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   Innovaciones en psicoanálisis

Los juegos del lenguaje en la escena del análisis
  Por Isidoro  Vegh
   
 
Hace ya algunos años, en un texto que titulé “Las intervenciones del analista1 me hice cargo de la extensión de una demanda de Lacan. Cuando él escribió las fórmulas de los Cuatro Discursos se dirigió a sus alumnos y dijo: se los escribí para que hagan algo con ellos. Entendí que lo mismo valía para sus otras escrituras, la topología de superficies, y la última: la escritura nodal. Cuando en ella anuda los tres registros, Real, Simbólico e Imaginario, y aún con un cuarto al que llamó sinthome, que en su reflexión sobre la vida y la obra de Joyce se homologaba a la creación, a la escritura del genial irlandés, entendí que esa escritura no era un anhelo de originalidad sino, como él mismo lo formuló, su desesperación por producir una lógica de lo que su clínica cotidiana como analista le ofrecía y aún le demandaba.

Fue así como en aquella oportunidad propuse que el analista no sólo interviene en la tradicional interpretación en el orden simbólico, o en la construcción que entre real y simbólico, apunta también al objeto de goce, a ese que parasita y aparta al sujeto de su deseo, tal como lo escribiera Freud. También el analista interviene en lo imaginario, produciendo sentido, ofreciendo sentido –cuando es oportuno y necesario– y también desde lo real en la variedad de las intervenciones que una práctica que no reniega del acto está dispuesta a ofrecer. Porque el analista, como Tiresias, debe también estar dispuesto a tener sus tetas disponibles.

Hoy retomo, en estas líneas aquellas formulaciones. Ayudado por las reflexiones de este otro gran pensador que fuera Ludwig Wittgenstein, que en los últimos años escribió sus reflexiones sobre los juegos del lenguaje.
Va, entonces, lo que ofrezco en estos tiempos.

1.- ¿Cómo distanciarnos de aquellas palabras que precisamos, a las que el uso prolongado les congeló el sentido? ¿Qué es el Ello? ¿Qué es el Yo? ¿Por qué el Yo y el Ello, título más repetido que interrogado? ¿Son equivalentes el Ideal del Yo y el Superyó? ¿El inconsciente abarca a todas estas instancias, a algunas o nombra a una específica?

Tal vez una ficción nos ayude: estamos en el consultorio de Freud en Viena. El paciente recostado en el diván. El analista detrás y algo al costado, lo escucha. “Herr Professor, ayer me sentí muy mal. Discutí con un amigo, subí el tono de mi voz y respondí con un cierto desprecio a sus argumentos. Es alguien a quien quiero y considero muy inteligente”. Le pregunto: ¿Por qué ese tono y ese desprecio? No los busco pero me asaltan.

Piensa el analista: le sucede, no es algo que él quiera, podría decirme “yo no lo quiero”. Su “Yo” no quiere, pero sucede. Podría nombrar Ello, es decir, no-yo, a la instancia que lo comanda.

El paciente sigue: “Usted sabe, Herr Professor, cuánto aprecio su serenidad, su voz calma. Si yo pudiera lograr que mis palabras se hilaran de ese modo, cuánto más gratas me serían”.

Reflexiona Freud: me pone en el lugar de alguien cuya performance él admira. La compara con lo que no logra. Es un ideal para su yo. ¿Por qué no llamarla Ideal del Yo?

Sigue el analizante: “Me consuela que luego pude reconocer mis excesos y le pedí disculpas. Al menos tuve la oportuna flexibilidad para no insistir con el error. Esta capacidad de admitir mis errores con la gente que aprecio, que quiero, me place”.

Concluye el analista: con esta ausencia de necedad se identifica, y le place. Dice con agrado que ese rasgo le pertenece, dice “soy yo”.
“Igualmente, sigue el paciente, quedé con un sentimiento de culpa y con la sensación de que merecería una represalia por parte de mi amigo, tal vez una distancia que me dolería”.

