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   Entrevista

Norberto Marucco
  El trabajo del psicoanalista
   
  Por Emilia Cueto
   
 
¿Qué momentos o circunstancias ubicaría como hitos en el desarrollo de su profesión?
Hay circunstancias de tipo histórico, coyunturales, contextos. Soy un psicoanalista que proviene de la medicina y un acontecimiento que de algún modo definió mi rumbo se produjo cuando –hace ya muchos años– era un joven estudiante de medicina de 17, 18 años que cursaba anatomía. Anatomía posee un aula enorme en medicina. Digo enorme porque, a lo mejor la estoy rememorando con mis ojos de 18 años, pero recuerdo que una de las noches –en medicina se estudiaba a la mañana, a la tarde y todo el día–, caminando por los pasillos, escucho la voz de una persona con acento español, proveniente del anfiteatro de anatomía. Entonces, con curiosidad, me acerco y escucho a un hombre hablando de algo que yo desconocía. Era Ángel Garma que daba un curso junto con Arnaldo Raskovsky, Mauricio Abadi, con los pioneros del psicoanálisis en aquel momento, enclavados en la Facultad de Medicina. Y ese anfiteatro, al que durante la mañana asistía a clases teóricas, estaba repleto, invadido, los pasillos estaban colmados. Era allá por el año sesenta, sesenta y pico, una época de Argentina y del mundo muy particular. Ahí empecé. Me cautivó esta idea de que había otro escenario donde ocurrían cosas que yo desconocía. Coincidentemente con esa experiencia, empezaron ciertas lecturas mías con respecto al psicoanálisis, y comencé a tener alguna visión de autores, de novelas en las que –naturalmente– encontraba otro sentido que antes no hallaba. Eso surgió a partir de la marca que me dejó ese grupo de gente, que no conocía, pero que por otro lado, me impactaba. Recuerdo a Raskovsky hablando de patología psicosomática. Yo era un chico que venía con una idea orgánica de la enfermedad. Y al final de medicina, conocí a mi profesor de psiquiatría, que era, curiosamente, un candidato del Instituto de Psicoanálisis, de APA. Entonces, empecé a hacer una psiquiatría, obviamente, de formación dinámica, lo cual se me juntó con aquello que venía escuchando o había escuchado en los cursos. Entonces, conocí a este profesor de psiquiatría, un hombre de una claridad meridiana y una inteligencia más allá de lo común –Guillermo Vidal se llamaba, ya falleció–, y se transformó en mi maestro. Tuve con él una relación muy particular, me sentí claramente como un discípulo suyo rápidamente. Me hacía asistir junto con él a entrevistas de psicoterapia, pero que eran, en realidad, analíticas donde después él me mostraba por qué había interpretado así, por qué el paciente decía tal o cual cosa. Asistir sin cámara Gessel a un encuentro entre dos personas donde para mí el misterio empezaba a tomar algún viso de explicaciones teóricas que me daba.

Uno de los autores que usted ha trabajado más exhaustivamente es André Green. Desde su lectura, ¿cuál considera el aporte fundamental de este psicoanalista a la teoría y práctica del psicoanálisis?
Green es uno de los autores que frecuento. Diría que hay dos autores que frecuento particularmente, Green y Laplanche. Éste último, obviamente, con una orientación más lacaniana que Green. El aporte fundamental de Green no es fácil definirlo en pocas palabras, pero podría decir esto: Green es uno de los primeros analista dentro de la IPA –después del planteo de Lacan que derivó en su retirada de IPA–, que en el año 1975, formalmente, en un discurso inaugural que hizo en un congreso de la IPA en Londres, planteó la necesidad de pensar en un psicoanálisis contemporáneo, apoyado en Freud, con influencias de Lacan, Winnicott, Bion. Creo que empezaba a aparecer en Green una idea pluralista. Poder apoyarse en diversos sectores sin caer en el eclecticismo o, si se quiere, en un eclecticismo, que uno podría denominar, con mayúscula. Y empezó a plantear modificaciones en el encuadre, en los procesos de simbolización y en las características de un psiquismo en términos de nuevas ansiedades. Plantea, tal como yo lo entiendo, un acento marcado en la problemática de la pulsión dentro del aparato psíquico. Una pulsión que, para Green, parte del límite somatopsíquico, como lo define Freud, pero que tiene obviamente una relación con el objeto. O sea, la presencia del otro empieza a ser marcada por Green con una diferencia respecto a Lacan. Green pone un acento más significativo sobre esta pulsión que tiene un énclave en el cuerpo. De cualquier manera, son muy interesantes las vicisitudes que establece una vez hecha esta definición, donde no hay una prioridad del otro para Green. Él habla del par pulsión-objeto, y yo planteo más una dialéctica entre la pulsión y el objeto en la constitución del psiquismo y en las expresiones de la patología. O sea, hay algo que tiene que ver con la pulsión, y hay algo que tiene que ver con el objeto, con el otro, etc. De cualquier modo, el acento de Green más importante para mí es el que plantea que lo modificador en el psiquismo, en el psicoanálisis, está en las potencialidades transformadoras de la pulsión. Es el movimiento pulsional que le da una vida nueva al psiquismo. Una pulsión, un movimiento pulsional, un más allá, a veces, de la representación. Él describió un estado psíquico que es lo que llamaba la psicosis blanca, un estado casi sin representación, como lo plantea Freud en Más allá del principio del placer, huellas mnémicas que yo llamé ingobernables, que son incapaces de ligadura con la palabra, a las cuales él plantea un acceso a través de un concepto interesante, que es –que esto sí lo desprende de Lacan– el de una contratransferencia más imaginativa. Aquello que no puede encontrar representación en el decir del paciente encuentra su representación en una contratransferencia que surge del analista no como respuesta solamente, sino como una creación del psiquismo del analista.

