Retomamos el contacto con nuestros lectores, “dándole cuerpo” a una cuestión central de la praxis psicoanalítica que merece profundidad. Nos referimos al enfermar, esa particularidad inherente a los mortales, que Susan Sontag llamó “el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara”. Nos referimos a las implicancias de aquello que toma cuerpo en el analista y de las vicisitudes transferenciales consiguientes, cuando cae la abstinencia y el cuerpo se presenta como resistencia.
Una hipótesis de ribetes fantásticos ilustra el alcance de la problemática. Emilio Rodrigué anticipaba en la novela Heroína (1969) lo que recrearía en Sigmund Freud. El siglo del psicoanálisis a mediados de los ’90: “Irma es Freud. Mejor dicho Irma es el Freud por venir. La garganta de ella, como luego veremos, representa y anticipa la formación maligna que lo acechará a él en el futuro. Tal vez en el fondo de este sueño histórico se encuentre el deseo de muerte. Esta pulsión tomaría la forma de un pacto fáustico por el que se entrega la vida a cambio de la fundación de la ciencia del siglo”.
En esa misma dirección la lectura de Freud, un paciente con cáncer (1983) de José Schavelzon aporta elementos imprescindibles. Lo cierto es que la enfermedad “vaticinada” atravesó –cruentas y erradas operaciones mediante–, a lo largo de dieciséis años, la clínica y la teoría freudianas.
El enfermar entraña una herida narcisista, con frecuencia surcada por sentimientos de culpa y de vergüenza, que en el caso de padecimientos graves provoca regresiones y dispara imaginarios difíciles de atemperar que pueden invadir los resquicios en la relación con los otros, inclusive con los pacientes. Fantasías de castigo-abandono, miedo al futuro y a la pérdida de ingresos. Se impone la negación para evitar la angustia, y tal vez por ello sea una temática poco abordada en nuestro ámbito. A veces el cuerpo “habla” y obtura la escucha. Por eso, prestamos oídos a estas cuestiones.
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