Instancia moral, algo cruel, propone culpa y castigo, piensa Freud. Se instala en juez, por encima del yo al que sanciona. Convengo en llamarla Superyó.

Pregunto: ¿Hablan igual estas instancias? ¿Reclaman idéntica respuesta del analista?

2.- Sorpresa: en otro analista, Jacques Lacan, nos encontramos con distinciones inesperadas: el Ello no es el Inconsciente, el Ideal del Yo no es el Superyó. Alguien podría tener una respuesta azorada: ¿entonces el Ello es conciente? No, eso sería caer en el error. El Ello es tópicamente inconsciente, pero habremos de distinguir, junto a Lacan y a su enseñanza, una instancia inconsciente que se especifica por realizar una lógica de incompletud. Así leemos el valor de la enigmática frase de Lacan: el campo es freudiano, el inconsciente es lacaniano. Fue él quien articuló la lógica, primero del significante, luego del fantasma que contrapuso a la gramática de la pulsión. Su mención de Wittgenstein subraya en el Tractatus2 la producción de un lenguaje sin sujeto, el ejercicio heterónomo de una gramática sin yo. El inconsciente, el fantasma que articula el deseo, es la respuesta a esa gramática, a la demanda pulsional, tópicamente inconsciente, que llegada desde el Otro, desde el troumatisme originario, como dijo Lacan en su neologismo, para el infans, lo incita ayudado por la operación de corte apropiada, a la obtención del trazo que lo represente ante la demanda alienante del Otro.

Es el correlato necesario de subrayar que el Ello no está habitado por instintos sino por pulsiones. Y lo que las diferencia, es que las pulsiones se fundan en el software y no en el hardware: son un complejo de bytes que comandan lo real del viviente haciendo de un organismo vivo un cuerpo erógeno. Como cualquier programa, se introduce en la estructura que está preparada para recibirlo, pero no la posee de inicio. La lengua se llama materna porque desde el Otro primero llega al sujeto. Y la pulsión no es sino el representante de esa palabra que guía al hablante al encuentro de sus objetos. En el ejemplo citado el goce de la voz perfora el sentido de la escena –una charla entre amigos– y lo posterga como sujeto de la palabra.

3.- El padre de Kafka gritaba3. Su iracundia desplegaba su goce allí donde ausentaba –quizás por carencia– su palabra. Franz Kafka hizo de su obra un canal para ese goce. Los relatos más horrendos deslizan en susurros en las letras que los portan(4)(5). ¿No cabe, acaso, leer El Proceso6 como una ejemplar historia que muestra el sin-sentido y la crueldad del Superyó? Sus amigos rieron cuando les leyó la novela. El humor, una respuesta a la hamartía del Superyó.
Y al Ello, a la pulsión que retorna sin freno en el gusto del desprecio, tal vez una variante del goce anal, ¿qué respuesta le conviene? No será igual si hubo regresión o fijación de inicio.

La interpretación, cuya estructura de doble sentido la acerca a la poesía, será eficaz cuando se trate de recuperar lo que alguna vez se tuvo: el vacío del goce porque la castración operó. Pero en la Fixierung que no progresó a su pérdida, la interpretación será tan ineficaz como un pase mesmérico en la superficie del cuerpo. Convocado a otra propuesta, el analista descubre sendas variadas: la homofonía, que mostrará el poco valor de su respuesta, en el ejemplo citado, subrayando el des-precio de su palabra por no aceptar la pérdida de su goce. O bien, con un silencio que le muestre –intervención en lo real– que un discurso no precisa de la voz para que la palabra llegue.

4.- El Ideal no es el Superyó: de éste, del Superyó, más bien la cura apunta a su interrogación, la que muestra, como en el chiste, cuando el mandato, la sanción, es absurdo.
Extraído del acervo freudiano, recordamos:
- ¿Qué día es hoy? Pregunta el preso que llevan a la horca.
- Lunes, le responden.
- Linda manera de empezar la semana (comenta).
Freud subraya la dignidad del sujeto que, con su humor, no renuncia ni ante la sentencia extrema del destino. Nosotros, subrayamos que la ley se desmerece cuando extrema su alcance: ¿quién puede fundar en derecho la interrupción de una existencia?

