goce. Podríamos quizá resolverla mejor yendo hacia “los nombres del padre”. Dice en el seminario R.S.I.: “Dios, él, comporta el conjunto de los efectos del lenguaje, y ahí comprendidos los efectos psicoanalíticos, lo cual no es poco decir. Freud no cree en Dios porque él opera en su propia línea, como testimonia el polvo que nos hecha a los ojos para ‘moisizarnos’. El ‘moisizamiento’ puede ser también el ‘moisizamiento’ del que yo hablaba hace un rato. No solamente que perpetúa la religión sino que la consagra como neurosis ideal [...] acercándola a la neurosis obsesiva que es la neurosis ideal, que merece ser llamada así propiamente hablando. No puede hacer otra cosa porque es imposible, es decir que él era incauto, de la buena manera, de aquella que no erra. ¡No es como yo! Yo no puedo más que testimoniar que yo erro.”2
En la teoría lacaniana la errancia quiere decir encuentro y desencuentro con lo real. Lacan se decide a dar un paso más que Freud en relación a Moisés, ¿Por qué? digo mi tesis: lo dice la Biblia, El Sadday y Elohim son nombres de un solo Dios. Si sigo a Freud, diría que Atón y Yahvé son nombres de un solo Dios. Cuando se trata de Dios en cualquier momento puede virar del Dios del deseo al Dios del goce. Lacan dice: entonces pasemos del Nombre del padre a los nombres del padre, que son lo real, y es lo real del goce, lo simbólico, y es lo simbólico de la ley, y lo imaginario, que es lo imaginario del amor. Enlacémoslos de buen modo y eso permitirá que el goce mortífero no nos aplaste. Al año siguiente, en El sinthôme, retorna el problema, y bajo un nombre, perè-version, homofonía entre versión al padre cuando está orientado a buscar su goce en una mujer, lo cual quiere decir que él no tiene todo el goce en sí, es otra vez su castración, es la buena posición del padre; y la perversión del padre, es el padre que ejerce el goce. Esta père-version que vuelve a plantear la dualidad de Atón y Yahvé o de Elohim y El Sadday, precisa un remedio, ese remedio no lo da nuestra estructura, precisa un remedio en lo real, se llama sinthôme, haciendo homofonía con Saint- Homme, Santo hombre. La santidad, dice Lacan en Televisión, implica la posición del santo, el que prescinde de los pequeños goces, nosotros diríamos, parasitarios.
Retomemos: la Ley en el Antiguo Testamento se presenta bajo el modo de escrituras, son las Tablas de la Ley. ¿Habrá relación entre este Dios universal, abstracto, portador de valores éticos, y la presentación escrita de la Ley?
Esta es nuestra tesis: que el relato nos dice que la Ley se sustenta, para ser universal y alcanzar a todos a quienes ella se dirige, en el lugar de la letra. Son las Tablas de la Ley, que el relato bíblico nos dice que Moisés rompe en un ataque de iracundia cuando ve al pueblo con el becerro de oro. También es una manera de señalarnos que al padre no se le puede decir sí sólo una vez, hay que decirle sí por lo menos tres. Las primeras Tablas de la Ley eran de piedra, las segundas también pero las primeras las hizo Dios. Dios le dijo a Moisés que hiciera las segundas aunque las dos, dice el relato, las escribió Dios. Las primeras se pierden, pero retornan con las segundas. El goce no queda acotado sólo con la intervención en lo Real, precisa también lo simbólico del padre y aún de lo Imaginario.


1. Sigmund Freud, Moisés y la religión monotísta, en AE, tomo XXIII, pág. 7.
2. Jacques Lacan, R.S.I., clase del 17 de diciembre de 1974, inédito.

 
 
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