Usted denomina huellas mnémicas “ingobernables” a aquellas que son incapaces de ligadura con el proceso secundario, y dice que estas huellas “condicionan la presencia en el campo de la praxis de la persona y la mente del analistas”.
A mí me pareció que en Más allá del principio del placer apuntaba Freud a un registro de huellas mnémicas que escapan a lo que denomino muchas veces el imperialismo de la representación. Creo que el psiquismo no es sólo representación. El recorrido de la pulsión –y en esto lo sigo a Green– tiene un camino que es la representación y otros caminos, que son el pasaje al cuerpo o el pasaje al acto. El cuerpo y el acto, junto con la palabra, son vías regias de acceso al inconsciente. El gran problema de la clínica es qué hacemos con estas huellas mnémicas que no se dicen en palabras, ¿las dejamos libradas al destino? El destino decidirá adónde conducen esas huellas mnémicas primordiales, que tienen mucho que ver, para mí, con el deseo del Otro, con la presencia del Otro, que lo marcan a uno aun antes de nacer con un nombre ya designado, vaya a saber por qué anhelos y deseos de la madre y del padre, qué historia de los otros. Estas historias están dentro de uno y se manifiestan no con un decir. En Más allá del principio del placer, en el capítulo cuarto, Freud deja esa cuestión y no da respuesta. Sin embargo, cuando uno lee Análisis terminable e interminable, es lo mismo. En el último capítulo Freud toma su decisión última, donde la castración es inabordable. El límite es la dificultad o la imposibilidad de aceptar la castración. Sin embargo, tres meses después, Freud escribe Construcciones en psicoanálisis. Ese articulo comienza diciendo: “Yo no sé si lo que voy a decir es algo nuevo, pero lo que tengo que decir es que, en realidad, hay un aspecto fundamental del análisis que no pasa por la interpretación, que es un elemento más o menos accesorio”. La verdadera tarea analítica es la construcción y es la construcción de aquello que va más allá de la amnesia, más allá de lo que se puede recordar. Entonces, aquello que no se puede recordar y que no se puede transitar por las palabras tiene que ser reconstruido por el analista. Y Freud dice ¿cómo se reconstruye?

Él no contaba con el concepto de contratransferencia, ni siquiera con el del trabajo del analista, de la mente del analista. Pero plantea que hay que tomar elementos: momentos de la transferencia, algunos giros de recuerdo, algunos sueños, repeticiones, actos. Y con todo eso, uno puede construir un fragmento de la historia infantil que no se puede recordar. Esta construcción me parece que es una addenda a Análisis terminable e interminable y una respuesta al Freud de 1920 cuando dejó aquellas huellas mnémicas al destino. En lugar de dejarlas al destino, ahora les da un lugar en la cabeza del analista que tiene que armar la construcción. Lo que agrego a eso es que hay algo que va más allá de la represión que tiene que ser construido, pero que la construcción no es una construcción histórica. Ahí hay un cierto pecado de ingenuidad de Freud, porque no tenía demasiados elementos en esa época para salirse de la deducción histórica del psicoanálisis, del planteo histórico. En realidad, cuando uno lo plantea en términos de estructuras psíquicas ahora, ya no es papá o mamá, es el psiquismo que funciona así o asá. Esto se ve en el ámbito de la transferencia, la mente del analista, y el trabajo del psiquismo del analista es fundamental. Esto se puede llamar contratransferencia. Yo soy de los que piensan que el término contratransferencia tiene que ser recuestionado, no me parece que refleje lo que quiero decir. No es que sea contra la transferencia del paciente. Sería más apropiado llamarlo algo así como trabajo del analista en sesión. Y en ese trabajo del analista es que hay un compromiso de la persona del analista. Digo de la persona, porque cómo puedo saber yo que lo que pienso acerca del otro tiene que ver con el otro y no conmigo. Y ahí, el problema del autoanálisis y el problema del análisis personal del analista es clave. En aquellas zonas que se expresan por el acto, por el cuerpo, algo puede aportar el psicoanalista trabajando si compromete su persona en un decidido análisis personal, en el mismo momento que se está trabajando.