5.- El Yo abunda en sentido. Su oferta se llama mundo y en él habitamos. Su fórmula, la que aleja el riesgo: más vale pájaro en mano que cien volando, cien volando fuera de mi mundo. Por suerte, no siempre querida, la pulsión deshace el confort e invita a un pase: a un pase de sentido que es pleno para el sujeto aunque no conforte al yo. Como dijera el colega querido, ya desaparecido, Ricardo Estacolchic, nuestro arte consiste en llegar al sujeto sin ofender demasiado al yo. Registro del equívoco, encuentra lo real del goce parasitario y libera al sujeto del sufrimiento de su síntoma. Deshacer el sentido que coagula un mundo, ofrecer al analizante el sentido, como Lacan lo dice en el seminario Le Sinthome, que despliegue la existencia en el goce anudado al deseo, nos recuerda que “sentido” es una palabra que puede perderse como signo si se la recupera como letra. Será, entonces, asiento de un decir que diga al sujeto donde la palabra parecía moneda gastada.
- ¿Qué ves, allá a lo lejos? – pregunta el maestro.
- Una montaña, responde el alumno de un Zen incipiente.
- Cómo puedes responder con tanta ignorancia, le dice el maestro.
Transitan caminos, alternan soles y lunas. Cuando vuelven al lugar de inicio, el alumno pregunta:
- Maestro, ¿Qué es eso que se ve allá a lo lejos?
Responde el maestro: una montaña, por supuesto.

6.- Juegos del lenguaje no ocultan su deuda: cuando Ludwig Wittgenstein se encontró con Freud –fueron lecturas, interpósitas referencias– y con los interrogantes que a su obra le oponían las críticas al solipsismo extremo que ignoraba al otro, prosiguió con “ferocidad psicótica”, al decir de Lacan, su interrogación del lenguaje. Para él fue terapéutica: lo liberó de un ideal equivocado: la lógica como lenguaje ideal, el lenguaje cotidiano criticado por su inexactitud.

Gracias a la piedad de sus discípulos y agradecidos lectores, a la Señora Anscombe en especial, accedimos a su Philosophische Untersuchungen –Investigaciones Filosóficas7– donde concluyó, entre tantas preguntas, que lo inexacto no equivalía a lo inusable. Que el lenguaje cotidiano no precisaba satisfacer ningún ideal de completud.

Cuántas veces decimos a quienes nos demandan un control de su práctica como analistas: no normalicen el discurso. Si el analizante dice: “Mi padre estaba muerto pero no lo sabía” y la sintaxis deja sin definir quién no lo sabía, el equívoco es su verdad. Juegos del lenguaje en la escena del análisis, no se confunde con el escenario. Como en el teatro: primera escena, segunda escena; el escenario se ofrece para el despliegue de las escenas y en cada acto el discurso se repite o varía. Acorde a la escena, el analista dis-pondrá su respuesta, que no será siempre el silencio o la palabra, el sintagma o la homofonía, la interpretación o la intervención en lo imaginario o en lo real.
_____________
1. Vegh, Isidoro: Las intervenciones del analista, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1997.
2. Wittgenstein, Ludwig: Tractatus Lógico-Philosophicus, pág. 35, Alianza Editorial, Madrid, 1973.
3. Kafka, Franz: Carta al padre, Editorial y Librería Goncourt, Buenos Aires, 1974.
4. Kafka, Franz: “Josefine, la cantante, o el pueblo de los ratones”, en Relatos Completos, pág. 226, Editorial Losada, Buenos Aires, 1979.
5. Vegh, Isidoro: “La escritura es mi vida”, en Matices del Psicoanálisis, pág. 77, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1991.
6. Kafka, Franz: El Proceso, Editorial Losada, Buenos Aires, 1939.
7. Wittgenstein, Ludwig: Investigaciones filosóficas, Editorial Crítica, Barcelona, 1988.
 
 
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