Las “zonas psíquicas” están en íntima relación con lo que llama “inconsciente escindido”.
Exacto. Creo que la primera tópica describe claramente un aparato psíquico en Freud comandado por una defensa única que es la represión, y el análisis consiste en el levantamiento de la represión. Pero si uno –yo lo he hecho– pusiera como láminas superpuestas Introducción al narcisismo, sobre la lámina que no desaparece del inconsciente reprimido, sexual y significante, hay algo que es la creación del ideal donde no interviene la represión, y este ideal es inconsciente. Entonces, hay un inconsciente del narcisismo que no es el reprimido y que tiene otras vías de retorno. Las idealizaciones a las que estamos sometidos, los fenómenos de masa, manifestaciones terribles como el nazismo, o todo lo que conocemos como situaciones terroríficas, ¿de donde provienen?, ¿de algo del orden de lo reprimido, o del orden de un ideal que sin pertenecer a lo reprimido es inconsciente? El problema es qué defensas se inconcientizan. Una es la represión que depende del Yo bajo las órdenes del Super-Yo, y otra depende del deseo de los otros, que configura estructuras que quedan aisladas del reconocimiento del propio individuo. Lo mismo podríamos decir del inconsciente de las identificaciones para hablar de otra zona. Todo el proceso identificatorio, todo el proceso del duelo, implica que algo que pierdo lo incorporo y me transformo en algún aspecto en el otro, pero esto no es conciente. La identificación es un proceso de inconcientización, en el cual no interviene la represión. Cuando uno piensa en la identificación interviene probablemente la desmentida de la pérdida y en lugar del reconocimiento de la pérdida la identificación del objeto, pero entonces hay una identificación provocada por la desmentida. Lo reprimido retorna con desplazamientos, condensaciones, sueños. Una identificación, en cambio, retorna como conducta, como carácter, como manera de ser. Es determinada manera de rascarse la cabeza –para decirlo en pequeñas situaciones que no son tan problemáticas–, siempre tenemos rasgos identificatorios. Quizás, lo más significativo que descubrí, antes que el concepto de zona, tiene que ver con el inconsciente escindido. Lo que pensé en un momento dado, a través –fundamentalmente– de la lectura del Fetichismo, es que había por lo menos dos clases de desmentida. Una patológica que constituye el fetichismo como perversión, que angosta la satisfacción de la pulsión sexual, la limita, que limita la vida del individuo, que determina que su relación erótica esté rigidificada por un objeto; y hay otra desmentida que tiene que ver con un concepto duro que es que el individuo se constituye –y en esto me siento muy freudiano releyendo La escisión del Yo en el proceso de defensa– en un reconocimiento de la castración y en una desmentida de la castración, del mismo modo que podría decirse en Freud del último capítulo de Análisis Terminable e Interminable. Freud lo que va a preconizar es el intento denodado por el reconocimiento de la castración, pero va a demostrar que esto es imposible, que no hay posibilidad de reconocerla. Él piensa –creo yo– que en el desconocimiento de la castración está la perversión, lo que yo pienso es que en el desconocimiento de la castración está una desmentida que puede llevar a la perversión, pero otra desmentida que es estructurante y que está en defensa de la pulsión. Porque, ¿qué es el reconocimiento de la castración, sino un límite a la pulsión? Reprimo mi pulsión porque tengo miedo a la castración. Es decir que hay un nivel en donde cierta desmentida es necesaria para que la pulsión no caiga reprimida por los mandatos del superyó y de la cultura.

Es estructurante del sujeto. No hay vida de fantasía si no es a partir de una desmentida, de una cierta desmentida de la castración. M
______________________
Norberto Marucco es Presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autor, entre otras obras, de Cura analítica y transferencia. (Amorrortu, 1998).
La versión completa de esta entrevista en www.elsigma.com.
 
 
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